2 de marzo de 2026
Como tantos alumnos de la Argentina, hoy mi hijo vuelve a clases en el nivel secundario. Mentiría si dijera que está súper entusiasmado y que no quiere seguir de vacaciones un mes más, o incluso dos. Sin embargo, al verlo acomodarse prolijamente el cuello de la chomba y peinar su flequillo a un lado con tanto cuidado —última moda, al parecer— siento una enorme ternura y, al mismo tiempo, un dejo de nostalgia. ¿Cuándo fue que creció tanto? ¿Dónde quedó aquel chiquito de pintor anaranjado que iba dando saltitos hasta el jardín?
El primer día de clases siempre tiene algo de magia. Aunque la noche anterior nadie haya podido dormir y todos seamos protagonistas de una película de zombies cuya banda sonora son los bocinazos de una ciudad colapsada por autos en doble fila. En el aire flota olor a algo nuevo. A todo eso que se abre de cara al inicio de otro ciclo.
Al llegar, la puerta del colegio es un cúmulo de emociones: ansiedad por ver a los amigos de siempre y curiosidad por descubrir quiénes serán los compañeros y profesores nuevos. Los varones se saludan con un forcejeo de manos o con un empujón brutal aunque, en el fondo, cariñoso. Las chicas se dan abrazos que parecen no terminar nunca y se acomodan las polleras, antes de que las reten al ingresar porque “están demasiado cortas”. Y aunque no pueden usarlo en el colegio, la mayoría lleva su teléfono en la mano.
Es lindo mirarlos desde la adultez: sus ojos brillan, se ríen con ganas, cargan todas las ilusiones de un futuro hermoso por delante. Se los ve felices, como en esas fotos que publican en redes sociales. O, al menos, eso parece a simple vista. Porque en muchos casos la realidad es otra.
Esta vez, por ser el comienzo, los padres también entramos. En el patio hay griterío de reencuentro y aroma a café con leche con tostado que llega desde el bufete. El sol de la mañana ilumina un árbol, testigo silencioso de cómo crecen nuestros hijos. Ojalá posaran más los ojos en sus ramas —pienso—, en sus hojas todavía verdes que caerán pronto con la llegada del otoño para inaugurar una alfombra dorada. Ojalá miraran más hacia arriba y menos las aplicaciones del celular.
En el salón de actos nos recibe el director, que siempre está alegre y dispuesto a la charla. El encuentro suele ser breve: junto a su equipo explica la dinámica del nuevo año, los horarios, cómo se calificarán las evaluaciones y cuántas faltas podrán tener los chicos. Pero esta vez es distinto: este comienzo, al parecer, lo tiene preocupado.
“Durante todo el mes de febrero fuimos recibiendo a las familias de chicos que están atravesando algún trastorno de salud mental”, comienza. Él, que suele hacer chistes, esta vez no sonríe. En cambio habla de depresión, de ansiedad, de desórdenes psicológicos graves que están haciendo estragos entre nuestros adolescentes. “Hay varios casos de internaciones que estamos acompañando”, comparte, muy serio. Y es tan triste escucharlo.
De acuerdo con informes del Ministerio de Salud de la Nación, cada día un adolescente de entre 10 y 19 años se quita la vida en la Argentina. En los últimos 50 años, las tasas de suicidio aumentaron un 60% a nivel mundial y, según datos de UNICEF, el suicidio es la segunda causa de muerte adolescente en nuestro país. Los detonantes son múltiples y todos requieren una revisión urgente: la ausencia de personas o instituciones que contengan y acompañen, el padecimiento mental no atendido, el abuso sexual, el bullying y el ciberacoso, las expectativas sociales y las dificultades para atravesar la transición hacia la adultez.
Según la Organización Mundial de la Salud, por cada suicidio consumado ocurren entre diez y veinte intentos. La situación es grave y necesita un abordaje amplio. Para lograr tejer esa red capaz de detener la caída, la familia, la escuela, los profesionales de salud mental y la sociedad en su conjunto somos piezas fundamentales. Para sostener, para acompañar pero, sobre todo, para garantizar que no se desvíe la mirada.

Todos los que estamos en ese salón sabemos lo difícil que puede ser la adolescencia. A mí, en particular, me tocó atravesar momentos de profunda tristeza. A mis quince años —casi la misma edad que tiene mi hijo— sentí que había perdido la poesía de la vida. Visto en retrospectiva, hoy puedo identificar que la mayor causa fue sentir que el mundo era un lugar demasiado injusto, en especial para las personas más frágiles. Sumado a un miedo que lo dominaba todo: a fallar, a no ser suficiente, a quedar afuera, a no animarme, a no cumplir con las expectativas, propias y ajenas.
Durante ese tiempo, lo que más me ayudó fue pasar tardes enteras en silencio bajo el árbol del fondo de mi casa. Sobre sus raíces, junto a mi perra, lloré por todo lo que me dolía. Aquel árbol fue mi gran refugio. Deseo que el que se encuentra en el patio del colegio de mi hijo pueda ofrecer, en los momentos de desazón, ese mismo cobijo a los corazones heridos. Porque crecer también es eso: hacer que florezca nuestra resiliencia.
“Queremos avisarles que vamos a ser implacables con los casos de bullying”, continúa el director. “No vamos a tolerar burlas ni desprecio por lo diferente. ¿Qué hay de malo si a ellos les gusta hablar y yo soy callado? ¿O si a ella le gusta ir a bailar y yo prefiero quedarme en mi casa? En lo distinto nos nutrimos. Todos tenemos algo que nos une: somos humanos. La vida sería muy aburrida si todos actuáramos igual”, sostiene.
Sus palabras nos dejan pensando. El año pasado atravesamos un momento difícil: una compañera del curso fue víctima de una cuenta anónima creada para burlarse de ella en las redes sociales. A sus trece años vivió una crisis profunda y nunca se supo fehacientemente quién fue. No obstante, algo salió bien: madres y padres nos reunimos, abrimos el diálogo entre nosotros y lo replicamos en cada casa con los chicos. Todos aprendimos algo.
Sabemos que ninguno de nosotros está exento de atravesar una experiencia parecida. Que el uso extendido de dispositivos digitales y la escasez de horas de presencia no ayuda en este contexto que requiere más amor que nunca. Sin embargo, podemos crear comunidad, construir lazos, hablar de lo que duele y poner en valor lo luminoso que hay en cada uno.
Suena el timbre del recreo y la reunión termina. Nos vamos con una sensación ambivalente: alegría por el nuevo comienzo y conciencia plena de que nuestra tarea como padres se volverá cada vez más desafiante. Para despedirnos, el cura párroco toma la palabra. Nos habla de inteligencia artificial y de un mundo donde, muy pronto, casi todo podrá ser creado por máquinas. “Por eso, en medio de lo que estamos viviendo —dice— honremos lo más grande que Dios nos dio: ser humanos”.
Los adultos nos vamos, los chicos se quedan. Entonces pienso que, quizás —hoy más que nunca— nuestra tarea es tan noble como valiente: hacer que la vuelta a clases no sea solo el inicio de un año lectivo más, como tantos otros, sino que se convierta en la gran oportunidad de parar la vorágine del día a día para ver las cosas desde otro lugar. Para aprender todos, hijos y padres, a mirar y a mirarnos más compasivamente.
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