14 de julio de 2025
El sol cae con fuerza sobre el mediodía porteño. En una terraza con vista a la ciudad, Rosa Montero pide una bebida helada con los mismos ojos bien abiertos y el sentido del humor con los que se presta a hablar de sus libros, de la actualidad, de sus obsesiones, y de esas cosas temibles y maravillosas que integran la vida de quienes habitamos las ciudades de este siglo XXI.
En la portada de su último libro, Animales difíciles —el cuarto y último de la saga de Bruna Husky— ya no aparece un animal, como en los anteriores, sino una mujer –una tecnohumana– venida del futuro. La historia está ambientada en el año 2111, pero la figura conserva rasgos humanos.
“Algunos amigos me preguntaron por qué no había un animal esta vez, y debe ser que nos cuesta verlo, pero allí está; los animales más difíciles somos nosotros, los humanos”, dice y ríe la autora de La hija del caníbal, El corazón del Tártaro, La loca de la casa, Historia del Rey Transparente, Instrucciones para salvar el mundo, La ridícula idea de no volver a verte y El peligro de estar cuerda, entre otros títulos que la ubican como una escritora clave dentro de la literatura en lengua española.
De visita en Buenos Aires —“mi segunda ciudad”, dice— para reencontrarse con amigos escritores lectores, periodistas, no sorprende que asegure que Bruna Husky es el personaje con el que más se identifica, al que siente más cercano.
Y que sigue escribiendo porque, simplemente, “no sabría qué hacer si no lo hiciera”, y porque la ayuda a pensar, a seguir buscando en todos lados, y porque escribiendo aleja el miedo a la muerte.
Sí, el miedo a la muerte.
“Cuando desperté a la vida, la literatura ya estaba ahí —dice parafraseando a Augusto Monterroso—. Escribí mis primeros cuentos a los cinco, seis años y mi madre los guardó y les puso fecha, eran de unas ratitas que hablaban…” . Luego da un sorbo y agrega: “Escribo para poner en palabras lo difícil, para ponerlo en algún sitio y al hacerlo vuelvo a contarme mis obsesiones”.
Para Rosa Montero, los humanos somos animales difíciles, pero también tenaces y persistentes. “Nuestra capacidad de sobrevivir es inacabable”, dice mientras sostiene su nuevo libro, el de la trama oscura, que se las arreglará para ver la luz en algún recodo del camino.
—¿Entonces Bruna es una especie de alter ego tuyo?
—Es con la que más me identifico. Yo no soy una replicante de combate ni una tecnohumana como ella, pero compartimos una obsesión: la muerte. A Bruna los ingenieros genéticos le aceleran el crecimiento y sabe exactamente cuándo va a morir. Por eso vive obsesionada con la muerte, al contrario de la mayoría de los humanos, que viven como si fueran inmortales. Salvo unos pocos neuróticos profundos como Woody Allen y como yo. Cicerón decía: “Siempre supe que soy mortal”. Él también era de los míos, evidentemente.
–En esta nueva novela, Bruna ya no es alta, espléndida, ya no es “una pantera”, como se percibía a sí misma antes…
—”Antes era una pantera y ahora soy una ardilla”, dice, y es que al final del libro anterior, Los tiempos del odio, Bruna está a punto de morir envenenada y para salvarse, debe aceptar un experimento: trasladar su memoria y emociones a otro cuerpo. Así pasa de ser una replicante de combate a una tecnohumana de cálculo, frágil, pequeña. Además del conflicto policial y el caso a resolver, esta novela le plantea el desafío de adaptarse a un nuevo cuerpo. Bruna lidia con una crisis de identidad brutal. Ahora mide 1,60… lo mismo que mido yo (se ríe otra vez).
—Eso que les pasa a hombres y mujeres, con el paso de los años… ¿se empequeñecen?
—Sí, pero yo no lo vi en su momento, me di cuenta después. Un amigo me dijo: “El libro también trata sobre la vejez”. Y tenía razón. Cuando el cuerpo se debilita, parece que te domina, ¡que te secuestra! Bruna se detesta al principio. Incluso se hace cortes en los muslos como hacen tantos adolescentes hoy. Esa dificultad para reconocerse en el propio cuerpo, la mirada de los otros y la extrañeza con que la miran. Todo eso está en la novela.
