Tomás Olivieri Acosta, coach gestáltico: «Hablar de morir es hablar de vivir, de amar, de ser libres» - Sophia Online

Desarrollo Personal

Tomás Olivieri Acosta, coach gestáltico: «Hablar de morir es hablar de vivir, de amar, de ser libres»

Una conversación sobre cómo la conciencia de finitud puede ayudarnos a transitar nuestros días sintiendo que honramos nuestro paso por la vida.

POR Carolina Cattaneo y María Eugenia Sidoti

A los veintidós años, Tomás Olivieri Acosta comenzó a sentir que se moría: un dolor intenso en el pecho le impedía respirar. Pero no había ninguna causa física y, al ver que podía seguir adelante, eligió continuar viviendo como lo había hecho hasta ese momento. Con sufrimiento, aunque sin detenerse a observar el porqué de aquel síntoma.

Cinco años más tarde se dio cuenta de lo que le estaba sucediendo: no estaba muriendo de manera real, sino simbólica. Había algo en su vida que tenía que cambiar. “Recién ahí me animé a dejar de sostener lo que ya no era, pero que mantenía porque me daba seguridad, aprobación y pertenencia. Y ahí nací de verdad”, cuenta este coach gestáltico transpersonal que más tarde eligió dedicarse a una temática de la que muchos prefieren no hablar: la muerte.

“A partir de lo que me pasó, empecé un viaje espiritual, que es lo que más agradezco. Espiritual pero no religioso, porque para mí son dos caminos distintos”, comparte. Entonces viajó a India, donde realizó una experiencia en la congregación de la Madre María Teresa, en Calcuta, acompañando a un hombre hacia el final de su vida. “Era mi primer contacto con alguien que se estaba muriendo. Y fue hermoso. Él hablaba hindi, yo a gatas inglés. Pero pudimos comunicarnos desde la mirada, desde el silencio”, recuerda.

¿Qué aprendió de aquella experiencia? Sobre todo, el valor que tiene la compasión. También que dolor no es igual a sufrimiento. “A él le dolía el cuerpo, pero no sufría, porque se sentía acompañado en su partida”, señala. Verlo irse en paz hizo que, cuando volvió a la Argentina, se decidiera a formarse en cuidados paliativos. “Acompañé a mucha gente a morir y siempre fueron experiencias profundas, sanadoras. Cada vez que estoy con una persona que se está muriendo aparece una gran conexión con la vida, con la gratitud”.

En esta conversación con Sophia, Olivieri Acosta —que es facilitador en procesos de transformación, duelo y liderazgo consciente— reconoce que las personas siempre le preguntan cómo hace para no deprimirse, y que él les responde lo mismo cada vez: “A mí la muerte me hace recordar que estoy vivo. Y me hace preguntarme si estoy habitando de verdad la vida que vine a vivir, o si simplemente estoy transitando todo esto porque respiro y nada más”. 

Esa misma reflexión es la que comparte en las charlas que brinda en empresas y en colegios desde su enfoque basado en la pedagogía de la muerte, cuya intención es educar para vivir más plenamente nuestros días desde la aceptación de la propia finitud y también la de nuestros seres queridos.

—¿Por qué elegiste trabajar en este tema? ¿Qué es la muerte para vos?

—Para mí la muerte es un portal. No la vivo como algo que termina, sino como una invitación a conectar con la existencia, con eso que está en nosotros y que va más allá de lo físico. Porque creo que somos mucho más que este cuerpo que tenemos. Esa idea me ayuda mucho a acompañar, porque es clave.

—Es decir que, frente al hecho de que vamos a morir, aparece una mirada trascendente.

—Tal cual. Siento que acá estamos de paso y que somos mucho más de lo que se ve; que no somos solo materia. Cuando el cuerpo muere y deja de funcionar, hay algo que queda, que es el alma. Y el alma es la energía que habita ese cuerpo y que —estoy convencido— continúa más allá del final físico. Venimos a la vida a aprender y a evolucionar, y la única manera que tenemos de hacerlo es encarnando. Porque somos cuerpo y somos espíritu.

—¿Qué significa eso a la hora de vivir más plenamente nuestros días?

—A través de lo corporal habitamos el día a día, lo cotidiano, y damos vida a nuestros vínculos: padres y hermanos, amigos, pareja, hijos, compañeros de trabajo. Por eso considero que es necesario integrar lo espiritual con lo material, lo divino con lo humano, algo que en general tenemos bastante separado, escindido. 

—¿Cómo sería irse bien de la vida?

—Desde que nacemos deberíamos prepararnos para morir, porque para mí el momento de la muerte es el más importante que vamos a atravesar los seres humanos después de nuestra llegada al mundo. Platón dijo que aprendiendo la práctica de morir se aprende a vivir mejor pero, en general, no es una enseñanza que tengamos a disposición. Sí en otras culturas, como las de Oriente, y también en los pueblos ancestrales, donde la muerte se asocia a un plan mayor. Por esa razón es clave cómo lleguemos al instante de partir, porque de eso va a depender lo que viene después. ¿Y cómo deberíamos llegar a ese momento? En paz.

—Pero no siempre es fácil llegar en paz al final de la vida, ¿verdad?

—No, es un logro. Es un trabajo de cada día. Pero hay que llegar en paz para poder abrazar y recibir a la muerte con total confianza, gratitud y desapego hacia lo que dejamos acá. Tenemos que liberarnos del apego a los vínculos familiares, a los vínculos afectivos, a los bienes materiales, a los cargos, a los títulos, y a todo eso con lo que nos identificamos, pero que no somos nosotros. Vivimos en una cultura que nos hace creer que somos aquello que hacemos, aquello que tenemos. Sin embargo eso es, justamente, lo que quedará atrás al momento de partir.

—¿Por qué hacés tanto hincapié en el desapego como aprendizaje?

—Porque el verdadero amor es el que libera. Y si al momento de morir sentimos apego a algo de este plano, ese apego nos va a impedir vivir la experiencia con plenitud, conciencia y libertad. Lo mismo ocurre con las personas queridas que deben atravesarla: los que tenemos hijos —y yo tengo dos— nos sentimos dueños de sus vidas, pero haber acompañado a madres cuyos hijos morían me ayudó a comprender su transitoriedad. Como Belén, mamá de Sami, de 5 años, que murió de cáncer en pocos meses. Junto a ella, conecté con la muerte de una niña por primera vez; que además en ese momento tenía la edad de mi propia hija.

—¿Qué te sucedió durante esa experiencia?

—Es todo un ejercicio imaginar que nuestros hijos van a morir, porque es el vínculo donde desarrollamos mayor apego. Mi hija mayor, que tiene ocho años, nació prematura extrema, de seis meses, con apenas 760 gramos. Ni siquiera podíamos tocarla porque su piel no estaba formada. La posibilidad de sobrevida era muy baja y si salía podía quedar con demasiadas secuelas. Durante ese tiempo, el mayor anhelo que teníamos con mi mujer era que viviera. Pero decidimos aceptar la idea de que si solamente era eso lo que le tocaba vivir, teníamos que estar en paz. Al final, pasó 97 días internada, y salió. Entonces, cuando me acostumbro a verla bien, a que se levante todos los días, me acuerdo de agradecer que hoy esté.

—Hay una idea muy linda que señala que los hijos no son nuestros hijos, sino que son hijos de la vida…

—Es así, y a mí eso me lo enseñó mi madre cuando perdió a Agustín, mi hermano, a los 24 años. Yo tenía 30 y aprendí muchísimo junto a ella: durante un año fui a su casa todos los días para estar ahí cuando se despertaba. Ese era el peor momento: abrir los ojos y recordar que él no iba a volver. Yo llegaba a las 5, ella se levantaba a las 6, y me quedaba hasta las 8 para escucharla. De su boca supe del dolor de perder un hijo y también, un día, la escuché decir: “Agustín me enseñó que los hijos no nos pertenecen”. Sentí admiración al verla ponerse de pie, porque el duelo no se trata de que el tiempo pase, sino de elegir seguir viviendo. 

—Trabajás en enseñar la pedagogía de la muerte. ¿De qué se trata?

—La pedagogía de la muerte que yo practico es habitar mi propia conciencia de finitud y desde ahí hablar con los alumnos, con los docentes, con los padres y con los gerentes y los empleados de las empresas donde me piden que vaya para conversar sobre este tema. Por eso, es importante remarcar que yo también, al habitar mi conciencia de la finitud y habitar la idea de que todo es transitorio y pasa rapidísimo, voy a acompañar a otros para que puedan ser quienes vinieron a ser a la vida y se animen a elegir con libertad. La diferencia está en ser consciente de que yo puedo me voy a morir, pero no hacer nada, o elegir vivir esa consciencia de finitud en consecuencia. 

—¿Por qué nos cuesta tanto hablar de morir?

—La muerte es un tabú, y tiene mala prensa porque gran parte de los seres humanos están dormidos y no conectan con la vida ni con la idea de que todo lo que los rodea es sagrado. De hecho, cada vez muere más gente porque se quita la vida y eso significa que hay una pérdida de sentido, un grito ahogado, un pedido de auxilio que no está pudiendo salir. Por eso celebro que hagamos espacio para hablar de esto, porque al hablar de morir estamos hablando de vivir, de estar presentes, de amar, de ser libres. 

—¿Y qué implica vivir «en consecuencia»?

