Inflamación crónica: la enemiga silenciosa que invita a revisar hábitos - Sophia Online

Salud

Inflamación crónica: la enemiga silenciosa que invita a revisar hábitos

Es una condición extendida y ligada al estilo de vida moderno, que podría causar muchas enfermedades. Cuáles son sus señales y cómo recuperar el equilibrio.

POR Paz Berri

El cuerpo habla. A veces lo hace en forma de susurro y otras, a los gritos. En él se graba la manera en que vivimos: cómo nos alimentamos, cuánto espacio le damos al movimiento, los vínculos que construimos, la forma en la que atravesamos duelos y situaciones difíciles, y el tiempo que dedicamos a estar en la naturaleza y con nosotros mismos. Son hábitos que moldean nuestra calidad de vida y que pueden influir —o no— en la aparición de enfermedades y malestares como la inflamación crónica.

La doctora Florencia Paniego, especialista en medicina integrativa, lo explica en términos clínicos: “La inflamación crónica —también llamada sistémica— es una activación persistente del sistema inmunológico que puede mantenerse durante meses o incluso años. El organismo permanece en un estado inflamatorio de bajo grado sostenido en el tiempo”. Pero hace una aclaración: “Es diferente de la inflamación aguda, que aparece como respuesta puntual ante una lesión o infección y luego se resuelve”.

También es importante diferenciarla de lo que popularmente se conoce como “inflamación intestinal”, un término que suele referirse a síntomas digestivos como distensión, dolor abdominal o alteraciones del tránsito. Si bien el intestino puede ser uno de los órganos involucrados, la inflamación crónica no se limita al aparato digestivo: “Es un proceso que involucra al sistema inmunológico y puede afectar múltiples tejidos, incluyendo el tejido adiposo, los vasos sanguíneos, el hígado y el cerebro”, explica la doctora Laura Maffei, especialista en endocrinología.

Por su parte, Daniel López Rosetti, médico especialista en estrés, la describe como un proceso silencioso que actúa como “la fábrica” de múltiples enfermedades modernas: cardiovasculares, metabólicas (diabetes, por ejemplo), autoinmunes y neurodegenerativas, como el Alzheimer. Y como puede desarrollarse durante años sin síntomas claros, cada vez más especialistas coinciden en la necesidad de generar mayor conciencia y promover la prevención desde etapas tempranas.

¿Algunas señales? “Cansancio persistente, dolores musculares o articulares, problemas digestivos, hinchazón abdominal, dolores de cabeza recurrentes, dificultad para concentrarse, alteraciones del sueño o cambios en el estado de ánimo. También pueden aparecer afecciones cutáneas, mayor susceptibilidad a infecciones o alteraciones hormonales, como hipotiroidismo, infertilidad o irregularidades en el ciclo menstrual”, explica la doctora Florencia Lozano, médica integrativa. Y subraya: “Justamente por lo inespecífico de estos síntomas, muchas personas conviven con el proceso inflamatorio sin identificarlo durante largo tiempo”. 

Es importante saber que, ante alguna de estas molestias, hay que consultar con un médico actualizado en este enfoque, para buscar las causas de raíz, y no limitarse a medicalizar los síntomas. Sabiendo que la inflamación crónica no se diagnostica a partir de un único análisis, sino que se suelen evaluar un conjunto de marcadores que permiten observar cómo está funcionando el organismo en su totalidad.

Hábitos que sostienen la inflamación

Vivimos de acá para allá. Con múltiples preocupaciones, exigencias constantes, listas de cosas para hacer y horarios que cumplir. Corremos a la clase de danza, de ahí al supermercado, y en el medio llamamos a nuestros padres para ver si necesitan algo. Las notificaciones de WhatsApp no descansan y en el trabajo siempre queda algún pendiente. Picoteamos algo, de pie, antes de irnos a dormir. Pero como no podemos conciliar el sueño, prendemos la tele o agarramos el celular. 

Después nos preguntamos por qué enfermamos. La inflamación crónica es justamente un fenómeno multifactorial, en el que confluyen distintas variables profundamente instaladas —y muchas veces naturalizadas— en el estilo de vida contemporáneo: una alimentación rica en ultraprocesados y azúcares, el estrés constante, mal descanso, sedentarismo, tabaquismo, la exposición a contaminantes, los desequilibrios en la microbiota intestinal, además de que pueden intervenir factores hormonales y genéticos.

“Todos estos elementos activan de manera sostenida el sistema de alerta inmunológica, generando un estado inflamatorio que, con el tiempo, puede afectar distintos sistemas y funciones del cuerpo”, explica Lozano. Maffei suma: “En el caso del estrés, cuando se hace crónico, aumenta la producción de cortisol (principal hormona del estrés), lo que puede favorecer alteraciones metabólicas, cambios en el sistema inmunológico y un estado inflamatorio persistente”. Por eso, poder gestionarlo es parte central del abordaje. 

Hoy existen múltiples herramientas —como la respiración consciente o la meditación— que pueden ayudar. También la exposición al sol y a la naturaleza, encontrar espacios de ocio y dormir bien, contribuyen a reparar mente y cuerpo, regular el sistema nervioso y reducir esa respuesta inflamatoria sostenida. 

