3 de agosto de 2026
Llorar al escuchar la radio. Sentir un vacío en el pecho después de ver el noticiero. Caer en una oleada de angustia con las alertas de los medios que llegan al teléfono. Situaciones de dolor que llegan unas tras otras en videos virales que se comparten en grupos de Whatsapp, algunos de ellos con detalles muy duros. Los mismos hechos contados una y otra vez, con cifras, con imágenes, con testimonios desgarradores que no solo suman información: también multiplican la congoja.
Me pasó: varias veces sentí que el cuerpo respondía antes que la reflexión. El pecho se me cerraba y tenía ganas de cerrar la aplicación de noticias. La sensación de angustia quedaba en mí dando vueltas durante horas. Entendí que ese malestar tenía nombre y una explicación, y que valía la pena buscarla.
El cerebro humano está programado para detectar amenazas, un mecanismo antiguo que en la sabana funcionaba para garantizar la supervivencia y que hoy sigue activo, aunque el peligro ahora llegue a través de una pantalla. Florencia Alfie, psicóloga de adolescentes y especialista en orientación familiar, explica que aunque una noticia carezca de vínculo personal con quien la lee, el cerebro puede vivirla como una señal de amenaza. “La exposición sostenida mantiene al organismo en estado de alerta, generando estrés, preocupación y agotamiento», detalla.
Esa alarma corporal tiene sustento científico. Un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, liderado por el investigador Stuart Soroka, midió las reacciones fisiológicas de personas de diecisiete países frente a noticias reales, buenas y malas. El hallazgo fue contundente: en todas las culturas analizadas, el cuerpo se activa con más intensidad ante la información negativa que ante la positiva. “Esa reacción explica, en gran medida, por qué la agenda informativa mundial tiende a inclinarse hacia la tragedia antes que hacia la esperanza», observa Soroka.
Alejandra Bruzzo, psicóloga de la Fundación Aiglé, describe: “la exposición constante a estas noticias activa de forma crónica una alarma, al percibirse como si se estuviera viviendo una y otra vez el contenido, un fenómeno que en el consultorio se identifica como ‘trauma vicario‘. El cuerpo se inunda de cortisol y adrenalina, y aparecen problemas para dormir, cansancio extremo, desapego emocional y hasta dolores físicos como tensión muscular o cefaleas».
La encuesta Stress in America, elaborada por la Asociación Estadounidense de Psicología, registró que siete de cada diez adultos se sintieron abrumados por la cantidad de crisis que enfrenta actualmente el mundo, y que la propagación de información alarmante figura entre las principales fuentes de tensión emocional relevadas en los últimos años.
Detrás de esos números hay algo muy simple, aunque quizás sea incómodo reconocerlo: cuanta más tragedia circula, más cuerpos entran en modo de supervivencia sin que exista, la mayoría de las veces, un peligro real e inmediato.
Alfie agrega una capa más a esta explicación, vinculada a la empatía. “Somos seres sensibles, y las neuronas espejo hacen que el sufrimiento ajeno resuene en cada uno como si fuera propio. Esa capacidad de conexión es profundamente humana y valiosa, pero frente a un aluvión constante de tragedias que ocurren termina generando angustia, impotencia y una sensación distorsionada de peligro inminente, aunque la amenaza concreta esté a miles de kilómetros de distancia».
Los especialistas coinciden en un punto adicional, la cantidad de información importa menos que la cantidad de veces que esa misma información se repite a través de canales distintos. Un estudio encabezado por el investigador Jari Kätsyri junto a su equipo de la Universidad de Aalto, midió qué es lo que ocurre cuando una persona recibe mensajes negativos por redes sociales mientras mira, al mismo tiempo, un noticiero de televisión. “Encontramos —dice Kätsyri— que ese mensaje previo condiciona la manera en que el cerebro procesa la noticia televisiva que llega después, intensificando la respuesta emocional frente a cada nueva exposición”.

Silvia Álava Sordo, psicóloga, plantea que ese sesgo hacia lo negativo combina una característica humana con la lógica de mercado. “Nuestro cerebro viene diseñado precisamente para eso, porque detectar peligros fue, durante milenios, una condición de supervivencia, y quienes dirigen los medios lo saben. En ocasiones presentan la información con un tinte pensado para generar impacto, mantener a la audiencia pegada a la pantalla y multiplicar comentarios y clicks», comparte.
La evidencia académica respalda esa lectura. Bruzzo señala que las malas noticias despiertan emociones más intensas y por eso se difunden más rápido y se comparten más. “Los medios, al ser empresas que buscan maximizar audiencia e ingresos, terminan retroalimentando un círculo donde la tragedia resulta más rentable que la buena nueva», advierte.
En un estudio publicado en la revista Nature Human Behaviour, encabezado por la investigadora Claire Robertson junto a un equipo de la Universidad de Nueva York, se analizaron cerca de cinco millones setecientos mil clicks sobre más de cien mil variaciones de titulares reales. “Hallamos que cada palabra negativa adicional en un titular aumentaba la probabilidad de que alguien hiciera click —concluyó Robertson—. Mientras que las palabras positivas producían el efecto inverso, un patrón que se repite en distintos idiomas y culturas».
El fenómeno tiene, además, una explicación teórica clásica. El investigador George Gerbner, creador de la teoría del cultivo, describió ya en los años setenta lo que llamó «síndrome del mundo cruel», que implica que cuanto más tiempo pasa una persona consumiendo contenidos violentos o alarmantes, más tiende a percibir el entorno real como peligroso, aunque las estadísticas objetivas indiquen lo contrario.
En Turquía, las investigadoras de la Universidad de Anadolu Özlem Doruk y Duygu Ünalan realizaron un seguimiento de personas mayores de sesenta años en la región de Eskişehir. A través del relevamiento, encontraron una correlación entre las horas frente al televisor y el aumento de la sensación de inseguridad cotidiana. Ese cruce explica por qué la población mayor suele sentirse particularmente golpeada frente a estos temas.
En esa línea, Álava Sordo agrega que suele juntarse una variable adicional, «las personas mayores permanecen más tiempo frente al televisor y tienen muchas veces una mayor percepción de vulnerabilidad, lo que potencia el impacto emocional de cada noticia trágica. Es recomendable conversar con ellas, ayudarlas a poner la información en contexto y evitar que pasen jornadas completas frente a canales pensados para generar el mayor tiempo posible de exposición».
La lógica se profundiza en el mundo digital. Los algoritmos de las redes sociales identifican qué contenido genera mayor reacción emocional y lo muestran de manera prioritaria, multiplicando el alcance de las publicaciones más alarmantes por sobre las que aportan matices o soluciones. El resultado es un ecosistema informativo que amplifica sistemáticamente el costado más sombrío de cada hecho. Un trabajo de la investigadora Samantha Kemp halló correlaciones significativas entre el uso intensivo de redes sociales y tres componentes centrales de la percepción distorsionada del mundo: el miedo, la ansiedad y el pesimismo frente al entorno cotidiano. Alfie coincide en la importancia de acompañar al grupo de los adultos mayores con particular cuidado. “Es aconsejable escuchar sin minimizar lo que sienten, fijar un horario acotado de noticias y después apagar la pantalla, para priorizar momentos compartidos sin dispositivos, como una caminata o una charla con mate de por medio, como forma concreta de cuidado», sostiene.

La buena noticia, paradójicamente, es que existe un camino intermedio entre la sobreexposición y la desconexión total. “Tomar pausas para proteger la salud mental puede resultar muy saludable —plantea Alfie—. Siempre que esa interrupción evite transformarse en una desconexión permanente. El objetivo jamás es dejar de saber lo que ocurre, sino encontrar un equilibrio entre mantenerse informado y preservar el bienestar emocional«.
La investigadora Karen McIntyre, referente mundial en periodismo de soluciones, realizó junto a su colega Kyser Lough una revisión sistemática de diecinueve estudios sobre los efectos de este tipo de coberturas, centradas en mostrar cómo distintas comunidades responden a los problemas que enfrentan. La conclusión indicó que las historias que muestran soluciones, además de plantear el conflicto, modifican de manera comprobable las emociones de quienes las leen, generando mayor esperanza y menor sensación de impotencia frente a temas complejos.
