14 de septiembre de 2026
Hace siglos, en el silencio de los antiguos monasterios de Occidente, los monjes copistas pasaban meses enteros deslizando la pluma sobre el pergamino, copiando textos sagrados, filosóficos y científicos a fin de preservarlos en el tiempo. Sabían que sus nombres no recibirían ninguna mención, ningún aplauso. Pero en su trabajo existía una profunda motivación espiritual y comunitaria: hacerlo lo mejor posible.
Hoy, al otro lado del mapa, en Oriente, un maestro carpintero lija la parte de atrás de un mueble que va a durar generaciones. Repasa la madera —que permanecerá oculta—, una y otra vez, repitiendo movimientos completamente silenciosos. Hay algo que intuye: el valor de su obra no depende de los ojos de los demás, sino de la dedicación con la que es hecha.
¿Qué une a estos dos mundos? Una necesidad universal del alma humana que en Japón recibe el nombre shokunin kishitsu, el espíritu del artesano. No se trata sólo de dominar un oficio, sino de ejercerlo con respeto, paciencia y una búsqueda constante de mejora, aun sabiendo que la obra nunca será definitiva ni perfecta. Representa el cuidado minucioso de lo pequeño como acto de amor, sin buscar fama ni dinero rápido.
En un mundo que empuja a correr constantemente, a medir nuestro trabajo en base a likes o a consumir hasta el último minuto del día para ser más productivos, se abre una pregunta: ¿qué pasaría si empezáramos a habitar nuestros días como artesanos? ¿Cómo podríamos llevar el shokunin kishitsu de las paredes del taller a la vida cotidiana?
Tal vez no haya una sola respuesta, pero sí varios caminos posibles: honrando las horas, redescubriendo la mística en los actos diarios repetitivos, dando lo mejor de cada uno —aunque nadie nos esté mirando— y abrazando las propias grietas vitales sabiendo que una vida hermosa, al igual que una obra de arte, se pule milímetro a milímetro.
Así como el artesano moldea la arcilla o la madera, todos podemos dar forma a nuestras horas, esa materia noble que se nos regala cada día. Kazuyo Natsume, artista nacida en Japón y radicada en Argentina, docente de shodō y autora del libro Escamas de una japonesa (sello Tendencias de Ediciones Urano), cuenta que un shokunin es una persona que dedica muchos años a perfeccionar una técnica u oficio y que utiliza esa habilidad para crear algo o realizar su trabajo.
Para un maestro shokunin su espacio es sagrado: ordena y limpia las herramientas como un acto meditativo, no tiene ansiedad por el futuro ni angustia por el pasado porque todo su universo se reduce al momento presente, y aunque domine su arte tras años de práctica, se levanta cada mañana considerándose un eterno aprendiz.
“Creo que vivir como artesanos de la propia existencia significa entender que nuestra vida también se va construyendo con pequeños gestos cotidianos. No necesitamos hacer cosas extraordinarias. Si vivimos con respeto y cuidado, podemos ir perfeccionando ‘nuestra obra’”, dice Natsume. Y agrega: “Ahí hay algo muy japonés: encontrar valor en las pequeñas acciones diarias y hacerlas con atención y presencia”.
¿Por dónde empezar? “Podemos levantarnos cada mañana sin mirar inmediatamente el celular, abrir la ventana, respirar profundamente y tomar un té con calma. Son acciones simples que nos ayudan a detenernos —comparte Natsume, al tiempo que suma su propia experiencia como ejemplo—. En el shodō (caligrafía japonesa), cada movimiento deja una huella. La vida es un poco así: los días son hojas en blanco y, cada acto, una pincelada. Si aprendemos a estar presentes ahí, nos convertimos en artesanos de la propia existencia”.
En un mundo dominado por las pantallas, el gran desafío es poder llevar nuestras manos hacia pequeños movimientos analógicos: “Cuando cocinamos, escribimos o pintamos, sentimos el contacto, la textura y el movimiento. Así volvemos al cuerpo. Es una forma sencilla de bienestar. No se trata de dejar de lado la tecnología, sino de equilibrarla con otras actividades que nos permitan tocar, crear y sentir”, sintetiza la artista de origen japonés.
El shokunin kishitsu encuentra la libertad y la profundidad repitiendo el mismo gesto durante décadas para perfeccionarlo. Pero en la vida moderna, vamos por el carril contrario: vivimos obsesionados con la novedad y el estímulo constante.
Carolina Winograd, especialista en wellness, considera que hemos aprendido a medir el valor del tiempo por lo que producimos con él. Entonces, regar las plantas o doblar ropa se sienten como una pérdida de tiempo. “Necesitamos llenar cada silencio, cada espera, cada tarea repetitiva con un podcast, un mensaje, algo nuevo. Y quizás ese aburrimiento que tanto queremos evitar, sea el espacio para recuperar algo sagrado: el don de prestar atención”, sintetiza.
Por su parte, el sacerdote Eduardo Mangiarotti, que acaba de lanzar el libro Una brújula en la ciudad (VR Editoras), pone el foco en recuperar la dimensión contemplativa de la vida: “Esta mirada, que no es un privilegio para algunos sino un ejercicio y posibilidad para todos, tiene que ver con el poder detenernos y frenar. Cuanto más hacemos eso, todo se llena de sentido y se vuelve más enriquecedor. Hay que entender, como decía Santa Teresa, que Dios está presente entre ollas y sartenes. No hay barrera entre lo sagrado y lo profano”.
