Alfredo Lichter, cineasta y naturalista: “En el mar me convertí en un creyente de lo pequeño” - Sophia Online

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Alfredo Lichter, cineasta y naturalista: “En el mar me convertí en un creyente de lo pequeño”

Foto: Clara Gabrielli

El reconocido productor y director, que acaba de estrenar "Allá el viento", habla sobre el viaje personal que cambió su vida para siempre.

POR Cristina Miguens y María Eugenia Sidoti

De chico, Alfredo Lichter vivía en un mundo a pequeña escala. Sus días empezaban y terminaban en el campo, entre pájaros, vacas y caballos, en una estancia familiar ubicada en el sur de Córdoba. Un día, casi por azar —o por destino—, vio en la pantalla grande una película sobre ballenas. Entonces, su mirada cambió. Sintió que, si viajaba hasta el mar y permanecía frente a él en silencio, podría hacerse uno con el viento.  

“Nunca había visto una ballena, prácticamente no conocía el mar. Y fue, probablemente, lo primero que me dio la impresión de inmensidad, de una proporción a la que no estaba acostumbrado”, dice en esta charla que transcurre de mañana en la redacción de Sophia.

Aquella imagen abrió una puerta: al otro lado había una nueva vida que quería descubrir. Cuando encontró al mar —o, mejor dicho, cuando el mar lo encontró a él—, no sabía que ese recorrido lo llevaría hasta la Patagonia. Pero hasta allí fue, buscando al protagonista de la película sobre ballenas que lo había deslumbrado. Era, nada más y nada menos, que el biólogo estadounidense Roger Payne. “Investigué sobre su trabajo y sobre él, y cuando supe que venía a la Argentina para radicarse en Península Valdés, lo fui a buscar al aeropuerto”, cuenta.

Aunque no se conocían, ese gesto selló una amistad que perduró en el tiempo. También lo condujo hacia la costa patagónica, un lugar que sería, a partir de entonces, su punto de anclaje en el mapa. Una tierra donde echaría raíces y desplegaría su compromiso ambiental. De aquella contemplación llena de asombro y recogimiento nació también su búsqueda artística, primero a través de la fotografía y más tarde del cine.

Esa vida que ocurre más allá de lo humano

Con la mirada en el sur de la Argentina, en junio del año 2000 fundó Ecocentro, ubicado sobre un acantilado de Puerto Madryn, un espacio destinado a integrar arte, ciencia y educación para difundir y valorar el mar patagónico. Lo dirigió con el compromiso de hacer del centro un lugar vivo, un puente entre las personas y el gran espectáculo que ofrece la naturaleza. “Siempre me conmovió la interacción entre los seres humanos y el mar, en ese diálogo que se manifiesta en todas direcciones”, señala Lichter, que fue reconocido y premiado por su aporte ambiental. Veinticinco años más tarde, sintió que su etapa había finalizado y por eso, junto a la familia Eliçabe que había aportado los fondos para crear el proyecto, donaron todo lo realizado a la Municipalidad de Puerto Madryn.

Preocupado por la situación ecológica actual, Lichter que estuvo asociado al Laboratorio de Mamíferos Marinos del Museo Argentino de Ciencias Naturales y fue miembro de la delegación argentina ante la Comisión Ballenera Internacional, no duda en admitir que “el problema de la naturaleza y de su destrucción es cultural”. Para él, lo que hace falta es cultivar una conexión sagrada con el entorno; una experiencia que permita habitarlo, conocerlo y que su cuidado se convierta en una necesidad, material y espiritual.

Alfredo Lichter en plena filmación, en una de sus numerosas estadías en Tierra del Fuego.

Al preguntarle por el mar, la respuesta aparece con la rapidez de una ola que se eleva en medio del océano. “Para mí, es lo inasible”, reflexiona y trae a la conversación el final de un poema de Jorge Luis Borges que dice: ¿Quién es el mar, quién soy?. Lo que le interesa a Lichter es, sobre todo, que el escritor haya captado su espíritu, esa esencia, al retratarlo como un quién y no como un qué. “Leer ese poema fue un rayo que me partió la cabeza, porque habla del mar como una presencia, como un otro”.

Al mirar sus producciones audiovisuales y escucharlo hablar, aparece en su forma de contar un registro del tiempo distinto, que le es propio. “En esa parte del mundo que es la costa, aprendí a dejarme llevar más por el tiempo de las mareas que por el horario del reloj”, destaca. Sin prisa por llegar a ninguna parte, se abrió a experimentar la humildad. “Tengo la impresión de que es un mundo que está ocurriendo más allá de mí y del cual no tengo ninguna participación”.

Ese es el paisaje que elige contemplar: aquel ante el cual puede quedarse despojado de todo, incluso de las palabras. Solo y pequeño frente a lo inmenso. “La Patagonia me convirtió en un creyente de la creación. Fue como descubrir el universo entero de repente”, confiesa. Frente a esa escala, explica, el silencio deja de ser ausencia y se convierte en una invitación a formular preguntas sobre la propia vida, el destino y el lugar que uno ocupa en el mundo. Una forma de recogimiento que le permite reconocer la pequeñez humana y, al mismo tiempo, sentirse parte de algo mayor.

El cineasta en la Antártida, contemplando la belleza silenciosa el gran continente blanco.

La contemplación como ejercicio espiritual

Allá el viento se llama el film que acaba de estrenar, un viaje a través de unas islas del Atlántico Sur de la mano de unos biólogos que estudian a las aves marinas. Aunque la película también se interna en un territorio más íntimo: la soledad. Por esa razón decidió una inmersión de varios días en unas islas, incluyendo Malvinas, para retratar la presencia de tanta ausencia en esos lugares. “El cine es mi forma de estar en el mundo, por eso elijo los temas de mis películas según los lugares donde quiero estar”, subraya. En esta ocasión eligió ese paisaje grandioso y solitario, cargado de vida y de belleza, y también como un escenario desolador ligado al dolor que provoca la irracionalidad humana.

Hay un recuerdo de su trabajo en Malvinas que conserva con una intensidad difícil de explicar: el tic-tic-tic de los rosarios movidos por el viento, golpeando sobre las cruces de tumbas de los caídos, en medio del más absoluto silencio. Durante varios días permaneció en el cementerio argentino de Darwin, una experiencia que lo atravesó en cuerpo y alma. “De alguna manera la película busca interpelar al espectador al conectarlo con su propia soledad. Fue un trabajo intenso y doloroso, que me llevó a un nivel de introspección profundo. Y siento que al realizar esta película ocurrió algo que no me había pasado antes: se convirtió casi en un retiro espiritual”.

Frente a aquellas tumbas, la contemplación se volvió también una pregunta sobre la muerte y sobre el recorrido de su propia vida. “Atravesar esas zonas oscuras, profundas, es una forma de crecimiento. Cuando hacés el tránsito y lográs salir a flote, renacés”.

Lichter, que descubrió en ese paisaje una dimensión más amplia que la de su propia existencia, no puede pensar el destino lejos de la costa del mar patagónico, el lugar donde comenzó un recorrido interior que lo transformó para siempre. Más tarde, la travesía le enseñó que no necesitaba demasiado, que lo mejor era andar ligero de equipaje. “Entendí que debía tener una actitud de respeto, de no intervención. No somos el centro del Universo, somos apenas testigos de un instante de la vida, luego el mar y las montañas permanecerán, seguirán ahí».

Junto a la recordada ambientalista Jane Goodall, unidos por el amor y el respeto a la naturaleza.

Para conocer más sobre el trabajo de Alfredo Lichter, hacé clic acá.

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