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La intuición como brújula para salir del maltrato 

Un análisis sobre el impacto de la manipulación, pero también acerca del valor de los grupos terapéuticos para ayudar a salir de la violencia.

POR María Fernanda Benítez

La manipulación, la mentira y el abuso no tienen género; pueden ser ejercidos y sufridos por cualquier persona. Sin embargo, la realidad de la violencia hacia las mujeres en nuestro contexto actual sigue siendo desgarradora y alarmante: en Argentina, los datos nos indican que cada 30 horas una mujer muere en manos de un hombre. Y esa no es solo una cifra, es una dolorosa realidad. 

Ante un problema tan estructural y persistente, el Estado debe ser el garante absoluto de prevenir y sancionar estos delitos. Pero mientras tanto, en el día a día, las realidades de las mujeres difieren drásticamente: están quienes cuentan con los recursos económicos para ponerse a resguardo, y están aquellas que quedan atrapadas en su propio hogar, dependiendo por completo de su agresor por falta de un lugar de amparo.

No son «episodios»

Como sociedad, el lenguaje es una herramienta viva a través de la cual introducimos cambios culturales. Pero también un canal que puede perpetuar realidades. Con frecuencia escuchamos en los medios de comunicación o en charlas cotidianas la frase «sufrió un episodio de violencia». Es momento de revisar esa palabra. La violencia hacia la mujer no es fortuita ni esporádica; es histórica y sistemática. Lo que llamamos «episodio» es en realidad el síntoma visible de una estructura mucho más profunda: la supremacía de una mentalidad machista.

En nuestro espacio de trabajo junto a mi colega, la Licenciada Matilde Silva, hacemos hincapié, entre otras cosas, en que las mujeres reconozcan las palabras que usan al describir su cotidianidad y realidades, ya que el abuso crónico altera y minimiza sus propias percepciones de los hechos.

Cuando el peligro se vuelve sutil

Hoy en día existe mucha información pública sobre los perfiles manipuladores. Se habla del love bombing: ese bombardeo de amor intenso y deslumbrante al principio, seguido de la intermitencia destructiva entre el buen y el mal trato que genera adicción emocional. Esto socava la mente de la víctima provocando disonancia cognitiva y abriendo paso al gaslighting, una forma de abuso psicológico que la hace dudar de su propia cordura. Aparecen también herramientas como la triangulación con terceros y el uso de «monos voladores», personas también manipuladas que colaboran con el agresor para validar su relato. En ámbitos laborales o legales, incluso, se despliega con fuerza la táctica DARVO: el manipulador niega el hecho, ataca a quien lo señala e invierte los roles para posicionarse él mismo como la víctima frente al entorno.

Sin embargo, lo más complejo no es solo identificar estos mecanismos externos. Lo verdaderamente desafiante —y de lo que poco se habla— es indagar compasivamente en nosotras mismas. Tras el paso de estos personajes, queda una huella devastadora de culpa y autocrítica, determinando nuestra percepción del mundo, de los otros y de una misma. La pregunta legítima no es para castigarnos, sino para conectar con nuestra sabia intuición: “¿Qué hay en mí que permanezco allí sabiendo que no es sano?”

Porque el patriarcado no solo opera afuera: también habita dentro nuestro y en la forma en que nos relacionamos con el propio ser. El depredador busca a la presa que menos sabe defenderse, por lo que el objetivo del manipulador es, precisamente, desconectarnos de nuestro instinto y del entorno.

Una red de amparo

Para ingresar a nuestro espacio en Mujeres en Acción, realizamos una entrevista de admisión —a cargo de la licenciada María Soledad García— para evaluar que la persona sea mayor de 18 años y no transite un proceso de duelo por pérdida física de un ser querido, ya que en este caso es una necesidad primaria que atender.  

Es importante aclarar que no somos un espacio de emergencia: si se detectan necesidades urgentes, redirigimos esos pedidos inmediatamente a las líneas de ayuda o a servicios que prestan atención con la celeridad que la situación requiere. Asimismo, el espacio cuenta con el asesoramiento legal clave de la doctora Silvina Varalli, una contención vital debido a la fuerte vulnerabilidad económica que sufren muchas de las participantes.

