“El mundo necesita una madre”. La Guadalupe, el gran fenómeno espiritual y cultural que trae luz en tiempos difíciles - Sophia Online

Espiritualidad

“El mundo necesita una madre”. La Guadalupe, el gran fenómeno espiritual y cultural que trae luz en tiempos difíciles

La teóloga mexicana Marilú Rojas Salazar explica por qué este símbolo fundante de la espiritualidad latinoamericana está más vigente que nunca.

POR María Eugenia Sidoti

“¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?”.

Cuenta la historia que con esa pregunta, Guadalupe apareció frente a un campesino en el Cerro del Tepeyac. Era diciembre de 1531 y en ese sitio sagrado para los pueblos ancestrales, ubicado en el norte de la Ciudad de México, dos culturas que aún no sabían cómo nombrarse —la europea y la americana— encontraron una lengua común: la espiritualidad. 

Por entonces, el mundo estaba cambiando de piel. La reciente conquista de América planteaba un escenario complejo, en el que dos cosmovisiones se mantenían en pugna. Frente a esa realidad difícil, sangrienta, un acontecimiento zanjó las diferencias que abría un abismo entre las dos orillas. Fue así que, ante un hombre humilde y en lengua indígena, Guadalupe, la Virgen morena, se presentó embarazada de lo nuevo.  

Esa aparición que obró una conversión masiva de los pueblos indígenas al cristianismo en el siglo XVI —y la transformó en un símbolo que lleva siglos siendo venerado— quedó marcada por interrogantes que todavía hoy nos visitan. Porque “el fenómeno guadalupano” no solo marcó las creencias de Latinoamérica, sino también la manera en que, al perderse la imagen de lo femenino sagrado durante el mestizaje (antes muy presente en la cultura ancestral) para hacer lugar a un Dios único y varón, Guadalupe encarnó la divinidad como mujer. 

Más allá del valor devocional, el contexto histórico hizo que este relato se volviera aún más significativo: una Madre había llegado para abrazar a la tierra herida, tendiendo un puente a través del océano entre lo divino y lo humano. Su nombre, de origen árabe, adquirió un sentido tan claro como trascendente: la “portadora del agua” llegó a estas tierras para abrir un “río de luz”. 

Cada 12 de diciembre, en México, miles de personas se acercan al santuario que venera a la Guadalupe.

Un fenómeno cultural

Convertida en la patrona del continente americano, Guadalupe convoca cada año a millones de personas que se acercan a su santuario cada 12 de diciembre, pero la celebran con la misma devoción día a día. Velas, rosarios, remeras y estampas son algunas de las formas en que sus fieles eligen honrarla y darle un espacio en su vida. Dicen que, en México, no existe una sola casa que no tenga una figura suya. Pero debido a las corrientes migratorias, y en especial a la potencia de su mensaje, su simbolismo traspasó las fronteras y es común encontrarla, también, en otras partes del mundo. 

En diálogo con Sophia, la teóloga mexicana Marilú Rojas Salazar explica que esta amplificación no es casual. “Me gusta hablar del fenómeno guadalupano, porque Guadalupe no es solamente un símbolo religioso católico, sino que es un verdadero evento cultural, social y político. Ella apareció en un momento en el que las indias embarazadas, en muchos casos víctimas de la violencia sexual producto del mestizaje, se cortaban la panza y morían junto a sus bebés, en un claro ejercicio de resistencia”.

En aquellos primeros tiempos de la conquista, en los que la población menguaba por las luchas entre conquistadores e indígenas y los suicidios de aquellas mujeres que estaban a punto de parir, Guadalupe se convirtió en un emblema de un encuentro entre culturas sin negar lo autóctono: al presentarse ante Juan Diego, le habló en náhuatl, la lengua materna de los aztecas y, en su rostro, el campesino pudo ver reflejado el mismo color moreno de su tez. “Por eso María de Guadalupe es un modelo evangelizador para toda América Latina y el Caribe”, destaca Rojas Salazar, definiéndola como “la puerta de entrada al nuevo mundo”. 

Según cuenta la teóloga Marilú Rojas Salazar, todas las casas mexicanas tienen una imagen suya.

La mujer de pie

Acontecimiento fundante de la historia espiritual de América Latina, el mensaje de la Guadalupana, como muchos la llaman, va mucho más allá del ícono. Su imagen, que fue transformándose a lo largo de los años, recuerda para muchos, en su versión más moderna, a la mujer embarazada del capítulo doce del Apocalipsis de San Juan. “Revestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas». Una lectura que asume una profunda resonancia simbólica de la mano de su potencia gestante para el nuevo tiempo.

Es que, para Rojas Salazar, Guadalupe representa lo sagrado femenino que se perdió en aras del monoteísmo cristiano, y en su imagen radica esa esencia. “Ese es su valor más profundo: devolvernos a las divinidades femeninas que fueron aniquiladas durante el proceso colonial. Ella representa a la antigua Tonantzin, la madre de todos los dioses del panteón azteca”, describe y explica que lo femenino era tan importante para las culturas ancestrales, porque aquellos pueblos no podían concebir una deidad únicamente masculina, escindida de su otra mitad. “A sus ojos, la llegada del Dios cristiano mostró que lo sagrado estaba mutilado, que había perdido la riqueza de su dualidad”. 

Al por qué de la cercanía de Guadalupe con su pueblo, la teóloga mexicana responde: “Su figura personifica el proceso de evangelización de otra manera: no con el látigo, con la espada, sino con la palabra. Por eso cuando ella dice ‘soy tu Madre’ tiene tanto significado —-destaca y reconoce que su mensaje no es solo espiritual—. Además de recuperar lo sagrado femenino, tiene un gran peso político, porque, para la independencia de México, nuestro libertador, el cura Miguel Hidalgo y Costilla, la tomó como bandera y la convirtió en un emblema de la revolución”. 

Una mujer embarazada que está de pie, con la vista en alto y que no espera, sino que está en camino. “Guadalupe es una mujer sola que no está sometida, que es digna y no tiene fronteras, porque el mundo entero necesita una madre que abrace a todos sus hijos por igual. Por eso ella es la gran madre de los sencillos, de los pobres, de los frágiles, de los desplazados. Y en tiempos donde las instituciones religiosas perdieron toda fuerza moral, ella recobra un sentido profundo: la necesidad de un liderazgo espiritual femenino”. 

Su imagen recibe a los corazones afligidos que acuden en busca de consuelo, protección y sanación, porque es la Virgen que une, que abraza, que dignifica. La mamá que se inclina con ternura ante quienes, sintiéndose a la intemperie, se inclinan conmovidos ante su profunda mirada y le piden ayuda.  

Amorosa y protectora, cercana, pero luchadora a la vez, la Guadalupe parece ser, hoy más que nunca, un emblema a la hora de llevar la unión a un mundo dividido, en el que como nunca resuenan las palabras que el Nican Mopohua, uno de los textos fundacionales de la tradición guadalupana, le atribuye a aquel mítico encuentro con Juan Diego: “Yo soy vuestra Madre misericordiosa, tuya y de todos los que viven juntos en esta tierra”. 

Hace cinco siglos que, según cuenta la tradición, la imagen de la Virgen permanece grabada en la tilma que el campesino llevaba sobre sus hombros a modo de manto. Milagrosamente, ese tejido de maguey se conserva desde entonces en la Basílica de Guadalupe, al pie del cerro del Tepeyac, uno de los santuarios católicos más visitados en el mundo entero. Allí donde Guadalupe se dejó ver por primera vez. 

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