20 de agosto de 2026
Una mujer cierra los ojos y no vuelve. Las piernas se le doblan, se le cae el rosario, alguien la sostiene antes de que llegue al piso. Eso es, para muchos, una persona mística. Un cuerpo que se desconecta del mundo por un rato. A esa mujer después se la llama santa o loca. Pero la voz mística viene del griego μύω (myo): cerrar los ojos y la boca. Dándole una vuelta más a su raíz, mística es aquella que se repliega para dejar entrar en su cuerpo lo que no cabe en la razón.
Esa contemplación silenciosa que estremece, ese modo de estar en el mundo, tiene una genealogía femenina más antigua que la teología y la filosofía. Empieza 1.500 años antes que Homero, con una mujer que un día decidió firmar lo que escribía. Porque en el principio fue la palabra, sí. Pero la palabra un día se hizo canto e intentó nombrar lo que nos desborda.
Empecemos por ahí. En el año 2300 antes de Cristo, en la ciudad sumeria de Ur, vivió una astróloga y sacerdotisa, hija del rey Sargón de Akkad, en la actual Irak, que escribió un puñado de himnos dedicados a la diosa Inanna. Hoy se la reconoce como la primera autora de la que conservamos el nombre.
Yo, Enheduanna, quiero hacer algo que nadie ha hecho antes.
Diosa, tu poder es grande;
yo proclamaré tu grandeza.
—Enheduanna, La exaltación de Inanna (Nin-me-šara)
Que la escritura haya nacido pegada a un cuerpo en trance y no a un argumento no es un dato menor. Y sin embargo los manuales, durante siglos, prefirieron la nota al pie: “sacerdotisa recitadora”. Como si solo hubiera repetido.
Saltemos ahora 3.000 años. Entre el siglo 8 y el 16, en dos continentes distintos, un grupo de mujeres, muchas de ellas religiosas, dejó testimonio escrito de un contacto con lo divino.
En Basora, la asceta Rabia al-Adawiyya (717-801) llevó la espiritualidad islámica del miedo al castigo hacia el amor puro a Dios. Una vez la vieron correr por las calles de la ciudad con una antorcha encendida en una mano y un balde de agua en la otra.
(…) con estas cosas voy a prender fuego al Cielo
y a apagar las llamas del Infierno,
para que los que viajan hacia Dios
puedan arrancar los velos (…)
—Atribuido a Rabia al-Adawiyya por tradición oral.
Su idea del amor sin miedo ni cálculo marcaría a generaciones de místicas, incluso fuera del islam. Pero para verlo hay que avanzar 300 años y cruzar el Mediterráneo.
La santa alemana Hildegarda de Bingen, en el siglo XII, fue una de las primeras en abrir en Europa ese espacio de escritura visionaria. La tradición cuenta que sentía la voz de Dios ordenándole escribir, y que cada vez que se resistía a hacerlo, enfermaba.
Una vez Dios me puso en el lecho de enferma y cargó mi cuerpo con una falta de aliento, de modo que mis venas con su sangre, mi carne con sus vasos y mis huesos con su médula se secaron, como si mi alma tuviera que separarse de mi cuerpo. Permanecí en esta turbación durante treinta días. Mi cuerpo ardía con el calor de un aire abrasador. Incluso la fuerza de mi espíritu, tan estrechamente unida al cuerpo, se debilitó.
—Hildegarda de Bingen, Scivias.

En el sur de la India, la poeta Akka Mahadevi vivía algo parecido, aunque todavía más radical. Desde niña se consideraba casada con el dios Shiva. Un rey se enamoró de ella y la obligó a casarse bajo la condición de no tocarla. Cuando él rompió esa promesa, Mahadevi se quitó toda la ropa y las joyas que le había regalado y salió desnuda a la calle. Pasó el resto de su vida errante, componiendo alrededor de 430 poemas breves en lengua kannada. En uno de ellos pregunta por qué la gente se avergüenza de cubrir su cuerpo, si el mundo entero ya es «el ojo del Señor» y no hay, en realidad, nada que ocultar.
Un siglo después, en Francia, la cartuja Margarita de Oingt imaginó a Cristo en la cruz como una madre. «Cuando llegó la hora, te acostaron sobre el lecho duro de la cruz, donde no podías moverte ni estirar los miembros, como le pasa a la mujer que está pariendo», escribió. En esa imagen, la sangre de las llagas era sangre de parto, y la humanidad entera, el hijo. Con estas visiones, el corazón de Margarita se llenaba, decía, hasta un punto insoportable. Tanto que si no lo escribía «habría muerto (…)».
En ese linaje aparece, en España, Teresa de Ávila, la carmelita cuya prosa sigue siendo, 400 años después, la vara con la que se mide cualquier escritura del éxtasis.
Veía a un ángel muy cerca de mí, del lado izquierdo, en forma corporal. No era grande, sino pequeño, muy hermoso, con el rostro tan encendido que parecía uno de los ángeles más elevados. Le veía en las manos un dardo de oro largo, y en la punta del hierro parecía haber un poco de fuego. Sentía que me lo clavaba en el corazón varias veces, hasta llegar a las entrañas; y al sacarlo, sentía que se las llevaba consigo, dejándome toda abrasada en un gran amor a Dios.
—Teresa de Ávila, Libro de la Vida, versión modernizada.

Es acá donde el recorrido se vuelve más actual.
Porque si la mística es esa experiencia de salir de una misma para tocar algo más grande (la filósofa española María Zambrano la definía como «una salida de mí en huida»), tal vez no hace falta pertenecer a ninguna institución religiosa para vivirla.
Simone Weil nunca se bautizó ni perteneció a ninguna congregación (de hecho, dio 35 razones por escrito para no hacerlo), pero registró al menos tres encuentros con lo divino: una procesión de esposas de pescadores en Portugal, un deseo irrefrenable de arrodillarse en una pequeña capilla de Asís, y una revelación durante los oficios de Semana Santa que, según contó, la atravesó «de una vez y para siempre». Su clave espiritual no fue el dogma sino la desgracia. La falta.
En 1934 Weil dejó su trabajo como docente y consiguió un empleo en una fábrica metalúrgica porque quería que el cuerpo le quedara marcado por el mismo trabajo que marcaba el de una obrera. «Allí recibí la marca del esclavo», escribió. Años más tarde, en una carta que ella misma consideró su testamento espiritual, resumió lo que esa experiencia le había dejado:
Estando en la fábrica, confundida a los ojos de todos y a mis propios ojos con la masa anónima, la desgracia de los otros entró en mi carne y en mi alma.
—Simone Weil, carta al padre Perrin.
Para ella, el sufrimiento no redime por sí solo, pero es el único lugar donde el alma logra abrirse a algo más grande que ella.
La poeta estadounidense Hilda Doolittle (H.D.) decía que escribir le salía bien cuando su cuerpo estaba exhausto. Su amigo Ezra Pound se lo había dicho en una frase, que ella después repitió: «El cuerpo está dentro del alma, no al revés».
A esa certeza volvía cada vez que escribía sobre su propio embarazo:
Aunque no engendré ningún hijo varón
en toda mi vida,
el hijo de mi corazón y de mi espíritu
es el hijo que los dioses abandonan
por igual
—H. D. (Hilda Doolittle), Demeter, Hymen.
Hasta en un caso tan alejado de lo religioso como el de Marguerite Duras, afectada por el alcohol durante buena parte de su vida, aparece ligada a una experiencia que excede la mera dependencia. Ella vivía sola en su casa. Entre semana no llegaba nadie, y fue ahí donde encontró todo su sentido. No bebía para morir, decía. Bebía porque el alcohol hacía resonar la soledad hasta el punto de preferirla a cualquier otra cosa.
Algunos leen ese exceso en términos de mística. La sed de absoluto, cuando no encuentra un cauce, puede buscar sustitutos capaces de conducir hacia lugares oscuros. Decir «Duras» y «mística» en una misma frase puede sonar para algunos por poco un insulto, por la relación entre el cuerpo y el escándalo, algo nada cercano al recogimiento.
Si hablamos de escándalo, la poeta Marosa di Giorgio publicó en 2003 un libro con el mismo nombre con el que se invoca a la Virgen en las letanías: «Rosa mística». Pero lejos de contener oraciones piadosas, sus poemas entran en un éxtasis erótico, con vírgenes, ángeles, insectos y animales que rezan, copulan y se devoran entre sí sin ninguna jerarquía. Una mitología que Marosa cosechó en su chacra familiar, al norte de Uruguay.
Quedamos por ahí prendidos.
Íbamos en el cielo. Él hacía ahora un rumor raro, como si fuera un hombre, como si fuera un animal, o Dios.
Proseguimos así y navegando.
Cada tanto me fijo en los abismos, por si se ven mi casa, mi jardín.
—Marosa di Giorgio, Rosa mística.
Lo que repite la historia, de Ur a Salto, es un cuerpo de mujer. El que canta a una diosa hasta convertirse en ella. El que corre por la calle con una antorcha y un balde de agua. El que enferma si no escribe lo que Dios dicta. El que se desnuda en plena calle. El que gesta, el que pare. El que se quiebra en una fábrica, o en una botella. El cuerpo que tiembla, aunque sea por un instante, con una pérdida, un amor, una creación. Todo el cuerpo, entero, con su alma adentro, es el que hace la pregunta.
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De mucho conocimiento literario e histórico, pero sobre todo de increíble profundidad!! Gracias!!!