—Por ejemplo que, cada vez que me equivoco, al día siguiente llevo eso a un espacio de silencio y lo medito, lo profundizo, lo paso por el cuerpo. Trato de ver qué fue lo que me pasó, no para castigarme, sino para aprender y la próxima vez estar más atento. El trabajo que tenemos que hacer es introspectivo y muy profundo. Pero, en general, la gente hace, hace, hace y no frena nunca. Y si yo no freno, ¿en qué momento voy hacia adentro? ¿En qué momento me registro, me corrijo, me abrazo? Hay distintas maneras de hacerlo, cada uno encontrará la suya. Puede ser a través del rezo, de la meditación, o de cualquier práctica que haga evolucionar. Lo importante es que no quede solo en un plano intelectual, en la cabeza.

—Decís que el silencio también es importante a la hora de acompañar a alguien que está muriendo…

—Sí. A veces doy capacitaciones no sobre cómo acompañar a morir, sino sobre cómo acompañar a vivir hasta morir. Es justo al revés. Y el mayor secreto en un buen acompañamiento de final de vida no es tanto lo que decimos, sino la presencia que tenemos al acompañar a esa persona y esa presencia es mayormente desde el silencio. Desde ahí soy mucho más consciente de lo que digo, de lo que acciono y, en consecuencia, de lo que hago. Es enorme: todos deberíamos practicarlo.

—¿Qué encontrás cuando te acercás a la vida corporativa para dar charlas y talleres de duelo y liderazgo?

—Cuando voy a las empresas lo que veo es mucha angustia. Hace unas semanas estuve con un grupo de gerentes de tecnología y a los pocos minutos de arrancar el taller empezaron a llorar. Fue alucinante. Tenía una presentación de diez diapositivas y me tuve que quedar en la segunda, porque era tanto lo que necesitaban sacar. Al terminar, le dije al director: “¿Te diste cuenta de lo poderoso que fue?”. Es que cuando la angustia aparece podemos trabajar con ella, pero cuando no, a todas esas personas las atraviesa inconscientemente y después impacta en cada cosa que hacen y en la gente que tienen a su cargo.

—¿Ves una sed de espiritualidad ahí?

—Sí, el mundo de las empresas es el que está más necesitado de lo espiritual. Encuentro mucha avidez y conmigo la gente enseguida se abre, cosa que agradezco. Durante nuestros encuentros, los empleados bajan las defensas sin importar el cargo que tengan. Incluso aquellos que tienen mucho poder, de pronto se vuelven niños pidiendo a gritos que los quieran, que los reconozcan, que los acaricien, que los mimen, que los tengan en cuenta. Porque todos somos niños heridos que tenemos que sanar.

—¿Cuáles son los temas que más generan angustia entre los empleados?

—Una de las cosas que veo es que cuesta vincularse con el trabajo como una cosa más de la vida. Está buenísimo trabajar, pero no es un todo, ni un fin en sí mismo. El tema es cómo me vinculo con eso, porque muchas veces no es cuestión de dejar un trabajo, sino de cambiar la conciencia para empezar a trabajar de otra manera. Hoy los jóvenes antes de entrar a un puesto preguntan cuántos días de vacaciones tienen, cosa que precupa a los gerentes de Recuersos Humanos, pero en verdad está muy bien: para ellos lo más importante no es el empleo, es la vida.

—-¿Qué es lo que sentís que estamos necesitando en este tiempo?

—Cuando hablo con las personas, aparece siempre lo mismo: hacen falta espacios donde poder habitar otro nivel de profundidad, de vitalidad, de sentido. Lugares donde podamos hablar sin juzgarnos de lo que nos pasa, de lo que nos preocupa. Por eso, hablar de la muerte invita a frenar y a conectar con la vida con otra potencia. ¿Para qué? Para poder llegar al final del camino sintiendo que vivimos, que honramos nuestro paso por el mundo y, sobre todo, que no nos quedan pendientes.

3 COMENTARIOS

  1. Extraordinario el trabajo que hace Tomas, más conciencia de finitud a nuestra cultura occidental, gracias x traer este tema❤️🙏🦋

EXCLUSIVO USUARIOS REGISTRADOSEXCLUSIVO USUARIOS REGISTRADOS

Necesitás registrarte para realizar comentarios

REGISTRARME

¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN

Te puede interesar

Comunidad

«Los jóvenes no necesitamos que nos traten como un problema a resolver»

POR Violeta Lacroze

La referente de proyecto Ánkyra comparte un testimonio sobre la crisis de soledad que enfrentan los adolescentes y la necesidad de crear espacios para sanar.

Inspiración

«Pasé años camuflando mi sensibilidad, pero hoy es mi brújula»

POR Sigrid Dziwak

Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.

Cine

Alcarràs

POR María Otero

El segundo film de la catalana Carla Simón es un bellísimo retrato sobre la vida rural en Cataluña y la importancia de los vínculos familiares.

nottt - BANNER footer_mobile -
-->
Mes de la Madre Mes de la Madre