14 de agosto de 2026
A veces, los adultos nos olvidamos de algo importante: los chicos pueden convertirse en grandes maestros de vida. De hecho, si nos detenemos a verlos y a escucharlos, lo son cada día.
No todos, lamentablemente: muchas veces solo los más pequeños. Porque, a medida que crecemos, vamos contagiándonos de las dificultades que tiene la óptica de los mayores para poder ver lo realmente importante, lo esencial, como sabiamente nos enseña El Principito, el clásico de Antoine de Saint-Exupéry.
Esa chiquita que, sentada en cuclillas, mira atentamente una rama en el jardín y nos dice: “¡Mirá este bichito de San Antonio!” o “¡Mirá el camino de las hormigas, qué hojas enormes llevan!”, todavía sabe sorprenderse y deslumbrarse a cada paso. No entiende de responsabilidades, trabajos importantes, ni cosas urgentes. Mira, porque tiene tiempo. Pero sobre todo porque mantiene intacta su capacidad para mirar.
Es verdad que puede darse ese lujo de hacerlo porque nosotros, los grandes, nos ocupamos de que haya comida en la mesa, la cuidamos para que no corra riesgos, atendemos sus necesidades y le ofrecemos un entorno seguro en el que pueda desplegarse. Algo que, con viento a favor, podrá lograr.
También es verdad que nuestras propias responsabilidades no siempre nos dejan tiempo para acompañar a nuestros hijos y nietos en sus descubrimientos, para escucharlos sin apuro, para permitirles que sigan mirando, preguntando, maravillándose, sin rendirse ni sentirse —o sin que los hagamos sentir— inadecuados, charlatanes o molestos.
¡Qué importantes son esas oportunidades que nos brindan de recordar de qué se trataba mirar el mundo con ojos de niño!
Quizás por eso el Día del Niño pueda ser también una invitación para los adultos. Una oportunidad para celebrar y abrazar no sólo a nuestros hijos, sino también a ese niño o niña que fuimos y que, por suerte, todavía llevamos dentro.
A veces renunciamos a esos niños por mandatos externos (los padres, la escuela, la sociedad) o internos, porque creemos que eso es lo que se espera de nosotros. Y así fuimos dejando de lado sueños, deseos y anhelos que alguna vez fueron importantes y nos movilizaron a emprender la aventura de la vida.
Tal vez podamos aprovechar esta fecha para recuperar alguno de esos anhelos y los aprendizajes que esa niña o ese niño que fuimos tiene para ofrecernos, pero que tantas veces acallamos, olvidamos o no sabemos entender.
Una película que puede ayudarnos a pensar en esto es Mi encuentro conmigo, de Disney. Ross, su protagonista, es un asesor de imagen de 40 años, impecable en su aspecto exterior, exitoso pero amargado, solitario, egoísta y desconectado de sí mismo y de sus sentimientos. Hasta que un día se encuentra con él mismo a los ocho años: un niño gordito, lleno de sueños y proyectos.
Al principio, Ross rechaza al niño que fue. Siente vergüenza de él y, seguramente, miedo de volver a conectarse con su verdadera esencia. Pero, a medida que conviven, descubre cómo el temor a no ser aceptado y querido, a desilusionar a los adultos y la culpa por haberse sentido malo muchas veces, llevaron a aquel niño —que quería casarse, tener hijos y un perro, y ser piloto— a convertirse en un hombre serio y duro, que no tiene un pelo ni una idea fuera de lugar y que se ocupa de “ayudar” a otras personas a ser perfectas, impecables y exitosas.
De la mano de su propio niño, el protagonista aprende a perdonarse. Se reconcilia consigo mismo y con su historia y puede reencontrarse con sus sueños olvidados para, incluso, realizar algunos de ellos.
Los adultos tenemos la oportunidad de recuperar a nuestro propio niño herido, escondido u olvidado. Y una de las maneras de hacerlo es ofrecer a nuestros hijos un lugar seguro en el que no necesiten sobreadaptarse ni renunciar a sus propios anhelos para sentirse queridos.
Al hacerlo, también estaremos abrazando a ese mismo niño o niña que fuimos. Y podremos integrarlo a nuestra vida, en lugar de esconderlo o negarlo.
Esto puede llevarnos —y ojalá nos lleve— a una “buena” crisis existencial: a revisar mandatos y creencias antiguas y a preguntarnos qué parte de nuestra vida estamos viviendo por elección y cuál por adaptación.
También a no desperdiciar tanta energía en mecanismos defensivos como negar, reprimir o disociar, y tenerla plenamente disponible para vivir y para habilitar también a nuestros hijos a vivir en plenitud. Para que puedan crecer sin transformarse en un Ross o en ese triste personaje de El Principito, el contador, que siempre estaba tan ocupado que no se permitía levantar la cabeza de sus importantes cuentas para ver las estrellas que había a su alrededor.
Este domingo celebremos a todos los niños: hijos, sobrinos, nietos, vecinos y a todos esos chicos que tienen un lugar especial en nuestro corazón. Pero celebremos, también, a esa niña o niño que fuimos y que sigue vivo dentro nuestro. Quizás, todavía está esperando que le abramos la puerta para ir a jugar, y esta es una gran oportunidad para dejarla abierta de par en par.
Para que salgamos todos. Porque, cuando les damos permiso a los chicos para desplegarse, también recuperamos algo de nosotros mismos. Y ese es, sin duda, uno de los mejores regalos que podemos hacerles y hacernos.
Necesitás registrarte para disfrutar contenidos en audio
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
0
COMENTARIOS
Necesitás registrarte para realizar comentarios
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN