Ana María Bovo: narradora oral, docente y dramaturga: “El relato sigue siendo un refugio de lo humano” - Sophia Online

Entrevistas

Ana María Bovo: narradora oral, docente y dramaturga: “El relato sigue siendo un refugio de lo humano”

Alejandra López

La actriz y directora teatral protagoniza Ruth, acaba de reeditar su libro Rosas colombianas y publicó una segunda novela. Una conversación sobre el valor de narrar historias.

POR Agustina Rabaini

Vestida con camisa roja y sombrero negro. De peluca y camisón rosado. O con una remera cómoda tomando apuntes, escribiendo cosas que luego pueden convertirse en otras. De cualquier manera, Ana María Bovo se divierte mientras trabaja.

Narradora oral, escritora y actriz, la cordobesa protagoniza Ruth, adaptación teatral de la exitosa novela de Adriana Riva, y al mismo tiempo vive un momento muy especial: acaba de reeditar Rosas colombianas (Planeta), publicó una segunda novela, La mujer del tiempo (Emecé) y está escribiendo una tercera. 

Con ella la conversación fluye de un tema a otro, pasa con gracia de anécdotas personales a los desafíos creativos que afronta y en el medio llega el cafecito, que prefiere amargo. Le gusta darle vida, o muchas vidas, a un mismo relato, escena o pasaje de película.  La narración, ese universo particular en el que vive desde hace décadas es, para ella, edificar con palabras, y eso que narra está siempre vivo, cobra existencia propia.

Los relatos le dan una sobrevida a los objetos, a las personas, a los recuerdos. Cada vez que contamos una historia la volvemos a mirar, podemos comprender algo más —dice en conversación con Sophia—. Creo profundamente en eso”.

Una de las referentes más destacadas de la narración oral en nuestro país, Ana María Bovo aceptó el desafío de ponerse, una vez más, en la piel de un personaje apasionante y nos habla de la libertad que pueden traer los años, del poder de contar historias y de su pasión por demorarse en los pequeños detalles de la vida

Una vez te escuché hablar de un momento clave en tu camino de cuenta cuentos… cuando viste a otro narrar El pajarito remendado.  ¿Ahí hay un primera escena de tu propia historia como narradora?

—Sí, la recuerdo como una escena fundante. Yo estudiaba el profesorado de Jardín de Infantes y escuché a un gran narrador santafesino, Villaverde, contar El pajarito remendado. Me produjo un impacto enorme escucharlo. Y un poco después ocurrió que hice una evaluación y la profesora de Literatura escribió que tenía  “condiciones de narradora avezada». Yo no sabía qué quería decir «avezada». Fui al diccionario a buscar la palabra y me emocionó muchísimo. Alguien había visto algo que yo todavía no alcanzaba a reconocer.

Alguna vez también dijiste que al contar, «filmás con palabras»… 

—La narración me permite hacer eso. Trabajo como si manejara una cámara y hay momentos en que necesito un plano muy abierto, panorámico. Y de pronto algo diminuto me llama: una uña, el borde de una puntilla, el centro de una flor, un fleco, un párpado. Ese pequeño detalle me obliga a acercarme. Entonces me pregunto con qué palabras puedo producir esa aproximación. Con la mayor economía posible. Que una frase contenga una escena completa, que produzca una experiencia. Nunca sé exactamente qué está viendo el otro cuando cuento y eso me maravilla.

—Me acordé de aquella frase de Hebe Uhart: «la buena literatura está hecha de detalles»…

—Claro. Pero no de una acumulación: si uno pone detalle sobre detalle, deja de haberlo. Todo se vuelve igual de importante. El verdadero detalle aparece cuando algo, entre miles de cosas posibles, reclama ser mirado. Hay un acercamiento entre el objeto y quien lo observa. Ese encuentro produce sentido.  Muchas veces veo escenas enteras antes de escribirlas. Lo inventado tiene, para mí, la misma intensidad que lo vivido. A lo inventado también lo veo. 

¿Qué podés ver ahora, con distancia, respecto al arte de narrar? 

—Con el tiempo entendí que más que elegir un oficio, fui encontrando una manera de mirar. Mi papá, que era un narrador extraordinario, muy intuitivo, siempre me contaba El pastorcito mentiroso, un cuento del que me molestaba el tono de moraleja. Cuando empecé a trabajar con chicos, descubrí otros cuentos. Y comprendí que una historia podía ser una experiencia y no una enseñanza. Después apareció la narración para adultos y ya no pude dejarla.

¿Qué te sigue sorprendiendo del encuentro con el público?

