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La alegría de hacer juntos: por qué compartir actividades con otros transforma la vida

Tejer en círculo, correr en manada, filosofar en grupo, leer y escribir con compañeros: la tendencia de juntarse que crece en el mundo.

POR Flavia Tomaello

En 1957, el director sueco Ingmar Bergman filmó una escena que quedó grabada en la historia del cine: siete figuras danzando en fila contra un cielo crepuscular en el film El séptimo sello. No era una danza de celebración, sino de tránsito. Un movimiento colectivo hacia lo desconocido. Aun así, algo en esa imagen brindaba consuelo: nadie atravesaba el umbral solo

Bergman, que pasó gran parte de su vida explorando la soledad humana, encontró en ese gesto coral una respuesta que ningún monólogo interior podría ofrecer. Lo que sucede entre cuerpos que se mueven juntos, que leen juntos, que crean juntos, pertenece a una dimensión mayor que escapa a la suma de sus partes.

Esa dimensión es, precisamente, la que miles de personas en el mundo parecen estar redescubriendo. Clubes de lectura, grupos de running, talleres de cerámica, círculos de filosofía, comunidades de escritura creativa: la proliferación de espacios donde la actividad se practica en compañía habla de una búsqueda que va mucho más allá del hobby o una pasión individual. 

«En un contexto donde la soledad se ha convertido en una preocupación creciente a nivel mundial, no sorprende que cada vez más personas busquen espacios donde compartir actividades con otros —señala Florencia Musante, psicóloga de la Fundación Aiglé—. Los vínculos significativos y los espacios de pertenencia funcionan como importantes factores de protección para la salud mental y la calidad de vida”.

Investigaciones de la Universidad de Harvard lideradas por Robert Waldinger, director del Harvard Study of Adult Development, uno de los estudios longitudinales más extensos sobre bienestar humano, concluyeron que los vínculos de calidad son el factor más consistente para sostener la salud a lo largo de la vida. No la riqueza, no el éxito profesional, no los logros individuales: los vínculos. Esa conclusión, que acumula décadas de seguimiento sobre cientos de personas, resuena con particular claridad en un tiempo en que los gobiernos de países como el Reino Unido, Japón y Australia han llegado a designar ministerios o secretarías para combatir lo que ya consideran una epidemia de soledad.

Silvia Álava Sordo, psicóloga, lo explica en términos de necesidad estructural. “Los seres humanos somos sociales por naturaleza. Tenemos una necesidad básica, que es la de conectar con los demás, que no se acaba cuando ya somos mayores o cuando somos autónomos”, destaca. 

El punto no es menor. La autonomía adulta suele leerse culturalmente como autosuficiencia, pero la psicología contemporánea distingue claramente entre independencia funcional y desconexión vincular. Alguien puede valerse por uno mismo y, aun así, necesitar profundamente a los otros.

Juntos es mejor

Lo que ocurre en un grupo de actividad compartida tiene, además, una lógica facilitadora que no está presente en los encuentros sociales genéricos. «Cuando lo hacés con otra gente es más fácil encontrar afinidades, porque ya estás haciendo una actividad que les gusta a los dos —señala Álava Sordo—. Y, seguramente, la conversación fluye más fácilmente porque hay un interés común».

El punto de partida compartido baja las barreras, reduce la incertidumbre social y habilita un tipo de vínculo más orgánico. No hace falta inventar de qué hablar: la actividad misma genera el territorio compartido.

Lucrecia Artigue, profesora de educación física con más de veinte años de trabajo con grupos de distintas poblaciones, fue testigo de ese proceso en su propia práctica, especialmente durante y después de la pandemia. «Para los niños fue rápido: jugar y compartir resultaba imperante, abrazar un acto colectivo y estar con otros se convirtió en un derecho reparador, educativo y totalmente necesario para las emociones, el crecimiento y el desarrollo», recuerda. 

En los adultos, el movimiento fue más lento, pero igualmente elocuente. «Los alumnos que entrenaban de manera personal empezaron a irse y, un poco a la fuerza, comencé a comprender que la necesidad era otra: entrenar sí, pero en grupo. Cuidarse, contagiar la risa, pertenecer a una comunidad, y mientras tanto que alguien comparta una receta o alguna anécdota”, repasa Artigue.

Esa descripción casi casual, una receta o una anécdota, contiene algo esencial. Los grupos de actividad no son sólo espacios funcionales, sino que se constituyen en tramas de sentido donde las personas se reconocen, se reflejan y se construyen. «Desde la psicología sabemos que el sentido de pertenencia es una necesidad humana básica —reflexiona Musante—. No construimos nuestra identidad de manera aislada, sino en relación a otros. Necesitamos a los otros no sólo para acompañarnos, sino también para construir quiénes somos”.

