29 de diciembre de 2025
En uno de sus ensayos llamado Nueva refutación del tiempo, Jorge Luis Borges escribió: “El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río”. Somos ese momento que dejamos pasar mientras la vida transcurre.
En una sociedad donde las horas parecen cada vez más escasas, fugaces e insuficientes, resulta paradójico reconocer que nunca antes contamos con tantas herramientas ―desde electrodomésticos digitales, a opciones de trabajo remoto y compras por delivery― que, suponíamos, nos permitirían organizarnos y “ganar minutos”. Sin embargo experimentamos con crudeza la sensación de que no nos alcanza la vida para todo lo que deseamos o debemos hacer.
El término “hambruna de tiempo” (time famine) fue acuñado en 1970 por el economista sueco Staffan B. Linder, para describir que “a medida que crecen los ingresos, el tiempo libre se convierte en el recurso más escaso y, por lo tanto, en el más angustiante”.
Medio siglo después, sus intuiciones parecen proféticas. Un informe de la Universidad de Harvard revela que casi la mitad de los adultos siente de manera crónica que carece del tiempo suficiente para dedicar a las actividades que valora. La investigación destaca que no se trata sólo de minutos objetivos, sino de una percepción subjetiva: la de correr detrás de un reloj que siempre avanza más rápido que nosotros. Y cuando esa sensación se vuelve permanente, genera estrés, angustia, y la impresión de vivir en déficit. Ashley Whillans, psicóloga social a cargo de esa investigación, sostiene que “sentirse pobre de tiempo mina la felicidad tanto como sentirse pobre en dinero”.
Una de las causas que intensificó este fenómeno, es la aceleración digital. De acuerdo con un estudio de la Universidad de Stanford, el multitasking digital y el consumo constante de pantallas han incrementado un 25% la percepción de fatiga y de pérdida de control sobre el propio tiempo. Jeffrey Pfeffer, profesor de comportamiento organizacional y uno de los autores del estudio, indica que “las tecnologías que supuestamente nos liberan, en realidad nos encadenan a una disponibilidad permanente. Esa sensación de urgencia es la raíz de la hambruna de tiempo moderna”.
Por su lado, Gloria Mark, especialista en informática y comportamiento de la Universidad de California, considera que “el multitasking no nos hace más productivos. Nos roba energía cognitiva y fragmenta nuestra atención, generando la sensación de que nunca alcanzamos a terminar nada”.

No sorprende que la frase más repetida en las charlas cotidianas sea: “No puedo creer que ya estamos en septiembre”. La psicopedagoga Mariana de Anquín coincide con Mark, en que “hoy vivimos con pocos momentos de flow. Nuestra atención salta de estímulo en estímulo, sin permanecer demasiado en nada. Esa dispersión erosiona la sensación de control del tiempo y hace que se nos escurra entre las manos”.
Este fenómeno no es sólo psicológico, sino que tiene raíces culturales y sociales. La psicóloga Silvia Álava Sordo destaca que la eficiencia se ha vuelto un mandato cultural y una norma universal. “Hoy todo tiene que ser eficiente, incluso el ocio ―advierte―. Descansar está mal visto. En las vacaciones pareciera que también hay que demostrar que hacés muchas cosas. Esta presión constante alimenta la ansiedad. El cuerpo pide freno, pero la mente exige acelerar. Parece que descansar estuviera pasado de moda”. En el mandato permanente de hacer y rendir, incluso el tiempo libre debe ser productivo: aprovecharlo al máximo, sacarle provecho, optimizarlo.
Así, lo que en la superficie luce como un logro —horarios flexibles, teletrabajo, acceso inmediato a servicios, telemedicina—, en la práctica se convierte en un campo de batalla invisible. La pregunta ya no es si tenemos tiempo, sino si sabemos cómo vivirlo. En esa diferencia, se juega buena parte de la salud emocional, la calidad de vida y el sentido profundo de nuestra existencia.
La percepción de que los días vuelan no es sólo una metáfora compartida en charlas de café: es un fenómeno documentado por la ciencia. Según un estudio de la Universidad de Colorado, el 62% de los adultos asegura que el tiempo “pasa más deprisa” que hace diez años. La explicación no reside en el reloj, sino en cómo gestionamos la atención, y en el tipo de actividades a las que dedicamos nuestros minutos.
La fuga de la atención es, de hecho, uno de los principales efectos del consumo digital. La Universidad de Stanford encontró que quienes pasan más de tres horas al día en redes sociales tienen un 28% más de probabilidades de reportar “niebla mental”: una combinación de fatiga cognitiva, pérdida de concentración y falta de motivación.
Eyal Ophir, psicólogo de Stanford y uno de los responsables de la investigación, asegura que “el consumo excesivo de medios digitales está asociado a una mente saturada: más distraída, menos eficiente y con menor bienestar general”.
El imperativo de “hacer, hacer y hacer” se combina con una economía digital que multiplica los estímulos. En la “cultura de la urgencia” actual, estar siempre disponible, siempre conectado, y siempre respondiendo, termina por generar la sensación de que hacemos mucho y, a la vez, no hicimos nada.