—El silencio. Ese silencio profundo que se produce cuando todos están imaginando. Nunca sé exactamente qué imagen está construyendo cada uno. Lo que sé es que sucede. Y cuando termina una función aparecen interpretaciones completamente distintas de un mismo relato. Eso me encanta porque quiere decir que las palabras no imponen una imagen; la despiertan. 

En un momento donde todo parece tan acelerado, ¿la narración oral adquiere otro valor?

—Sí. El relato sigue siendo un refugio de lo humano. Vivimos rodeados de información, de velocidad, de estímulos y una historia necesita otra cosa: tiempo, escucha, presencia. El relato no encuentra lugar en los medios masivos porque no produce un beneficio inmediato. No sirve para vender algo, no acelera nada. Sin embargo, puede hacer algo más importante: conmover. Reconfortar. Recordarnos que seguimos siendo personas. 

—Hablaste de tu papá hace un momento. También mencionás a menudo a tu mamá

—Sí. Mi mamá murió hace poco, tuvo una larga vida y fue una mujer muy lúcida y divertida, de un humor extraordinario.  Durante el Mundial de Qatar decía: «Qué buen momento para morirse. Todos están contentos, nadie discute…». Era capaz de decir una frase así y hacernos reír en medio de situaciones muy difíciles. Cuando ya estaba muy grande, por las noches salía al patio, se sostenía de un alambre porque tenía vértigo y miraba el lucero. Decía: «ahí está mi mamá». Después de que ella murió volví a esa casa, me agarré del mismo alambre y pensé que ahora estaban las dos ahí: mi mamá y mi abuela. 

—Pensando en todas estas mujeres, ¿cómo llegó Ruth, el personaje de la novela de Adriana Riva, a tu vida?

—El libro me llegó a través de Maite Caballero, la productora del espectáculo, junto con Javier Berdichesky. Primero me llamó para preguntarme si me animaba a actuar en una obra de teatro. Le dije que sí y después me habló de la novela. Cuando me describió el personaje, sentí una atracción inmediata y al leer el libro, que me encantó, empezó otra aventura. Tanto Mariana Chaud —la directora— como parte del equipo pensaban que yo quizás no iba a aceptar porque hacía muchos años que estaba dedicada casi exclusivamente a la narración oral. Pero para mí era una oportunidad de jugar desde otro lugar. Cuando empecé a leer Ruth me pasó algo muy fuerte. Me desconcertaba, me hacía reír, por momentos me oprimía el tono de esa voz y, al mismo tiempo, me conmovía muchísimo.

—Es una novela de personaje única. Me gusta que no sea una trama llena de acontecimientos; lo extraordinario está en esa voz y personalidad, en cómo pasa sus días…

—¡Sí!  El desafío era encontrar el tono para Ruth; eso que siempre es tan misterioso. No hay fórmula. Uno recibe toda la información que está en el libro y, en algún momento, aparece una intuición. Puede ser que aciertes o no. Yo llegué al primer ensayo diciendo: «Voy a probar un tono; no sé si será este, pero es el que hoy me habita». Por suerte les gustó a todos. A partir de ahí empezamos a construir. Hubo algo muy hermoso: la novela podría haber sido un unipersonal, pero la dramaturgia hizo nacer al personaje de Luisa (N. de la R.: en la obra, interpretada por Elvira Onetto), y el mundo interior de Ruth abrió paso al diálogo, al humor, a esa relación tan viva entre las dos mujeres.

—¿Qué más encontraste vos en Ruth, esta mujer de 82 años?

—Muchas cosas. Primero, que no intenta agradar. Dice lo que piensa. Tiene libertad interior. Es una mujer que perdió a su marido, que ya atravesó casi todas las experiencias importantes de la vida y que, sin embargo, conserva la curiosidad. Me gusta que la obra no caiga en una mirada compasiva sobre la vejez. Ruth no es una mujer derrotada. Tiene dolores, limitaciones, nostalgia, pero también una inteligencia vivísima y sentido del humor. Me parece un personaje profundamente libre. 

—El arte ocupa un lugar central en la puesta…

—Hay una escena que me conmueve especialmente, cuando habla del arte. Dice que puede quedarse horas mirando un cuadro sin terminar nunca de conquistarlo. Esa relación con el arte me resulta muy cercana. Si alguna vez tuve una verdadera sensación de finitud fue dentro de un museo. Pensar: «Tal vez nunca vuelva a ver este cuadro». Me pasó frente a Las Meninas, frente a obras de Rubens, pero también con un cuadro pequeñísimo del Thyssen-Bornemisza que se llama Mañana de Pascua. No podía irme de ahí… Ruth encuentra en el arte una forma de seguir viviendo, de seguir viajando, incluso sin salir de su casa.

—Sabe habitar la soledad, a su manera…

—Sí, me emociona que disfrute de la soledad sin que eso sea sinónimo de tristeza. Los hijos quieren que salga más, que esté activa, que haga determinadas cosas porque creen que eso es lo mejor para ella. Pero Ruth sabe qué desea y disfruta de su cocina, de sus cuadros, de sus pensamientos y de las conversaciones con su amiga.

—Una mirada luminosa sobre una etapa de la vida que también conlleva otras cosas, ¿no?

—Claro, el cuerpo cambia. Yo misma tengo un reemplazo total de rodilla y la otra me da algunos problemas. Son cosas que aparecen y con las que hay que aprender a convivir. Pero eso no significa que desaparezcan el deseo, el humor o la curiosidad. Al contrario. Con los años deseo menos cosas pero con mucha más profundidad… Antes pensaba en recorrer muchos lugares; ahora prefiero imaginar un viaje largo a un solo sitio, permanecer, mirar lentamente. Me acuerdo de una frase de José Saramago que decía que un buen viajero es el que vuelve a mirar las mismas cosas de día y de noche, en invierno y en verano. Esa idea me encanta… Uno empieza a preguntarse qué vale la pena realmente. Si sigo bien de salud, quizás pueda actuar algunos años más; mientras conserve la cabeza y la voz, podré seguir contando historias y eso me hace muy feliz.

Acabás de reeditar Rosas colombianas y publicaste La mujer del tiempo. ¿Cómo vivís tu faceta de escritora?

—Con mucha alegría. Rosas colombianas se reeditó por Planeta y fue muy emocionante porque sigue apareciendo gente que lo leyó hace años y vuelve a escribirme. Otros lo descubren recién ahora y no deja de sorprenderme.  En el medio publiqué La mujer del tiempo, una novela que nació de una pregunta que me acompañó durante mucho tiempo: ¿cómo era la vida de muchas mujeres de los pueblos del interior durante los años treinta, cuarenta y cincuenta? En esa época los bailes eran casi la única oportunidad de conocer a alguien. Las chicas viajaban de pueblo en pueblo con una enorme expectativa. En una sola noche podía definirse el resto de la vida. Había mucho azar… Casarse con un muchacho de otro pueblo significaba salir de la casa paterna, conocer otro mundo, empezar una vida distinta. A veces encontraban la felicidad; otras no. De alguna manera quise rendir homenaje a esas mujeres,  a ese enorme salto al vacío que daban.

Pensando en esas escenas, cuánto ha cambiado la vida de las mujeres en apenas unas décadas…

—Sí. Antes el matrimonio parecía decidir el destino entero de una mujer. Había una enorme presión alrededor de eso. La figura de la solterona era triste, casi un fracaso social. Hoy una mujer puede imaginar otras vidas. Las desilusiones amorosas siguen existiendo, por supuesto. Siguen doliendo, pero ya no tienen el poder de dejarte completamente desvalida. Recuerdo una frase maravillosa de una tía que me dijo: «Yo pensé que iba a tener muchos chiquillos con el moco colgando, el candil sin aceite y un hombre borracho esperando en la cama… y comprendí que esa vida no era para mí». Eligió no casarse y en aquella época eso era un acto de una valentía extraordinaria.

—¿Con los años va cambiando la manera de mirar?

—Creo que uno aprende a ir más hondo. Ya no tengo esa ansiedad por abarcarlo todo. Me interesa permanecer. También hay algo muy liberador en aceptar que no todo depende de uno. Me gusta trabajar y ojalá pueda seguir haciéndolo, pero también fantaseo con una vida más tranquila. Me ocurren pequeñas cosas que me dan ganas de escribir, de compartir: el recorrido del sol sobre una ventana, una planta que florece, un objeto que aparece y que no había visto antes. El otro día, por ejemplo, estaba sentada en un lugar de mi casa a una hora en la que nunca estoy. Era el horario en el que daban uno de los partidos de fútbol del Mundial. La ropa tendida de la vecina empezó a moverse con el viento y, por un instante, dejó ver una moldura sobre una puerta que veo hace cuarenta años, pero a eso no lo había descubierto nunca. La vida está llena de esos descubrimientos mínimos. Pienso: «Qué ganas de sentarme y contar esto». Esa sigue siendo mi felicidad.

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