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Psicología

4 septiembre, 2019

El beneficio de la duda

Darnos permiso para no estar del todo seguros. Elegir por fin un camino y luego, sin previo aviso, cambiar el rumbo. Un registro filosófico y muy actual, para compartir las claves que hacen de la duda un ejercicio necesario y saludable.


Dudo, luego pienso. Pienso, luego existo. Foto: Felix Mittermeier (Pexels).

Por María Eugenia Sidoti

To be or not to be. En Hamlet, la magnífica obra de William Shakespeare, se nos presenta esa gran duda que debe afrontar todo ser humano en el camino existencial hacia alcanzar la madurez. Ser o no ser es, entonces, una de las cuestiones que nos pone frente a la necesidad de tomar una consciencia cabal de nuestros pensamientos, de nuestros actos y, fundamentalmente, de nuestra finitud.

Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”.

René Descartes

La vida y la muerte, la fortuna y la desgracia, la felicidad y el sufrimiento… El tiempo pasa, nos vamos volviendo viejos, decía aquella vieja canción. El interrogante no es menor: ¿de qué manera estamos eligiendo vivir nuestra vida?

René Descartes, el filósofo francés que hizo de la duda su gran herramienta de pensamiento, la llevó a su máxima expresión: ¿cómo llegar a la verdad sin poner en duda hasta las más profundas certezas? Dudar de todo, metódicamente, fue su elección. Más tarde, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche también habló de esa cárcel cuyo candado sería la total convicción de que las cosas son tal como se nos presentan, según valores preestablecidos por parámetros que nos son totalmente ajenos.

“La duda es el principio de la sabiduría”, dijo Aristóteles.

Sin embargo, no todos se permiten dudar, aunque se trate de un ejercicio clave para buscar otras formas de ver y de pensar el vasto universo del que somos parte. El trajín diario nos obliga a tomar decisiones en serie, muchas veces automatizadas, en pos de alcanzar los objetivos de tener que actuar de un modo determinado, conforme a los cánones del mundo actual.

Es que dudar tiene mala prensa y muchas veces se le atribuye un poder paralizante (¡terror de la productividad!), aunque en verdad ese carácter solo se evidencia ante la compulsión o el recelo. Y, si bien un estudio de la Universidad de Liverpool revela que dar vueltas sobre un mismo asunto puede conducir a la ansiedad y la depresión, desde el punto de vista filosófico dudar es, simplemente, una respuesta necesaria ante lo inabarcable de nuestro firmamento.

Dudar permite frenar la precipitación del juicio y las acciones que son mera reacción. Quien duda considera y reconsidera, pesa y sopesa, discierne y distingue; en una palabra, hace que su vida sea resultado de la elección y no esa inercia de quienes se pierden en el coro aborregado de la sociedad”, escribe el escritor y filósofo mexicano Óscar de la Borbolla en el prefacio de su libro El arte de dudar, donde propone una guía para que la vida sea más que un acto meramente biológico y nos lleve por lugares inciertos, misteriosos, nuevos.

En su libro De profundis, lo pone en estos términos: “Creer es muy monótono. La duda es apasionante” .

Dudo, luego pienso

—¿Menú grande o pequeño? ¿Prefiere que las papas sean con cheddar y bacon? ¿La hamburguesa simple, doble? Y la gaseosa, ¿regular o sin azúcar? ¿Y quiere ir pidiendo ya algún postre?

—Eh…

Frente a una caja de ese paraíso del fast food que comienza con “m”, una mujer cae de pronto al fondo del profundo océano de la duda, mientras la cajera parpadea una y otra vez, bufando, sin poder creer lo que sus ojos ven: ¡por su culpa se armó una fila larguísima! El mal sueño de cualquier empleada del mes.

Es que nadie premia al que se demora, sin importar si esa persona quiere enfocarse, permitirse tomar la decisión que cree correcta frente a un determinado contexto en la más completa calma. El tiempo es un bien precioso, eso lo sabemos bien. Pero, ¿qué pasa cuando nuestra órbita temporal se vuelve demasiado subjetiva y acaba poniendo a los demás un poco nerviosos?

—Si tanto les molesta deberían poner un cartel que diga “Prohibido dudar“—se escucha decir a alguien que está también en la fila, pero no tiene prisa por hacerse de un combo, como los demás.