—El miedo, la muerte, la dificultad, pero también la vida…
—Sí. A veces me preguntan por qué escribo tanto sobre la muerte y me da risa: ¿¡de qué otra cosa se puede hablar!? Es “el” tema, pero también pasa que cuando estás muy consciente de la muerte, estás muy consciente de la vida. Te la comes a bocados. John Lennon decía que la vida pasa mientras estamos ocupados haciendo otras cosas. Y bueno, ni Bruna ni yo nos ocupamos de otra cosa que no sea vivir. Todo el rato estamos ocupadas en la vida.
—¿Cómo ves la ciencia ficción hoy? ¿En la vida cotidiana no está todo ya demasiado oscuro y rarísimo?
—Me interesa eso porque a la ciencia ficción se la asocia con cosas raras, con marcianos y con lo esotérico cuando es exactamente lo contrario. La ciencia ficción es una herramienta metafórica poderosísima para hablar del aquí y ahora, para ahondar en el alma humana. Las novelas de Bruna son, para mí, las más realistas que he escrito. Esta última es pura realidad. Si el sentido de escribir ficción es la búsqueda del sentido de la existencia, pues la ciencia ficción potencia esa búsqueda.
—¿Y por qué seguís escribiendo y escribiendo? En La ridícula idea de no volver a verte dijiste: «La creatividad es justamente eso: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza.”
—Sí. El arte nos permite buscar sentido al sinsentido, nos salva la vida. Los seres humanos dependemos del arte para simplemente soportar la vida, y no solo como hacedores sino también como consumidores. Los novelistas, en primer lugar, somos lectores. Necesitamos del arte para sobrellevar este caos horrible tan lleno de angustia y dolor. Hace años tengo tatuada la frase de George Braque que dice que “el arte es una herida hecha luz”. ¿Qué podés hacer con las heridas de la vida sino intentar convertirlas en luz para que no te destruyan? Durante la pandemia quedó clarísimo: soportamos ese encierro gracias al arte.

—La novela habla de la avanzada de una “superinteligencia artificial”.
—Bueno, esto está creciendo a una velocidad exponencial, muy vertiginosa. Y no lo digo solo yo: del peligro habla gente tan importante como Geoffrey Hinton, uno de los padres de la inteligencia artificial, que el año pasado se fue de Google, justamente, para advertir que la IA podría destruirnos como especie. Estamos ante un cambio de modelo tecnológico y social muy profundo. Las redes sociales pueden ser maravillosas, pero también abducen cabezas y nos vuelven locos. Su capacidad de manipulación es preocupante: te dicen qué comer, qué pensar, adónde ir, a quién votar. Abren mentes y emociones a ideologías del odio. Imagínate que el 73% de los jóvenes de hoy se informa a través de redes sociales.
—El filósofo francés Jacques Rancière ha escrito, entre otras cosas, “que no se puede hablar de democracia en un mundo con tanta desigualdad”. Y a eso se podría agregar la manipulación. ¿Se puede reforzar o fortalecer esta democracia?
–Bueno, no tenemos más remedio. La democracia es un sistema pesimista, y precisamente por eso ha tenido éxito: parte de la desconfianza en el ser humano. Asume que el poder siempre tiende a volverse absoluto y eterno, y por eso lo divide. Divide el poder para que se vigile a sí mismo. Ese principio, tan elemental como maravilloso, permitió que la democracia fuera ese espacio de encuentro y desarrollo humano. Pero lo hemos traicionado. La transparencia informativa —uno de sus grandes logros— permite que veamos con nitidez todas sus fallas: hipocresía, corrupción, desigualdad. Y eso que venía gestándose desde la implantación del modelo neoliberal con Reagan y Thatcher, terminó de estallar con la crisis de 2008. Un 25% de la población mundial se empobreció. Todo se fue al garete, o al tacho, como dicen ustedes.
—¿Aún podemos refundar la democracia?
