13 de agosto de 2026
¿Alguna vez sentiste que, por más que intentás ahorrar tiempo y ser eficiente, los días se te escurren de las manos cada vez más deprisa? Si la respuesta es sí, los hombres grises ya te encontraron. Por el contrario, si la respuesta es no, aún estás en plena libertad del uso de tu tiempo.
De esto nos habla el escritor alemán Michael Ende (1929-1995) en Momo. Esta vez, el autor de La historia interminable —aquella aventura que llegó a la pantalla grande en la cual los entrañables Atreyu y Falcor, un enorme dragón con apariencia de perro volador, se unen para salvar al reino amenazado— nos invita a un relato pavimentado de un sinfín de emociones que suenan al ritmo de un tic-tac desgarrador.
El libro me llegó casi como su historia propone, jugando, a través de un intercambio de libros con una gran amiga, sin mayor misterio ni advertencia: ella creía que me podía gustar.
“El tiempo es vida, y la vida reside en el corazón”, una frase que, al leerla en la contratapa, bien puede sonar a eslogan de taza motivacional o de marketing publicitario. Pero cuando la encontré en medio de la trama asfixiante que teje Michael Ende, entendí que era una advertencia que, bajo ningún pretexto, debía pasar por alto.
El autor nos pone en la piel de Momo, una niña que vive sola, realmente sola. Poco sabremos los lectores de su pasado, de dónde viene, los pormenores de su situación… pero habrá algo que percibiremos de inmediato: Momo es especial. Y no desde una connotación fantasiosa —como bien podría intuirse por el estilo de Ende—, sino por su increíble capacidad de escucha. Momo sabe prestar atención a todo aquel que se detenga a contarle su historia y lo hace realmente bien.
Desde esta capacidad de escucha se comenzará a hilvanar una red de misterios que, sin lugar a dudas, atrapa al lector. La historia, que al comenzar puede parecer un cuento para niños —describe las dificultades intrínsecas de la infancia y habla sobre los vínculos, los valores y la amistad entre un grupo de chicos—, esconde debajo de esa apariencia inofensiva representada por su pequeña protagonista de pies descalzos y cabellos enmarañados, una de las críticas más afiladas hacia la sociedad moderna.
¿Quién te está robando el tiempo hoy? Esa es la advertencia que parece hacernos Michael Ende a lo largo de todo el libro. Resulta imposible no sorprenderse al caer en la cuenta de que esta historia tiene casi 50 años —su primera publicación fue en 1973— y, a pesar de eso, que hoy en día nos impacte tan de lleno: las dificultades diarias de la vida cotidiana, la absorción silenciosa en que nos fuimos adentrando, poco a poco, a base de tecnologías, redes sociales y sobreestimulación constante, que no sólo nos distrae de lo esencial, sino que nos distancia del presente y del control de nuestro propio tiempo.
A través de Momo, Ende nos conduce por un viaje de aventuras que nos interpela directamente, donde nuestra pequeña protagonista enfrenta dos grandes abismos: ¿Qué nos define? y ¿qué hacemos con nuestro tiempo cuando tenemos libertad de ejercerlo?
Así, Momo se lanza a una muy arriesgada, entretenida y afilada travesía para salvar a sus amigos de los hombres grises, este peculiar grupo que busca apoderarse de todo el tiempo del mundo para sus propios fines.
Surgirán preguntas como: ¿de qué manera podríamos ayudarla si estuviéramos dentro de su trama? ¿Qué reflexión nos despierta lo que acontece en cada página? ¿Qué podríamos hacer para cambiar el curso de las cosas? O, más inquietante aún: ¿Y si fuéramos Momo? ¿Y si ya somos víctimas de los sucesos narrados, sin percatarnos de ello? ¿Aún podríamos escapar de sus páginas? ¿Cómo hacerlo?
De sugerir algo a sus futuros lectores, sería que no lo devoren, pero tampoco lo posterguen. A diferencia de otros libros, tiene su propio pulso y no merece una lectura atropellada. Se divide en tres partes, tres etapas que bien podrían ser tres ritmos. Primero, quizás el lector sienta ganas de leer lenta y pausadamente, pero poco a poco la historia le pedirá más atención hasta que, sencillamente, resulta imposible dejar de leer.
A medida que uno avanza en la lectura siente que se le quita la venda de los ojos, aprendiendo sobre uno mismo en cada paso de página.
Hay libros que uno lee para escapar de la realidad, y hay otros que te agarran de los hombros y te obligan a mirar exactamente eso de lo que venís huyendo. Leí Momo de adulto y ahora quiero tirar mi reloj por la ventana y esconder el celular bajo tierra. De hecho, el primer impulso inmediato al terminarlo fue desprender mi smartwatch de mi muñeca izquierda y dejarlo en un cajón.
De esta manera, Momo dejó de ser un cuento infantil para convertirse en un manual de supervivencia. Obligándome a cuestionar en qué estoy invirtiendo mis propias horas y a marcar mi propio tic-tac, entrando en conciencia de que, sin haberlo percibido, sin habernos dado cuenta, poco a poco, los hombres grises cambiaron su apariencia y se volvieron aún más imperceptibles, llevándonos a caer en las garras de los algoritmos, las visualizaciones, las eternas e incesantes notificaciones y los irrefrenables bombardeos de estimulos sensoriales que nos distraen de lo esencial: el preciado valor de nuestro tiempo.
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