1 de julio de 2026
En el año 776 antes de Cristo se realizaron en la ciudad griega de Olimpia los primeros juegos olímpicos, cuyo nombre responde al origen geográfico. Allí estaba el santuario que homenajeaba al dios Zeus, y convertido hoy en sitio arqueológico conserva impresionantes restos de aquellos juegos. El propósito de los juegos olímpicos era detener las guerras entre ciudades-estado y reinos durante el tiempo que llevara a los atletas y a los concurrentes trasladarse a Olimpia. Las pruebas eran lanzamiento de disco y de jabalina, carreras y lucha. Los atletas competían desnudos, y tanto ellos como el público eran hombres. El premio a los vencedores consistía en un ramo de olivo. Finalizados los juegos, que duraban un mes, y regresados los atletas y participantes a sus lugares de origen, las guerras se reanudaban.
Cuatro años más tarde todo volvía a repetirse. En el año 393 después de Cristo el emperador romano Teodosio I prohibió los encuentros por considerarlos un rito pagano. Se reanudarían en la era moderna, en 1896, impulsados por el barón francés Pierre de Coubertin, y se cumplen ritualmente cada cuatro años, como otrora, con excepción de 1916, 1940 y 1944, interrumpidos por las dos guerras mundiales.
Las actuales Olimpiadas son un complejo evento deportivo que incluye cada vez más disciplinas, pero su convocatoria multitudinaria y su repercusión mediática, política y económica fueron superadas desde hace décadas por la Copa Mundial de Fútbol, que paraliza a países enteros y capta la atención planetaria también cada cuatro años. Aunque se ampara en la idea de que es una competición centrada en el deporte más popular y seguramente más bello e imprevisible de la historia, cada vez tiene menos que ver con el fútbol, con su espíritu, con su nobleza, con su magia, y cada vez más con intereses corporativos de todo tipo: políticos, económicos, comerciales y mediáticos que, con prisa y sin pausa, están corrompiendo y vaciando la identidad del fútbol.
La Copa Mundial 2026, con sede tripartita en Estados Unidos, México y Canadá es la muestra más descarada de esta usurpación y este vaciamiento. Si el fútbol supo ser, en su práctica barrial, tanto como en su expresión en campeonatos mundiales, una convocatoria a la integración por encima de la diversidad, a la celebración de encuentros colectivos y de expresión deportiva de alta calidad, su última edición resultó excluyente (aun cuando hayan participado más países que nunca, muchos de ellos sin ningún antecedente habilitador), disparó indignantes operaciones discriminatorias por parte del principal organizador, Estados Unidos, desbarató el juego con reglamentaciones absurdas sólo justificadas por la voracidad devastadora del capitalismo tardío (sistema actualmente dominante en Occidente), que convierte en negocio absolutamente todo.
La absurda “pausa de hidratación” (¡en estadios refrigerados!) que fragmentó los partidos hasta desbaratarlos, fue una muestra obscena. Supuestamente debida al “cuidado de la salud de los jugadores”, sólo cuidó los intereses publicitarios de marcas que la aprovecharon para saturar las pantallas y los estadios con avisos, pese al abucheo del público y el rechazo de entrenadores y de los propios jugadores.
El desmesurado negocio en que se convirtió el fútbol mientras pierde su esencia (en esta Copa se vieron algunos de los partidos más aburridos y mediocres de la historia, sobre todo cuando participaban en ellos equipos convocados con el único fin de ampliar mercados comerciales), está comandado por una organización cuasi mafiosa llamada FIFA y encabezada por un tal Gianni Infantino, cuyo amor por el fútbol parece ser el mismo que un gato puede sentir por un ratón al que espera devorarse.
La FIFA regula la actividad futbolística en el planeta, impulsa y regentea los negocios que la actividad genera, teje complicidades con gobiernos autoritarios y antidemocráticos —siempre que estos se presten a la componenda—, hace caso omiso a las injusticias e inequidades que puedan cometerse en países organizadores (pasó en Argentina 1978, Qatar 2022 y Estados Unidos 2026, entre otros ejemplos) y puede amparar y privilegiar a dirigentes acusados de corrupción flagrante, como el argentino Chiqui Tapia, zar del fútbol en nuestro país. La célebre frase de Diego Armando Maradona, quien hace algunos años proclamó, aludiendo a la pureza del juego, que “la pelota no se mancha”, suena en el panorama actual del fútbol mundial anacrónica y nostálgica. Las manchas que muestra la pelota son indelebles.

