Lucas Casanova, terapeuta transpersonal: “No se trata de eliminar el dolor, sino de sostenerlo con ternura” - Sophia Online

Cuerpo y emociones

Lucas Casanova, terapeuta transpersonal: “No se trata de eliminar el dolor, sino de sostenerlo con ternura”

Integra ciencia y espiritualidad, y luego de superar un tumor cerebral, comparte cómo una experiencia traumática puede ser un camino de transformación.

POR Paz Berri

“El caos no destruye: revela. Revela lo esencial, aquello que permanece incluso cuando todo se desarma”, dice Lucas Casanova, terapeuta budista y transpersonal. Vive con las secuelas de un tumor cerebral que le detectaron en 2017, pero elige agradecer. Podría enfocarse en la fatiga que muchas veces frena su ritmo, o en las facultades visuales y auditivas que perdió. Sin embargo, aun en los momentos difíciles, sabe que estar vivo es un regalo, y que cada día es una oportunidad para seguir aprendiendo, creando y acompañando a otros en sus propios procesos. 

Argentino radicado en Noruega, especializado en trauma, es escritor y creador del podcast Budismo en zapatillas. Su trabajo nace a partir de integrar una mirada basada en evidencia empírica —desde la neuropsicología y las ciencias contemplativas— con filosofías ancestrales que conciben al cuerpo y la mente como una sola unidad.

Según afirma, aunque la vida duele, no es el dolor lo que más nos hiere, sino las historias que construimos alrededor de él: “Sufrimos cuando resistimos lo que es. Sanamos cuando aprendemos a mirar con compasión”, sostiene. Y agrega: “Sanar es aprender a habitar lo que somos después del caos. La transformación real no ocurre en el ruido, sino en el silencio, donde empezamos a escucharnos”.

En esta conversación, Casanova habla sobre la posibilidad de crecer desde el dolor. También acerca de la importancia de sabernos contenidos por otros y qué significado tiene para él la idea de “despertar”.

—Lucas, ¿se puede encontrar un sentido a la vida después de atravesar un hecho traumático?

—Sí. En general, el trauma no es lo que nos pasó, sino la forma en la que procesamos lo que nos pasó. Hoy existen diferentes técnicas y formas de ayudar al cerebro a procesar esa experiencia, encontrar sentido a lo sucedido o transformarlo en parte de nuestra vida sin que defina quiénes somos. En mi caso, creo que las cosas que viví y que finalmente pude procesar, hoy me permiten compartir herramientas que ayudan a las personas a salir del lugar en el que el trauma las deja (un lugar de congelamiento y confusión). 

—¿Cómo explicarías lo que significa “una experiencia traumática”?

—Una experiencia traumática puede diferir mucho de persona a persona. Puede ser un hecho altamente desregulante, con muchísima violencia, o puede ser un trato consistentemente negligente, donde, por ejemplo, un niño se siente abandonado o no visto. No es igual para todo el mundo. Hay personas que viven hechos muy complejos (abusivos, violentos), pero su sistema nervioso puede elaborarlos y continúan su vida de una manera integrada. En cambio, hay otras que han tenido circunstancias vitales desfavorables —que no tienen el mismo nivel de gravedad—, y sin embargo no pueden procesarlo. El trauma tiene una cara muy diferente para cada persona. 

—¿Por qué se dan estas diferencias? 

Creo que tiene que ver con los recursos que cada persona tiene. A mí me gusta pensar que cuando nos sentimos sostenidos por algo más grande, puede ser desde un grupo de apoyo, una familia, alguien que escucha esto terrible que nos pasó, que nos abraza, que nos acompaña. Entonces esos eventos duros no se convierten en trauma porque nos sentimos protegidos, nos sentimos vistos. Se convierten en trauma cuando estamos aislados, dejados de lado. Ahí es donde aparece el estrés postraumático. 

—Qué importante la red de sostén entonces…

—Sí. Creo que ahí hay algo de lo que yo llamo “seguridad espiritual”. He trabajado mucho con sobrevivientes de guerra que se agrupan y hablan entre sí y son escuchados por el sistema. Y pienso también en veteranos de guerra que nunca fueron escuchados por los gobiernos de los países a los que pertenecen. O sobrevivientes de abuso que se nuclean entre sí y encuentran apoyo entre ellos. La pertenencia es increíblemente sanadora y me parece que quizás esto responde a tu pregunta anterior. 

—Cuando estamos viviendo algo difícil, ¿creés que una buena pregunta para hacernos es “qué voy a hacer con esto que me pasó”?

