12 de junio de 2026
Comienza el Mundial y el clima festivo es innegable. De repente, el espíritu de camaradería que fue diluyéndose a lo largo de cuatro años, vuelve a salir del letargo. Se habla del tema en las casas, en los colegios, en los trabajos. Las agendas se organizan en función de no perderse los encuentros y es linda la ilusión de imaginar un mundo unido aunque solo sea durante 39 días.
Pero no todo lo que reluce es la copa dorada. Hay algo que desentona entre tantos himnos y cantos de hinchadas. Un tono sutil que solo puede escuchar aquel que podrá ser tildado de amargado, de exótico o de anti patria. Porque, en este tiempo, el que se resista a sucumbir a los encantos del fútbol con sus dudas existenciales acerca de las ganancias millonarias que genera, y sobre la competencia y el éxito a cualquier precio como motor, será condenado al ostracismo de quedarse afuera de las empanadas y el vino de las juntadas.
Como hija de un padre que prefería leer a mirar mundiales, y como madre de un hijo que no piensa perderse ningún partido (aunque eso signifique pedir faltar algún día al colegio), me encuentro en una encrucijada: alineada con la épica de aquel hombre de barba que se empeñaba en escuchar a Mozart en lugar de los relatores, y conmovida también por el interés de un niño que colecciona figuritas con esmero y rellena, prolijo, un fixture de papel.
Es lindo el deporte. En especial, cuando es de equipo. Lo rancio está en otra parte. No en la esperanza de ver los goles del talentoso Lionel Messi, sino en el aparato que este tipo de gestas generan. Los gastos descomunales, las apuestas online —con todos los perjuicios que traen—, el nacionalismo exacerbado, la mercantilización de la iniciativa deportiva. Y, sobre todo, la construcción del enemigo, con once seres humanos que por vestir la camiseta contraria se vuelven recipientes de lo que rechazamos, convirtiéndose en espejos de nuestras sombras.
De pronto, es como si todas las emociones cargadas entre mundiales se vertieran a borbotones en noventa minutos. ¿Por qué un partido de fútbol es capaz de despertar reacciones tan intensas que a veces ni siquiera aparecen frente a temas que nos piden indignación y compromiso, como por ejemplo los femicidios, la pobreza, el enriquecimiento ilícito de los políticos o los negociados del ámbito futbolístico?
En tiempos de Mundial siempre hay algo de alegría y de anestesia. La fantasía infantil de creer que el tiempo se detiene y quedan atrás los dolores y la frustración que a veces nos impone la vida. Es comprensible: todos queremos sentirnos parte de algo mayor. «Todos juntos», rezan las publicidades, que por estos días se multiplican. Entonces, lo que conmueve, a lo mejor no sea el fútbol en sí mismo, sino la rara posibilidad de sentir que pertenecemos a un universo compartido en una época marcada por lo individual. Para poder reunirnos con nuestros seres queridos y abrazar a otros que ni siquiera conocemos. Con la emoción que se despliega en la multitud, como ocurrió en la última final. Mieles que, mientras duran, tienen algo de eternas.
Ayer, en una reunión de contenidos, volvimos a leer junto a Cristina Miguens —directora de Sophia— una reflexión suya de 2006, titulada El Mundial de la luz. Con pena nos dimos cuenta de algo: la poca sorpresa que nos dio que nada hubiera cambiado desde entonces. Cito textual de su columna: “1400 millones de euros para remodelar estadios; 5,6 millones de niños que mueren de hambre. Escandaloso. No tengo nada contra el fútbol, amateur y entre amigos. Pero hace rato que los campeonatos no son un deporte, sino un fabuloso negocio, donde la rentabilidad depende de un ‘activo’ clave: los jugadores”.
Las cifras pueden haber cambiado, aunque el trasfondo es el mismo. No obstante, allí rescata, a su vez, una imagen luminosa que relata con emoción: el momento en el que, durante una edición de los Juegos Olímpicos Especiales, una chica con síndrome de Down se arrodilla y besa a un competidor que al salir de la largada de 100 metros llanos, tropieza y cae al suelo. “Listo, ahora vas a ganar”, le dice ella. Cristina escribe: “Entonces todos, los nueve competidores, entrelazaron los brazos y caminaron junto a él hasta la línea de llegada. El estadio entero se puso de pie y en ese momento no había un solo par de ojos secos. Los aplausos duraron largos minutos…”.
Al releer esas líneas, nos vino a la cabeza una idea loca: ¿qué pasaría si aquellos que no quieren ver los partidos del mundial se dieran la mano citándose para compartir lecturas, vivencias o destinaran un rato de sus vidas para hacer cosas buenas por los demás, por pequeñas que sean? Para sentir esa comunión que solo aparece cuando nos juntamos, como en un Mundial. Para saber que lo que nos gusta de este ritual compartido es que otros corazones latan al unísono con el nuestro.
La industria del espectáculo se ha puesto por encima del deporte, es verdad. Pero, como ocurrió en aquellos Juegos Olímpicos Especiales, un encuentro deportivo también puede transformarse en una escuela de fraternidad entre los pueblos, si se esquiva la opción —siempre disponible— de sembrar el desprecio por el otro.
Quizás las buenas causas no consigan sponsors ni llenen estadios. Tampoco generan miles de millones de dólares alrededor del mundo. Sin embargo, cada vez que alguien elige tender una mano en lugar de empujar, algo extraordinario ocurre y es de verdad mucho más extraordinario que ganar cualquier copa.
En unas semanas habrá un campeón del mundo. Pero, en el fondo, todo seguirá igual. Millones de personas volverán de a poco a sus rutinas de siempre. Las banderas regresarán a los cajones; se guardarán los álbumes de figuritas, llenos o no. Pero sin importar el resultado, una pregunta seguirá abierta: ¿qué mundo estamos ayudando a construir cada vez que elegimos competir antes que acompañar, burlarnos antes que comprender o celebrar solo a los nuestros, denostando a los «contrarios»?
Es probable que, una vez más, la compasión siga sin ganar la Copa del Mundo. Pero el día en que gane nuestros vínculos cotidianos habremos conquistado algo valioso. El único premio que, cuando se levanta, nunca deja otros corazones derrotados.
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La referente de proyecto Ánkyra comparte un testimonio sobre la crisis de soledad que enfrentan los adolescentes y la necesidad de crear espacios para sanar.
Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
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totalmente de acuerdo gracias