5 de agosto de 2026
Cuando era chica, Melania Lenoir (43) amaba que su mamá le leyera cuentos. La escuchaba fascinada, siguiendo el relato con toda su atención, a la espera del remate feroz. “Me encantaba cuando tenían moraleja, ¡me partían la cabeza y el corazón!”, comparte Lenoir en conversación con Sophia.
Actriz, cantante, bailarina y directora, fue ganadora del premio Konex y el premio Hugo por su trayectoria y trabajo actoral en años anteriores. Actualmente encarna el complejo personaje de Judy Boone en la obra teatral El curioso incidente del perro a medianoche, que va por su segunda temporada bajo la dirección de Carla Calabrese, y que desde su estreno en Londres, en 2003, no dejó de cosechar elogios en todas partes del mundo.
Hoy sostiene que el teatro conserva esa magia propia del cuentacuentos, la capacidad de mantenernos atrapados dentro de una historia, lejos del celular, atentos a lo que sucede para vernos conmovidos, atravesados, reflexivos. Destaca que es en el intercambio —tanto entre miembros del público en las charlas post función, como entre el artista y los espectadores durante la obra— donde se esconde la mayor riqueza.
“El arte más transformador es el que se mete en las oscuridades y las expone a la luz”, dice esta mujer que participó en espectáculos como Come from away, Casi Normales Inmersivo, Chicago y Shrek, el musical entre tantos otros.
Amante de “bucear en sí misma”, como ella se describe, cree en el valor de enfrentarnos a nuestras oscuridades para transformarnos, y recorre ese camino en su propia vida de la mano de la meditación, el yoga —es profesora de Kaladanda yoga desde hace más de 10 años—, la espiritualidad y la terapia.
“El primer paso es ver nuestras porquerías de frente y querer cambiarlas. Eso nos vuelve más compasivos y amables, porque nos invita a darnos cuenta que todos somos humanos, y a entender la raíz del dolor de otros para acercarnos en vez de querer crear distancia”, dice la actriz, que se considera, además, una privilegiada por poder contar cuentos sobre el escenario.
Conversamos con ella sobre su momento de vida actual, el valor del arte para la vida humana y los desafíos de encarnar personajes llenos de complejidad.

—Te encontrás a tus 43 años, empezando, en términos junguianos, la “crisis de la mitad de la vida”. ¿Sentís que algo en vos se está transformando en este momento?
—Sin lugar a dudas es un momento bisagra para el cual me vengo preparando hace mucho. Tengo varias amigas sabias, mayores que yo, que me vienen anticipando las sorpresas de la perimenopausia desde antes que empezara a sentir los cambios que trae, así que le doy bola a la alimentación, el descanso, el ejercicio y la introspección. Lo que tengo claro en este momento es que mi deseo y foco es poder seguir sosteniéndome en el arte y mantenerme activa. Estoy pensando en cómo sembrar los siguientes 30 años, en especial mi lugar como directora. ¡Quién te dice tener mi productora o colectivo creativo!
—Venís transitando un camino espiritual propio hace años… ¿Cómo lo practicás y qué frutos te regala la espiritualidad en tu vida diaria?
—Qué lindo hablar sobre esto… La espiritualidad es fundamental en mi vida, no sé de qué forma estaría parada en la tierra si no hubiese encontrado una filosofía con la que resueno, que me hace pensar, e intentar transformarme en eso que quiero ver en el mundo. Tampoco sé qué tipo de artista sería, porque mi búsqueda espiritual me hace trabajar sobre todo la compasión, y a la hora de interpretar a otras personas, entender compasivamente las luchas del personaje me ayuda muchísimo. Uno puede pensar que la espiritualidad es todo zen, paz y amor… Pero en mi experiencia, me ha llevado a indagar y ver de frente mis partes más oscuras para poder acercarme a mi mejor versión. Si no, corremos el riesgo de estar “imaginando figuras de luz”, como dice Jung.
—Hablando sobre enfrentar lo oscuro, también contaste que hacés terapia hace años y que te ayudó muchísimo…
—Hice muchos muchos tipos de terapia en mi vida, pero sin lugar a dudas la terapia de trauma fue un antes y un después. Me cambió la vida. Fue muy diferente a las demás, cruda, sumamente compasiva y transformadora y llegó en el momento justo. Me di cuenta que gran parte de mi vida estaba viviendo en mecanismos de negación y victimización. Recién pude salir de esos bucles y comenzar los progresos más importantes cuando pude mirar estas cosas de frente.
—En la obra de teatro El curioso incidente del perro a medianoche, interpretás a Judy Boone, una madre con luces y sombras, y que nos muestra su fragilidad. ¿Cuál es tu mirada sobre el personaje y qué es lo que te atrajo a la hora de interpretarlo?
—Siempre siento una responsabilidad enorme al interpretar a madres. En primer lugar, porque yo no lo soy, y eso siempre me da vértigo. En el caso de Judy, tiene además circunstancias muy complejas. Me atrae que es una madre real, cruda, humana, con luces y sombras, como decís. Es hermoso que el texto esté tan bien escrito como para poder representarlo y mostrar esos matices, y ni hablar que nuestra directora, Carla Calabrese, además de ser excelente dirigiendo es madre, y me ayudó mucho. Me llena de emoción salir de la función y que se me acerque una mujer a agradecerme por sentirse tan representada e identificada en sus luchas y miedos. Hace que todo tenga sentido.

—El propio autor del libro original evitó especificar un diagnóstico para el personaje principal, Christopher Boone (Iñaki Aldao). Sin embargo, la obra logró que se instalara el tema de las neurodivergencias en la conversación pública, tanto en Argentina como en el exterior.
—Carla investigó mucho para llevar adelante esta puesta en escena, para que el espectador pueda sentir cómo es estar en el cuerpo de un chico con ese nivel de sensibilidad. Es un tema que le importa y fue la primera productora en Argentina en hacer “funciones distendidas”: funciones de teatro especialmente diseñadas para familias con hijos como Christopher u otras neurodivergencias. Si pensamos en el teatro griego, era como la terapia para la sociedad: tenían la posibilidad de ver representados los grandes dilemas humanos y re-pensarse. Creo que si tenemos la oportunidad de usar el arte para eso, quizá podemos sumar un granito de arena a generar empatía, representación, consciencia y hasta un mundo mejor.
—En este sentido, ¿qué creés que nos regala el teatro, en especial en una era marcada por la digitalidad?
—El teatro es uno de los rituales más hermosos de intercambio personal y cultural, y eso tiene un valor enorme y único, porque para hacer teatro necesitamos mínimo un actor y un espectador. Lo digital nos quita del encuentro real, de algo que requiera nuestra atención por una hora o dos, de sentarnos a escuchar un cuento de principio a fin, de compartirlo con otros, de hablar de lo que sentimos o nos hizo pensar eso que experimentamos. Parece un poco utópico, pero con los años comprobé que el arte tiene un poder transformador mucho más grande que el que podemos entender racionalmente, tanto para el artista como para el espectador.
—El mundo es un lugar lleno de complejidad… ¿Dónde encontrás la belleza?
—Suena trillado, pero en lo simple. Levantarme al lado de la persona que amo, poder tomar un café a la mañana mirando por la ventana sin el celu, ver a mis gatos dormir, descubrir una flor radiante en un cantero… Sin dudas en la naturaleza, en la sonrisa de mi gente amada. Cosas simples de verdad. Y a veces en el arte.
—¿Alguna última idea que quisieras compartir?
—El deseo profundo de que encontremos maneras de crear un mundo más amable y amoroso. Que siempre elijamos el camino de la creación y no de la destrucción.
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