Dejar el celular. La movida de Amsterdam que propone tejer, dibujar, charlar o leer desconectados del smartphone - Sophia Online

BUENA VIDA

Dejar el celular. La movida de Amsterdam que propone tejer, dibujar, charlar o leer desconectados del smartphone

The Offline Club, una iniciativa reciente de tres emprendedores jóvenes, reúne a personas en torno a actividades analógicas para reconectar consigo mismas, con los demás y con el mundo no virtual, sin distracciones.

POR Carolina Cattaneo
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En las guías turísticas o los programas de viajes, la pujante Amsterdam suele ser caracterizada como la ciudad de los infinitos canales, de la marea de oficinistas en bicicleta, de la casa de Ana Frank, de Van Gogh, de los coffee shops y del Barrio Rojo. Desde ahora, quizás, también se incluya a esa lista de rasgos definitorios el haberse convertido en la cuna de una tendencia que gana terreno, la de apagar los smartphones y alejarse de las pantallas para entregarse a viejas prácticas analógicas como leer, tejer, bordar, jugar juegos de mesa, hacer crucigramas, tocar un instrumento o sencillamente, conversar.

Activo desde febrero de 2024 a instancias de tres jóvenes holandeses en sus tardíos veintes que nacieron después de Internet, los e-mails y los teléfonos celulares, The Offline Club es un emprendimiento que avanza en esa y otras ciudades holandesas, y está aterrizando también en la península escandinava. Todo de manera acelerada, tan de estos tiempos. Su propuesta es una provocación a los usos y costumbres actuales: consiste en que las personas “se desenchufen” de la vida digital y se reconecten consigo mismas, con los demás y con el mundo, y dediquen más tiempo a la vida real que a la vida digital.

La invitación es a que los interesados asistan a un sitio designado para la ocasión —suelen ser bares—, dejen sus dispositivos en una caja y se sienten en compañía de otros para hacer lo que quieran, a la vieja usanza: sin interrupciones de ningún chat, llamado, notificación, app o correo electrónico. Eso sí, no pueden hacerlo cuando quieran: hay momentos estipulados para el silencio y la introspección y momentos para la interacción. Con todo, los tres socios están teniendo más éxito del que imaginaron. Paradojas del presente hiperconectado, tras la viralización de dos reels que mostraban gente de todas las edades concentrada en distintas actividades manuales, su cuenta de Instagram explotó: en un mes, pasó de cero a 125.000 seguidores, todo un logro en un universo que hace mucho esfuerzo, de manera constante y sostenida, por unas migajas de likes y un puñado de followers.

Aunque iniciativas parecidas existieron en otros momentos en diversos lugares del planeta, incluso en Buenos Aires, pocas cobraron la masividad que está teniendo esta, en un tiempo en que especialistas y expertos del mundo entero alertan cada vez con mayor preocupación y más evidencia sobre el impacto negativo del uso de los dispositivos y las redes sociales en la salud mental, especialmente de niños y adolescentes.

The Offline Club, que nació en 2021 como The Offline Getaway con escapadas de pocos días a la naturaleza y luego adaptó la propuesta a entornos urbanos, en mayo pasado logró reunir a más de 200 personas en una catedral de 400 años de antigüedad. Un video de ese día, publicado en la cuenta del negocio, muestra a los asistentes escribiendo a mano, dibujando, tocando el piano o leyendo. Sola o en grupos, gente concentrada en lo suyo en una escena casi del pasado, con tabletas, computadoras y teléfonos como los grandes ausentes. El video ya acumula más de un millón de vistas y cerca de diez mil comentarios. Otra paradoja más de un negocio cuyo éxito radica en que la gente pague por el privilegio de un rato de desconexión.

Por un rato lejos de las distracciones

Con un fondo de copas frondosas, Ilya Kneppelhout aparece del otro lado de la pantalla. Él, cabellera de rulos rubios y sonrisa amplia, tiene 27 años y es uno de los tres fundadores de la propuesta, junto con un compañero de trabajo y un amigo de un amigo. En esta ocasión, Ilya prefirió una videollamada a un intercambio de mails, no solo porque prioriza la interacción personalizada, sino también porque su agenda laboral y de entrevistas está colmada. ¿Por qué atrae tanto la iniciativa? ¿Qué busca la gente cuando paga por dejar su celular en una caja y hacer lo que podría hacer en su casa o en una plaza? ¿Se acerca porque necesita desenchufar sus dispositivos, porque busca compañía o simplemente por curiosidad?

“Creo que hay varias razones. Una es, por supuesto, desconectar de la tecnología, estar en un espacio donde sus teléfonos no están buscando acaparar su atención de manera permanente, con lo cual están en paz total, sin distracciones digitales. Experimentar un espacio donde todos hacen eso es más fácil, más divertido y motivador que estar solo en tu cuarto, donde el celular siempre es una tentación”, dice Ilya. Y agrega: “También vienen a conocer gente, hacer nuevos amigos y generar un sentido de pertenencia con nuestra comunidad de personas afines quienes, como ellas, valoran más estar offline que online, la vida real por sobre la vida virtual. Además, es un concepto que no existe en ninguna otra parte del mundo, y entonces vienen para experimentarlo. Creo que lo que esto nos dice acerca de nuestro mundo y nuestra sociedad es que la gente está buscando desesperadamente más conexión consigo misma y con los demás. Busca menos tiempo de pantalla, y para eso precisa ayuda”.

