14 de febrero de 2025
En el verano surgen espacios de gran riqueza, el silencio y la quietud alumbran contenidos inaccesibles en medio del bullicio cotidiano. Me gusta quedarme a observar el paisaje interior y escuchar los susurros que percibo.
La humanidad viene transitando un camino evolutivo repleto de pruebas y desafíos, que de una o de otra forma, tiene que afrontar. En ese sendero estamos todos, algunos ya hicimos un tramo más largo, del que obtuvimos una enseñanza, pero otros, quizás con menos recorrido fueron transformados por hondas crisis que les otorgaron una mayor sabiduría. Todos somos peregrinos en el viaje de la Vida y compartimos la fuerza y el coraje, en diferentes proporciones, con el caudal que disponemos. Las equivocaciones y las pérdidas, cuando las aceptamos, templan el espíritu y ennoblecen el propósito.
Los terapeutas somos custodios de ese proceso, aportamos lo nuestro pero también nos enriquecemos con la experiencia de nuestros consultantes. Siempre consideré un privilegio ejercer esta profesión, si bien exige tolerancia a la frustración porque los frutos se hacen esperar, también nos permite vivir “muchas vidas en una vida”. Acompañar el devenir de una terapia, a lo largo del tiempo, nos abre a la multiplicidad. Nos hace humildes y agradecidos por ser parte del crecimiento humano. Todo eso es cierto y lo experimento desde hace más de cuarenta años. Pero este verano me ofreció otra mirada.
¿Somos agentes de cambio? ¿O simplemente ponemos paños fríos al dolor?
En el siglo pasado, el trabajo terapéutico estuvo centrado en sacar a la luz la Sombra, lo reprimido o rechazado que sepultamos, ignorando la carga letal que comporta. Indudablemente fue un trabajo necesario, indispensable diría yo. Pero… ¿Qué espera de nosotros el Tercer Milenio? Somos, al decir de John O’Donohue, los “Anam Cara” o amigos del alma de aquellos a quienes asistimos. En el transcurso del proceso amamos a nuestros pacientes, clientes o como se los quiera llamar, con un amor desapegado que inspira pero no condiciona, que muestra pero no obliga, que escucha pero no juzga y todo ese caudal que vibra entre dos almas ¿se agota consiguiendo hacer consciente lo inconsciente, a través de la interpretación de la transferencia?
No lo creo. Se me ocurre que podemos acompañar un viaje cuyo destino ignoramos y ni siquiera lleguemos a sospechar. Como plantea Karlfried G. Dürckheim, se guía al paciente al descubrimiento de su propio misterio. Pero solo podemos hacerlo, siempre y cuando, hayamos nosotros buceando en el misterio de nuestra interioridad más profunda… En la certeza de que no se trata de compartir recetas, sino de abrirnos a un plan más amplio que nuestro entendimiento. Considero ineludible replantear nuestro rol en el contexto actual de la condición humana en el planeta Tierra, el que a su vez peregrina en la inmensidad del cosmos. Vivenciarnos partes responsables de la Unidad.
El dolor, la violencia, el abuso de poder y la deshumanización a través de ideologías partidarias, han puesto sobre el tapete la urgencia de animarnos a encarar una meta más luminosa. De este clima brutal no se sale con más represión o con medidas oportunas, ni con políticos mesiánicos, se necesita algo más. Y ese algo más, para quienes tenemos esta profesión, exige una tarea docente: enseñar a cada persona que se acerca a nosotros, a amarse a sí mismo tal cual es, a respetar la singularidad y a agradecerse por todo el esfuerzo realizado. Enseñar a que quedarnos en silencio con nosotros mismos represente un espacio de tibieza y de ternura, algo que nadie nos enseñó —por ser desconocido por las generaciones que nos precedieron— y lo sigue siendo para una inmensa mayoría. El tercer milenio reclama Amor.
En nuestra función, tenemos que priorizar la atención amable, el estímulo a confiar en lo que se mueve en lo íntimo de cada persona, a escuchar el mensaje del cuerpo, a perdonar los errores y las recaídas, elementos fundamentales de aprendizaje en este plano, tan demonizados en nuestra educación.
Propongo innovar, pidiendo asistencia a nuestros guías espirituales o a la Consciencia Universal, para que podamos ser instrumentos de amorosidad. A continuación comparto algo que fue muy enriquecedor para mí:
Ejercicio: Mirarnos a los ojos en el espejo, con sencillez, con paciencia, con amabilidad, esos son los mismos ojos que tenía el bebé que fuimos, enriquecidos por todas las imágenes que registraron minuciosamente, día a día. Esos ojos que tuvieron la curiosidad de “mirar” más allá de lo que estaba permitido, que leyeron y estudiaron nuevas posibilidades para crecer. Los mismos que se horrorizaron frente a los atropellos y que tuvieron que sostener con mansedumbre escenas injustas y dolorosas. Pero también los que descubrieron el gesto y la sonrisa de un maestro, de un par, o de un amor temprano. Esos ojos que brillaron frente a la ternura y la alegría. Hoy… están apagados, olvidados, vencidos en muchos casos, pero en nuestro interior hay una chispa divina que podemos convocar.
Disfrutemos de la vida que esos ojos nos mostraron y devolvámosles el entusiasmo. Somos seres sagrados, únicos e irrepetibles, y nos hemos tratado con indiferencia y desamor. Pero aquí estamos renovados por una nueva consciencia, por un impulso fresco y despierto para infundirle, a quien me está mirando, la vivacidad de la presencia amorosa. Antes de terminar, agradezco la constancia y la riqueza que nos brindaron. ¡¡¡Gracias!!!
Invito a mis colegas a que, en este tiempo que nos toca vivir, seamos antorchas que enciendan la Luz del Alma.
Es momento de cambiar el rumbo y sembrar una semilla hacia el encuentro y la compasión. De “mirar hacia adentro”, de descubrir el cosmos interior. Está en nuestra consciencia tal decisión, apoyar integralmente el impulso transformador del acontecer humano. No es cuestión de dejar pasar la oportunidad, puede perderse su esencia. Podemos, los terapeutas, asumir la posibilidad de cuestionar el statu quo con nuevas preguntas, sin respuesta, dejándolas fluir como saetas encendidas, que iluminen el entorno, con la esperanza de suscitar “algo” en el misterio existencial compartido.
Es nuestra tarea convocar el potencial unitivo que yace oculto en nuestra psique y que, al hacerlo, también podamos asombrarnos. Oportuna palabra que indica despejar la sombra y dejar pasar a la Luz para que haga su tarea. La igualdad, libertad y fraternidad no fueron solo un anhelo de la revolución francesa, sino el sueño del alma humana.
*Inés Olivero es psicóloga transpersonal, escritora y conferencista, y presidenta de la Fundación para la Asistencia de Personas Adictas a Personas (FUNDAPAP).
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Hermoso ejercicio! Mirarnos a los ojos para tratar de explorar en nuestro inconsciente, como en los sueños quizás, encontramos algunas respuestas.
Gracias…!!! Así es, estar ahí para ver y para amar