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Sociedad

19 mayo, 2017

Elogio de la juventud

No, los jóvenes de hoy no están perdidos. Hoy te compartimos las historias de quienes, a sus veintipico, decidieron protagonizar un verdadero cambio de paradigma a través de acciones posibles y cotidianas, en pos de un mundo mejor para todos.


Por Marina Do Pico

“La juventud está perdida”, dicen. Hablan de nuestra adicción a la tecnología, de la cantidad de horas que pasamos en las redes y de nuestro déficit de conexión humana. De que somos inestables y no nos definimos, de nuestra supuesta “falta de responsabilidad” y de lo difícil que nos es conseguir trabajo. Pero debajo de esa carcaza de características generales, se esconden otras menos visibles y mucho más interesantes: las nuevas generaciones traen consigo una particular conciencia sobre el mundo, y la plasman con convicción en cada aspecto de su vida.

Los jóvenes de hoy, cada vez más, buscamos trabajar en empresas que generen una huella positiva en el mundo. Como tenemos una desconfianza innata de las jerarquías, somos una generación de emprendedores: nos adaptamos a la inestabilidad del mundo, porque no conocemos otra forma. Trabajamos freelance, comenzamos nuestros propios proyectos, somos nuestros propios jefes. No tenemos el fatal idealismo de los Baby boomers ni el pesimismo de la Generación X: nuestra actitud es pragmática, hacemos elecciones acordes a nuestros valores y vivimos de una forma que nos resulta armoniosa con el mundo. No pedimos una revolución ya; poco a poco, la vamos realizando desde nuestras vidas.

Ejemplos de esto son los jóvenes que, en diálogo con Sophia, hablaron sobre las distintas formas en que se comprometen con el mundo, cómo buscan coherencia con sus valores y cómo expresan estos valores en sus trabajos, sus vocaciones y sus vidas cotidianas.

Tiene 21 años, es música, estudiante de Ciencias de Comunicación en la UBA y trabaja en una empresa de agricultura orgánica y comercio justo llamada Interrupción, que deriva su nombre de la idea de “interrumpir” el sistema de producción tradicional en pos de un sistema alternativo que respete al planeta y a las personas. Gina comenzó a trabajar en Interrupción apenas terminó el secundario, tras haber entrevistado a la empresa para su monografía de último año. Cuenta que cuando empezó “era mucho más idealista, eso se me pasó un poco”. Ahora ya no piensa en “salvar al mundo” o en tener un gran impacto, sino en “vivir la vida de una forma que afecte lo menos posible en forma negativa a otros seres humanos y al medio ambiente”.

Dice estar muy feliz con su trabajo porque va con sus ideales y le da la posibilidad de contribuir de forma positiva. Sin embargo, aclara que mantiene una mirada crítica y no lo ve todo color de rosa. El tiempo de experiencia en la empresa (va por su cuarto año), le ha enseñado que no todo es tal idílico como pensaba y que llevar adelante este tipo de cambio de paradigma no es fácil y requiere mucho esfuerzo por parte de la empresa y de las comunidades de agricultores: “construir juntos es mucho más difícil de lo que se veía”. El idealismo dura poco y con la adultez empieza a pesar más la responsabilidad, pero los valores persisten.

En cuanto a la vida cotidiana, Gina cree que se trata de buscar un equilibrio entre poder hacer lo que a uno lo hace feliz y ser responsable con el mundo y con los demás. Cree que cambió mucho la forma de relacionarse con el compromiso social ya que antes era más bien visto como una actividad extra que podía contradecirse con las decisiones y actitudes cotidianas. “Antes ‘hacer algo por el mundo’ podía ser donar cada tanto una suma a alguna caridad, mientras que en el trabajo y en la vida se deshacía toda esa intención positiva en hábitos, elecciones y actitudes que sumaban una huella negativa enorme. La forma que estamos adquiriendo muchos es que hacer algo por el mundo no sea una actividad aparte de tu vida y de tu rutina, sino que esté inserto en ella y que ni siquiera sea ‘hacer algo por el mundo’ sino simplemente volverte más consciente y más coherente. Eso, inevitablemente, se va a ver reflejado en tus acciones”, concluye Gina.

Se levanta todos los días al alba, desayuna, se prepara un tupper con frutas para el día y se sube a su bicicleta para pedalear a la facultad en el centro. Tiene 20 años, es estudiante de Artes Visuales en UMSA y aspira a desarrollar una carrera como ilustradora. Lleva su cuaderno de dibujo a todas partes: dibuja en el transporte público, en un concierto, mientras charla con amigas. Siempre encuentra algo digno de retratar.

En sus obras predomina la temática urbana y su lugar de mayor inspiración es el tren, donde viaja todos los días con su bicicleta a cuestas. Allí, se entretiene retratando la diversidad de personas. Abundan en su obra retratos de gente en situación de calle o trabajadores desplegando sus rutinas. “Primero, porque es lo que me rodea en lo cotidiano, lo que veo todos los días. A su vez me choca bastante que en esta época donde todo es visibilidad, donde la gente hace públicas cosas de la intimidad, se omitan estas realidades; se las pasa por al lado y se las ignora”.

Obra: Durmiente, de Luisa Lerman.

Luisa resalta que prefiere acercar estas imágenes, no desde el lado de la pena, sino a través de entender la realidad del otro. Y cree firmemente que, si tratamos de acercarnos y abrirnos a otras realidades, ganamos perspectiva y comprensión. Por eso, le resulta muy importante abordar estas temáticas. “Ellos son el ejemplo vivo de los desastres de este sistema y no los podemos ignorar, porque nos concierne: todos somos parte”, explica.

Obra: Raíces II, de Luisa Lerman.

Otra temática que predomina en la obra de Luisa es el mundo vegetal, que aparece casi siempre inserto en los ámbitos urbanos como por un pincelazo de magia. Las dibuja entre las personas, brotando de sus cabezas o del diario que están leyendo. “La vegetación que elijo que esté en mis obras son plantas que se las arreglaron para estar presentes en la ciudad, ya sea entre las vías del tren o creciendo entre baldosas. Resisten, están ahí y persisten ante el sistema, como nosotros. Me gusta pensarlo como que pasamos tanto tiempo en los transportes, que terminamos echando nuestras propias raíces ahí”.

También anda por los veintipocos. Es ceramista, artista visual, joyero −con su hermano crearon la marca de anteojos de madera D’Anconia Eyewear y estudia Filosofía en la Universidad Nacional de San Martín.

Cuenta que desde chico le gustó la estética de lo reutilizado. En principio lo aplicaba en el arte y luego lo fue llevando a su forma de vestir. Nicolás trata de comprar la menor cantidad de ropa posible y cuando lo hace, elige ferias o tiendas de segunda mano. Le gusta intervenir su ropa y darle una impronta personal. Con los años esta inclinación se volvió política: busca reducir al máximo el consumo, no traer nuevos objetos a este mundo y valerse de los que ya existen. Dice que nuestra cultura de consumo exacerbado, descarte y desecho le parece “de terror”.

Más tarde en su vida apareció el veganismo, otra postura política de consumo que se basa en tener conciencia de cómo repercuten nuestras decisiones cotidianas sobre las vidas de los animales. “Ni siquiera es hacerles un bien, yo no considero que estoy salvando animales, hay muchos que dicen ‘si sos vegano estás salvando 60 animales’, no, eso es una falacia −aclara-. Yo no estoy salvando animales, simplemente no los estoy condenando. Es un punto neutro en un principio”.

Como Luisa, Nicolás se mueve mayormente en bicicleta, buscando prescindir del petróleo. Dice que este hábito empezó simplemente por conveniencia, cuando −bromea− “cayó en la bicicleta pública” y se dio cuenta de que llegaba a los lugares más rápido que en colectivo.

En su trabajo, Nicolás prioriza los procesos sustentables, el reciclado de materiales y mensajes que hagan reflexionar o acerquen consignas políticas que le importan. Por ejemplo, diseñó un collar con la cara de una mujer llorando y atrás grabó: “En honor a todas las victimas del patriarcado”. En la realización de anteojos con su hermano, utilizan un sistema con bajo desperdicio de madera. También le interesa intervenir espacios con murales que hagan reflexionar: en uno colocó un espejo y pintó alrededor la frase “La sociedad es el reflejo de uno”.

Tiene 22 años, es luthier y tiene su propia marca y taller: Frisari Guitars and Basses. Su tiempo libre lo dedica a realizar actividades comunitarias que buscan fomentar la conexión con la naturaleza y el cuidado por el medio ambiente, concretamente en el río de Vicente López. Hace tres años que frecuenta este espacio, y de tanto ir se empezó a encariñar. Junto con otros activistas de la zona empezaron a hacer huertas, espacios para fogones y construcciones en los árboles. Entre todos cuidan el espacio, levantando basura y asegurando que no se hagan fuegos en zonas no aptas. Le dicen “el ranchito” y Nicolás dice que en ese lugar pudo ver “potencial para un montón de cosas”.

Y tenía razón: hace un mes conoció y empezó a colaborar con una organización ubicada al lado del ranchito, llamada Centro de Actividades Educativas Camino (CAEC), que se dedica a realizar diversas actividades para personas con discapacidades, entre ellas deporte, arte y huerta. Con los chicos están construyendo un vivero y Nicolás colabora realizando visitas guiadas, aportando su mano experta para las construcciones de madera y dando talleres de música para los chicos. Según dice, “lo bueno que tiene el vivero es que es comunitario, la gente puede ayudar y al ayudar terminan fusionándose los chicos discapacitados con la comunidad, que es lo que busca el vivero”.

Para conocer el trabajo y la producción artística de los entrevistados, podés visitar los siguientes enlaces:

D’Anconia Eyewear

Interrupción 

Página de la artista Luisa Lerman

Frisardi Guitars and Basses 

Su interés por la música y su pasión por la construcción y creación devinieron en su vocación de luthier. “Soy creador de muchas cosas que me interesan. Vi que tenía potencial para las guitarras, pero podría haber sido otra cosa tranquilamente”. Además de crear los instrumentos desde cero, restaura guitarras en mal estado y recicla materiales de manera creativa. “El luthier siempre tiene un aspecto ecológico bastante latente. Me gusta recolectar y usar las cosas que deja la calle”, sostiene.

Nicolás es también consciente con sus hábitos de consumo: se hizo vegetariano a los 18 años, cuando se informó sobre el tema y naturalmente fue rechazando la carne: “En algún punto de mi vida lo decidí y ya lo hago todos los días sin pensarlo”. Dice que para él fue una decisión muy personal y que es el único vegetariano de su familia.

Él también cree que se está dando un cambio cultural muy importante y que hay cada vez más acción de la juventud. “Es algo que se viene dando muy progresivamente y en incremento”, describe y cuenta que en el río de Vicente López se formó un núcleo de defensa por un espacio: “Lo bueno de esta movida es que es totalmente auto-gestionada y nos juntamos a decidir sobre lo que va a pasar todos los viernes a determinada hora y ahí pensamos el rumbo que queremos tomar”. También se ocupan de pasar la posta a las generaciones que vienen: hace poco realizaron visitas guiadas a 200 chicos del Colegio La Salle y se realizaron distintas actividades, entre ellas, una charla sobre el accionar ciudadano en la que se profundizó sobre la historia de Vicente López, en relación a temas ambientales y la defensa de los espacios verdes.

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Estas historias nos muestran la diversidad de formas en que la juventud de hoy buscan darle significado a sus rutinas, sus vocaciones y los trabajos que eligen, tratando de vivir acorde con sus valores y principios. A contrapelo de algunas ideas que se reproducen en torno a nuestra generación (“la generación del ya, ya, ya” y el todo instantáneo), existen grupos de jóvenes que entienden la vida y los cambios de la sociedad como procesos graduales y lentos y creen firmemente que los cambios de paradigma se gestan con las pequeñas grandes decisiones de cada día. Y, consecuentes, eligen empezar por casa.

Fotos: Agradecemos a Juli Cabello, Pedro Martin, Luisa Lerman, Fede De Luca por las imágenes. 

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