13 de abril de 2026
A primera vista, Beatrice Venezi (36) tiene algo de rockera. Tal vez sea la remera negra con arabescos de color fucsia que lleva puesta, un estilo diferente a los vestidos largos y elegantes que usa en sus presentaciones como directora de orquesta en cada vez más lugares del mundo. O quizá tenga que ver con su actitud, reflejo de la rebeldía innata de los artistas que se animan a innovar, a romper moldes, a probar lo nuevo.
Hace semanas que tiene todos los días ocupados por sus ensayos en el Teatro Colón, donde prepara dos óperas como directora invitada: Cavalleria rusticana y Pagliacci, que se presentan desde el 14 al 24 de abril. Venezi ya dirigió en el Colón en 2024, una experiencia que definió como un “sueño hecho realidad”.
Nació en Lucca, Italia, “la misma ciudad donde nació Puccini”, aclara en conversación con Sophia. Hija única de una familia en la que nadie se dedicaba a la música, se crió rodeada de cultura e intelectualidad. Desde muy chica sus padres fomentaron su curiosidad y la llevaron al teatro, a los museos y a los sitios arqueológicos más importantes de Italia. A los ocho años su madre la invitó a ver Madama Butterfly, la primera ópera a la que asistió como espectadora y que confiesa no haber disfrutado demasiado, siendo tan pequeña, y la misma obra con la que años más adelante haría su debut como répétiteur en Alemania y como directora de orquesta en Francia.
Fueron sus padres, también, quienes detectaron la afición de su hija por la música tempranamente.
“Yo tenía unos pocos meses de edad y veían cómo bailaba, canturreaba, me gustaba el ritmo. Me dieron mucha garra, mucho empuje, ¿se dice así? —pregunta en un castellano argentinizado que dice que aprendió de todas sus visitas al país, al que viene desde 2019 por trabajo—. Cuando empecé la escuela, a los seis o siete años, también empecé piano. Me abrió un mundo. De repente entendí que quería hacer de la música mi vida”.
Estudió de forma particular durante dos años y luego ingresó al Conservatorio de Lucca para comenzar la carrera de piano con tan solo ocho años de edad. Pero aunque dice que le gustaba mucho, sentía que algo faltaba.
“No recuerdo un momento en particular en el cual elegí dedicarme a la dirección de orquesta. Simplemente, mientras estudiaba música y piano, fue como… como una consapevolezza”, dice en italiano, palabra que se traduce a “conciencia” y que quizá usa para referirse a algo del orden de la intuición.
Fue uno de sus maestros quien insistió en que tenía un posible camino en la dirección, un camino que desde entonces viene desarrollando con pisada fuerte e impronta propia.
“Trabajar como repertorista en Alemania fue fundamental en mi carrera, porque me enseñó muchísimo: me enseñó a respirar con los cantantes, acompañarlos en las transiciones de la ópera, y todo eso se convirtió en un tesoro que luego trasladé a la dirección”, comparte como una parte fundamental de su trayecto.
El debut como directora llegó a los veintidós años de edad, en Italia, y de ahí en adelante estuvo a cargo de la interpretación de grandes clásicos como Turandot, La bohème, La Traviata y Carmen en distintos países europeos; entre ellos, Rusia, Bulgaria, Italia y Rumania, además de haber dirigido en nuestro país.

“Dirigir una orquesta tiene algo de mágico. Lo que me fascina es esta comunión de almas que se crea. El director no toca ningún instrumento; transmite a los demás su intención musical en un acto de fe laica. Tiene que haber química, empatía”, dice sobre su profesión.
Cuando tiene que describir qué es lo que hace exactamente, ella lo resume en cuatro palabras: “armonizar un resultado artístico”. En cada ensayo, Venezi presta atención para captar el brillo de cada músico y sacarlo a relucir; busca acompañar a los cantantes a encontrar la esencia del personaje que interpretan y se mete a fondo con la historia que se va a contar.
“Al estudiar una ópera nueva, lo que más me interesa es la dramaturgia, porque la melodía, el ritmo y otros detalles musicales están escritos en función de eso”, explica.
Fiel a su propia manera de hacer las cosas, busca desarmar muchas de las formas e ideas cristalizadas dentro del ambiente: desde la idea de que el director debe ser un déspota —apostando, al contrario, por un trabajo grupal y empático—, hasta el hecho de no usar traje en sus presentaciones, algo que ha generado incomodidad entre los más tradicionales. Aunque nota que cada vez hay más espacio para que las mujeres dirijan, todavía encuentra mucha resistencia entre profesionales del entorno, y reconoce la dificultad para ser aceptada. “Es agotador. Sí veo cambios en los músicos más jóvenes, pero para trabajar con personas más grandes, como mujer todavía hay que lucharla”.
Otro de sus anhelos, es que la música clásica llegue a más personas, en especial a las nuevas generaciones. Cree que es necesario sacarla del lugar “elitista” que ha ocupado históricamente para volverla más cercana y accesible. Obras como The (R)evolution of Steve Jobs, de Mason Bates, La mascherata, basada en la novela de Alberto Moravia o El teléfono, de Gian Carlo Manetti, son algunas de las piezas que propone como parte de un repertorio fresco y atractivo, piezas con las que chicas y chicos se puedan identificar. También ha escrito cuatro libros, dos con adaptaciones al nivel de la escuela primaria, para seguir divulgando la ópera y compartir su experiencia y sus reflexiones sobre ese universo.
“Sabés lo que decía Dostoievski, ¿no? —pregunta con la mirada firme —, que la belleza salvará al mundo. Hay estudios científicos que demuestran que cuando los jóvenes están expuestos a la belleza, al arte en general, luego buscan eso en la vida, y no la criminalidad ni la droga, por ejemplo. En ese sentido, creo que la música puede ayudar mucho a la sociedad”.
Para Venezi, acercarse a las melodías clásicas hoy en día es una forma de “educarse en la complejidad en una época donde se valora lo fácil e inmediato”, porque requiere de cierta atención, de la capacidad de afinar el oído, y de una predisposición mental y espiritual.
“Este trabajo es un producto humano, pero al mismo tiempo aspira a una conexión con algo superior, que no se queda solo en lo ordinario o en lo material. La música siempre tiene esta tensión con lo espiritual, y de hecho la búsqueda de perfección en el sonido, en la armonía, siempre me lleva a la relación con la espiritualidad”, comparte.
Abierta a seguir incursionando en distintas áreas de la vida, cuenta que actualmente escucha mucha samba brasilera, le interesa la antroposofía como una disciplina para estudiar y cree en la energía del reiki y en el poder de las piedras.
“Hay otro plano, y justamente a ese plano me quiero acercar cada día más”, reflexiona justo antes de despedirse.
¿Rebelde con causa? ¿Alquimista de la música?
No hay tiempo para más preguntas. Venezi ya está volviendo a la sala de ensayo.
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