El fenómeno tiene también una dimensión creativa y artística, que la artista visual Laura Yussen, creadora del Laboratorio de Proceso, enmarca con precisión: “el taller de arte, el grupo y la comunidad de artistas, el aprendizaje común y el trabajo colaborativo son refugios para mitigar esa epidemia de soledad que es una realidad innegable”. Yussen sostiene que el apoyo «a los pequeños espacios y la promoción de actividades artísticas que llegan a la comunidad constituyen una herramienta de inclusión y una política de bienestar deseable en cualquier sociedad que apueste al desarrollo inclusivo y a la salud mental de las personas».

El otro como ancla

La psicología confirma lo que el sentido común intuye: hacer juntos produce más que solo el resultado de la tarea. «Cuando realizamos este tipo de actividades con otras personas también aumenta el compromiso y la motivación, y es mucho más fácil mantener hábitos saludables o desarrollar proyectos personales —desarrolla Álava Sordo—. Existe incluso una dimensión de compromiso social que actúa como motor de constancia: aunque no me guste mucho, voy a mi actividad precisamente porque tengo un acuerdo con otras personas, un compromiso, he quedado con ellas y me dan ganas de verlas”. El otro, así, se convierte en un anclaje.

Los beneficios están respaldados por múltiples líneas de investigación. Así lo expresa Álava Sordo: “Compartir experiencias positivas hace que sintamos más emociones agradables, que gestionemos mejor las dificultades. En definitiva, estamos incrementando el bienestar emocional. Además, favorece la autoestima, porque sentimos que formamos parte de un grupo donde somos importantes, donde nuestras aportaciones son válidas. Cuando estamos aprendiendo con los demás, este tipo de espacios facilitan el aprendizaje de nuevas habilidades, lo que hace que nos sintamos también más útiles”. 

A esa cadena de efectos se suma la generación de rutinas saludables y un espacio de desconexión que ayuda a bajar los niveles de ansiedad de una vida frecuentemente sobrecargada de obligaciones.

Musante agrega otra dimensión, menos explorada pero igualmente significativa: “los espacios grupales favorecen el desarrollo de la flexibilidad psicológica, una capacidad estrechamente vinculada al bienestar, que implica poder abrirnos a distintas miradas, tolerar diferencias y adaptarnos mejor a los cambios y desafíos de la vida. Compartir con otros nos inspira, nos expande, nos recuerda quiénes somos y nos expone a experiencias nuevas, cuestiona nuestras certezas, nos hace sentir acompañados, ayudándonos a salir de formas rígidas de pensar o de vivir”. Según explica, esa apertura cognitiva y emocional que genera el grupo tiene consecuencias concretas sobre la calidad de la vida cotidiana.

“Hacer con otro siempre implica aprendizaje, acompañamiento, escucha, charla, compartir, potenciarse y mucho más”, completa Artigue. No es sólo sudar juntos o terminar el mismo libro: es la trama invisible que se teje alrededor de la actividad lo que produce una transformación. Esa urdimbre, construida de miradas, comentarios, silencios compartidos y pequeñas complicidades, genera lo que los psicólogos sociales llaman capital social, es decir, el tejido de confianza y reciprocidad que sostiene tanto al individuo como a la comunidad.

Un antídoto contra el aislamiento

La epidemia de soledad que los países intentan combatir no se resuelve únicamente con políticas públicas ni con tecnología de conexión. Se resuelve, en gran medida, creando las condiciones para el encuentro real entre personas. Andrew Steptoe, epidemiólogo y profesor de Psicología en King’s College London, señala que «las personas mayores que participan de actividades compartidas, presentan menores niveles de depresión y una mayor percepción de bienestar general. La variable común no es la actividad específica, sino la presencia del otro».

«Aunque creamos que somos una sociedad súper avanzada, nos estamos dando cuenta de que lo que seguimos necesitando es a los demás —sintetiza Álava Sordo—. Porque la conexión social es importantísima para nuestro bienestar fisiológico, psicológico y también para nuestra salud”. 

La inteligencia artificial puede generar conversación, las redes sociales pueden simular comunidad, los algoritmos pueden sugerir con precisión milimétrica qué leer o qué correr. Lo que no les es posible hacer es ocupar el lugar en la fila.

Bergman lo sabía. En aquella danza final de El séptimo sello, la Muerte conduce la procesión pero no la disuelve: los personajes siguen juntos, en movimiento, trazando una silueta común contra el horizonte. No es una imagen de salvación sino de compañía. 

«Si los vínculos son un factor protector para la salud mental, generar espacios de encuentro no debería ser un lujo, sino una parte fundamental del bienestar de cualquier comunidad”, expresa Musante. La fila que danza. El cuerpo que reconoce a otro cuerpo. El viejo conocimiento que vuelve, una vez más, a demostrar que es el más nuevo de todos. «Si los vínculos son un factor protector para la salud mental, generar espacios de encuentro debería ser una parte fundamental del bienestar de cualquier comunidad”, concluye Musante. 

La cerámica, el running, la escritura, la filosofía serán la excusa perfecta para hacerlo. Lo que se construye alrededor, en cambio, es el viejo conocimiento que Bergman capturó en aquella danza: frente a lo incierto, lo mejor es moverse juntos.

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