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OPINIÓN

En la pareja no hace falta hablarlo todo

Miguel Espeche/ Hablemos de...

A veces, compartir un rato en silencio resulta más sanador que una charla enrevesada y eterna. ¿La invitación? Rescatar la comunión afectiva, el respeto y la presencia.

Se dice que en la pareja hay que comunicarse, que no hay que guardarse las cosas. Y eso es verdad. Pero se han generado algunos malentendidos sobre la cuestión que vale la pena atender. 

Ocurre que se enfatiza en la necesidad de hablarlo todo, olvidando que el habla es solamente una de las maneras que tenemos de comunicarnos. Eso hace que se traslade a la palabra compartida como conversación, todo el peso de la relación y sus vicisitudes. Pero se olvida que el lenguaje, en sentido estricto, tiene otras vertientes a través de las cuales alguien se expresa, y que la palabra hablada es solamente una de ellas.

Quizás la causa de lo antedicho sea responsabilidad de una serie de “mandatos” de la psicología, que casi como amenaza señala que, si en la pareja las cosas no se hablan todo el tiempo, que si la palabra no llega de manera urgente y rápida dispuesta a aclararlo todo, la cuestión puede terminar mal. Muy mal. 

Esto último hace que algunas parejas hablen y hablen, no para comunicar algo, sino para evitar la amenaza que señala que lo no hablado vendrá en medio de la noche, cual fantasma, a pedir ser restituido a la conciencia. 

No tengo nada contra la palabra, al contrario. Pero, insisto, se trata de uno de los varios instrumentos de comunicación que los seres humanos tenemos a nuestra disposición. Es un hecho que tapar las cosas, ocultarlas, negar su existencia, es sumamente nocivo. Sin embargo, el olvido de otras maneras de comunicación y, por otro lado, la sensación de urgencia por decirlo todo y resolver los desencuentros “ya mismo”,  hablando y hablando, también puede ser algo negativo para las relaciones.  

No deberíamos dejar de lado el hecho de que los gestos, los rostros, las acciones, los cuerpos y su lenguaje, las actitudes, las decisiones, los silencios y un largo etcétera, también son formas de comunicación, aunque la palabra no siempre esté explícitamente involucrada. 

Muchas conversaciones enredadas y angustiosas han encontrado cause, no en una conclusión conversada, sino en la irrupción de una emoción: un llanto, un abrazo o la expresión de un sentir genuino que ocurre sin la explicación de una idea o una postura dispuesta a ganar la partida. 

La comunicación expresada en forma de emoción me recuerda aquella famosa frase del poeta Leopoldo Marechal, quien decía que “de todo laberinto se sale por arriba”. Una manera de reconocer que, en ese laberinto en el que tantas veces nos metemos con las palabras que brotan de la boca, el “arriba” sería, en este ejemplo, la transparencia expresiva de una emoción que, cuando está cubierta de construcciones verbales, no se entrega al otro de forma plena.

Soy de la idea de que a las cosas vale hacerlas por amor y no por espanto. De allí mi señalamiento de que hablar compulsivamente por miedo al silencio nunca es la mejor opción. Sí lo es comunicar por esa vía, entre otras, expresando nuestro verdadero sentir, nuestro querer, nuestra reflexión. Algo muy positivo y sano si es el inicio del camino hacia la cercanía afectiva. También lo es reír juntos, llorar, poner cara de enojo, dar un beso y sostener un silencio acerca de una información, para dar tiempo a que el otro esté preparado para recibirla. Eso también es “decir”, y merece ser tenido en cuenta. 

En la facultad de Psicología me enseñaron que es imposible no comunicarse, en el sentido de que también un silencio, una actitud indiferente y un alejamiento comunican algo. Está en la perspicacia de cada uno leer lo que ciertas actitudes dicen, aunque no estén mediadas por la palabra.

 

Lo no dicho también habla

 

Cuando en una pareja hay un “entripado”, siempre se nota. El clima que se da entre dos personas que guardan un rencor, una situación de trampa, un dolor, una lejanía, algo atragantado en el “buche”, es una manera de decir que eso está pasando. En estos casos, clarificar ayuda, y para eso la palabra suele ser de lo mejor. El hecho de que algo no dicho se sienta en el aire, da cuenta de un tema a resolver. 

