Microvínculos: qué son y cómo le dan sentido a nuestra vida - Sophia Online

Vínculos

Microvínculos: qué son y cómo le dan sentido a nuestra vida

Estos lazos pequeños y cotidianos que no nos piden confidencia, intimidad ni una gran entrega, son sin embargo fundamentales para nuestro día a día. Te contamos por qué.

POR María Eugenia Sidoti

Coco usaba un delantal de cuero manchado de betún y unos lentes de cristales gruesos. Zapatero, decía el cartel de su local, adonde llegaba temprano cada mañana para arreglar calzados rotos. Tenía solución para todo: cambio de suela, de taco, de cierre, de botones, de hebillas. Y a buen precio. Devolvía zapatos, botas, mocasines y zapatillas orgulloso. “Lustrados, como nuevos”, decía. 

Siempre había alguien en su negocio para charlar con él y hacer un alto entre mandados. Mientras cosía, pegaba o daba golpes con un martillo, a Coco le gustaba escuchar a otros y también compartir sus historias. Como ese sueño de toda la vida que, a sus ochenta y pico, logró cumplir: cerrar la zapatería para irse a vivir a Santa Teresita junto a su esposa. «Está triste desde que murió nuestro hijo, le va a hacer bien el mar», me dijo una vez.

Sin ser un amigo ni un familiar, Coco tenía una función clara en el barrio y en la vida de muchas personas. Nunca supimos su verdadero nombre, pero con su conversación cotidiana brindaba bienestar y sentido de pertenencia. Un rol que actualmente se conoce con el nombre de “microvínculo” y que no es más que un lazo pequeño, en ocasiones asiduo, que puede tener un impacto significativo en el acontecer emocional y social de otro ser humano. 

Desde la psicología y la sociología, se define a esta forma de vincularse —que no implica cercanía ni compromiso, pero sí encuentros cara a cara— como aquellas interacciones cotidianas con personas fuera de nuestro círculo más estrecho, que pueden ir desde la charla con el panadero o el encargado del edificio, el diálogo casual con un vecino, hasta el intercambio con alguien que nos cruzamos constantemente en colectivo o en las clases de gimnasia, por ejemplo, pero con quienes no llegamos a construir una relación profunda. 

Conexiones interpersonales breves, sutiles o de baja demanda, que sin embargo pueden tener un impacto positivo en cómo encaramos nuestro día a día. Gente a la que, sin conocer a fondo, nos une una red invisible de la que también formamos parte, en una dinámica que a la vez nos brinda contención y sentido, porque nos hace sabernos parte de un barrio, de un recorrido de transporte público, de un club, de un consorcio o de cualquier otra institución donde pasamos tiempo vital. 

Pequeños pero potentes

En un mundo cada vez más digitalizado y acelerado, donde las interacciones humanas tienden a ser en ocasiones superficiales y efímeras, los microvínculos cobran gran importancia para brindar un marco de referencia. “Esperamos más de la tecnología y menos los unos de otros”, señala la psicóloga estadounidense Sherry Turkle en su libro Solos y juntos, donde aborda la problemática de los vínculos digitales, y asegura que cuando la tecnología diseña la intimidad, las relaciones pueden reducirse a conexiones sin alma. “Los lazos que formamos a través de Internet no son, en definitiva, los lazos que nos unen”, describe y observa que, no obstante, son lazos que ocupan nuestra atención y nuestro tiempo, aunque solo una parte muy reducida de ellos sea realmente significativa. 

La licenciada en Psicología Ornella Benedetti, especializada en vínculos, fenómenos psicosomáticos y trastornos de ansiedad, coautora del libro Imperfectos y Verdades no dichas, sostiene que se trata de encuentros que tienen un valor enorme. “Esa red de intercambios breves que tejemos en lo cotidiano, aunque parezca insignificante tiene la capacidad de hacernos sentir acompañados, mirados, con un lugar”, describe. 

Según explica Benedetti  en tiempos donde todo se autogestiona (los trámites desde el celular, el trabajo desde casa, las compras sin salir del sillón), podemos pasar días sin ver a nadie. “En ese escenario, no se trata solo de la falta de vínculos profundos, sino también de la pérdida de esos espacios compartidos que sostenían lo cotidiano”.

Se refiere a aquellos que nos cruzamos a veces por hábito, otras por azar, y le imprimen un “¡Buenos días!”, un “¿Cómo estás?” a nuestras mañanas y tardes, regalándonos la posibilidad de una sonrisa. “La charla con quien atiende el quiosco, un saludo en el ascensor, una mirada cómplice en la fila del súper. Gestos mínimos, sí. Pero en su pequeñez reside algo enorme: nos devuelven la sensación de estar conectados, aunque sea por un instante”, subraya la licenciada. 

Para ella es por eso que, quienes van al mismo café todas las semanas, prefieren que los atienda “ese” mozo que ya sabe cómo toman el café. “No es una amistad, pero hay una familiaridad silenciosa, un reconocimiento. Y ese reconocimiento, por mínimo que parezca, organiza algo en uno. Nos devuelve una identidad, un lugar en el mundo. Esos lazos mínimos, repetidos, arman una red. Y a veces, esa red es lo único que nos separa del aislamiento. Porque no siempre es un gran vínculo el que nos sostiene. A veces, lo que nos salva es un simple: ‘¿Lo de siempre?’ dicho a tiempo”, sostiene. 

El arte de dar y recibir 

Los microvínculos nos brindan algo diferente. No necesitan demasiado de nosotros, pero ofrecen algo poderoso: la sensación de saber que hay alguien ahí. “Los vínculos débiles te conectan con redes que están fuera de tu propio círculo y lo expanden”, explica el antropólogo y psicólogo británico Robin Dunbar, responsable de desarrollar un modelo vincular que asegura que una persona no puede mantener relaciones sociales profundas con más de 150 personas a la vez. La teoría, desarrollada en 1993, se conoce como el “número de Dunbar”, y aclara que también incluye otras capas sociales, menos profundas pero también importantes, donde aquellos a los que no conocemos del todo pueden abrirnos a otras realidades y hacernos cruzar nuevas puertas. 

En algún sentido, los microvínculos nos devuelven a la idea de lo comunitario, porque son parte de los escenarios donde nos movemos a diario y donde construimos nuestra identidad en relación a otros. “El individuo es socialmente indefenso si se le deja solo”, considera el sociólogo y politólogo estadounidense Robert Putnam, autor de Bowling Alone, donde analiza el declive de la interacción social en comunidades modernas y la importancia de los vínculos, incluso de los más débiles, para mantener el buen funcionamiento social. 

Según un estudio de la Universidad de British Columbia, las interacciones sociales breves, como una charla con un extraño o un simple gesto de amabilidad, pueden aumentar los niveles de felicidad y mejorar el estado de ánimo. Esto se debe a que los seres humanos somos seres sociales por naturaleza y necesitamos sentirnos parte de una comunidad, aunque sea de manera sutil y momentánea.

“Por eso vale la pena empezar a reconocer la importancia de estos micro vínculos, esos lazos mínimos a los que muchas veces no les damos importancia. Animarnos a sostener una mirada, a decir algo más que un ‘todo bien’, a quedarnos un segundo más”, considera Benedetti. 

Solos… aunque no tanto

La inseguridad, el temor y la falta de tiempo, hicieron que dejemos de detenernos a charlar con alguien casualmente y son pocas las veces que nos damos permiso para ponernos a conversar con personas a las que apenas conocemos. 

En un mundo donde la soledad avanza entre las personas como un mal de época y muchos especialistas ya la consideran como una verdadera epidemia, Dunbar defiende la idea de que necesitamos vincularnos desde nuestros espacios más próximos para ganar salud física y mental. 

“La comunicación no se trata sólo de palabras, se trata de comprender el contexto y el significado subyacentes”, reflexiona Edward T. Hall antropólogo y escritor estadounidense que se dedicó a estudiar la proxémica, es decir, cómo las personas usan el espacio en sus interacciones vinculares y de qué manera esos intercambios breves y cotidianos influyen en nuestra vida. 

Por eso los microvínculos son tan importantes: porque tejen sin estridencias la trama de nuestras narrativas personales. “Son breves, sin historia compartida, sin la carga que a veces pesa en los vínculos más cercanos. Y quizás por eso, a veces, habilitan una sinceridad inesperada. No hay expectativas. No hay roles asignados. Solo el momento presente, compartido con otro”, detalla Benedetti. 

Según sostiene, en esos encuentros fortuitos se juega algo profundamente humano: “La posibilidad de ser vistos sin tener que explicar tanto. De ser escuchados sin un currículum emocional previo. De acompañarnos desde la empatía más simple: la del que sabe lo que es estar mal, aunque no sepa nada de tu vida”, dice por último la especialista y hace hincapié en la belleza de esta simple forma de vincularidad: “Una palabra sencilla, una escucha sin pretensiones, una presencia que aparece cuando más la necesitamos”. 

1 COMENTARIOS

EXCLUSIVO USUARIOS REGISTRADOSEXCLUSIVO USUARIOS REGISTRADOS

Necesitás registrarte para realizar comentarios

REGISTRARME

¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN

Te puede interesar

Comunidad

«Los jóvenes no necesitamos que nos traten como un problema a resolver»

POR Violeta Lacroze

La referente de proyecto Ánkyra comparte un testimonio sobre la crisis de soledad que enfrentan los adolescentes y la necesidad de crear espacios para sanar.

Inspiración

«Pasé años camuflando mi sensibilidad, pero hoy es mi brújula»

POR Sigrid Dziwak

Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.

Cine

Alcarràs

POR María Otero

El segundo film de la catalana Carla Simón es un bellísimo retrato sobre la vida rural en Cataluña y la importancia de los vínculos familiares.

nottt - BANNER footer_mobile -
-->
Mes de la Madre Mes de la Madre