23 de enero de 2026
Ni chispas, ni humo, ni el sonido tranquilizador de un ventilador que se apaga para siempre. La vez que Pádraig Ó Tuama perdió ocho años de trabajo hubo una barra de progreso en la pantalla de su computadora y un mensaje sobre la actualización del sistema operativo. Un minuto antes el archivo estaba ahí. Un minuto después, ya no.
Los días que siguieron buscó restos como en un derrumbe: en carpetas ocultas, en discos externos, en copias de seguridad imaginarias. “Tiene que estar en alguna parte”, pensaba.
El momento no podía ser peor. Era finales de 2020. Ese año había muerto Glenn, su amigo desde los once años, en medio de la pandemia que había añadido millones de nombres anónimos a las estadísticas del mundo. Devastarse por la desaparición de un archivo parecía obsceno. Pádraig se repetía que había cosas más graves: amigos muertos, pueblos enteros heridos, el peso de la historia sumándose a la contabilidad del virus.
Y la tristeza por esas notas seguía sobre él.
Lo que había perdido no era solo información, sino una forma de memoria. Ese corte lo empujó, dice, “al borde de algo”. No al caos, pero sí a un límite interior desde el cual la pregunta ¿cómo volver a escribir un poema? se volvía de repente intimidante.
Sentía miedo, un miedo raro, difícil de nombrar: miedo a la muerte o a la falta de sentido o a la humillación práctica de tener que empezar de nuevo, verso por verso.
Durante un tiempo no soportó mirar una pantalla. Cuando por fin volvió a escribir, lo hizo con los ojos cerrados. Imaginaba dónde caería cada salto de línea y marcaba una barra en la página a ciegas. Estaba pensando en el tú de la poesía —aquella dirección íntima del lenguaje que elige un destinatario aunque nunca lo nombre— y de ese gesto nacieron los Salmos del infierno (Hellpsalms) escritos, al menos en su mente, en páginas negras, bajo tierra.
De esas pérdidas salió el libro que hoy lo trae a esta conversación: Himnos de cocina (Kitchen Hymns).
—Argentina es un país en el que casi la mitad de la población es pobre y la cocina en muchos hogares está vacía. ¿Qué himno creés que suena acá?
—La expresión original del título Himnos de cocina, en irlandés, me lleva a personas pobres de otro tiempo, en zonas rurales, que tampoco tenían lo que hoy entendemos por una cocina. Quizás tenían un fuego y cocinaban todo en una única habitación donde quizá también dormían. Incluso podía haber animales en ese mismo espacio. Así que la cocina es en realidad, el hogar, el fuego, el corazón de la casa. Desde ahí pienso la idea de hospitalidad: el lugar donde sea que la gente tenga un rincón para reunirse, para comer o compartir comida. A mí me interesa más ese espacio de hospitalidad. Pensando en eso, el poema que se me viene a la cabeza es uno sobre mi amigo Glenn, aquel que empieza: “Apareciste la noche de tu cumpleaños, presumido./ Cuatro meses muerto y tú entras tan campante/ con una sonrisa y la ceja levantada./ Hola, amigo mío, dijiste.” Ahí está la idea de que los muertos nos piden hospitalidad a nosotros, en nuestra imaginación. Y esa también es una forma de cocina, de hogar.
—Se suele decir que la poesía salva, sana, sostiene. Me interesa al revés: ¿qué es lo que un poema no puede hacer? ¿Cuáles son los límites de la poesía, incluso cuando más la amamos?
—Creo que un poema es un poema, nada más. Es algo hecho, con límites. Entiendo que cuando una persona vive una experiencia en la que un poema le sostuvo el corazón durante una dictadura, una ocupación o una colonización, pueda pensar: “Como este poema hizo eso, entonces toda la poesía puede hacerlo”. Es esa última parte la que me resulta problemática.
Sí, la poesía hace cosas bellas, a veces asombrosas. Pero no tiene la obligación de hacerlo. Y tenemos que tener cuidado con la tentación de adjudicar certezas a los textos poéticos. Tampoco podemos tener certeza absoluta sobre el texto de una constitución o el de una escritura sagrada. La historia muestra lo ambiguos que pueden ser los resultados cuando buscamos salvación en la letra.
—Tus palabras han sido consuelo para mucha gente. ¿Pero adónde van aquellos versos cuando el que necesita consuelo sos vos?
—Creo que suele ser cierto que las personas somos capaces de dar aquello que nos cuesta recibir. Cuando alguien me dice que encontró consuelo en mis palabras, me conmueve mucho. Pero a mí mismo me cuesta encontrar consuelo en mis propios textos.
Cuando pienso en consuelo vuelvo a esos poemas de páginas negras en Himnos de cocina. Ese subsuelo suena a infierno, pero “infierno” puede significar muchas cosas. Una de las preguntas que me interesa es qué significa prestar atención al cuerpo.
Para buscar consuelo yo necesito cosas que también hablen al cuerpo: caminar, cocinar, abrazar una almohada. Esas pequeñas cosas que funcionan como poemas dirigidos al cuerpo, en conversación con otros cuerpos.
Y sí, también la erótica. En el libro hay poesía erótica, y para mí era importante, en un plano intelectual, hablar de cómo la inteligencia erótica es profunda y sabe mucho sobre la muerte.

—En uno de sus libros, el filósofo Byung-Chul Han dice que atravesamos hoy una agonía del eros porque no hay lugar para el misterio. El teólogo Anselm Grün, en el mismo camino, llega a preguntarse por qué casi no hay místicos. ¿Cómo pensás la relación entre misterio y nuestra época?
—Me parecen unas afirmaciones muy seguras, muy abarcadoras, sobre los seres humanos. Soy agnóstico respecto de esas grandes generalizaciones. Por supuesto que hay gente con misterio y gente sin misterio. Pero no creo que nadie deba describirse a sí mismo como místico. Se corre el riesgo de empezar a actuar un papel. Las personas que consideramos místicas en la historia solían ser bastante prácticas. Vivían en conventos o monasterios, tenían responsabilidades, y sus experiencias místicas ocurrían en medio de las tareas cotidianas.
Leo a Meister Eckhart todos los días. Se lo considera un místico, pero no creo que él sea el místico como identidad. Lo que sea que le haya ocurrido, él intentaba describirlo. En un momento dice que la experiencia mística es como cuando un rayo cae sobre un árbol y, de repente, todas las hojas cambian de dirección y miran hacia la fuente de la energía. No es que el árbol se vuelva místico. El árbol es el lugar donde algo más grande sucede. Creo que eso sigue pasando, de formas extrañas, y siempre será algo divisivo.
—Una idea más, que quizás sea divisiva: hace poco escuché decir a un cineasta que desde la poesía se puede lograr la verdad mucho más que desde el periodismo. Hay cosas que no se pueden definir a través de las noticias y de la información, pero desde el arte sí. ¿Qué pensás de esto?
—No me gusta la idea de que el arte haga algo mejor que la ciencia o el periodismo. He leído biografías, textos científicos, reportajes y poemas que me han conmovido por igual. Lo que importa es lo que ocurre en el espacio de la escritura, más que el género.
Pienso mucho en Paul Celan. En El meridiano describe el oficio poético como las estribaciones de una montaña: hay que aprender el oficio, recorrerlo. Luego ocurre algo más, algo que no se puede planear. Creo que eso también puede ser cierto en otros tipos de escritura. A veces hacemos todo lo que sabemos hacer con el lenguaje y, de repente, aparece una frase que viene de un lugar que no controlamos.
Y sí creo que la poesía se interesa en algo que no es solo transmitir detalles. Claro que hay detalles, pero es un tipo de detalle parecido al de los sueños. En un sueño puede haber una montaña en tu dormitorio y todo es verdadero dentro del sueño, todo está lleno de detalle, lo ves con claridad, pero además lo sientes. O puedes estar nadando bajo el agua, respirando y hablando a la vez. El detalle del sueño es vívido, y el detalle de un poema también puede serlo, pero viene acompañado por algo del orden del sentimiento.
