22 de julio de 2026
Tomás Balmaceda creció en esa generación que escuchó música en cassettes, buscó información en bibliotecas y colgó pósters de Batistuta y los Guns N’ Roses en la pared. No había forma de imaginar que pocos años después, estaría haciendo videollamadas con personas en distintas partes del mundo. Así de rápido.
“Como alguien que nació en el siglo XX me vi interpelado por la transformación digital que vivió el mundo pero traté de no sucumbir frente a la ola sino que decidí tratar de surfearla”, describe Balmaceda.
Doctor en Filosofía, periodista y autor de numerosos libros, es un apasionado por la investigación y la enseñanza. Actual docente de la Universidad de San Andrés, hace más de diez años escribe como columnista en la revista Viva, entre otros medios, donde explora cómo la tecnología está reconfigurando nuestra vida cotidiana.
No se queda atrapado en la añoranza por ese tiempo de escuchar discos enteros y de llamadas por teléfono con cable enrulado. Pero la nostalgia asoma en su mirada al recordar a sus abuelas, Ángela —que llegó a Argentina desde Galicia a los dieciséis años escondida en un barco; una gallega que era “de ponerse los pantalones y darle para adelante”— y Marta, a quien dedicó su último libro, Saber o no saber. El sentido de la educación en tiempos de inteligencia artificial (Paidós), escrito en coautoría con la periodista y escritora Silvia Bacher.
“Mi abuela Marta era docente. Se preocupaba por mi caligrafía, me regalaba libros, hacía recortes de diarios, de noticias que quería guardar. Cuando alguien me entrevistaba, ella siempre estaba escuchando”, cuenta Balmaceda sobre quien supo transmitirle el amor por el aula.
En tiempos de cambios rápidos, inteligencias artificiales que parecen tener sensibilidad propia y algoritmos sofisticados, el autor presenta un interrogante crucial: “¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo y en qué tipo de sujetos nos estamos convirtiendo?”
Recientemente, empezó a circular un nuevo acrónimo entre la sociedad: El FOBO (Fear of Being Obsolete), que por sus siglas en inglés significa “el miedo a quedar obsoleto”, refleja el temor de muchas personas a quedar fuera del sistema laboral por el avance de la IA.
Pero fiel a un estilo cauto, Balmaceda toma distancia del pánico general e insiste en remarcar que lo que estamos viviendo ahora no está escrito sobre piedra, y que todo puede seguir cambiando.
“A veces fantaseo que quizá la inteligencia artificial generativa sea simplemente un coletazo de los ‘80 con la PC, o de los ‘90 con Internet, como una rama más de ese proceso. No sabemos si esto que estamos viviendo es una revolución. Para saber eso necesitamos perspectiva, distancia temporal”, dice. A modo de analogía, comparte el ejemplo de las criptomonedas, algo que parecía llegar para quedarse y transformar la manera en que usábamos dinero, y terminó siendo adoptado por un nicho de personas solamente.
Sin embargo, lo que destaca con seguridad es que es la primera vez en la historia en que incorporamos una tecnología con tanta rapidez y la aplicamos a tantas esferas de la vida. Cuando se trata de IA, los usos son múltiples y variados (por no decir, casi infinitos): hay personas que la utilizan en el área de la educación, para hacer terapia, para hacer música, para corregir textos, para escribir noticias, para hacer curriculums. Otro dato relevante nace del primer informe oficial de la empresa Open AI, que señaló que el uso principal de la herramienta Chat GPT por personas de todo el mundo no es con fines laborales ni educativos, sino para buscar compañía afectiva.
Cuando casi cualquier respuesta está al alcance de la mano, e incluso podemos encontrar bálsamos a nuestras tristezas ofrecidos por algoritmos y bots: ¿Cuál es el valor de lo humano? Balmaceda responde casi sin dudarlo: la acción de pensar.

“Hasta hace muy poco, pensar era sinónimo de tomarse un tiempo. Si yo por ejemplo le planteaba algo a alguien, ese otro me respondía ‘dejame que lo piense’, y se retiraba, se tomaba unos días, requería silencio. Ahora pensar es hacer un prompt que me dé la respuesta, y si se atrasa un poco, me pongo nervioso. Entonces, ¿qué significa para nosotros que actualmente el pensamiento vaya de la mano con la rapidez? Es algo muy novedoso para la especie humana”, dice el filósofo.
Por eso sostiene que las aulas ya no pueden ser solamente espacios de transmisión de contenidos. Con prácticamente toda la información del mundo a disposición en un celular, le gusta pensar la construcción de estos espacios en términos de oposición o de resistencia frente a la promesa que hacen las tecnologías de eficacia y rapidez. Por el contrario, apuesta a desarrollar el pensamiento crítico que requiere de pausas, de equivocaciones, de debate.
“No tenemos incorporado el ejercicio de pensar. Hoy estoy buscando que mis clases sean un espacio de conversación, donde la gente pueda traer sus ideas y las comparemos, las contrastemos y las hilvanemos con otras ideas y con distintos marcos teóricos”, comparte.
Resalta también el enorme valor social del encuentro con el otro, donde se aprende a lidiar con la complejidad humana y con las diferencias que existen entre las personas. Son estas cualidades las que, según explica, vamos a tener que impulsar más que nunca.
Durante la conversación, retoma las ideas del columnista de The New York Times, Kyle Chayka, que en 2024 publicó el libro Mundofiltro. Cómo los algoritmos han aplanado la cultura. “Esta cafetería donde estamos vos y yo ahora —dice— podría estar en Londres, Oslo o Hong Kong. Hay una estética conocida como aesthetic, muy de Instagram, que Chayka a veces llama ‘espacios blancos’, a la que todos los lugares nos estamos pareciendo. Antes, eso no pasaba. Con la globalización se van limando las diferencias. Deberíamos tratar de mantener eso que nos hace distintivos”.
Por eso vuelve al rescate de los espacios compartidos, aquellos lugares, como la escuela, donde nos encontramos con gente que no es de la familia, que tiene otros hábitos, otras creencias religiosas, y donde descubrís algo diferente. “¡Imaginate si perdemos eso en pos de la homogeneización!”, dice este hijo de los noventa.
Espacios con estética fotografiable en todo el mundo, influencers que parecen personas reales pero en realidad son creados con IA y anuncios de Hollywood sobre films con protagonistas creados con la misma tecnología.
Si el péndulo en este momento de la historia se mueve hacia un polo cada vez más digital, ¿se acrecentará la tendencia a lo virtual, o oscilaremos de nuevo hacia el lado opuesto, más cerca de lo puramente humano?
“Yo creo que sí vamos a volver a algo menos virtual. Peco de optimista, pero estoy en contacto con gente joven y veo cada vez más hartazgo con lo digital. También están los grupos que se juntan a tejer o a hacer cerámica y dejar el teléfono durante dos horas. Entonces creo que, con un poco de suerte, de a poquito el péndulo va a ir hacia ese otro lado”.
Con una mirada que invita más a hacernos preguntas que a darnos respuestas —al contrario de lo que esperamos de una IA— Balmaceda se despide con una sonrisa que no tiene filtros ni efectos especiales. Es, simplemente, una sonrisa humana.
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Gracias Sophia, excelente este aporte.
Saludos desde Mdeo,
Ps.Muriel Bruzzese.