Eugenio Carutti, antropólogo y astrólogo: “La incertidumbre es un estado de percepción superior” - Sophia Online

Sabiduría

Eugenio Carutti, antropólogo y astrólogo: “La incertidumbre es un estado de percepción superior”

Fotos: Clara Gabrielli

El pensador e investigador abre conversación sobre este momento en el que, frente a lo que desconcierta, estamos convocados a abandonar las certezas.

POR María Eugenia Sidoti

Esta es una conversación sobre todo aquello que creíamos firme y que, de pronto, sentimos ceder bajo nuestros pies. Vínculos, creencias, instituciones, ideologías e identidades que supieron ser sólidas ya no parecen tener el mismo espesor de otros tiempos. Frente a este nuevo paisaje, en el que se adivina la pérdida de los viejos cimientos sobre los que organizamos nuestra manera de comprender el mundo, el antropólogo y astrólogo Eugenio Carutti propone desandar caminos, para aprender a convivir con lo que no sabemos. 

Fundador de Casa XI, una institución pionera en la formación astrológica de la Argentina —por donde han pasado los más reconocidos astrólogos— es, también, uno de los grandes pensadores e investigadores sobre este lenguaje simbólico. Su libro Las lunas. El refugio de la memoria es, de hecho, un título infaltable en la biblioteca de quienes han decidido explorar la vasta partitura del cielo. 

Carutti llega a la redacción de Sophia dispuesto a conversar sobre los grandes temas de esta época. Uno de ellos es, sin dudas, el cambio de paradigma que apenas está despuntando, pero ya nos desconcierta. “Estamos ingresando a una nueva era y eso siempre es complejo. En especial cuando hay tanta información, tanto ruido”, señala.

Hijo de una madre astróloga, el conocimiento del cosmos fue guiando su infancia y su adolescencia, hasta convertirlo en el gran referente que es hoy. Eso no hizo que el camino fuera más sencillo: cuando daba clases de filosofía en la universidad, cuenta, tenía que dejar los astros guardados en el armario porque aún no había espacio para conciliar lo académico con lo esotérico. 

Luego de la expansión que la disciplina tuvo a partir de los años 80, dedicó horas de investigación y docencia con la intención darle a la astrología el merecido rigor. “La intención ha sido quitar lo superficial en pos de lo profundo, en el sentido de que la astrología nunca ha sido algo en sí misma, sino que forma parte de un conjunto de sistemas simbólicos que permiten la percepción de una realidad mucho más rica y compleja de la que percibe nuestra civilización. No es una cuestión de creencia, sino de asimilar un lenguaje que nos permite ver por nosotros mismos otra realidad”, señala convencido, aunque sin intención de convencer. 

—Hablás de la astrología como un lenguaje sagrado. ¿En qué sentido podemos aprender a percibirla de esa manera?  

—Para la antropología “sagrado” es lo que no está separado, sino unido, relacionado. Cuando hablamos de lenguajes sagrados nos estamos refiriendo a sistemas simbólicos que permiten percibir y comunicar la realidad como relación, no como un conjunto de objetos. Nos permite registrar la presencia de un orden en el que no estamos separados de los demás seres humanos ni de la biodiversidad: somos la tierra, somos el sistema solar. Nos permite la percepción de largos ciclos cósmicos en los que la información circula con cierto ritmo, creando lo que podríamos llamar “climas”, que es lo mismo que ocurre cuando la naturaleza pasa de una estación a otra y el paisaje cambia. Algunas plantas mueren, se retiran o pasan a estar latentes. Otras, que antes no se manifestaban, aparecen.

—Entiendo que ese nuevo clima del que hablás es el paso a lo que astrológicamente se denomina Era de Acuario…

—Todo cambio trae una información nueva en un nivel muy hondo. Desde la astrología, ese nuevo clima es congruente y predecible, pero siempre simbólicamente, porque no tenemos memorias de la anterior Era de Acuario. Sin embargo, podemos intuir o incluso definir algunos lineamientos: Acuario significa incesante interacción creativa entre diferencias, pero esto es abrumador para el psiquismo humano, que es arcaico y básicamente tribal. Nuestra mente actual, que es defensiva y controladora, funciona de manera demasiado lenta y reactiva para la velocidad de Acuario. Eso hace que todo lo que ocurre nos parezca veloz e incierto y por eso se caen todas las teorías y los anteriores sistemas de creencias. Los próximos años serán complejos, porque se necesita una revolución psíquica que nos permita abandonar la idea de control, que es una necesidad psicológica primaria propia de la infancia de la especie humana, que está llegando a su fin. 

—Solés hablar de la existencia de una inteligencia vincular superior a la inteligencia humana. ¿Esa capacidad se aprende o solo es cuestión de descubrirla?

—El tipo de sensibilidad que hoy tenemos no está organizada para abrirse espontáneamente a la diferencia y comprender la realidad como relación. La realidad es una inteligencia vincular. Nosotros nacemos mucho más interrelacionados de lo que suponemos. La astrología, en realidad, es eso. Te demuestra que la relación es anterior a la persona y que la persona emerge de una trama de relaciones. Estamos diseñados para interactuar, para aprender unos de otros y transformarnos en la relación. Pero, como especie, tenemos una enorme resistencia al aprendizaje vincular y eso hace que seamos profundamente reactivos. 

—¿Eso explica tanta polarización, tanto desencuentro y que siempre el enemigo sea “el otro”?

—Nos da mucho miedo la diferencia, porque hemos nacido en pequeños nidos. La humanidad todavía es un ideal, no es aún una realidad. En las entrañas de cada psiquismo, colectivo e individual, el rechazo por la diferencia es muy alto. Estamos impactados por la palabra racismo, pero toda tribu es racista, en el sentido de que tiene terror a lo diferente y experimenta la propia particularidad como la única verdaderamente humana. Esto es muy profundo en nosotros.

—Me pregunto cuál es el camino de regreso. ¿Qué podés compartirnos para ayudarnos a pensar?

—Aunque uno no comprenda qué es lo que está pasando, es importante aceptar que este es un proceso natural. La incertidumbre que hoy vivimos nos  da la posibilidad de un estado de percepción superior que desafía al sistema nervioso. Ese es el estado de atención que parte de la base de no saber. Hoy vemos algo muy revelador de cómo somos los sapiens: todo el mundo tiene una posición tomada  y asegura saber lo que sucede. No escucho a nadie decir: “esto es muy complejo, no sé muy bien qué es lo que está pasando”. Este es un proceso de cambio acelerado y tenemos que estar atentos, sin caer en absolutos. Todo se está moviendo. Pero el cerebro tribal se organizó para fijar algunas variables y sentir seguridad frente a lo desconocido.

—¿Eso nos da una falsa sensación de seguridad?

—Claro, es un orden ilusorio. Antes, las ideas fijas de lo que está bien y lo que está  mal eran dadas por los linajes, por la tradición, por los ancestros. Después, los dioses nos dijeron qué es lo absoluto, lo inamovible. Ahora esto continúa con las ideologías, en el sentido de que pareciera que hay que tener siempre una posición ante todo. Es la imposibilidad de aceptar que no hay ninguna variable fija. Pero tampoco todo es relativo, como opuesto a lo absoluto: es relacional, que es distinto. Entonces, si todo es interrelación y movimiento, no me puedo quedar fijado, que es el hábito que hemos desplegado. La posición de no escuchar al otro nace del miedo a que amenace lo que creo que es mi identidad. 

—¿Creés que la estructura relacional está cambiando?

—Toda tribu humana se ha organizado a partir de un enemigo. Es una modalidad vincular que no puede escuchar y mucho menos abrirse a lo diferente. Nos asombramos cuando los políticos lo hacen, pero es necesario verlo en cada uno de nosotros, porque es lo que somos. Esta modalidad vincular reactiva tiene que volverse pornográfica, en el sentido de que debe llegar a provocarnos asco esta manera de conversar, de no preguntarse. Si existiera un psicoanálisis planetario, este sería el momento en el que nos enteramos de cómo operamos inconscientemente. El choque es inevitable y es un shock. ¿Cómo lo vamos a asimilar? No podemos saberlo. 

—¿Cuál es el gran desafío que tenemos para integrar ese proceso?

—Estamos condicionados para pensar que todo va hacia un mismo punto. Pero el universo se expande, se abre en infinitas direcciones. Es divergente. El aprendizaje está en aceptar cómo se conectan y se relacionan las diferencias. Es difícil, porque no buscamos comprendernos ni atender profundamente al otro, sino definir lo que es o no cierto. Ese es el viejo clima que está haciendo crisis. 

—¿Es decir que esta crisis terminará sacando al ser humano del centro? 

—El centro es una idea humana, pero no existe, lo define la comunidad humana. El tótem de la tribu, la plaza en el centro de una ciudad. Se trata de una necesidad psíquica, pero no es la realidad. Ante la cantidad de estrellas y de galaxias que hay, nos damos cuenta de la amplitud de lo que está aconteciendo. Por eso necesitamos creer que hay un centro. La revolución copernicana y el descubrimiento del inconsciente, por ejemplo, fueron un descentramiento, pero vendrán muchos otros descentramientos. Eso es Acuario: registrar y sintonizarnos con aquello de lo que participamos, que nos incluye pero que es más grande que nosotros y nos contiene como una presencia con la cual tenemos que aprender a relacionarnos. En la manifestación de las diferencias de Acuario, quizás lo más esperanzador es la potenciación del lado femenino. 

—Hablando de lo femenino, ¿sentís que llegó el momento de que esta energía se manifieste? 