Otro aspecto clave es el movimiento. “La actividad física regular —moderada, combinando ejercicio aeróbico con trabajo de fuerza— mejora la sensibilidad a la insulina, favorece el metabolismo de la glucosa y de las grasas, reduce el tejido adiposo visceral (que es metabólicamente inflamatorio) y promueve la liberación de sustancias anti inflamatorias producidas por el músculo”, explica Maffei. Y remarca: “Estos aspectos no reemplazan los tratamientos médicos, pero sí forman parte de un enfoque integral de la salud, que busca reducir los factores que favorecen la inflamación crónica y promover un mayor bienestar a largo plazo”.

Somos lo que comemos

Hay una frase que se repite desde hace siglos y que se atribuye a Hipócrates, el padre de la medicina: “Que el alimento sea tu medicina”. Lejos de ser un concepto abstracto, hoy la ciencia empieza a confirmar algo que ya se intuía: lo que comemos no solo nos nutre, también dialoga con el cuerpo y puede apaciguar procesos internos clave como la inflamación. 

Cada elección diaria —lo que ponemos en el plato, pero también cómo y cuándo lo hacemos— deja una huella en nuestro organismo. El tiempo que dedicamos a la comida o con quién la compartimos, puede favorecer una mejor regulación del apetito, la digestión y el metabolismo. Por eso, la alimentación es otro de los pilares.

“En general, los patrones alimentarios asociados con mayor inflamación son aquellos con alto consumo de alimentos ultraprocesados, azúcares agregados, grasas trans y exceso de harinas refinadas. Por el contrario, las dietas basadas en alimentos poco procesados —con frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y grasas saludables como aceite de oliva, frutos secos y pescado— se asocian con un perfil metabólico más saludable y menor inflamación sistémica”, señala Maffei.

Para López Rosetti, las frutas, por ejemplo, son “ibuprofenos naturales”, ya que contienen compuestos que ayudan a reducir la inflamación y proteger las células: “Los frutos rojos, como arándanos, frutillas y moras, están a la cabeza. Luego vienen la manzana y la pera (antioxidantes), las cerezas (fuertemente antiinflamatorias), y los cítricos, como mandarina, naranja y limón (también antioxidantes)”. 

No olvidemos que la naturaleza es sabia, y nos regala alimentos distintos en cada estación. Aprovechar los más frescos y disponibles en los distintos momentos del año, puede ser una manera simple de cuidar el cuerpo, el templo sagrado del alma.

Escucharnos: el primer paso hacia el equilibrio

“La inflamación crónica no se trata de un fenómeno con una ‘cura’ inmediata. Hoy se entiende que este proceso puede modularse —e incluso revertirse— cuando se abordan sus causas. Se trata de volver a darle al sistema señales de calma y seguridad, para que pueda bajar el estado de alerta y abrirse a la regeneración. Cada vez hay más evidencia de que la salud metabólica no depende solo de factores biológicos aislados, sino de un entramado que incluye a la mente, los vínculos y el entorno”, dice Lozano. 

Por eso, además de mejorar la alimentación, regular el sueño, gestionar el estrés, incorporar movimiento, cuidar la salud intestinal y, en algunos casos, evaluar una suplementación individualizada, la búsqueda tendrá que ver con empezar a conectar más con nuestra sabiduría interna: registrar las señales que nos va dando el organismo, respetar los propios ritmos y atender lo que necesitamos. 

“A medida que el balance se va recuperando, suelen aparecer mejoras graduales pero concretas: más energía, mejor descanso, digestiones más livianas, menos molestias físicas y mayor claridad mental. Estos avances también pueden reflejarse en estudios de laboratorio, con la normalización de ciertos marcadores”, detalla Lozano.

Escuchar lo que nos pasa y actuar en consecuencia no es un gesto menor. Es una forma de abrazarnos para vivir más y mejor. Porque empezar a prestar atención a lo que el cuerpo expresa es la clave para una vida con mayor consciencia.

«Luciana se sentía mal desde hacía bastante tiempo, pero sin un diagnóstico claro»

Por Dra. Florencia Lozano

Hace unos meses llegó al consultorio una paciente de unos 35 años, Luciana, que venía sintiéndose mal desde hacía bastante tiempo, pero sin un diagnóstico claro. De hecho, después de varios estudios de rutina y visitas a profesionales institucionales, recibía la respuesta de que “todo estaba bien», «todo era normal» y que «no tenía nada”, a pesar de su malestar. Refería cansancio constante, incluso después de dormir, dolores musculares difusos, hinchazón abdominal casi diaria y dificultad para concentrarse en el trabajo. Me contaba que lo había naturalizado porque “pensaba que era estrés y cambios de la edad”, ya que llevaba un ritmo de vida muy exigente, con mucho trabajo, poco descanso y una alimentación bastante desordenada. A partir de la consulta empezamos a indagar más en sus hábitos y realizamos algunos estudios más específicos que evidenciaron un estado inflamatorio de bajo grado. El abordaje fue integral: trabajamos en mejorar la calidad de la alimentación, ordenar los horarios de comida y sueño, incorporar movimiento de forma progresiva y sumar herramientas de manejo del estrés, además de algunos suplementos individualizados. Con el correr de las semanas empezó a notar cambios muy claros: más energía, mejor descanso, menos molestias digestivas y mayor bienestar general. Lo más significativo para ella fue entender que lo que le pasaba tenía una explicación y que, con cambios sostenidos, podía mejorar su calidad de vida. En los nuevos estudios de seguimiento, evidenciamos cambios positivos en su perfil lipidico, metabólico, en la respuesta a la insulina, en marcadores de estrés e inflamación, que eran coherentes con su sensación de bienestar.

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