“Para mí, vivir como artesanos de nuestra propia existencia empieza cuando dejamos de dividir nuestros días entre momentos que valen y otros que hay que atravesar. Porque la vida no sucede solamente cuando logramos algo extraordinario”, asegura Winograd. Y subraya: “Vivimos esperando que llegue el fin de semana, las vacaciones o que los chicos crezcan. El problema es que ese ‘mientras tanto’ que queremos acelerar, es nuestra vida. Y la vida se construye en la manera en que habitamos los días comunes, que son la mayoría”.

¿Cómo podemos transformar un acto automático —como lavar los platos, barrer o regar las plantas— en un ejercicio de atención plena? “El secreto está en algo simple y, al mismo tiempo, cada vez más difícil: hacer solamente lo que estamos haciendo. Si estoy lavando los platos, lavar los platos. Sentir la temperatura del agua, el movimiento de las manos, escuchar los sonidos, observar la respiración. No hacerlo mientras pienso en la reunión de mañana o respondo un audio”, explica Winograd.
Este dato es clave. Porque no siempre necesitamos sentarnos a meditar para darle descanso a nuestra mente. Podemos crear pequeños espacios de regulación dentro de la vida que ya tenemos. En palabras de la especialista, no hace falta agregar otra actividad a la agenda, sino estar de otra manera en algo que de todos modos íbamos a hacer.
“Me gusta pensar que ahí aparece la diferencia entre rutina y ritual. El gesto puede ser el mismo, pero cambia nuestra presencia. Una vida profunda puede tener muchísimas cosas que se repiten: la misma casa, las mismas personas, el mismo camino. Pero cuando seguimos eligiendo conscientemente aquello que repetimos, la repetición pasa a ser también disfrute”, sintetiza Winograd.
Para ella, casi todo lo que vale la pena construir en la vida necesita tiempo y repetición: “Una relación, un cuerpo fuerte, meditar, escribir, cuidar un jardín, criar un hijo. Lo que cambia la experiencia es la intención con la que repetimos. Por eso la filosofía del shokunin resulta tan fascinante: porque propone otra relación con el tiempo. El artesano japonés puede repetir lo mismo durante años y nunca considera que ya lo domina. Sigue ajustando, aprendiendo. Hay humildad, paciencia y presencia en ese vínculo. Seguramente tengamos mucho que aprender de esa mirada”.
La psicóloga Silvina Zecler, explica que una de las cosas que más nos cuesta entender a los seres humanos es que no tenemos el control total sobre lo que nos pasa. Aunque planifiquemos, existen desafíos que hacen que las cosas no salgan siempre como las planeamos. La vida misma.
“La filosofía del artesano nos enseña que el material con el que se trabaja no puede eliminar todas las imperfecciones, tiene que trabajar con ellas. Aceptar sus grietas. Por eso en terapia intentamos pasar de preguntarnos ‘por qué nos pasan las cosas’ a ‘qué puedo hacer con esto que me pasó’ —considera Zecler y aclara que no se trata de romantizar la pérdida o el dolor, sino de saber que frente a aquello que no elegimos, podemos aprender cómo posicionarnos—. Ahí está también la flexibilidad del artesano: no abandona la pieza porque tiene un nudo, aprende a transformarla haciendo lo mejor posible”.
Gabriela Goitía, antropóloga y bordadora, acerca su experiencia: “Hay algo en la repetición de los movimientos y en la lentitud del bordado que obliga a frenar. No se puede ir más rápido. La aguja se acopla al tiempo del cuerpo y se vuelve una extensión de nuestras manos. Cuando entrás en ese ritmo repetitivo, la cabeza fluye diferente y los pensamientos se empiezan a desenredar. Es un poco difícil de explicar con palabras, pero es real: el bordado nos hace prestar atención”, dice.
Existen muchas otras tareas manuales que funcionan así, casi como una meditación en movimiento: tejer, cocinar, hacer origami, escribir, pintar. Todas nos invitan a estar ahí, conectando con una atención plena que tiene muchísimos beneficios para la salud: “Siempre le digo a mis alumnas que lo más lindo del bordado (y de cualquier actividad creativa) es el proceso. Yo podría pasar días enteros trabajando en cosas que nadie más va a notar, o incluso que parece que no sirven para nada, pero que para mí son una fuente de aprendizaje extraordinaria. Y esa es la recompensa”, asegura Goitía.
En esta era de redes sociales, en donde pareciera que lo que no se muestra no existe (los viajes, las experiencias, lo que cocinamos, etc.), el artesano nos recuerda algo diferente: “Hay una parte de nuestra vida que no necesita espectadores. Se trata de construir una relación con nosotros mismos que no dependa permanentemente de una mirada externa. Porque cuando necesito que alguien vea lo que hago para sentir que tiene valor, cedo una parte mía a los demás”, reflexiona Zecler.
Tal vez necesitemos trabajar —cada vez más— en que los espacios cotidianos dejen de ser lugares de paso y se conviertan en sitios de presencia y conexión con nosotros mismos, donde recuperemos la capacidad de asombro. “Asomarnos al jardín y ver qué pasa en las plantas, cuántos bichitos viven ahí, de qué color son, cómo se mueven. Mirar al cielo y buscar formas en las nubes. La fuente de todas las creaciones (y no sólo con el bordado, sino con cómo habitamos el mundo) está ahí afuera, es súper accesible. Sólo que la mayoría de las veces se nos olvida”, expresa Goitía.
Para Zecler, lo importante de esta filosofía no tiene que ver con intentar construir una vida perfecta, sino con aprender a trabajar cuidadosamente con el material que nos toca, intentando dar siempre lo mejor de nosotros mismos. “Porque mientras estemos vivos, la obra nunca estará completamente terminada”, concluye.
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