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14 abril, 2014

El amor en los tiempos del tinder


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Parece ciencia ficción, pero no. Cada vez más personas desisten de encontrar relaciones en espacios físicos palpables. La especialista Sherry Turkle explica qué hay detrás de un fenómeno que mueve multitudes on-line y que, lejos de acercar corazones, en muchos casos, puede dejarlos más solos. ¿Cómo conectar realmente con el otro en épocas de pantallas? Por María Eugenia Sidoti.

Chocolate por la noticia: conseguir pareja on-line es trend topic entre la muchachada. Jóvenes y no tanto lo ponen sobre la mesa en el bar e incluso hay quienes, osados, hasta lo llevan a la sobremesa del asado en familia. “Abuela, estoy feliz, conocí a alguien… por Tinder”. Difícil de digerir, sí, pero será cuestión de aggiornar a la nona. Una nueva forma de entablar relaciones viene abriéndose camino y habrá que dejarse llevar. O mejor –y puesto en términos digitales, tan en boga–, #Aprender a llevarlo será el hashtag.

Claro que, como todo nuevo fenómeno, lo que lleva por el momento son páginas y páginas escritas al respecto. Que tal es el sitio más confiable (o el menos), que aquella es la aplicación estrella para guiar hasta posibles medias naranjas a través del teléfono celular. Consejos que van sumados a testimonios alentadores de gente real que encuentra un amor a primera no vista. Esto, básicamente, pone de manifiesto una realidad: a la soledad se la intenta “matar”, cada vez más, virtualmente.

Es probable que, en el fondo, solo haga falta reflexionar más y mensajear un poquito menos. “Juntos pero solos: ¿Por qué esperamos más de la tecnología y menos el uno del otro?” es el título del último libro de Sherry Turkle, una psicóloga especialista en la materia, profesora de Estudios Sociales de Ciencia y Tecnología en el Massachusetts Institute of Technology, que se propone impulsar ese tipo de pensamiento. Pionera a la hora de hablar del complejo entramado que componen vínculos sociales y redes de comunicación virtual, Turkle critica: “Nos estamos acostumbrando a estar juntos en solitario”, y, sin ponerse colorada, reconoce al mismo tiempo que duerme pegada a su teléfono celular. Ese tic de madre soltera preocupada por no perder contacto con su única hija en todo momento, en todo lugar. “Personifico la gran paradoja: analizo el problema de estar todo el día metidos en nuestros teléfonos, pero los mensajes de texto de mi hija son un abrazo para mí”. Esas cosas. Reflexión y sentimientos no siempre van por el mismo carril.

Comparto, luego existo. ¿Qué nos pasó, que andamos todo el día pegados a una pantalla a la hora de amar al prójimo? Los datos son contundentes: un reciente estudio de la Universidad Northwestern de Chicago demostró que una de cada cinco parejas de Estados Unidos nace por Internet, lo que la convierte en la segunda forma más común de relacionarse con otros. ¿La primera? Lugares de estudio y de trabajo. Y aunque hay quienes festejan estas nuevas formas de encuentros on-line, por múltiples, por prácticas, por diversas, los psicólogos de la investigación se permiten dudar de que todo sea color de rosa a la hora de cliquear afecto. “En muchos casos, opera la lógica de los supermercados. Las muestras arrojadas ponen en evidencia que la gente a la que se le presentan muchas opciones tiende a tomar decisiones pobres y perezosas”, escribieron a modo de conclusión.

Las cifras indican que desde 2005, año en que comenzó el boom de las citas por Internet, el fenómeno se duplicó, y hoy, la mayoría de los usuarios admite haber usado estos sitios o tener amigos que consiguieron relaciones a través de ellos. Esto, por no mencionar las salas llenas de “contactos” que prometen, con sus píxeles de colores, las redes sociales.

“En 1996 saqué un libro que celebraba nuestra vida en Internet. Como psicóloga, me interesaba saber cómo usaríamos nuestro aprendizaje en el mundo virtual para nosotros, para nuestra identidad, de modo de vivir mejor en el mundo real. Pero ahora veo que se ha vuelto un problema en lo que respecta a la manera como nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos, y esa forma de vincularnos afecta ciertamente nuestra capacidad de reflexión”, explica Turkle, quien, a la hora de las definiciones, es categórica: “On-line se pierde la ‘parte humana cruda’ de ser uno con el otro”. No obstante, y optimista al fin, señala que pasada la novedad, la gente va querer recuperar intimidad, dando lugar a nuevos modos, más reales, más nutritivos, de comunicación.