—Por supuesto que sí. Ya se ha hecho. Después de la Segunda Guerra Mundial, nos sentimos tan culpables que creamos otro modo de vivir juntos: surgió el “estado de bienestar” y el ascenso social, incluso la derecha aceptaba ciertos acuerdos sociales. Pero eso se perdió… Se perdió porque tenemos mala memoria y porque impera la avidez, la ambición y la estupidez. Ahora enfrentamos un nuevo desafío, distinto pero igualmente crítico: la inteligencia artificial. La IA es una herramienta extraordinariamente poderosa que hay que controlar cuanto antes. La IA no es solo el ChatGPT sino la vida entera, su potencia y alcance son incomparables. Y la superinteligencia artificial es algo que puede ocurrir. En estos 300 mil años de historia, nos hemos puesto tres veces en riesgo de extinción, por nuestra mala gestión de la energía nuclear, por el calentamiento global y ahora, por la Inteligencia Artificial. Aún estamos a tiempo, si ya lo hicimos antes, cuando se prohibió la clonación humana, ¿por qué no podríamos regular la IA?
—Aún estamos a tiempo… ¿por dónde más pasa tu esperanza?
—Yo tengo una fuerte esperanza en la capacidad de resistencia y reinvención del ser humano. Quiero creer que no todo está perdido y que podemos reconducir este futuro que ahora se ve tan negro. De hecho, Animales difíciles es muy crepuscular porque aborda temas angustiantes y, sin embargo, tiene un momento de enorme luminosidad, que me ha consolado profundamente. Llegué a él observando lo que somos y respetando la fuerza de la vida.
—¿Hay algo del mundo espiritual que te interese?
—Yo no soy creyente, pero lo espiritual forma parte de lo que somos. El ser humano tiene un registro espiritual innegable y eso no tiene que ver necesariamente con dioses, sino con el impulso de trascender nuestra limitada carcasa, con la necesidad de unirnos a una energía mayor. Esta mirada trascendente es parte esencial de la experiencia humana.
—En el libro aparece también la palabra “singularidad”…
—Sí. Singularidad como ese término científico que define fenómenos que se escapan de las leyes conocidas. En el contexto de la novela, se refiere al momento en que la inteligencia artificial se convierte en superinteligencia, y con ello, nuestras leyes científicas, humanas, dejan de aplicarse.
—¿Te interesa la palabra singularidad en algún otro sentido o acepción?
—Hay singularidades curiosas. Me encantan las piedras, por ejemplo, encontrar una piedra singular, única, me fascina. Aunque en la novela no uso “singularidad” con otros sentidos, me gusta mucho una idea que aparece en mi libro El peligro de estar cuerda: por un lado, que todos los seres humanos somos iguales. Y por otro, que todos los seres humanos somos distintos. Me consuelo con la igualdad y me regocijo con la diferencia. Desde ese punto de vista me interesa pensar la singularidad.
—¿Y cómo se han ido transformando Bruna y vos a lo largo de la saga?
—Cuando mis amigos leían esta última novela, se morían de risa. Me decían: “¡Ya te vale!”. Porque yo siempre dije que Bruna, en el fondo, es la que más se parece a mí. Y claro, uno escribe en la oscuridad, sin saber bien lo que está haciendo. Pero ahora la he hecho bajita y hasta la he puesto a escribir. Escribe un diario… ¡la he secuestrado del todo!
—¿Podés contarnos qué estás leyendo estos días? ¿Una recomendación?
—Ahora estoy leyendo “Orbital”, de una autora británica llamada Samantha Harvey. Ganó el premio Booker el año pasado y me tiene atrapada.
Durante el verano pasado, Rosa Montero empezó una nueva saga con una protagonista que se llama Luminosa Pérez. «Podría parecer una guerrera, como otras mujeres de libros anteriores, pero no lo es en el mismo sentido. Luminosa es frágil, por dentro y por fuera. A diferencia de Leola (de Historia del Rey transparente) o de Bruna Husky —que comienzan sus historias siendo durísimas, negando sus emociones porque creen que sentir las debilita– Luminosa es todo lo contrario: puro sentimiento, pura vulnerabilidad, toda arrugadita. Aunque también llegará a ser una guerrera, lo hará partiendo desde otro lugar, desde la fragilidad. A lo largo de los tres libros va a crecer y crecer. Ya tengo escritos siete capítulos, y a partir del 8 de agosto podré encerrarme para continuarla…», comparte.
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He leído varios libros de Rosa Montero.
Pienso igual se pude cambiar o ser la vida de otra manera.
Gracias por la nota.
Saludito