23 de junio de 2025
“Podemos trabajar a nuestro propio ritmo y aun así tener éxito”, dice la escritora y poeta canadiense Rupi Kaur en su libro Todo lo que necesito ya existe en mí (Planeta). Y en esta sociedad que celebra la productividad constante, la frase suena tan esperanzadora como difícil de poner en práctica. Porque todavía existen muchos mandatos que nos llevan a considerar exitoso a quien asciende en su trabajo, tiene el celular siempre ocupado o puede hacer más actividades diarias.
“Hay que vivir la vida al máximo”. “Hay que aprovechar todas las oportunidades que se nos presentan”. “La vida es una sola”. Son algunas de las frases que nos han llevado, en la mayoría de los casos, a optimizar el tiempo “para que rinda más”. Entonces escuchamos un podcast mientras cocinamos, miramos la serie mientras tendemos la ropa, acompañamos a nuestros hijos con sus tareas a la vez que hablamos con una amiga, y trabajamos hasta cualquier hora (inclusive sábados y domingos) para que no haya huecos ni desperdicios, porque no hacer nada está mal visto socialmente.
“¿Por qué estamos viviendo una vida tan ocupada y caótica?”, se preguntan los desarrolladores estadounidenses Jake Knapp y John Zeratsky en su libro Make Time. Los autores ponen la mirada en “El club de los ajetreados” y “Las piscinas infinitas”, dos ideas que exploran a través de sus páginas.
Por “club de los ajetreados” se refieren a esa configuración que traemos por defecto, donde pareciera que estar siempre ocupados es lo que vale. “De acuerdo con la mentalidad del club de los ajetreados, si quieres estar a la altura de todas las exigencias del mundo laboral y además funcionar en la sociedad actual, has de ser productivo cada minuto. Si bajas el ritmo, te quedarás afuera y nunca te pondrás al día”, aseguran Knapp y Zeratsky.
En el caso de las “piscinas infinitas”, explican que es otra fuerza que compite por nuestro tiempo. Y tienen que ver con cualquier dispositivo o aplicación que tenga información disponible las 24 horas (como las redes sociales). ¿Qué hacen? Demandan nuestra atención: “Este tipo de entretenimiento es tu premio por el agotamiento de estar ocupado siempre. ¿Pero es imprescindible estar ocupado de esta manera? ¿O será que estamos todos atascados con el piloto automático?”, indagan los autores.
“Todos vivimos y operamos en una cultura que calcula nuestro valor en función de nuestra productividad: cuántas cosas conseguimos hacer, cómo de bien las hacemos, para quién las hacemos”, escribe Madeleine Dore en su libro Hoy no he hecho nada (Editorial GG). Y el doctor Matías Alet, neurólogo especializado en neurología vascular de la Fundación Iberoamericana de Salud Pública (FISP), explica que el concepto de productividad hoy no sólo se asocia al trabajo, sino a cada aspecto de la vida. “Desde las redes sociales hasta el ejercicio físico, muchas veces sentimos que debemos ‘rendir’ incluso en nuestros momentos de descanso. Vivimos en una cultura que premia el hacer constante. Como médico neurólogo, veo a diario las consecuencias de esta presión en forma de fatiga mental o problemas de memoria”, señala.
Otro punto en donde el especialista hace foco es en el rol que juega la comparación constante con los demás. “La comparación activa algunos mecanismos de recompensa y amenaza en el cerebro. Las redes sociales amplifican esto: vemos los logros ajenos y sentimos que debemos hacer más. Esto puede llevar a un modelo de productividad basada en la inseguridad, más que en la motivación genuina. El problema es que nunca alcanza. La evidencia indica que la autoexigencia excesiva y la comparación social son factores de riesgo para trastornos de ansiedad y depresión”, detalla Alet.