En este escenario, lo que perdemos no son sólo horas, también extraviamos nuestras prioridades. “No tenemos claro qué es lo importante, porque eso requiere parar y mirar hacia adentro. Pero vivimos ocupando la mente en el afuera, en lo inmediato —advierte De Anquín, y señala—: cuando estamos aburridos, cansados o incómodos, recurrimos al celular. Evitamos conectar con lo que sentimos y, en esa instancia, se nos escapa el presente”.
Quizá el problema no esté en el tiempo en sí, sino en el modo en que lo vivimos. La pregunta que late en esta hambruna contemporánea es si seremos capaces de recuperar una relación más humana, más consciente y más amable con nuestros días.
La escasez de momentos también es un asunto de sentido. El filósofo alemán Hartmut Rosa, sostiene que “la modernidad tardía nos ha dado todo menos resonancia: acumulamos experiencias, pero sin conexión profunda con ellas. La aceleración social nos empuja a vivir en un presente vacío, incapaz de vincularnos de manera significativa con lo que nos rodea”.
Esta idea se refleja en lo cotidiano: pasamos horas frente a pantallas que prometen distracción, pero nos dejan con la sensación de que el tiempo se esfumó. “Muchas personas llenan las horas con Netflix, Instagram o TikTok. Pero ese ocio pasivo, lejos de aportar bienestar, tapa emociones ―señala Álava Sordo―. Se transformó en un ‘chupete emocional’: una manera de no enfrentar lo que sentimos”.
La diferencia entre ocio activo y pasivo es clave: está demostrado que quienes practican actividades creativas (cocinar, pintar, bailar, tejer, escribir) reportan un índice mayor de satisfacción vital comparado a quienes dedican la mayor parte de su tiempo libre a consumos digitales pasivos. “Cuando creamos, regulamos emociones. Cuando sólo consumimos, huimos de ellas”, sintetiza Álava.

La forma en que devoramos entretenimiento también incide en nuestro bienestar. Mientras que antes esperar una semana entre los capítulos de una serie nos obligaba a anticipar y saborear el momento, hoy las maratones de streaming eliminan la espera y con ella parte del disfrute. “El saboreo es esencial para el bienestar. El consumo inmediato nos priva de esa expectativa y termina dejando un vacío”, explica Ávala.
Pero más allá de lo digital, la cuestión toca una fibra más profunda: ¿Cómo hacemos para que el tiempo tenga sentido? Para De Anquín, el primer paso es reconectar con el presente. “Nuestro cuerpo vive en el ahora, pero la mente oscila entre pasado y futuro. Sólo cuando logramos que ambos se encuentren, el tiempo deja de escaparse”.
La práctica de la atención plena aparece aquí como un camino posible. No se trata solo de meditar, sino de vivir cada acción con conciencia. Diversos estudios han demostrado que los programas de Mindfulness reducen la percepción de escasez de tiempo en quienes lo practican al entrenar la capacidad de estar presentes.
Jon Kabat-Zinn, médico e investigador a cargo del estudio, confirma que “la práctica de la atención plena no cambia la cantidad de horas del día, pero cambia radicalmente cómo las vivimos. Nos devuelve al presente, que es el único tiempo real”.
También se trata de replantear prioridades. Como indica De Anquín “no tenemos claro qué es lo esencial porque no paramos. Conectar con nuestros propósitos requiere detenernos, escuchar y decidir desde dentro, no desde la urgencia externa”. Esa mirada devuelve al tiempo su dimensión simbólica: no como un recurso que se gasta, sino como un territorio que se habita.
El hambre de tiempo no se resuelve acumulando minutos, sino transformando la relación que tenemos con ellos. Elegir vínculos verdaderos, experiencias significativas, instantes habitados con presencia. Quizá el secreto no sea ganarle al reloj, sino reconciliarnos con él.
En lugar de vivir en déficit, podemos aprender a vivir en resonancia: con cada gesto, cada vínculo, cada inhalación y exhalación. El tiempo, al fin y al cabo, no se mide en horas sino en momentos con sentido. Es en esa plenitud sencilla donde descubrimos que nunca nos falta tiempo para lo que verdaderamente importa. Como dijo Borges, “el tiempo es la sustancia de la que estoy hecho”.

1. Practicar la atención plena en lo cotidiano
“Aunque no modifica la cantidad de horas del día, sí cambia radicalmente cómo las vivimos”, explica Jon Kabat-Zinn, investigador de la Universidad de Massachusetts.
2. Recuperar momentos de flow
“Cuando estamos plenamente atentos a lo que hacemos, el tiempo se detiene. Hoy vivimos con muy pocos momentos de flow porque dispersamos la atención en un zapping constante”, señala la psicopedagoga Mariana de Anquín.
3. Desconectar para volver a conectar
“El multitasking no nos hace más productivos. Nos roba energía cognitiva y fragmenta nuestra atención, generando la sensación de que nunca alcanzamos a terminar nada”, indica Gloria Mark, investigadora de la Universidad de California
4. Priorizar lo esencial sobre lo urgente
“Es preciso no dejarse llevar, sino recuperar el control de las elecciones que se hacen”, reflexionó la psicóloga Silvia Álava Sordo.
5. Apostar por un ocio activo
“Las actividades que implican creación o interacción producen emociones más duraderas que el entretenimiento pasivo, que a menudo deja una resaca de vacío”, afirma Sonja Lyubomirsky, psicóloga de la Universidad de California
6. Redescubrir la resonancia
“La modernidad nos da velocidad, pero nos quita resonancia. La clave no es hacer más en menos tiempo, sino lograr una conexión significativa con lo que hacemos”, sostiene el filósofo Hartmut Rosa, de la Universidad de Jena.
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