Es cierto que hay personas que se expresan más a través de la acción que de la palabra, y eso no los hace menos eficaces a la hora del amor, de la comunicación o de la inteligencia para abordar las situaciones de la pareja. De hecho, cuando ese tipo de personas son sensibles y realmente están comprometidas con la relación, suelen tener mucho sentido común y lo poco que dicen suele ser incluso más certero que las miles de palabras dichas por aquellos supuestamente ilustrados, que a veces se dedican a sobreanalizar las cosas.

Si alguien está en una discusión (de esas nocturnas y eternas) con su pareja, y ve que todo se ha enredado, le sugiero que pare, se vaya a dormir y a la mañana siguiente prepare unas tostadas y un café con leche para compartir en silencio con él o ella. Eso hará que las cosas decanten, aun cuando las emociones todavía sean fuertes. El olor a tostadas y café formarán parte de la comunicación y ya no será a partir de una charla atolondrada y angustiosa que se liberará el malestar de lo que se está sintiendo. 

Aunque la decantación de una conversación difícil migre nuevamente hacia escenarios de conflicto, sus protagonistas no quedarán sujetos al enredo de palabras angustiosas que nunca llevan a buen puerto. Poco a poco, el significado de lo que ocurre en la relación irá emergiendo, no por la puja de discursos que tratan de descifrar e incluso de imponer forzadamente una interpretación de lo que ocurre, sino por el silencio que permite sosegar el espíritu, separar el trigo de la cizaña, y mirar con perspectiva y claridad las cosas, por más complejas que sean. 

Convengamos algo: es raro que, en una discusión de pareja llena de frases que combaten en forma de argumentos dispuestos a vencer, alguien termine la batalla diciendo “tenés razón”. Quizás sea más habitual que aparezca el “ahora te entiendo”. Pero, seamos sinceros, eso tampoco sucede muy a menudo. 

Es que la palabra puede iluminar, pero también puede convertirse en un puñal, y hasta en un camuflaje tras el cual se escudan la mentira y el engaño. El famoso “versero” es eso: un chanta que chamuya, que habla y habla, pero no dice nada genuino. Entonces, si solo hemos depositado en la palabra (cualquiera que esta sea) la fe en lo que a comunicación real se refiere, la posibilidad de ser engañados es grande. Muchas veces ocurre que las palabras que uno mismo dice traicionan los propios sentimientos, y es así que aparece la sensación de que nos fuimos de boca.

Por eso, para quienes en la pareja obran de buena fe, las conversaciones tienen que ser parte de un menú bastante más amplio. Por sí mismas, no pueden con todo. Lo más habitual es que, tras un desacuerdo y la discusión a la que conlleva, nadie le dé la razón al otro. Lo que puede pasar es que, al día siguiente, algunas conductas se modifiquen. 

En cambio, si se busca que la conversación termine con un acuerdo explícito, la frustración puede ser grande. La experiencia indica que, en muchos casos, más allá de que la palabra no haya llegado a aclararlo todo, no es solo la letra sino también la música de la comunicación lo que hará que la perspectiva del otro, aunque se manifieste en silencio, sea tenida en cuenta incluso con disimulo. ¡No vaya a ser que parezca una derrota! 

Una buena comunicación es parte de algo indispensable para toda relación de pareja: la comunión dentro de la relación. La información que transita en el comunicar es parte importante de esa cercanía de almas, que incluye los aspectos más profundos de la relación entre dos personas. Pero la comunión es más que la comunicación: es intimidad, confianza, entrega y deseo, en todas sus formas. Y es, tal vez, la música que abraza a la relación, más allá de cualquier letra.

Lo importante es hablar para decir, no para descargar con angustia y urgencia un palabrerío que, en sí mismo, puede ser contraproducente. A veces conviene comunicar con gestos, acciones y actitudes, sabiendo que aquello que hacemos es, también, un lenguaje. También, valorar el tiempo del silencio, dentro del cual, cuando hay buen amor, se incuba lo verdadero que espera el momento adecuado para emerger. 

Todo sea para que el camino continúe sin tantos enredos y pantanos. Y para darle a lo genuino de cada relación la posibilidad de expresarse “por arriba”, en ese laberinto dentro del cual el amor suele perderse. 

 

 

 

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