Vale tomarse un tiempo para elegir, dudar, y volver a elegir. Foto: Iván Torres (Pexels).

Ni qué hablar de la falsa promesa de libertad que nos ofrece la loca carrera del consumo: góndolas llenas de productos que nos tientan a elegir entre sus “múltiples” opciones, en un engranaje que cambia las etiquetas, pero ofrece una y otra vez las mismas cosas. “La elección es el resultado del juego de los intereses dominantes“, decía en El hombre unidimensional el sociólogo alemán Herbert Marcuse, allá por 1964.

Hoy los pensadores siguen creyendo que dudar es un ejercicio liberador, un arma letal contra el conformismo. Siempre y cuando no nos deje en modo stan by y nos lleve a la acción, al cambio, a la transformación. A la noción de que, dudando, seremos cada día un poquito más sabios.

El coach español José Luis Moreno lo pone de manifiesto en una columna para la revista Wall Street International: “La duda es el motor de nuestra vida si somos capaces de, junto a ella, tomar decisiones sensatas. Sin dudar no se conoce. Sin equivocaciones tampoco. Dudar es preguntarse, es no quedarnos satisfechos con nada, no acomodarnos, no creer lo que nos dicen. La duda nos obliga a preguntarnos, nos hace equivocarnos para volver a reflexionar o cuestionar hasta nuestra propia existencia. Por eso las dudas pueden ser siempre un referente en nuestras vidas. Las dudas marcan la prudencia“.

La duda es el motor de nuestra vida si somos capaces de, junto a ella, tomar decisiones sensatas. Sin dudar no se conoce. Sin equivocaciones tampoco“.

José Luis Moreno

La duda, ese estado de inestable equilibrio entre el sí y el no, tal como la describe de la Borbolla. Esa ausencia de prejuicio; esa oportunidad de considerar las cosas desde otro lugar. Cambiar el punto de vista una, dos, las veces que haga falta, ¿por qué no? Aunque nos duela saber que, necesariamente, ese proceso nos llevará al error, al sufrimiento y quizás a alguna que otra pérdida.

¿No es peor, acaso, perder la razón?

En su libro Elogio de la duda, la filósofa Victoria Camps celebra el acto de dudar como un bálsamo ante la irracionalidad, una forma de liberación para el espíritu cuando ha sido oprimido por las vísceras. “Dudar es dar un paso atrás, distanciarse de uno mismo, no ceder a la espontaneidad del primer impulso. Es una actitud reflexiva y prudente “, en palabras de Camps.

Las máquinas solo saben de certezas

Así de seguro como estaba Descartes, porque dudaba de que existieran certezas mayores que las del ser y el pensamiento, también estaba el pintor Pablo Picasso ante una realidad: en la duda reside también nuestro carácter humano. “Las computadoras son inservibles. Solo te pueden dar respuestas“, señaló. Esa inteligencia artificial, regida por algoritmos, no alcanza ni de lejos la certeza luminosa y profunda que, imaginamos, percibió Arquímedes antes de gritar por fin “¡Eureka!“.

En el fondo, se trata de ejercer nuestro poder de discernimiento, a la hora de considerar cada acto de nuestra vida según ese simple, aunque complejo, beneficio.

Entonces, a la pregunta de si las dudas destruyen o no la verdad, podríamos responder con las palabras del gran escritor ruso León Tolstói (vale poner su mismo gesto adusto, detrás de una enorme barba blanca imaginaria): “No, claro que no, ¡la fortalecen!”.

Claves para permitirnos dudar

  • Asumir el riesgo: cuando dudamos nos arriesgarnos y podremos perder algo en el camino, pero también viviremos nuevas experiencias y saldremos fortalecidos de ellas.
  • Dudar es saludable: siempre es una buena opción permitirnos entregarnos a la duda, pero hacerlo compulsivamente no lo es.
  • Evaluar otros escenarios: no se trata de perder de vista nuestros objetivos, sino de permitirnos una segunda opinión para transitar un determinado momento.
  • Sin dudas no hay conocimiento: el ser humano es curioso por naturaleza y requiere información para satisfacer su inagotable demanda intelectual.
  • Dudando, el hombre alcanzó sus más grandes descubrimientos. ¿Qué habría pasado si la humanidad se hubiera dormido en los laureles de las falsas certezas?

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