—No lo sé. Me parece que esto podría valerle mucho al discurso New Age, el “para qué me pasó” en vez de “por qué”. A mí me parece que en el momento en el que algo sucede, es más valioso reconocer cómo nos sentimos y cómo nos cuidamos en ese proceso: cómo lo integramos, cómo no huimos del dolor. Más que racionalizar, es importante evitar el congelamiento físico para enseñarle al cuerpo que sigue estando a salvo. El temblar luego de un hecho peligroso, gritar, moverse, sacudirse, suspirar. Eso es mucho más valioso que racionalizar. 

Lucas Casanova es el creador del podcast Budismo en zapatillas, disponible en la plataforma Spotify.

—¿De todo lo malo que vivimos podemos sacar un aprendizaje? ¿O hay cosas que son “feas y punto”? 

—Como budista, yo diría que hay cosas que son malas y que no importa cómo las miremos, siguen siendo malas. Es válido reconocer que hay poco o nada que se pueda sacar de provecho de eso, y que, como no hay nada bueno, podemos dejar de prestarle atención. Yo trabajo con personas que han sobrevivido al abuso doméstico y a veces el comprender que hay algo bueno en medio de todo lo que no es bueno, permite a esas personas justificar la permanencia en lugares que les hacen daño porque “todavía pueden conservar algo bueno”. 

—Claro, qué peligroso…

—También podemos verlo desde otro lado: yo me he cruzado con personas con las que no he tenido nada bueno, no he podido aprender mucho, e hice el esfuerzo de reconocerlos como seres sufrientes que han hecho lo que han podido; y mirarlos con compasión y mirarme a mí con compasión por no haberme podido proteger de ese daño. Eso me hizo estar en paz. Pero no siempre se puede sacar una gran lección de alguien que no es consciente del daño que causa. No hay una lección implícita en cada cosa que nos pasa. A veces tenemos que aceptar que “no hay nada para aprender aquí”, que esto es algo que tiene que ver con lo fortuito de la vida. Quizás ese es el aprendizaje. 

—Muchas veces podemos convertir el dolor en algo fértil. Pero hay otras en las que es muy duro. Por ejemplo, con la pérdida de un hijo. ¿Cuál es tu mirada acá?

—Me sale el budismo más acérrimo: hemos venido a la vida a perder todo, inclusive la vida misma. Esto hace que empecemos a darnos cuenta de que todo lo que tenemos en la vida es un regalo, algo que puede acabarse mañana. En la pérdida de un hijo, por ejemplo, hay una cuestión neurobiológica que es muy difícil de navegar, que tiene que ver con que nuestro cerebro no está preparado para eso. Lo más frecuente es que suceda a la inversa, que seamos los hijos los que despedimos a los padres. Creo que deja una herida traumática en muchísimos casos, porque no existe lógica que pueda sostenerlo. 

—¿Lo ves así en todas las culturas?

—En la sociedad actual, en los países más desarrollados, existe una sensación de que esto no debería suceder, de que nosotros no deberíamos perder a los niños. Pero yo trabajo con mujeres de África Central, donde la mortalidad infantil antes del primer año es mucho más alta y donde el perder un niño es mucho más probable en países pobres y con muy pocos recursos. Esas mujeres no son menos felices que aquellas que viven en este lado del mundo. Y a través de ellas he aprendido cómo es la práctica de la mirada budista, de estar agradecido por todo, de no estar pegado en el sentido de sufrir enormemente cuando perdés algo. 

—También hay muchas personas que transforman ese gran dolor en servicio…

—Me parece que de todo dolor se puede extrapolar un camino de integración. Yo he trabajado con mujeres que han perdido a sus hijos en la guerra o por cuestiones de salud, muchas de ellas son resilientes, sorprendentes y magníficas, porque nos enseñan el valor de encontrar propósito en la pérdida. Kessler [David], por ejemplo, que fue un discípulo de Elisabeth Kübler-Ross [psiquiatra suizo-estadounidense considerada una pionera mundial en el estudio de la muerte y el duelo], dice que en el camino de la integración del duelo está el propósito, y que cuando nosotros podemos, además, enseñarles a otros a perder y a transitar ese duelo, estamos legando una gran lección de compasión, de poder aliviar el sufrimiento ajeno, aliviando también el propio. 

—Hablás de “transformar una experiencia extrema en una oportunidad de despertar”. ¿Podés ampliar esta idea?