En tiempos en que el uso de los celulares y las redes sociales hizo sonar todas las alarmas, está bajo la lupa y llegó a las asociaciones de pediatría, a las oficinas gubernamentales y hasta al Congreso de los Estados Unidos, que las personas hayamos arribado al punto de pagar para desconectarnos abre signos de pregunta acerca de la relación humanos-dispositivos. “Sí, llegamos a eso”, coincide Ilya, pero aclara: “Las personas no solo pagan por estar offline, sino por toda la experiencia. Es realmente un evento único, con música relajada de fondo, donde podés conocer a otra gente que está abierta a conversar. Es un ambiente seguro, y hay cierta energía mágica cuando estás en un mismo espacio, leyendo, ¿dónde más sucede? Mientras que leés, otro al lado tuyo está dibujando, otro pintando y otro resolviendo un rompecabezas”, describe.

Nativo digital, él mismo asume haber padecido los efectos nocivos del uso del celular. Acusa dolor de los pulgares cuando lo utiliza por mucho tiempo, sensación de estar perdiendo el tiempo en detrimento de hacer cosas valiosas como leer, distracciones frecuentes y hasta estados de inquietud. Ha llegado a experimentar, dice, ansiedad por tener el teléfono cerca, estar siempre disponible y no ser capaz de apagarlo, “como si siempre tuviéramos la sensación de que algo o alguien está esperando nuestra respuesta”.

Ilya y sus socios no conocieron el mundo en el que, si buscábamos información sobre un tema y no teníamos libros en casa, debíamos sí o sí recurrir a una librería o a una biblioteca. Tampoco, aquel mundo en el que las cartas manuscritas iban y venían, podíamos esperar mucho antes de que alguien contestara una llamada o un mensaje, el televisor iniciara su programación diaria o la casa de fotografía revelara el rollo de las vacaciones. Sin embargo, no tienen una mirada romántica del pasado no digital, tampoco demonizan a la tecnología. En cambio, anhelan un presente y un futuro donde la escala humana no pierda protagonismo.

“No estamos en contra del online —aclara Ilya—. Vivimos en un mundo donde las herramientas tecnológicas son muy poderosas, tanto para la productividad como para sentirnos mejor. El tema es que dio un giro donde ya no nos es más útil para nuestra salud mental y física y para nuestro bienestar. Queremos inspirar a la gente a tener una relación más sana con la tecnología. No se trata de volver a los ochenta, sino de encontrar la forma que te sirva a vos como persona”, dice.

“Creo que Internet y la tecnología nos conectaron más que nunca; pero estamos hiperconectados y eso nos saca del momento presente, nos desvía la atención de quien está sentado frente a nosotros. Además, es una vía de escape para cuando nos sentimos inseguros, ansiosos, estresados; pasamos a depender mucho de todo esto. Creo que hay un fuerte anhelo de una conexión humana verdadera, en el mundo real y no virtual, que es tan diferente. Y para llegar a eso, tenemos que poder desconectar: desconectar para reconectar, primero, con nosotros mismos, porque si no estás conectado con vos mismo y te sentís inquieto, no podés conectar con los demás tampoco”.

Recurrimos al celular para pagar las compras; comunicarnos con nuestra pareja, hijos, jefes, amigos; revisar el estado de la cuenta bancaria; despertarnos; irnos a dormir; escuchar música: entrenar; ubicarnos en una ciudad; pedir un taxi o comida a domicilio; hasta para meditar o relajarnos. Grandes decisiones se toman, hoy, con un teléfono en la mano. En este contexto, la visión de su empresa hacia adelante es, cuanto menos, ambiciosa: quieren convertirse en una comunidad líder e inspiradora de un movimiento global que redefina la forma en que interactuamos con la tecnología. ¿Podrán lograrlo?

Hacia una vida más real y no tan virtual

El mundo entero muestra preocupación por el mal uso de los dispositivos y las pantallas. Iniciativas como Time to log off (Tiempo de desconectarse), dedicadas a la difusión de prácticas y contenidos relacionados con el bienestar digital, o campañas publicitarias como Present of being present (El regalo de estar presentes), de la compañía AT&T, son solo algunas acciones concretas que promueven sacarle horas a la vida digital para sumarle más horas a la vida real. En la Argentina, por caso, algunos colegios establecieron las semanas libres de celulares y el movimiento de familias Manos libres propone retrasar el uso de smartphones y redes sociales y reforzar el juego libre. El Club de no conexión, un proyecto en ciernes del productor cultural Juan Pablo Llermanos con una socia, promete muy pronto activarse en Buenos Aires, con una propuesta similar a la de los holandeses.

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