—Recién estamos al principio del proceso y es lógico que todos aquellos que no han sido escuchados durante milenios hoy quieran gritar, dando lugar a un estado de batalla. No tenemos un sistema de creencias que esté basado en el encuentro entre diferencias complementarias, por eso, ahora tendremos que dedicarnos a comprender lo que antes no pudimos: todos somos diferentes proporciones de una estructura yin yang, femenina y masculina, que debe comprenderse en la relación. Eso tiene consecuencia directa no solo en las relaciones concretas, sino también en el modo en el que criamos. La procreación es un acto sagrado: cuando nace una criatura está apareciendo en la Tierra un misterio, algo desconocido que tenemos que aprender a cuidar sin apropiarnos. 

—Ser dadores de vida es uno de los grandes misterios de la especie humana. ¿Cómo no perderlo de vista?

—Solo la percepción del misterio nos puede impedir agarrar, sujetar al otro, porque nosotros espontáneamente buscamos apropiarnos. Enseguida queremos encontrarle al bebé un parecido con alguien de nuestra tribu y luego, cuando crece, hacerle pelear nuestras guerras. No es un tema moral, sino de cómo estamos organizados: somos seres creadores de objetos y convertimos al otro en un objeto, en un mutuo ejercicio de control. Tenemos que ir más allá de los antagonismos para entender que somos un cuerpo en permanente encuentro con lo sutil y vibramos con aquello que no tiene sustancia. Para mí, el punto principal es que cada ser humano es la humanidad, en el sentido de que tenemos que hacernos cargo de lo que somos, con las luces y las sombras de todo lo que hemos hecho. De otro modo “ellos” siempre serán los malos y “nosotros” los buenos. En mi percepción, lo más difícil de los próximos siglos será aceptar humanos que registran la realidad de otra manera, sin negarlos. 

—¿No es eso lo que nos muestran los astros, con sus movimientos de armonía y tensión que no destruyen, sino que complementan?

—Esa es la potencia simbólica de la astrología: cuando se la comprende, no de una manera superficial, sino realmente como un lenguaje de un poder simbólico muy alto, permite visibilizar lo que ni el castellano, ni el inglés, ni el francés, ni el chino dejan ver. La astrología entrega registros nuevos, otras maneras de percibir y de sentir. Creo que la realidad es muy distinta de lo que creemos, lo cual no significa que yo sepa cómo es. 

—Me gusta esta frase tuya: “la realidad es un aprendizaje eterno y sin conclusión definitiva”. ¿Lo que importa es el viaje?

—Eso es lo que importa. ¿Por qué tendríamos que llegar a algún lado? La muerte significa que algo se va para que pueda aparecer algo nuevo. Pero nosotros hacemos todo lo posible para que la muerte no parezca cierta. Hoy, una fase cumplió su ciclo, y otra comenzará. Es el principio de un salto psíquico, un momento difícil, pero a la vez apasionante. Es cierto que el cambio será tan radical que, inevitablemente, vamos a asustarnos, vamos a reaccionar. Cuando Cristóbal Colón llegó a América tuvieron miedo los que venían y también los que estaban acá, para unos y otros los nuevos fueron “monstruosos”. 

—¿Cuál te imaginás que será el itinerario de esta aventura?

—La Tierra es un sistema inteligente y es anterior a nosotros. No somos “la” inteligencia, como nos gusta creer. Cuando miramos un cielo estrellado la vastedad nos supera. Y prestar atención nos vuelve humildes. No desde la virtud, sino como la consecuencia natural de comprender que estar atentos es no querer dominar lo que no comprendemos. Distinguir el estado de reacción del estado de atención me parece de suma importancia, porque significa darse espacio y tiempo para percibir la inteligencia que aparece en el vínculo. El aprendizaje, en todo caso, será no atacar ni sentirse atacado. 

—Por último, viendo lo que está ocurriendo, ¿qué es lo que te conmueve?

—La madre que acaricia al hijo como un misterio, abriéndose a recibir la información desconocida que ese ser trae, en vez de aferrarse a ese ser como un objeto que le pertenece o que le genera orgullo porque es su propia obra (se emociona). Veo mucha confusión entre deseo y amor, lo que conlleva a una gran falta de amor, a un abismo. Es demasiado serio lo que está en juego y las mujeres tienen un poder inmenso. Somos testigos de una transformación terrestre y si corremos al ser humano del centro, veremos que todo es juego y creatividad, y que el asombro es el estado natural de nuestra especie. Tenemos que poner toda nuestra energía en criar hacia esa dirección. De otro modo la sabiduría, la Sophia, no es posible. 

Fotos: Clara Gabrielli

3 COMENTARIOS

  1. Wow que palabras para abrirme/cambiar la mente y la razón. Gracias por esta perspectiva innovadora para mi. Ahora todo se me hace diferente. Que maravilla no querer controlar sino dejarnos transitar admirando. Hermosa nueva conciencia esclarecedora. ¡Muchas gracias!

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