2 de septiembre de 2026
Hay lágrimas en los ojos, miradas buscando el cielo, voces que imploran entre susurros y manos que se unen en oración. Pero también hay colores brillantes, bailes, cantos e imágenes por todas partes: en estampas, en tatuajes, en remeras. En su nombre, el ritual de lo sagrado se mezcla con el ruidoso espíritu de lo festivo, en una gran ceremonia humana que se entrega a vivir la experiencia de lo divino según el pulso vital de la tierra.
Cada año, son millones los fieles que llegan hasta el Santuario de la Virgen de Guadalupe ubicado en la Ciudad de México, un templo cristiano que se ha convertido en uno de los más congregantes de todo el mundo. Aun para quienes no creen, es imposible ignorar este movimiento de fe que abre infinidad de preguntas. ¿Por qué tantas almas sienten la necesidad de llegar hasta ella? ¿Qué mueve a las personas hacia la devoción mariana? ¿Y por qué Guadalupe, la Virgen embarazada que personifica a la mujer del capítulo 12 del Apocalipsis, es una de las imágenes que más conmueve y atraviesa tanto espiritual como culturalmente?
Aunque comenzó su carrera dedicándose a temas de historia política, al ser testigo de la potencia de su imagen, el historiador e investigador del CONICET Diego Mauro sintió el llamado de estudiar —entre otros temas— el fenómeno de Guadalupe. Según explica, uno de los más convocantes en torno a las devociones marianas a nivel mundial. “Me resultó fascinante la cantidad de gente que reunía y me pareció que era importante preguntarse por qué”.
A partir del estudio de la iconografía de su figura, comprendió que se trataba de una imagen distinta: mestiza, con una flor náhuatl en el manto (símbolo sagrado de la cosmovisión azteca) y un santuario edificado sobre el cerro de Tepeyac, donde aquel pueblo originario supo venerar a sus diosas femeninas. “La imagen de la Virgen conecta con la función que tenían aquellas deidades en las culturas precristianas: eran madres, fuerzas dadoras y cuidadoras de la vida”, comparte Mauro.
Pero a diferencia de otras imágenes religiosas, Guadalupe supo encontrar la manera de que la veneraran todos: los cristianos y los que todavía no habían oído hablar de Cristo y luego, de igual modo, los que estaban en un bando y también los del bando contrario tanto ideológica, cultural como políticamente hablando. “La Revolución mexicana la alzó como bandera y desde entonces la veneran tanto de un lado como del otro. El desafío desde las ciencias sociales está en cómo mirar lo propiamente religioso desde una perspectiva científica pero sensible a la experiencia de los creyentes: de hecho, no son pocos los investigadores e investigadoras que haciendo etnografía y trabajo de campo cuentan haber vivido experiencias emocionales intensas que no pueden explicar”, reconoce el investigador.
De hecho, su estudio partió de una búsqueda histórica y política, que a priori no tenía ningún interés espiritual. ““Me enfoqué en la cultura de movilización que hizo posible la gesta guadalupana, como la capacidad de poner en diálogo lo sagrado con la cultura popular. Descubrí un lenguaje de masas en el marco del cual convergen distintas dimensiones. Quienes van lo hacen por factores propiamente religiosos, puesto que muchos se acercan con una demanda de orden profundamente espiritual o a partir de una identidad religiosa, pero también, otros muchos muchos participan buscando la resolución de problemas, la experiencia de la maternidad guadalupana o una vivencia de comunidad. Por supuesto una cosa no excluye la otra”.
Según señala el historiador, Guadalupe reviste muchas aristas y, en ese marco, hay preguntas que es complejo responder. Sin embargo, asegura que la Virgen le da al catolicismo un dinamismo que ninguna otra figura ha sido capaz de darle. “La vitalidad de la celebración mariana es única en el mundo católico. Y eso tiene que ver con que María tiene cercanía con el creyente, le proporciona una proximidad relacionada con la idea de maternidad desde una idea de cuidado empoderado, porque ella tiene capacidad de sostener”.
Para Mauro, una de las claves para comprender su incidencia intercultural radica en su poder para introducir sentido en un contexto de incertidumbre. “Los sociólogos de la religión señalan que la modernidad de algún modo ha vaciado al mundo de lo sagrado. Como diría Max Weber, lo ha ‘desencantado’. Pero este desencantamiento, al mismo tiempo, deja a los seres humanos en una situación de tanta fragilidad que los lleva a buscar nuevamente lo religioso que se ha intentado secularizar”.
Es ahí que la figura de María aparece con una capacidad muy clara. “Su devoción remite a una identidad global, pero al mismo tiempo es profundamente local, se ha incardinado en cada cultura. Entonces la Virgen, que es una sola, es a la vez decenas de vírgenes que aparecen, y esas apariciones nutren la cultura, los desafíos y las demandas de cada lugar. Esa plasticidad es un distintivo, porque al propio Jesús le ha costado reconstruirse en cada espacio. Ella, en cambio, logra hacerse carne en las necesidades de la comunidad en la que se manifiesta”. Ese rasgo de ser un puente entre lo divino y lo mundano es lo que le otorga a la Virgen su enorme poder convocatoria. Una como sostiene Mauro, no tiene ninguna otra celebración cristiana.
Otro rasgo fundamental que el investigador del CONICET destaca de Guadalupe es su capacidad para abrir el diálogo. “Al visitarla, las personas experimentan una profunda conexión religiosa, pero también participan de una fiesta, y desde el principio, los organizadores de estas movilizaciones lo entendieron muy bien: tenían que unir lo de arriba con lo de abajo, poner en diálogo las innovaciones de la industria cultural con lo devocional, y también intentar sortear las diferencias políticas e ideológicas”.
Esa conversación, explica, está influida por su rol de intercesora, que la convirtió en la protagonista del encuentro interreligioso que busca la nueva Iglesia. “Luego del Concilio Vaticano II se abre el juego y pasa a ser una devoción ya no tan vinculada a la matriz del catolicismo de los siglos anteriores –que unía cristianización y expansión imperialista de la culturas europeas-, para abrirse a un encuentro más proclive a integrar y poner en valor las propias culturas populares, las culturas originarias, para hacerlas dialogar en sí. Lo que Francisco definió como una “globalización” basada en la imagen del poliedro”.
Por eso, para Mauro este es un momento especial, en el que la sensibilidad y apertura del universo mariano abre la posibilidad de comulgar con otros caminos, con otras creencias. “Cuando se narra la aparición de Guadalupe ante los ojos del indígena Juan Diego, ella se convierte en un puente entre dos mundos muy distintos durante el proceso de colonización. Hoy podría pensarse como un antídoto contra la fragmentación social, tan profunda, y también contra la expansión de las lógicas algorítmicas donde cada uno vive encerrado en su burbuja, en su verdad”.
Mauro toma Magnifica Humanitas, la última encíclica del Papa León XIV, para referirse a esta problemática tan actual como urgente. “Creo que uno de los principales peligros hacia adelante no está tanto en esas imágenes apocalípticas de la ciencia ficción de los años ochenta y noventa, donde los robots iniciaban alguna rebelión contra la humanidad, como ocurre con Skynet en Terminator, sino una degradación de las posibilidades de la conversación social, con una inteligencia artificial horadando nuestras capacidades sociales y encerrándonos en nuestros propio mundos digitales a la carta. Porque, como decía Hannah Arendt, si uno no tiene un ‘mundo común’, ¿cómo entablar un diálogo? Esto ya es algo muy evidente en la política contemporánea, donde las redes sociales funcionan confirmando y profundizan nuestros sesgos de manera continua”.
¿Podría ser este el gran momento para inocular el germen de lo guadalupano? “Antes de esta charla, no hubiera pensado a Guadalupe según esas coordenadas. Pero sí, coincido con ustedes en que en cierto modo, ella podría ser un símbolo que ayude a transitar en parte lo que viene. Porque uno de los desafíos que tenemos hacia adelante es la polarización creciente, la destrucción de la negociación social y política, alimentada por el peso que el algoritmo tiene en nuestra forma de habitar el mundo. Es un cambio demasiado vertiginoso para el cual todavía no hemos desarrollado estrategias adaptativas, pero creo que la historia humana enseña que, tarde temprano, van a ir apareciendo”.
Superar el conflicto sin aplastar a la otra parte, sino construyendo algo nuevo, es para Mauro el antídoto que Guadalupe puede brindarnos si nos permitimos el diálogo con lo distinto. “No vamos a estar todos de acuerdo, pero podemos aprender a aceptar la diferencia. Las redes sociales nos encierran en un mundo ‘a la carta’ y la IA responde todo velozmente, cuando los seres humanos necesitamos ritmos lentos, maduración, experiencia de las cosas desde el cuerpo. Entonces, Guadalupe puede ser un símbolo, una hoja de ruta para mirar lo que viene y reconocerla como una madre de lo nuevo”, concluye el historiador.
*Diego Mauro es Licenciado en Historia y Doctor en Humanidades y Artes de la Universidad de Rosario, especializado en historia socio-cultural y política del catolicismo e investigador del CONICET.
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