Pero ¿por qué este fenómeno se ha vuelto tan potente? En su última conferencia TED, Turkle expuso: “Esperamos cada vez más de la tecnología y menos de los demás porque ella no llega donde somos más vulnerables. Estamos solos y tenemos miedo a la intimidad, y la tecnología nos brinda la ilusión de la compañía sin las exigencias de la amistad. Los mensajes de texto, los correos electrónicos y las publicaciones virtuales nos permiten editar esa persona que queremos ser y retocar o borrar aquello que no queremos mostrar. Y la gente quiere poner su atención solo en la parte que le interesa. Para muchos, la conversación real plantea un desafío: es en ese momento y no se puede controlar todo lo que se va a decir. Entonces, como las relaciones humanas están vivas y son demandantes, complicadas, pretendemos ‘limpiarlas’ con el uso de la tecnología; borrar la parte fea o aquello que no nos interesa, sacrificando la conversación en pos de la simple conexión. Conectarse así es un síntoma. Una comunicación en sorbos, que sirve para un ‘te quiero’, pero no para aprender de los otros, conocernos y entendernos. Al huir de la conversación, dejamos de hablar con nosotros mismos y eso puede dejarnos realmente solos”, señala.

Habrá qué ver cuál es la clave. Ese password de entrada a esa nueva era que Turkle igual presenta como auspiciosa. Tiempos de establecer relaciones tomando en cuenta una nueva, vieja variable. “Aquello que la tecnología hace fácil no siempre es lo que nutre al espíritu humano”, define. Y el desafío estará en saber encontrar esa sutil diferencia, para comenzar a usarla a nuestro favor.

“No digo que nos alejemos de los dispositivos, sino que los usemos de una manera consciente. Es un trabajo, pero sabemos cómo hacerlo, llevamos años viviendo con la tecnología. No dejemos que ella nos lleve hacia lugares a los que no queremos ir. Aprendamos a estar solos y a escucharnos entre todos… ¡aun en las partes aburridas!”. Este es el mensaje de Sherry Turkle. Una mirada, un guiño, que intenta abrir los ojos de quien quiera ver más allá de la pantalla. 

Sherry Turkle (66).

Psicóloga especialista en nuevas tecnologías y relaciones sociales.

Nació en Brooklyn, Estados Unidos. Estudió Psicología, se mudó a París para vivir la efervescencia de los años sesenta y luego realizó un doctorado en Sociología y Psicología en la Universidad de Harvard. Es profesora de Estudios Sociales de Ciencia y Tecnología en el Massachusetts Institute of Technology y además fundó y dirige la iniciativa “La tecnología y el Yo” del MIT. En 1984 publicó el libro El segundo yo: las computadoras y el espíritu humano, donde hablaba con una mirada esperanzadora sobre cómo las tecnologías podían cambiar no solo lo que hacemos, sino lo que somos. En su último libro explica que es tiempo de recuperar ese único ser que somos a solas y con los otros. 

“Las relaciones virtuales me dejaron un sabor amargo”

Luciana Salinas (34), Periodista.   

Empecé con las citas on-line después de separarme, hace tres años. Me registré en dos sitios, llenando largos cuestionarios en los que no siempre contaba todo tal cual era. Por ejemplo, que no pesaba los kilos que constaban en mi ficha. ¿Quién iba a subirme a una balanza durante una cita?

Y me autoedité para gustar. Así que cuando llegó el momento de poner una foto, elegí una donde solo se veían mi pelo y una sonrisa de lindos dientes. Es que me sentía expuesta y tuve miedo de que me vieran amigos o compañeros de trabajo. O, más bien, tuve miedo de no gustarle a nadie si me mostraba de verdad.

Entonces, aparecieron los “candidatos”. Primero a través de mensajes on-line, luego por mail y por último en chats privados o en el celular. Eran hombres que me decían: “Qué linda, te quiero conocer”. ¡Una locura! ¿Cómo dejar de “hablarles”? Sentía fascinación por lo nuevo y un extraño poder. Si algunos me decían cosas subidas de tono, los borraba. A otros les contaba cosas maravillosas de mí. Con muchos establecí conversaciones interesantes, aunque breves. Y hasta me “enamoré” de un par de perfiles que nunca pude comprobar como reales.

Me cité con algunos. Hubo quienes no fueron (¿o me vieron y no se acercaron?). Y tuve mis fiascos. Por suerte, no corrí ningún peligro, ese temor siempre latente. La mayoría de las veces, al volver a casa, me preguntaba por qué seguía haciéndolo…

Hoy, que me deshice de mi “yo” on-line (versiones de mí misma que poco y nada tenían de mí), puedo decir que a mí las relaciones virtuales me dejaron gusto a poco. Con el aditivo de un sinsabor: el de haber estado largo tiempo en un mercado de seres consumibles. Si algún día esperé vanamente que alguien me eligiera, sacándome por fin de la góndola de la soledad, ahora prefiero estar lo más lejos posible de ser un producto en oferta, adquirible con un clic. No, gracias. “Sola, antes que mal acompañada”, decía mi abuela.

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