1 de septiembre de 2026
En el siglo VIII antes de Cristo, aproximadamente, alguien escribió dos obras fundamentales de la cultura occidental. La Ilíada y La Odisea. La primera narra los últimos cincuenta días de la guerra de Troya, entre aqueos (antiguos griegos) y troyanos, y se centra en la furia de Aquiles, que se desata cuando Héctor, hijo de Príamo y Hécuba (reyes de Troya) mata a su amigo y amante Patroclo.
La Odisea, a su vez, relata el regreso a Ítaca de Ulises, el mítico guerrero griego creador del legendario caballo que permitió a las tropas aqueas entrar en Troya, tomarla y destruirla. Ulises (también conocido como Odiseo) era el rey de Ítaca, desde donde partió hacia la guerra para iniciar el regreso al cabo de los diez años que ésta duró. El retorno, dificultoso y plagado de tremendas vicisitudes, le llevaría otros diez años, mientras su hijo, Telémaco (al que no vio crecer) y su mujer, Penélope, lo aguardaban paciente y fielmente, pese a los intentos de quienes, desposando a la reina, pretendían apoderarse del trono vacante.
El “alguien” que escribió ambos poemas épicos, cuyo estilo es de una belleza deslumbrante y conmovedora, se habría llamado Homero, poeta posiblemente ciego y de prodigiosa memoria, cuya existencia nunca pudo ser comprobada, pese a que se la da por cierta. Como los grandes y esenciales textos fundantes de todas las culturas, también La Ilíada y La Odisea pudieron deberse a las plumas de escribas que recogían relatos, testimonios y leyendas de tiempos inmemoriales.
Mientras La Ilíada, la primera de las dos en ser escrita, puede leerse como una historia de guerra y de batallas, La Odisea describe, más allá de las asombrosas peripecias, monstruos y peligros que debe afrontar su protagonista, la aventura interior y profunda de un hombre que busca desentrañar su destino, que se pregunta por la razón y el sentido de su existencia, que sufre al comprender cómo sus decisiones y acciones tienen consecuencias (muchas de ellas dolorosas y devastadoras) sobre las vidas de otros, y así toma conciencia de que, como todo humano, es prisionero de su responsabilidad.
Desde el momento en que fue escrita, y desde la guerra de Troya, hasta el actual siglo XXI la humanidad recorrió un camino largo, escarpado, sinuoso, evolucionó asombrosamente en aspectos tecnológicos, pero sigue encontrando abiertos ante sí los grandes interrogantes que plantea la obra de Homero. El director inglés Christopher Nolan, a quien se deben películas como Oppenheimer, Batman, el caballero de la noche, Dunkerke, Memento, Insomnio, El gran truco e Interestelar, entre otras, se vale del cine para extraer de aquella obra lo que trasciende los tiempos. Para eso Nolan se basó en la traducción de la filóloga británica Emily Wilson, la primera mujer en traducir La Odisea al inglés en 2017. Esa versión incomodó a los traductores varones que, hasta entonces, habían puesto el acento en buscar palabras que resaltaran los aspectos “masculinos” de la obra (la aventura, la guerra, las batallas, la violencia) para convertir a Ulises en un estereotipo de héroe bélico.
Wilson se propuso extraer del griego antiguo los conceptos que señalaran todo lo que hay en Odiseo de un hombre común, al que las circunstancias de su vida enfrentan con decisiones que significan interrogantes cruciales que nos interpelan a todos: quiénes somos, de dónde venimos, para qué estamos aquí, qué huellas dejaremos, y en quién. Como advierte el especialista español en comunicación José Daniel Figuera, Wilson “introdujo una mirada que devolvía la dignidad a personajes históricamente marginados en el texto, como los porqueros, los esclavos y las criadas ejecutadas al final de la epopeya. En las versiones previas más populares estas mujeres eran calificadas con términos despectivos que justificaban su trágico destino”.
La elección de Nolan para orientar el guión de la película (guión que escribió él mismo) no fue casual. Como Wilson, intuyó que el maravilloso texto de Homero, como todos los clásicos, no habla de “allá y entonces”, sino de “aquí y ahora”. Así, construyó una película impresionante, un certero flechazo al inconsciente, que, más allá de su espectacularidad visual es, como acertadamente apuntó el filósofo esloveno Slavoj Zizek, un film de cámara. No una trepidante sinfonía, sino una reposada melodía que deviene en una aventura introspectiva, una peripecia interior. La Odisea es una narración cinematográfica en estado puro, relata con imágenes, con diálogos oportunos, no da respiro en cuanto a la ilación de los sucesos (como nos lo da el poema homérico). pero más allá de ese envase, que se agradece, hay una obra profundamente existencialista.
Como en la corriente filosófica que tuvo en Kierkegaard, Heidegger, Sartre, Simone de Beauvoir y el gran Albert Camus a sus grandes pensadores, la película de Nolan está atravesada por una idea central: el humano es un ser eyectado al mundo, empujado a llevar adelante su existencia, y desde ahí en más es responsable, sin delegación posible, de cada uno de sus actos y de las consecuencias de estos, de las que deberá hacerse cargo y a las que deberá responder. En La Odisea, Ulises topa dolorosa y trágicamente con esta revelación. El momento cumbre e inolvidable del film es aquel en que él advierte los dolores que provocó con su ausencia y con sus decisiones de guerrero, que significaron muerte y destrucción. Queda claro que la guerra de Troya no era una historia amorosa (el rescate de Helena de manos de Paris para devolverla a Menelao, hermano de Agamenon, rey de los aqueos), sino la puja por una vía marítima comercial, por un punto geopolíticamente estratégico. Hoy se llama Estrecho de Ormuz. Se puede llamar Gaza, Ucrania.
Cambian los nombres, pasan los tiempos y se sigue contando la historia de La Odisea: hombres en guerra. Destrucción masiva, indiferencia ante el dolor causado, desprecio por la vida, ambición psicopática. El analista español Jesús Núñez Villaverde, experto en relaciones internacionales, seguridad internacional, construcción de la paz y prevención de conflictos violentos, explica: “Vivimos en un planeta en el que hay 59 conflictos activos, la cifra más alta desde el final de la Segunda Guerra Mundial, demostrando que el recurso a la fuerza bruta conserva un amplio predicamento. Ya no cabe esperar amparo en las instituciones y en las normas que han regulado las relaciones internacionales hasta hoy. El gasto militar mundial lleva ya 12 años creciendo de manera continua y todo apunta a que para final de este año se batirá el récord de los 2,8 billones de dólares que se contabilizaron en 2025”.
Lo que provoca el horror de Ulises cuando comprueba de qué historia fue protagonista durante los 20 años de su ausencia, sigue aquí. La Odisea transcurre hoy, es lo que Christopher Nolan comprendió y transmite en su extraordinaria película. No se trata de discutir si el film es la ilustración puntual de cada episodio del poema. En lo esencial lo es. Pero como obra de arte está destinada a ser un clásico, porque no se aferra a una literalidad que desvíe la atención de lo esencial.
Nolan no es un copista, es un creador. No ilustra a Homero, se une a él para gritarle al mundo a través de su Ulises (un fenomenal Matt Damon en la mejor interpretación de su carrera), de su doliente Penélope (magnífica Anne Hattaway), de su furiosa Circe (conmovedora Samanta Morton), y de su esperanzado Telémaco (sensible Tom Holland), que, como tantos hijos de hoy y de siempre, clama por el regreso del padre, de la ley orientadora, del faro existencial. No importa si en la película falta algún episodio del poema u otro fue modificado. Eso sólo puede molestar al detallista que se detiene en una hoja del árbol y no ve el bosque. Lo que importa es que lo esencial de la obra, lo que la mantiene viva, está allí. Es el viaje de un héroe trágico, desde la sombra hasta la lacerante luz de la consciencia.
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