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La vida es bella porque Dios existe: un relato de amor y esperanza después del dolor

Tras el sismo que sacudió Venezuela, una familia descubre, entre el miedo y la incertidumbre, que hay lazos de amor que la tragedia no puede romper.

POR Ytala López

Un día feriado, de esos en los que no toca colegio. Diego se sintió feliz de no tener que ir. Dormiría hasta tarde y planificaría con papá ir a casa de un amigo a intercambiar figuritas. Despertó ilusionado, pues su única preocupación era completar el álbum del Mundial de fútbol. Salió de la casa de su amigo, pero nunca pudo descubrir si en el sobre estaba la figurita de Messi, Haaland o la del Dibu.

Su ilusión fue sacudida por un ruido inédito para sus nueve años, seguido de un movimiento de tierra que no llegaba a comprender. Un edificio se desplomó frente a sus ojos. El ruido, el polvo, la gente corriendo. En pocos segundos, a sus pocos años, Diego descubrió que el mundo también podía rasgarse como los sobres de figuritas que, en un instante, habían dejado de importarle.

La confusión le dio un codazo a la ilusión. Ya no interesaban ni Messi, ni Haaland, ni el Dibu: él solo quería saber de su madre, sus hermanos, su tío, su abuela, su abuelo. De la mano de papá, Diego ya no buscaba figuritas, sino un refugio, el puerto seguro que su familia sabía brindarle.

La sonrisa con la que salió de casa quedó inerte; sus lentes, empañados de asombro y polvo, eran incapaces de comprender lo que acontecía a su alrededor. Se le hizo interminable la vuelta a casa.

Luego del abrazo eterno con mamá, los abuelos, el tío y sus hermanos, Diego se sumió en un mutismo. Se tiró al piso, como buscando explicaciones entre las rajaduras.

El ruido a vida de las voces de otros niños le hizo levantar la mirada y le devolvió la sonrisa que durante sus nueve años ha llevado como tatuada en su carita. Seguía sin entender qué pasaba, pero había un “algo” que le devolvía la alegría.

Una tía de la que sabía que era la hermana de su abuela, madrina de su mamá, que desde hace muchos años vive en Argentina y que todavía no conoce personalmente, lo sorprendió días después.

“¡La tía les va a leer un cuento!”, les había adelantado mamá a Diego y a sus dos hermanitos. La esperaron con alboroto, como cuando esperan la llegada de Papá Noel cada 24 de diciembre.

Apertrechados con lápices de colores y hojas para dibujar, se juntaron en el living de casa a esperar a que apareciera la tía en la pantalla del teléfono móvil.

Todo hacía ver que no se trataba de una lectura de cuentos cualquiera.

La tía escogió para inaugurar este ciclo de encuentros El hilo invisible, de Patrice Karst. Ella no puede abrazarlos físicamente, pero sí acogerlos a la distancia. ¡Benditos los cuentos!

Esa no fue una lectura, sino una fiesta: Diego, atento a cada frase; Thiago iba y venía; Valentina, con sus ojitos curiosos a lo Moana; papá y mamá, tras bastidores; y la tía, que no sabía dónde guardar tanta dicha. Ni tiempo tuvo de hacer una captura de pantalla para quedarse con los besos que Thiago le dedicaba tras la pantalla.

La autora de este relato junto al libro que eligió para leerles a los niños en un momento muy difícil.

Minutos después de terminar, le llegó un mensaje de WhatsApp con dibujos de sus sobrinitos: sus versiones de lo que les significaba a cada uno el hilo invisible.

Es que ese no fue un simple cuento, sino la metáfora de la realidad que los atravesaba: un hilo invisible que une a una tía con sus sobrinos, que entreteje historias, une países, generaciones y corazones. Un hilo invisible de amor en el que nadie queda afuera.

Hubo que salir de nuevo a la calle: la tierra seguía moviéndose, el polvo, los edificios resquebrajados, los cascotes transformados en paisaje. Sin embargo, las más de siete escalas de Richter no pudieron derribar el amor, la familia, la fe y la unión en la memoria compartida.

La belleza de la vida no quedó bajo los escombros. En medio del dolor, la incertidumbre e incluso el luto, apareció una fuerza que sostuvo:

Un niño que pudo llegar a casa.

Una tía que leyó un cuento.

Tres nenes que escucharon una y varias historias.

Una familia unida sin distancia.

Diego junto a sus papás y sus dos hermanitos, Thiago y Valentina.

Este hilo invisible, capaz de juntar unas manos con otras, unas voces con otras, unas vidas con otras, es la presencia de Dios, que no hace ruido, pero se hace sentir.

Habrá tragedias que romperán edificios y quitarán vidas, pero no tendrán la fuerza para derribar los lazos que Él teje entre quienes se aman.

Aquel feriado del 24 de junio, Diego, junto a su padre, había salido a buscar figuritas para completar el álbum del Mundial de fútbol. Sin saberlo, ese día Diego encontró algo mucho más valioso: la certeza de que, cuando todo parece derrumbarse, existen hilos que ningún terremoto puede romper.

Esa es la razón por la que la vida es bella, anque no está libre de dolor. Pero aun así, o justamente por eso, Dios, que es misericordia, persevera plasmando su amor en gestos sencillos: una voz que cruza fronteras, un cuento compartido, una familia que permanece unida y un niño que, después del miedo, descubre que siempre hay un lugar seguro al que poder regresar.

Es que la vida es bella porque Dios existe.

1 COMENTARIOS

  1. Cada palabra me movilizó. Ese hilo que parece débil tiene una fortaleza única. La mirada amorosa, compasiva borra distancias.
    Amor ❤️ 💯 .
    Por más gestos e hilos como este.
    El artículo escrito con calidez, y sensibilidad.
    Excelente

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