20 de febrero de 2026
“Los rituales transforman el estar en el mundo, en un estar en casa.
Hacen del mundo un lugar fiable”.
Byung-Chul Han
Algo en la forma de habitar el tiempo parece haber cambiado. No emerge como afirmación cerrada, sino como patrón que se reitera y que se ha acentuado tras la observación al recorrer distintas ciudades, atravesar museos y espacios culturales, observar escenas cotidianas, escuchar conversaciones al pasar, registrar gestos mínimos en cafés, bares, exposiciones de arte, espacios urbanos abiertos a la comunidad y repetir circuitos locales.
Sostener la atención resulta cada vez más desafiante. Cerrar una experiencia aparece como algo esquivo. Transformar lo vivido en relato exige un esfuerzo adicional. Las horas se colman de estímulos, aunque dejan una sensación difusa, como si nada terminara de decantar.
Son solo algunos de los signos urbanos registrados en microescenas que, al repetirse en distintos puntos del mapa, amplían el foco de observación y permiten que se configure una señal más amplia.
En un contexto de infoxicación, la experiencia cotidiana se organiza menos como relato y más como secuencia. Fragmentos que se suceden con rapidez, sin jerarquía clara, con cierres frágiles. Esta lógica dialoga con una práctica habitual que tiene que ver con los dispositivos culturales más representativos del presente: “el scroll infinito”, que prescinde de inicios y finales, manteniéndose en una continuidad permanente. Un ejercicio que no invita a la pausa. Por el contrario, se instala el loop, entendido como una secuencia que vuelve sobre sí misma y se repite una y otra vez.
Ese loop no solo estructura contenidos, sino que también modela una relación específica con el tiempo. La atención se activa de manera constante, mientras la experiencia queda suspendida entre estadíos itinerantes de observación. El costo cultural no aparece como falta de información, sino como dificultad para integrarla en un sin fin de momentos de otros, que son adentrados al diálogo interior del individuo y que, generalmente, nada tienen que ver con su momento presente.
El estímulo constante enciende emociones con facilidad que se disuelven con la misma velocidad. Irritación, excitación, inquietud y un grado de ansiedad permanente funcionan más como clima que como episodio. En este marco, aparece con insistencia una pregunta: ¿cómo recuperar un tiempo más habitable, menos artificial, más humano?
Un punto clave de la lectura contemporánea que encuentra eco en el ensayo de Walter Benjamin sobre la pérdida de la narración. El filósofo alemán advirtió que, cuando la experiencia deja de transmitirse como relato compartido, pierde espesor y capacidad de permanecer. Los hechos continúan ocurriendo, aunque ya no circulan como saber vivido ni como experiencia que se entrega a otro. La información se multiplica, mientras la narración —con su temporalidad propia, su pausa y su cierre— se debilita.
El resultado no es ausencia de vivencias, sino fragmentación: experiencias que existen, aunque resultan difíciles de integrar y de recordar para ser narradas con sentido.
El proceso viene dándose como señal de la época. Lo contextualizamos de acuerdo a ciertas contra señales que comienzan a emerger en distintas lecturas culturales y de consumo en ciudades europeas, como lo es la tendencia “Analog Social”: una revalorización de los rituales presenciales de frictionless o baja fricción, donde el encuentro se apoya en compartir momentos de conectividad análoga, presencial, simple. El eje se centra en recuperar condiciones de atención sostenida y secuencial dentro de un ecosistema hiperconectado.
En este marco, la tendencia no busca espectacularidad, sino que funciona desde el ritmo, la permanencia, la conversación o la experiencia compartida.
Conceptualmente, se identifica no como signo urbano cerrado, sino como espacio de experimentación cultural que responde a una evolución por capas, con hitos claros en los últimos años. La habilitación de escenas en las que el tiempo se organiza alrededor de la interacción, el turno y la permanencia se hace presente, por ejemplo, en bares y cafés que combinan gastronomía y coctelería de autor, café de especialidad en una ambientación inmersiva y curada.
La lógica se desplaza de la rotación rápida hacia la posibilidad de permanecer en tales lugares, lo que permite disfrutar de momentos de conectividad con otros y de sociabilidad en mesas compartidas, con propuestas artesanales que acompañan conversaciones sin urgencia, dentro del marco de una escena de presencialidad-presente.
En esos espacios, el juego de mesa se presenta como práctica transversal, intergeneracional urbana e introduce algo que el loop suele diluir: reglas, turnos, principio y final.
De acuerdo a la mirada del filósofo Walter Benjamin acerca de la erosión del relato, estas microescenas reinstalan una experiencia que puede contarse. La atención se ordena, porque el tiempo adquiere estructura. La emoción encuentra marco, se modula, se integra. La conversación aparece sin esfuerzo, ya que el dispositivo social se encuentra dado.
Más que sumar estímulos, ciertos lugares trabajan sobre la posibilidad de sostener una experiencia, habilitar la pausa y generar continuidad. El valor se desplaza hacia la curaduría del ritmo: crear escenarios donde el tiempo deje de fragmentarse y vuelva a sentirse compartido.

El patrón de la tendencia “Análoga social” acompaña a un mundo que aprende a convivir con lo digital de manera más consciente. Concientizar desde la educación, limitando el uso de smartphones dentro de las aulas, es una de las maneras de hacerlo. Ya se ven los primeros signos: en Francia se aprobó una ley que prohíbe el acceso de los menores de 15 años a las redes sociales y refuerza la restricción del uso de teléfonos celulares en centros educativos. La medida, que busca entrar en vigor al inicio del próximo curso escolar, apunta directamente a plataformas como TikTok, Snapchat e Instagram, con el objetivo de proteger la salud mental, emocional y social de niños y adolescentes.
Las señales de recuperación de la conexión humana son ciertas. Desde Almatrends detectamos ese mood en museos o exhibiciones de arte que incorporan actividades lúdicas, y cafés donde la conversación se despliega sin apuro, tras no tener disponible la red wifi. Son espacios lejos del algoritmo, en busca de la escucha que hoy en día tanto cuesta. Allí donde el relato de la narrativa vuelve a encontrar su lugar y el loop pierde centralidad. Y en esa pausa —breve, diseñada, posible— el tiempo se organiza nuevamente como experiencia habitable. Porque no se trata de abandonar lo digital, sino de equilibrarlo en nuestra vida.
*Sil Almada es analista de tendencias globales y escenarios futuros, formada en Copenhague. Fundadora de @almatrends Lab de tendencias, en alianza estratégica con Consultora W de estrategia de negocios, análisis del consumo y clima social de época.
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