19 de noviembre de 2025
Fotos: Clara Gabrielli
“Pasen. Vivo en una biblioteca con casa”, dice al abrir la puerta el filósofo, investigador y docente Francisco García Bazán (85). Los ocho mil libros que se apilan entre los estantes no lo dejan mentir. En efecto, la biblioteca ocupa el living, el comedor y una cocina donde sus suegros, que eran farmacéuticos, solían realizar recetas magistrales, y al que describe como “el lugar de la alquimia”. Además de volúmenes de grandes obras, hay recortes de diarios, papers, revistas y objetos personales. Al recorrerlos con la vista, los lomos de colores componen una bella postal que recuerda a un árbol sin podar que, con su copa frondosa, ha sabido crecer guiado por la vitalidad del misterio.
García Bazán lleva toda la vida leyendo. También escribiendo sobre temas que requieren de una comprensión lúcida y profunda, porque en ellos residen aspectos clave de nuestra cultura y, fundamentalmente, de nuestra razón de ser y estar en el mundo. Y cuando habla de aquel primer momento en que el conocimiento lo encontró, con la promesa de revelarle algo inmenso, la mirada se le ilumina y, por un instante, vuelve a ser niño. “Lo recuerdo bien, tenía nueve años y estudiaba con los salesianos en un barrio pobre de Málaga”, comparte, todavía con el acento de aquella infancia humilde en España, y una enorme gratitud hacia los que despertaron en él la chispa de querer bucear más allá de lo visible, para reconocer el orden sagrado de la existencia. “Hay algo que ha olvidado nuestra educación, porque lo olvidó nuestra cultura: que el cosmos es un ser viviente animado por un alma”, sostiene al dar comienzo a esta conversación con Sophia.
Formado en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires —disciplina en la que se doctoró en la Universidad del Salvador— y a través de la cual desarrolló la investigación de distintos temas teológicos, entre ellos las relaciones de la filosofía antigua con los orígenes del cristianismo, publicó numerosos libros sobre religión, enfocándose en el estudio del gnosticismo, que es el conocimiento interior, espiritual y directo de lo divino que obra como iluminación. Para él, el sentido filosófico tiene que ver, justamente, con amar esa sabiduría que permite al ser humano, más que pensar, comprender. “Los filósofos aman el saber porque no lo tienen y aspiran a vivir en esa búsqueda”, señala.

Sobre esas y otras cuestiones que han ocupado su pensamiento y su obra, reflexiona en esta charla, en indagaciones que han sido la razón de su vida. Según explica, el punto de partida siempre ha sido querer salir de la ignorancia. “La Sophia, la sabiduría, tiene el sentido de la posesión del conocimiento. Es conocimiento en sí mismo, pero no es meramente intelectual, porque ese es solo un aspecto del conocimiento. Debajo de él hay algo que se le hermana, que es la vida. El conocimiento vivo se da simultáneamente: no hay conocimiento sin vida, al igual que no hay vida sin conocimiento”.
—¿De dónde proviene esa mirada filosófica?
—De la filosofía antigua: Platón fue el depósito de todo ese pensamiento. Y luego el neoplatonismo comienza a funcionar, a llamar mucho la atención, en la época de los pre renacentistas. Ahí aparece el sentido del filósofo como aquel que ama la sabiduría. Sin embargo, la gran figura del neoplatonismo es Plotino, un profesor que concreta ese pensamiento de manera sistemática.
—¿Él es el que habla de anima mundi, de esta idea de que habitamos un mundo vivo, que tiene alma?
—Exacto, pero no lo dice en esos términos. Él habla del alma del mundo, el todo, digamos, y en el alma del mundo, Plotino coloca tres grandes realidades, que son las hipóstasis, los tres planos de la realidad. La primera es lo Uno, que excede la inteligibilidad, la realidad perfecta desde el punto de vista de la búsqueda del conocimiento. Y ahí es lo que se da como segunda hipóstasis, la concepción del intelecto: el hombre aspira a él y el cosmos mismo aspira a él, porque el cosmos es un orden viviente. Por eso los neoplatónicos hablan del ánima mundi. La tercera, es el principio de vida que se multiplica en seres individuales, siempre ordenados como un todo, pero que no tiene la capacidad del intelecto en sí mismo. Porque el filósofo es el que busca la verdad, pero el sabio está poseído por ella.
—¿Cuál es el gran aprendizaje que nos deja esa idea?
—Que la vida subyace al conocimiento. Son realidades que están subsistiendo. Por eso, cuando se habla de la realidad de sí misma, se habla de tres realidades: el ser que subsiste, el ser que subsiste animadamente con sus cambios ordenados, y ahí aparece el conocimiento, el ser y la vida unidos, que no solamente son para conocer, sino que son conocimiento. Es decir, ser, vida y conocimiento. El ser en sí mismo, el conocimiento en sí mismo, son inefables. El uno plotiniano es lo que está por encima de toda caracterización, de toda sistematización, pero es el fundamento de la realidad.
—¿Cuándo perdimos la noción de Sophia, de la sabiduría que nos habita?
—El representante máximo de su decadencia fue Hegel. Nosotros la vivimos como una sabiduría caída que en esa caída se fragmentó. Pero la sabiduría no cayó, lo que cayó es la soberbia de la sabiduría, la interpretación semítica. Por eso los gnósticos son gnósticos, porque ellos son los que conocen, y dicen “No, esto no es así”. Ahora bien, si cayó y se fragmentó, lo que hay que hacer es rescatar las partes, porque siempre se puede recobrar su forma completa. Desde el gnosticismo, la sabiduría es eterna, es permanente y se rescata; es una interpretación del mensaje del propio Jesús. Los sabios, hombres que no están formados, sino que descubren su misma formación, comprenden que esa misma esencia está brillando en la tiniebla. Entonces, tienen que rescatar su luz. La sabiduría está sumida en la ignorancia, que viene de la nada —en el sentido de la negación—, e irá a la nada. Cuando el gnóstico descubre, la chispa divina sale de la oscuridad, y percibe que desde siempre y para siempre estaba salvado. Esa es la diferencia entre la gnosis y la pistis, la fe.
—Como el mito de la perla…
—El mito de la perla es una forma poética magnífica de la verdad no expresada. La perla se cubre por el barro, pero el lodo no la mancha: está ahí, incorruptible, inmortal, permanente. Por eso, el conocimiento tiene esa esencia fundamental. Es el emerger, el descubrirse de nuestra mismidad. Pero esa mismidad está, desde siempre y para siempre, salvada.


—De igual manera, lo femenino ha sido parte de ese proceso en el que lo sagrado de su esencia ha sido cubierto, ocultado.
—Por supuesto, ocultado y mal visto. Y eso ha sido, en el fondo, el resultado de una polémica entre los primeros cristianos, cuando esto se institucionaliza realmente y se toma ese modelo que se dirige al mundo desde Roma. Ahí aparece la idea del credo de Nicea, en el año 325. Y la idea del dogma de la enseñanza tiene un origen político, porque coincide con la cabeza del imperio romano. Se instala esa línea, que es fuerte, porque es la que puede comprender una mayoría. Pero el dogma no está en los orígenes; lo que hay en los orígenes es algo mucho más comprensible, comprensivo, que es un grupo que sigue a un guía, a su maestro, y no todos son iguales en la comprensión. La diferencia palpable, concreta, entre la gnosis y la fe está ahí: ya no hay los que creen, ya no hay los que niegan a los que creen. Están los que creen y que se organizan en el sentido de la autoridad.
—¿Y qué pasa con María Magdalena, una figura clave de ese cristianismo primitivo?
—El dogma es masculino y la comprensión es femenina. María Magdalena representa, naturalmente, el aspecto de la mujer, pero también de quien realmente ha seguido y comprendido a Jesús. En el Calvario solo entran las mujeres y Juan. Está el amor de la madre, el amor de una pariente y está María Magdalena, la mujer que el mismo Jesús sabe que lo comprende mejor que nadie. ¿Por qué? Porque lo ama. Ahora se ha puesto de moda, pero ella aparece en los documentos. La importancia de María Magdalena es que comprendió la obra de redención de Jesús.
—¿Por qué las mujeres ocupan ese lugar tan importante: el de ser las únicas que pueden ingresar al sepulcro luego de su muerte?
—Porque expresan su fragilidad, y porque están vinculadas a él afectivamente. Pero, sobre todo, porque no le tienen miedo a la muerte del Salvador. Lo que prevalece en estas mujeres es la lealtad, ellas tienen la dignidad para estar ahí. La contracara de eso es la deslealtad de Pedro.
—¿Por qué cree que la figura de María Magdalena está siendo recuperada?
—Porque habla de las profundidades del ser humano. Hay documentos fragmentados que orientaron la investigación. Y cuando el prestigioso Carl Jung asegura que su figura es importante para conocer cómo funciona la psique, entonces aparece la ayuda efectiva para rescatarla. Así consigue el apoyo de un gran número de investigadores y luego aparece la UNESCO, dando lugar a la financiación del Códice. Gracias a ese trabajo se publica una edición magnífica, que yo tengo por ahí, vengan, vengan…
De pronto, el doctor García Bazán se pone de pie y avanza despacio para rescatar de su biblioteca un ejemplar tan valioso como pesado. Y como quien está a punto de explorar el baúl donde se esconde una verdad, abre una página al azar, compartiendo el Códice sin disimular su deleite por ser uno de los pocos que poseen esta obra que reúne manuscritos gnósticos originales. Redactados en copto, y hallados cerca de Nag Hammadi, al norte de Egipto, en ellos se refleja una antigua espiritualidad universal y no dogmática, donde la recuperación de la figura de María Magdalena cobra vital relevancia.

En sus investigaciones, García Bazán revela con profunda erudición el tesoro simbólico de la humanidad: la existencia de una unidad trascendente, una Sophia perennis; una sabiduría que es eterna y que es la presencia de lo divino en el alma humana. En su libro Aspectos inusuales de lo sagrado (Trotta), escribe: “Para el común de los seres humanos y mortales el gran enigma es el del sentido del universo. El cosmos es cifra de los dioses, donación de los dioses a los hombres, o realidad carente del misterio de la vida, de la que el hombre se puede adueñar y cuyo gran auxiliar es la ciencia que no sirve al mundo total, sino que lo utiliza y se sirve de él”. Y en su trabajo La Sofía gnóstica y la concepción de la mística entre los neoplatónicos, publicado por el CONICET, donde ha sido investigador durante décadas, señala que en la circularidad del amor recíproco entre el Padre y el Hijo es el amor de la Madre, simbolizado por el Espíritu, el que inspira y es instrumento sin mutabilidad de la mutua entrega.
—¿Qué significa la pérdida de lo femenino sagrado en la cultura occidental?
—La devaluación de lo femenino es la devaluación de la sabiduría. El gnosticismo tiene conciencia de esto y por eso en su relato es fundamental el concepto de su caída. El cristianismo primitivo parte de la trilogía del Padre, del Hijo y de lo que une al Padre con el Hijo y al Hijo con el Padre, que tiene que ver con la sabiduría, con el amor. El Espíritu Santo es ese enlace entre ambos.
—¿Usted cree que la situación de la mujer está cambiando, que estamos siendo parte del nacimiento de una nueva consciencia?
—No, no ha cambiado en los últimos tiempos en el Vaticano, en absoluto.
—¿Qué es lo que hace falta?
—Salir de la tergiversación, de los disparates. Lo político no es lo religioso. El sacerdote no está para gobernar, está para orientar en las cuestiones del espíritu. No se le va a pedir a ningún gobernante que siente las patas de la santidad. A la inversa, la santidad va a influir, va a influenciar, pero sin el ejercicio de la dirección directa. Eso es confundir lo sagrado con lo profano. Lo que ha perdido la sociedad, de Occidente sobre todo, es ahondar la huella.
*Francisco García Bazán partió el 26 de noviembre de 2025, días después de esta inspiradora conversación.

Sobre Francisco García Bazán. Nació el 27 de marzo de 1940 en Málaga, España. Teórico especializado en Filosofía e Historia de las Religiones. Licenciado en Filosofía y Doctor en Filosofía, becado por el CONICET. Investigador Superior del CONICET desde 2003. Profesor Consulto y Director del CIFHIRE (UK, hasta 2009), Profesor Titular en la USAL, Docente Auxiliar y Adjunto en la UBA, y Director de Anuario Epimeleia. Autor de más de treinta libros, entre ellos: Gnosis. La esencia del dualismo gnóstico; Neoplatonismo y Vedanta; René Guénon; Aspectos inusuales de lo sagrado; Textos gnósticos de Nag Hammadi; La gnosis eterna; La concepción pitagórica del número. Obtuvo los premios: Joven Sobresaliente, Consagración de Ciencias Sociales y Educación, Premio Bernardo Houssay. Miembro de tres Academias.
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Excelente entrevista!Gracias
Muy profundo. Gracias