Raquel López Cascales y el oficio de relatar historias: «Los cuentos son medicina para el alma» - Sophia Online

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Raquel López Cascales y el oficio de relatar historias: «Los cuentos son medicina para el alma»

La narradora española llega a Buenos Aires en el marco de las charlas TedxRíodelaPlata y comparte con Sophia su mirada sobre la potencia transformadora del cuento popular.

POR Clementina Escalona Ronderos

«Y colorín colorado, este cuento se ha terminado». Así concluían las tertulias nocturnas entre almohadones, osos de peluches y personajes imaginarios cuando éramos niños. Manteníamos los ojos abiertos en plena oscuridad, enojados con aquel final de la historia, preguntando al narrador de turno, «¿por qué las cosas fueron así?». O, por el contrario, llegábamos a ese «colorín colorado» con los ojos entrecerrados, vencidos por el cansancio, arropados por el sonido de las palabras y con pedacitos de la historia listos para colarse en nuestros sueños.

Quizá para alguno de nosotros el narrador haya sido nuestro padre o madre, tal vez una tía o una maestra de la primaria. Lo probable es que varios podamos recordar un momento donde nos hayan contado un cuento y, si hacemos memoria, incluso reconquistemos algunas de las emociones que nos despertó.

Para la narradora oral española Raquel López Cascales (57), los relatos de su infancia venían acompañados del arroz con leche que preparaba su madre. Aunque más adelante estudió para ser Técnica Superior de Animación Sociocultural en la ciudad de Alicante, en 1991 decidió que lo suyo, en definitiva, era contar.

En el marco del festival de ideas Tiempo —las reconocidas charlas TedxRíodelaPlata—, López Cascales estará visitando el país el próximo domingo 9 de noviembre, con una presentación en el Centro de Convenciones Buenos Aires (CEC). Conversamos con ella sobre su vocación como narradora y sobre el poder transformador de los cuentos.

Sobre el escenario, Raquel López Cascales sabe cómo mantener a su público atento a una buena historia.

—Has contado cuentos en lugares de lo más variados: plazas, bibliotecas, teatros, colegios, capillas, desiertos, islas y montañas. A veces con micrófono, otros sin, de día y de noche, ante cientos de personas y ante unas pocas. ¿Qué es lo que más rescatás de la experiencia de contar?

—Lo que rescato es la constatación de que se puede contar un cuento en cualquier parte y casi en cualquier circunstancia. Contar historias es un hecho que se repite desde el principio de los tiempos y, a no ser que quieras que sea un acto artístico (para eso están los teatros y los grandes auditorios), puedes contarlo en cualquier sitio. El cuento popular es muy versátil y puedes juntar a personas de todas las edades. Es cercano, casi doméstico. Es algo comunitario.

—¿Conservás recuerdos de tu infancia relacionados al oír historias?

—A mí me han criado con cuentos, aunque no he sido consciente de ello hasta pasados los treinta años. Mi madre siempre nos ha contado historias a mis hermanos y a mí: para vestirnos, para bañarnos, para comer, para el viaje hacia el pueblo a ver a los abuelos, mientras ella pelaba una patata o al zurcir un calcetín para tenernos entretenidos. Y tengo recuerdos de mi abuelo y de mi padre contándonos relatos. ¿Pero qué ocurre? Cuando eres adolescente, te alejas de la infancia. Yo descubro los cuentos como profesión a los veintitrés o veinticuatro años. Venía del mundo del teatro y me acerqué a este arte con mucha intriga. Empecé a contar algunos de autor, muchos de Centroamérica y Sudamérica, que en España fueron un boom en los años noventa. Poco a poco fui descubriendo el cuento popular y recuperando esa memoria; ahí está todo. Con ellos me siento muy cómoda, porque detrás de mí están todas las personas de mi familia que me los han contado antes.

La cuentista española Raquel López Cascales en el espectáculo Cuentos de la luz apagada.

—Te acercás mucho a los jóvenes. ¿Qué es lo que más disfrutás de ese encuentro?

—Es uno de los mayores disfrutes, porque yo sé la cara que ponen si el profesorado les ha avisado que viene alguien a contar cuentos: «¿Cómo? ¿A nosotros que ya tenemos 15 años?». De entrada, hay un ligero rechazo. Pero necesito solo cuarenta segundos para metérmelos en el bolsillo: elijo muy bien qué les voy a contar y en qué tono; da igual que sea una historia de amor, de miedo, de humor; el cuento es más de adultos que de niños, y elijo un tema que les interpela: salir de casa, hacer justicia, el primer amor, la amistad, el miedo… temas que les interesan. Para ellos es una sorpresa enorme y un descubrimiento, y ser partícipe de eso es maravilloso.

—En algunas de tus exposiciones rescatás los mitos griegos. ¿Cuál es su relevancia en esta época?

—Yo empecé a contar mitología griega por una petición. Se contactaron conmigo desde la organización del Festival Internacional de Teatro Clásico de Alicante, porque querían un pequeño rinconcito de cuento popular y mitología. Decidí contar el Minotauro y rescatar las figuras femeninas: la madre del Minotauro, Pasifae, y la madre de Teseo, Etra, y hacer una buena investigación de qué se contaba de esas madres. Y encontré bien poco. Así que conté la historia desde algunos elementos que, desde el punto de vista del hombre masculino, pasan desapercibidos. Por ejemplo, te doy un detalle: cuando nace el Minotauro, una bestia con cuerpo de hombre y cabeza de toro, la madre le cuenta los dedos para ver si los tiene todos y lo quiere amamantar. Eso es lo que hace una madre. O cuando a Pasifae le matan el hijo mayor y el padre pide al marmolista que en la lápida ponga que fue un buen guerrero, ella dice: «No, ponga que fue un buen hijo». Podríamos decir que son detalles, pequeños guiños. Pero incluso dos mil años después, todo lo que tratan los mitos griegos sigue siendo actual: el hombre que quiere guerrear, que quiere reinar, los jóvenes que quieren enamorarse y casarse… hablan de los motivos universales, del amor y de la muerte.

Amores, desamores y otros remedios, uno de las presentaciones de la cuentista Raquel López Cascales.

—Muchos de tus espectáculos ponen en el centro a la mujer, como el que dedicás a la fecha del 8 de marzo o el llamado Huesos. ¿Por qué te parece importante resaltar esta figura?

—Me encanta contar historias donde las mujeres sean protagonistas, ¡tienen alegría! Al contrario de lo que mucha gente cree, las mujeres en los cuentos son activas, tienen cosas que decir y hacer. La Cenicienta, Blancanieves, La Bella Durmiente, son versiones muy light. Hay otras que tienen más de quinientos u ochocientos años que son maravillosas, solo hay que rascar un poquito para encontrarlas. Yo las cuento porque es necesario que haya modelos; no puedo contar historias donde las mujeres sean tonticas o no sepan nada. Esas ya las relatan otros y hay que compensar.

—Clarissa Pinkola Estés, autora de Mujeres que corren con los lobos, describe a los cuentos como una medicina con un poder extraordinario: dice que contienen los remedios para recuperar cualquier pulsión perdida, que engendran emociones, preguntas, anhelos y comprensiones, y que solo basta con escucharlos. ¿Qué opinás sobre esta visión?

—Estoy de acuerdo, porque lo que dice Pinkola Estés ya se decía antes. Los mismos griegos recetaban cuentos, y en la tradición popular española, cuando estabas enfermo, como no tenías pantallas para entretenerte, se te entretenía con canciones, con romances y con historias. Pero fíjate: cuando se cuenta una historia y tienes delante a cincuenta escuchantes, se escuchan cincuenta historias distintas. Aquí hay algo muy importante, y es que los cuentos que son una medicina para el alma. Estos son los cuentos maravillosos y muy largos, donde pasan muchas cosas: el protagonista tiene que ir, venir, subir, bajar y muchas veces equivocarse y salir del entuerto. Cada persona se va a quedar con lo que le interpela en ese presente, en ese momento. No hay un mismo cuento para todo el mundo, cada uno recuerda lo que le resuena, lo que le hace falta, lo que le deja pensando, lo que le interpela.

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