Nuestra dinámica se basa en una premisa fundamental: el grupo tiene una sabiduría propia y funciona como un gran catalizador. Cada historia se escucha con todo nuestro soma (mente, cuerpo y corazón) en un entorno de absoluto no juicio y sin interrupciones. Es importante destacarlo, porque la herida o el trauma de estas mujeres casi siempre se produjo en una relación que creían de amor. Entonces, si fuimos heridos en relación, es en relación donde debemos ser sanados: el grupo se convierte en ese lugar seguro para descansar, bajar las defensas y empezar a recuperar la identidad y la intuición pérdida. Para eso se necesita volver a confiar. 

Por último, es importante para mí mencionar que, más allá del hecho puntual, el trauma y la herida son la interpretación que hacemos sobre nosotros mismos de eso que nos sucedió. Por eso, es sobre eso en lo que más trabajamos en el grupo terapéutico: en la recuperación de la mirada sobre sí mismas, ya que hay un significado más valioso y profundo de quiénes son. 

El llamado a romper el silencio

Mi llegada a este camino no fue una elección, fue un llamado. Tras más de 20 años especializándome en discapacidad y en cuidados paliativos pediátricos, fui invitada en 2021 por Fabiana Fondevila a acompañar a mujeres víctimas de violencia de género. El hilo conductor de mi historia siempre ha sido meterme en las heridas más profundas, porque es allí donde soy testigo del inmenso poder que tiene esa fuerza transformadora que es innata en el ser humano.

Para sanar estas estructuras, todos tenemos un rol. Quienes rodean a una víctima deben saber que al principio su condición es la ceguera o la hipnosis profunda. No puede ver lo evidente, aunque por dentro lo intuya. Lo único que el entorno no puede hacer es mantener el silencio sobre lo ocurrido, pero no podemos ser sus cirujanos terapéuticos si no estamos entrenados. Lo que sí podemos ser es un puente que la conduzca hasta un profesional. Incluso una película, un libro o una nota como esta pueden funcionar como ese primer «chasquido de dedos» que enciende la alerta para ayudar a despertar.

Como padres, madres y educadores, tenemos también la responsabilidad del testimonio vivo que damos. En mi hogar, con cuatro hijos (tres de ellos varones), las tareas diarias se rigen por el principio de cooperación comunitaria y no por el género. Debemos educar a los varones en un entorno donde se valide la sensibilidad, la compasión y la empatía, recordándoles que las emociones son humanas y rescatándolos del mandato patriarcal de «los hombres que no lloran».

El camino de salida suele ser caótico al principio, porque exige algunos movimientos claves. Pero el cuerpo —que es la base de nuestros sufrimientos— siempre avanza mostrando físicamente la herida para ayudarnos a ver. Dejar caer la venda de los ojos y del corazón es el primer paso para transformarse, volver a confiar y, finalmente, dejar de estar en deuda con una misma. 

A lo largo de estos años en el grupo, he sido testigo de que, si bien trabajamos en las heridas más profundas, donde hay mucho dolor, también somos testigos del enorme poder de transformación que tiene el alma humana. La tarea es volver a amarnos para no depender de que otro nos quiera, volviendo a confiar en nuestras intuiciones y no quedarnos nunca más en deuda con nosotras mismas.

Es siempre mi intención poder acompañar un corazón lastimado y sé que éste solo se revela cuando hay otro corazón disponible. “El corazón habla al corazón”, dijo San Agustin. Y es importante que algo se nos recuerde siempre: antes de ser heridos, primero fuimos amados.

***

María Fernanda Benítez es Licenciada en Psicología, especialista en discapacidad y cuidados paliativos pediatricos. Formada en trauma con el Dr. Gabor Maté en Compassionate Inquiry (Canandá), coordina grupos de duelo y de mujeres víctimas de violencia.

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