Álava Sordo aporta una pregunta que funciona como brújula personal. “Cuando el malestar aparece después de consumir una noticia, deberíamos preguntarnos si esa información ayuda a comprender mejor la realidad o solamente aumenta el malestar. Si la respuesta es la segunda, llegó el momento de apagar la pantalla y retomar otra actividad, siempre sosteniendo el compromiso con lo que sucede en el mundo», destaca.
Existen además iniciativas concretas que ya trabajan en esta dirección. Organizaciones como Solutions Journalism Network, en Estados Unidos, o medios especializados en periodismo constructivo en Europa, seleccionan historias que muestran comunidades resolviendo problemas reales, desde catástrofes climáticas hasta crisis sanitarias, con el mismo rigor periodístico que cualquier otra cobertura, pero ampliando la mirada hacia las respuestas y sin anclar el foco únicamente en la herida.
La propia McIntyre puso a prueba esa hipótesis en el tiempo. En otro trabajo, testeó durante varias semanas los efectos de recibir cápsulas de noticias constructivas a través de un asistente de voz, y registró mejoras sostenidas en el estado de ánimo de quienes participaron, un dato que respalda la idea de que la esperanza también puede entrenarse con hábitos pequeños y cotidianos, casi como quien entrena cualquier músculo.
Bruzzo propone, además, «un límite horario todavía más concreto, destinar apenas un cuarto de hora por la mañana y otro tanto por la tarde a informarse, evitando hacerlo al despertar o justo antes de dormir, para que la mente cuente con un margen de recuperación entre una exposición y la siguiente. Ese tipo de rutina acotada —sostiene— ayuda a delimitar qué problemas están al alcance de cada persona y cuáles exceden su capacidad de acción, concentrando la energía disponible en el entorno inmediato”.
Para Alfie, vale traer una recomendación tan simple como potente: «Frente a algo que conmueve, es importante preguntarse si existe alguna acción concreta que pueda hacerse al respecto. Poner manos a la obra suele ser un antídoto certero contra la impotencia y la desesperanza, esa combinación que tantas veces convierte una noticia difícil en una carga imposible de soltar”.
Estas son algunas claves propuestas por los especialistas para cuidar la salud emocional frente al exceso de noticias diarias:
-Elegir un horario acotado para informarse. “Seleccionar solo uno o dos momentos al día, en lugar de revisar el celular de forma compulsiva durante toda la jornada”, recomienda Alfie.
-Recurrir a fuentes confiables. “Buscar siempre fuentes fiables —subraya Álava Sordo— y prestar atención especial a la manipulación y a la desinformación que circula por redes sociales».
-Evitar las pantallas antes de dormir. “Para informarse, lo mejor es dejar fuera las horas previas al descanso”, aconseja Bruzzo.
-Preguntarse qué emoción genera cada noticia. “¿La información ayuda a comprender la realidad o solamente aumenta el malestar?, propone responder Álava Sordo.
-Buscar también historias que brinden esperanza. “Las noticias esperanzadoras amplían nuestra mirada, fortalecen la resiliencia y ayudan a sostener la confianza en que siempre existen posibilidades de cambio», señala Alfie.
-Convertir la angustia en una acción concreta. “Frente a algo que conmueve —sugiere Alfie— vale preguntarse si hay alguna acción concreta que podamos hacer. Eso suele funcionar como antídoto frente a la impotencia».
-Acompañar con especial atención a las personas mayores. Álava Sordo recomienda «conversar con ellas, ayudarlas a contextualizar cada noticia y priorizar el contacto social por encima de las horas de pantalla».
La referente de proyecto Ánkyra comparte un testimonio sobre la crisis de soledad que enfrentan los adolescentes y la necesidad de crear espacios para sanar.
Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
Necesitás registrarte para disfrutar contenidos en audio
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
0
COMENTARIOS
Necesitás registrarte para realizar comentarios
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN