1 de abril de 2026
“Tratar de descifrar quién es Katherine Mansfield es una tarea ardua, por momentos imposible, siempre equívoca”, dice Eleonora González Capria. Es la traductora a cargo de las notas, el prólogo y la selección de los cuadernos y las cartas de enigmática y encantadora autora neozelandesa, que aparecen reunidos en Sopa de ciruela (Eterna Cadencia, 2022).
¿Quién fue, realmente, esta mujer? Una voz joven, fresca y pícara, que a través de sus reflexiones personales y cuentos logró llamar la atención de autores como Virginia Woolf, ni más ni menos.
“La busqué para que apareciera más íntegramente, para que se mostrara quizás más parecida a quien sea que fue”, explica Eleonora. Porque mucho de lo que conocemos de Mansfield tiene que ver con una versión recortada o distorsionada, presente en los famosos diarios que publicó su marido, John Middleton Murray, tras la muerte de la escritora a los 34 años.
Al momento de fallecer Mansfield, Woolf escribió en su –también célebre– diario: “Katherine murió hace una semana (…) Cuando me puse a escribir, me pareció que escribir no tenía ningún sentido. Katherine no lo leerá. Katherine ya no es mi rival”.
Sopa de ciruela (Eterna Cadencia, 2022) intenta acercarnos un poco más a esa voz fragmentaria, contradictoria y real de una autora que seguimos leyendo con entusiasmo más de un siglo después.
Eleonora, que será nuestra invitada al taller de lectura online sobre los diarios y cuentos de Mansfield que tendrá lugar el sábado 11 de abril, nos habla sobre la revelación que tuvo al enterarse cómo, durante décadas, se leyó una Mansfield distinta a la que descubrió ahora, durante el proceso de traducción. Una charla sobre su camino como traductora, el valor de la literatura y el enorme regalo que es leer a esta autora.
—Eleonora, hay algo muy claro en Sopa de ciruela: no es solo traducción, hay una mirada, una selección, una voz. ¿Cómo llegaste a interesarte por la literatura desde ese lugar?
—Tuve una vocación literaria muy temprana. En la escuela primaria, cuando me preguntaban qué quería ser, decía “escritora”. En mi familia no había nadie del mundo de la literatura —mi papá era bancario, mi mamá ama de casa, mis hermanos siguieron caminos científicos—, pero siempre me alentaron con la escritura. Tengo cuadernos desde los seis años con versos, rimas, poemas “a pedido”. Era como una mascota literaria familiar.
Después estudié Letras y, hacia el final de la carrera, empecé un proyecto de investigación que consistía en traducir a una autora del Renacimiento. Ahí descubrí algo decisivo: de más de 300 textos que había escrito, sólo circulaban unos pocos traducidos. Esa desproporción me impactó. Fue mi primer acercamiento a la traducción como problema, que en 2009 no tenía la visibilidad que tiene ahora. No había tantos espacios para pensarla. Entonces, decidí hacer la carrera de traducción literaria y científica. Para mí fue abrirme a otra zona de la escritura; entiendo el traducir como una forma de hacer literatura.
—¿Y cómo es esa vida? Da la sensación de que quienes se dedican a eso viven muy “adentro” de las obras y de la voz e imaginario de los autores…
—Sí, totalmente. Es una vida muy inmersiva. Una convive mucho tiempo con una voz, un ritmo, una sensibilidad. En mi caso, eso dialoga a su vez con otros trabajos: me dedico mucho a la literatura infantil y juvenil (LIJ) y traduzco también textos de divulgación para infancias y juventudes, y materiales pedagógicos, porque me parece un campo fundamental y poco reconocido. Después hay otra línea más autoral: poesía y narrativa. Trabajé en la traducción de autores como Lydia Davis, Jane Austen, Frank O’Hara. Con O’Hara hice algo bastante parecido a Mansfield: selección, traducción, prefacio. Era un autor con muy poca circulación en castellano y eso implicaba también construir un libro.

—¿Y Katherine Mansfield?
—Mi primera lectura de ella fue el cuento “Bliss” (Felicidad), y no conecté del todo. Me resultaba un texto muy exaltado, muy simbólico para mis escasos 19 años. Había algo en esa sensibilidad —el matrimonio, el bebé, el famoso peral— que me quedaba lejos. Incluso en términos de identidad, de experiencia. Con los años fui construyendo otra relación con Mansfield y me impresionaron mucho los diarios.
—Ah, sí, los diarios y ese espíritu joven y la mirada perspicaz en esas notas, entradas, pequeños relatos…
—Sí. Una Mansfield joven, más contradictoria, más viva. Y en cuanto al libro… bueno, Sopa de ciruela surgió casi por accidente: un editor me propuso traducir los diarios y cuando empecé a investigar y a “rascar” un poco la superficie, me di cuenta de que no estábamos leyendo realmente a Mansfield, que habíamos vivido en la ignorancia tomando solo el diario que había publicado su marido, Murray, en los años 20. Entonces, encargué los Complete Journals, un libraco de dos kilos que tengo acá en mi biblioteca, y me embarqué en ese proyecto que ahora es un libro.
—¿Qué encontraste en esos diarios completos?
—Por primera vez pude leer los materiales sin mediación. Y ahí supe que el problema no era traducir “los diarios de los años 20”, sino otra cosa: mostrar que eso no era un diario en el sentido tradicional. Lo que hay ahí no es estrictamente un diario: eso fue una construcción editorial posterior. Lo que hay son cuadernos, papeles sueltos, fragmentos. Entonces Sopa de ciruela no es solo una traducción: es una intervención sobre esa tradición de lectura.
—En ese sentido, tu presencia o marca como traductora es fuerte.
—Sí, porque no creo en la traducción como invisibilidad. Hay una mirada, una decisión: qué se incluye, qué no, cómo se ordena. Todo eso construye un libro. En mi caso —esto lo desarrollo en el prólogo—, construyo una relación con Mansfield como una persona que tiene un cuerpo defectuoso, habiendo tenido yo misma problemas físicos a lo largo de mi propia vida. A pesar de estar muy enferma durante mucho tiempo, estamos ante una autora que tuvo una voluntad y un deseo tremendos de escribir, y que escribe desde la conciencia perpetua de su ser físico. Es una mujer ávida de comer, de beber, de alegría, pero al mismo tiempo totalmente tomada por la realidad de su cuerpo y de una tuberculosis, por la que termina muriendo muy joven, a los 34 años.
—El libro también incluye cartas…
—Sí. Los cuadernos son interesantes de leer porque también son el laboratorio de su literatura, y las cartas dialogan con eso, amplían esa zona de trabajo y de vida.
—¿Cómo era la relación con su marido?
—Es muy extraña. Uno quiere odiarlo a Murray, que al mismo tiempo que sacó provecho económico de la obra, también mantuvo vivo ese legado y, hasta el último día de su vida, estuvo pensando en ella, en Mansfield.
—¿Qué más te parece que hay en la figura de Mansfield para que pueda ser leída y disfrutada hoy?
—Por un lado, la calidad literaria es innegable: su importancia en la historia de la narración breve, su aporte al modernismo y a una nueva forma de contar historias. Pero también hay algo muy potente en sus papeles privados. Ahí aparece con claridad una idea fascinante: su concepción, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, de que la literatura también es un trabajo. En sus cuadernos y cartas esa conciencia es muy fuerte. Ella dice: “yo tengo que trabajar”. Hay una voluntad muy clara de ser escritora y un deseo de reconocimiento: está haciendo obra cuando escribe.
Y aparece también el dinero, que es algo que a Mansfield se le escapa todo el tiempo. Los viajes —a Suiza, por ejemplo, a las aguas termales— eran por razones de salud, no solo por placer. Hay una tensión constante entre la escritura y el dinero, entre la escritura y el trabajo: ese pasar hambre en un lado para poder nutrirse en el otro.
—Para terminar, hay otra gran autora mujer que tradujiste, Jane Austen, a 250 años de su nacimiento. ¿Cómo llegaste a traducir Sensatez y sentimientos, otro libro que llega pronto a las librerías locales?
—Esta traducción fue una propuesta mía a la editorial, igual que los cuadernos de Mansfield. Aunque existen muchas y se ha escrito tanto sobre Austen, pensé que si hay espacio para más traducciones de Flaubert, también lo hay para más traducciones suyas. Y me entusiasma y me asusta saber que el libro esté por salir. Llegará pronto.
El próximo sábado 11 de abril, nos juntamos online para disfrutar del taller de lectura Katherine Mansfield. La escritura como laboratorio íntimo. Toda la info acá.
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