A veces elaboramos esas imágenes de manera consciente, tratando de encontrar una figura que traduzca cómo se siente algo. Pero a menudo, el verdadero brillo del arte ocurre cuando esas imágenes llegan a la mente y no tenemos idea de dónde vienen, y con ellas aparece algo que hace que el arte no hable solo del artista.
—En irlandés la palabra “file” nombra a la vez al poeta y al vidente. ¿Qué relación hay? ¿Qué implica para un poeta decidir qué nombrar, qué dejar fuera, qué arriesgar del lado del lenguaje?
—Sí, la palabra se pronuncia algo así como “fill-eh” en irlandés, y está emparentada con el verbo ver. Para mí eso apunta a que una parte de la vocación de un poeta es ver.
Muchas personas empujan esa idea hacia lo profético, pero yo no suelo hacerlo. Prefiero quedarme con el verbo más sencillo: ver, porque ya es bastante difícil. Ser profeta es imposible. Pero también es casi imposible ver.
Muchas veces, cuando algo ocurre frente a nosotros, nos preguntamos: “¿Qué estoy viendo?”. Cinco personas distintas pueden ver el mismo atardecer de maneras muy diferentes. Entonces, ¿qué significa ver?
Cuando alguien quiere escribir, por ejemplo, un soneto sobre una experiencia devastadora, no creo que deba estar todo ocupado por la tristeza. Quizá dos versos, y basta. El resto del poema debería preguntarse: ¿qué estás viendo?, ¿qué vale la pena intentar nombrar con el lenguaje?, ¿qué más ocurre alrededor? Introducir tensión en el poema puede ser escuchar niños jugando mientras te sentás con tu dolor.
La pregunta constante es: “¿Qué ves?”. Hay que tener el valor de sostener lo que ves, incluso si sentís que eso puede traicionar otra cosa. Ese es el lugar donde el poema puede desplegarse.
—Escribiste: “Mi vida ha estado marcada por algunos silencios: cosas que no he preguntado; cosas que he preguntado y no he recibido respuesta; cosas que son un misterio; cosas que no quiero saber”. ¿Qué es lo que preferís no saber?
—Yo no querría saber cuándo voy a morir. Creo que eso impondría sobre mí una idea muy rígida del tiempo.
Ahora puedo pasar una hora entera, mientras camino, pensando en algo que me pasó a los cinco años, o una hora mirando la luz sobre el río. Si supiera que voy a morir en un mes, todo eso cambiaría. El tiempo se estrecharía de una manera que no deseo.
Por supuesto, tengo el privilegio de decir esto: no he recibido un diagnóstico. Hablo desde aquí, desde este no saber. No digo que, llegado ese momento, no me resista. Solo digo que ahora no quisiera saberlo porque interrumpiría la experiencia un poco caótica, libre, del tiempo que tengo hoy.
Me fascina cómo el tiempo hace cosas distintas con personas distintas al mismo momento. Cuando doy lecturas de poemas, he empezado a preguntar al público: “¿Qué hora es?”. Alguien dice: “Son las siete y media de la tarde”. Otra persona responde: “Estoy esperando los resultados del hospital para mañana”. Ambas cosas son verdad, pero no describen el mismo tiempo. El tiempo es así de raro. Va rápido y lento. Puede ser tierno o cruel.
Un amigo mío pasó por un duelo enorme. Era primavera y había cerezos en flor. Miró por la ventana y dijo: “Hay malditas flores de cerezo en el árbol”. Para él esa primavera era cruel, y tenía razón.
Mi próximo libro se va a titular Nada más que tiempo (Nothing but Time). Todos vamos a morir, y muchos tendremos alguna idea de eso un poco antes. Otros no. Cuando llegue, llegará.
Sobre Pádraig Ó Tuama
Nació en Cork, en 1975. Es un poeta y teólogo. Conduce el podcast Poetry Unbound. Fue durante varios años director de la comunidad de reconciliación Corrymeela, en Irlanda del Norte. Entre sus libros más recientes se encuentra el volumen 44 Poems on Being with Each Other.
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