Dore apunta en la misma línea. “Cada vez que vemos a alguien exhibir el montón de cosas que hace como una medalla de honor —hablando de todo el lío que tiene, de que está a tope, de sus éxitos, de los elogios que recibe—, la comparación nos deja con una sensación de insuficiencia y con la presión de tener que imitarlo. Hacer, hacer, hacer…, sólo para no quedarnos atrás, para demostrar que valemos. Pero en el momento que fusionamos la capacidad productiva con la valía personal, lo que hagamos nunca llegará a ser suficiente. Siempre podremos hacer más y siempre habrá más pendiente de hacer”.

“Desde la neurociencia sabemos que los cerebros no funcionan mejor por hacer más cosas, sino por hacerlas con atención y descanso adecuado”, comenta Alet. Y subraya un dato: “En el consultorio veo pacientes jóvenes preocupados por olvidos, dispersión o fatiga mental, pero los estudios neurológicos no muestran enfermedad. Lo que aparece es un estilo de vida sin pausas, con exceso de pantallas y pocas rutinas saludables”.
En este sentido, un término que aparece en escena es el de multitasking (realizar muchas tareas al mismo tiempo), del cual se habla cada vez más por sus consecuencias negativas en nuestro cuerpo-mente: “El cerebro no está diseñado para dividir su atención entre varias tareas complejas. En realidad, no realizamos múltiples tareas simultáneamente, sino que cambiamos de una a otra a gran velocidad, un proceso conocido como switching, que tiene un alto costo cognitivo (puede alterar el sueño, la atención, la memoria, generar irritabilidad, menor tolerancia a la frustración y desconexión con uno mismo)”, expresa Alet.
Si bien sabemos que se trata de un hábito muy difícil de erradicar, podemos empezar por algo tan simple como en lugar de hacer más, intentar hacer mejor. “El cerebro necesita focalizarse, no fragmentarse. Trabajar en bloques de foco sostenido y luego descansar. Esto es mucho más efectivo que querer hacer todo al mismo tiempo. Porque la atención es un recurso limitado: si la distribuimos en exceso, ninguna tarea recibe lo mejor de nosotros”.
¿Cómo mejorar la concentración y evitar la sobrecarga? Antes que nada, sabiendo que para ganar tiempo y hacer lo que nos importa, necesitamos energía. Y esta energía se consigue cuidando el cuerpo. “Mi consejo es simple y a la vez desafiante: priorizar el sueño, reducir el consumo digital, hacer actividad física, caminar, respirar profundo, y reservar momentos para el placer. Sin espacios de descanso, nuestro cerebro se agota. El burnout es sólo la punta del iceberg de un estilo de vida que excluye el ocio”, según Alet.
Por eso, el especialista aconseja reconectar con el disfrute: “cocinar sin apuros, leer un libro sin interrupciones, mirar un atardecer sin pensar en la próxima reunión o hacer actividad física sólo por placer. Son pequeñas anclas que nos traen de vuelta al presente, estimulan el bienestar mental y emocional, y nos hacen bien”.
Tal vez debamos volver a dos preguntas clave: ¿qué es importante para mí? ¿Qué necesito yo? Y elegir. Porque no todos tenemos los mismos deseos ni necesidades, ni estamos en el mismo momento de la vida. Cuando hacemos ese click, todo se hace mucho más llevadero y no sentimos que nos estamos quedando afuera de nada. Como dice Greg McKeown en su libro Esencialismo, “hay muchas más oportunidades en el mundo, que el tiempo y los recursos que tenemos para invertir en ellas. Y si nosotros no establecemos prioridades, alguien más lo hará (y las agendas de otras personas/aplicaciones marcarán nuestra vida)”. Un buen día no tiene por qué ser siempre óptimo y productivo.
A lo mejor se trate —de a poco— de ir desarrollando una vida que logre balancear trabajo-ocio de una manera que sea sostenible en el tiempo. Y que, como Dore, “al final del día, en vez de reprendernos por lo que hemos hecho o no hemos hecho, podamos dejarnos seducir por los momentos normales y corrientes de la vida, y por lo que han podido aportar a nuestros días. Tal vez lo que de verdad tengamos que hacer hoy sea encontrar algo hacia lo que sentir curiosidad, algo que amar, algo que aprender. Y ese algo podría serlo todo”.
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