Es obvio que el fútbol no termina en el campo de juego ni en los estadios y que a sus repercusiones tanto emocionales como deportivas, económicas y políticas, hay que agregarles hoy las ecológicas. “Todo indica que esta será la Copa del Mundo más insostenible y contaminante jamás organizada”, afirma Alejandra del Carmen Meza Servín, investigadora y profesora de la Universidad de Guadalajara, México, en innovación y sustentabilidad.
En un artículo publicado en el medio digital The Conversation, Meza Serin sostiene: “Al expandir el formato del torneo de 32 a 48 selecciones nacionales y de 64 a 104 partidos repartidos a lo largo de un continente entero, la FIFA ha multiplicado exponencialmente las llamadas emisiones de Co2 (dióxido carbónico) de alcance 3. Estas corresponden a las fuentes indirectas que se producen en la cadena de valor, dominadas abrumadoramente por el transporte aéreo de las delegaciones oficiales y de los millones de aficionados extranjeros”.
Esto significa que el transporte, por sí solo, representará más del 85% de la huella de carbono total del certamen. A su vez el New Weather Institute, un organismo dedicado a estudiar la sustentabilidad climática, señala que el Mundial 2026 podría generar más de nueve millones de toneladas de dióxido de carbono. Una monstruosa contribución al calentamiento global en nombre de los negocios de la FIFA y asociados. “Refrigerar los estadios puede terminar agravando el problema al aumentar las emisiones de gases de efecto invernadero”, aporta Meza Servín. Y concluye: “Mientras gigantes ligados a los combustibles fósiles siguen patrocinando el fútbol, las metas de carbono neutral de la FIFA serán sólo promesas vacías”.
A la luz de los desmesurados precios de las entradas, de las enormes sumas que requieren el hospedaje y los traslados, y de las restricciones migratorias que, como ningún otro, impuso esta Copa del Mundo, Juan Martín Flores Almendárez, especialista en Capital Humano e integrante del Comité de Gestión, Innovación Educativa y Tecnología de la misma Universidad de Guadalajara, califica al evento como el más elitista de la historia. En ese sentido, afirma que “el Mundial de 2026 representa un punto de inflexión en la sociología del deporte. Cumple las expectativas de expansión de mercado y maximización de audiencias televisivas deseadas por las multinacionales, pero incumple flagrantemente la promesa de inclusión e integración humana que justifica la concesión de estos torneos a las sociedades civiles”.
Y remata Flores Armendárez con una pregunta esencial que necesitamos hacernos y responder todos los amantes de este bello deporte, como quien escribe estas líneas: “¿Debemos aceptar la muerte definitiva de la fiesta popular comunitaria? ¿Es posible rescatar el fútbol de las manos del corporativismo transnacional?”.
La respuesta depende de cada aficionado. De entregarse mansamente a la manipulación perversa de quienes hoy falsificaron el fútbol, su goce y su práctica, o de repudiarlo en los estadios, ante las pantallas de televisión (silenciándolas cuando nos asaltan con publicidad en lugar de juego) y resistiéndose a seguir comprando lo que el marketing vende maniáticamente (pelotas, camisetas, jueguitos, etcétera). Volviendo a hacer del fútbol un lugar de encuentro y no de consumo insaciable.
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Gracias Sergio, como siempre muy valiosa tu reflexión! De mi parte como NO aficionada al futbol, agrego lo duro que me resulta ver todo lo que consignas en tu columna y contrastarlo con el sufrimiento de nuestros hermanos Venezolano por los dos terremotos. Dinero y recursos dilapidados frívolamente en Pan y circo.
Así anuncia Jesús su Segunda Venida, «como en los días de Noe, comían, bebían, se casaban (…) vino el diluvio y los destruyó a todos. (…) Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste» (Lucas 17, 26-30)
La revolución industrial en su máxima expresión. El capitalismo sigue siendo el dueño del circo. Volver a ver Matrix, The Truman Show. Hace pocos años sufrimos una pandemia crudísima que pensé nos iba a enseñar a vivir, pero no. Tanto dolor fue en vano una vez más. Los dueños del circo siguen manejando a la masa entusiasta que es arriada como ovejas.
Amo a la Selección de mi país. Eso no tiene nada que ver. ¿Qué pasó con Israel y Palestina? ¿Lo soñé o siguen encontrando personas con vida entre escombros de un sismo implacable en Venezuela? No importa. La masa está atenta a la pelota manchada con sangre, corrupción y muertes.
A veces pienso que si existe un Creador debería guardar el tablero como quien guarda un juego de mesa y decir otra vez será. Fue un fracaso. Los seres humanos plantan manzanos para envenenarse solos.
Gracias Sergio. Voy a colgar la bandera en la ventana y que siga la farsa.