Hay veces que las experiencias extremas nos muestran que hemos vivido nuestra vida en un estado de ignorancia. Hay algunas extremadamente desestructurantes, de caos total, que nos permiten reconstruirnos desde otro lugar. “Despertar” puede ser “darse cuenta”, renacer, empezar de nuevo, hacer algo distinto, tener otra vida dentro de esta, o transitar la vida de una manera diferente. Porque ahora entendemos que las cosas que dábamos por sentado no son tales, o que existe la posibilidad de hacer las cosas distintas la próxima vez. El propósito vital cambia a lo largo de la vida. 

La compasión hacia los otros y hacia uno mismo, es una de las prácticas que propone Casanova como parte del camino de sanación.

—En un posteo decís que no proponés soluciones mágicas ¿A qué te referís con eso?

—Lo que que propongo es la magia de la solución propia. Desde la mirada del budismo y de la neurociencia, todo es empírico y tiene que ver con aprender habilidades. Nuestro cerebro necesita entrenarse para poder hacer las cosas de determinado modo. Y uno puede entrenar habilidades básicas y habilidades más complejas que permitan que nuestro cerebro esté como “yendo al gimnasio”, aprendiendo a navegar diferentes situaciones y comprendiendo al mundo de otra manera. 

¿Por ejemplo?

—El entrenamiento físico, el buen descanso, la buena alimentación, lo social, modifican la estructura cerebral. Y cuando trabajamos desde lo físico hacia lo más sutil, en el yoga, por ejemplo, se ve de ese modo. Vamos desde lo más burdo, desde el movimiento hasta cómo pensamos. A veces hay que empezar desde el cuerpo, hay que empezar desde corregir los hábitos de descanso, de ir al médico para ver cómo estamos desde el punto de vista de micro y macronutrientes, cómo es nuestra movilidad, cómo habitamos nuestro cuerpo, qué relación tenemos con él. Es muy difícil que exista calma cuando no dormimos bien, cuando estamos con dolor crónico, cuando tenemos cosas sin procesar en nuestra mente. Los seres humanos somos un todo interrelacionado, y trabajar en estas diferentes dimensiones con un equipo interdisciplinario ayuda a conseguir resultados increíbles; porque nuestro cerebro trabaja de una manera más coherente cuando está descansado, cuando hay movimiento en el cuerpo, cuando estamos bien alimentados. 

—Al sentir que “el suelo se nos mueve”, como decís vos, ¿cómo encontrar un camino propio de sanación?

—Cada uno tiene su propio camino y yo creo que “sanación” debería ser sinónimo de “integración”. El poder integrar las consecuencias de lo que nos pasó para seguir adelante con nuestra vida. Cuando el suelo desaparece debajo de nuestros pies, decía una gran maestra mía, debemos aprovechar la oportunidad para reconocer que el suelo siempre fue una ficción, que no hay nada que nos sostenga más que la conexión con aquello más grande. Que cuando todo se derrumba, la primera tentación puede ser volver a reconstruir lo que se nos cayó. La segunda, construir algo nuevo. Y la tercera vía es asumir que las cosas son impermanentes, cambiantes. Cuando uno se para ahí, se vuelve surfer de esas olas que la vida lleva y trae, como cuento en mi libro El poder sanador del caos (Galerna). 

—Decís que “desde el budismo laico, el cuerpo no es el obstáculo del camino espiritual: es el camino”. Para terminar, me gustaría ampliar esta idea.

—El cuerpo es el vehículo porque no existe separado de la mente. En el budismo se trabaja la respiración, el movimiento, como una forma de educar a la mente. Y la neuropsicología lo dice clarito: un cerebro no existe aislado en el vacío, sino que existe dentro del cuerpo que lo sostiene y lo alimenta. Cuando no hay trabajo físico, cuando no hay movimiento, cuando no hay cuidado, nuestro cerebro empieza a trabajar de formas raras (sedentarismo, ultra-procesados, etc.). Pensémoslo así: todo lo espiritual requiere algo vivo y todo lo vivo requiere un cuerpo. No existe la espiritualidad sin cuerpo. Al menos no en este mundo, al menos no de momento. Yo tenía un maestro que cuando hablábamos de este tema decía que una mente sin cuerpo era un fantasma y que un cuerpo sin mente era un zombi. Y que nosotros no éramos ninguno de los dos. No hay forma de vivir una experiencia espiritual sin ser humano. Acá estamos vos y yo, conectados, formando redes y creando algo más grande. Eso es humano y porque es humano es espiritual. 

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