15 de septiembre de 2026
En Japón existe una tradición centenaria que consiste en reparar la cerámica rota con oro. Se llama kintsugi y su premisa es sencilla: allí donde la pieza se quebró, en lugar de disimular la fractura, se la resalta con una veta dorada que queda a la vista para siempre. El objeto restaurado nunca vuelve a ser igual a como era antes del quiebre y, sin embargo, los maestros artesanos sostienen que resulta más valioso después de la reparación que antes de ella, porque la marca cuenta una historia y ese relato le suma belleza.
La imagen funciona como una llave precisa para entender lo que distintos estudios sobre el envejecimiento documentan hace décadas. Atravesar pérdidas, cambios de rumbo o “resquebrajaduras” en la vida, no necesariamente apaga el bienestar de una persona y lejos de presentarse como un obstáculo, esos pasajes conviven con nuestra capacidad de disfrutar y de elegir.
Al comenzar la década de los 60, cargamos con infinitas experiencias, buenas y malas, que nos han moldeado. El desafío es hacer uso de esas herramientas que nos permiten seguir adelante en conexión con nuestra plenitud y vitalidad. La pregunta que surge es: ¿cómo?
Existe un término actual impulsado desde la psicología del desarrollo denominado “la paradoja del bienestar en la vejez”.
Según lo explica la psicóloga Desireé Orellano, “aunque con el paso de los años pueden aumentar las pérdidas o surjan ciertas limitaciones, muchas personas mayores mantienen niveles relativamente altos de satisfacción con la vida”.
Diego Bernardini, médico, escritor y director del Diplomado Internacional en Nueva Longevidad, ubica esa paradoja en la idea del economista David Blanchflower, quien describió una curva de bienestar con forma de U: alta en la juventud, baja en la mediana edad y ascendente otra vez a partir de los 50 o los 60 años.
El especialista identifica dos pilares centrales del bienestar en la tercera y cuarta edad: los vínculos afectivos y la salud física.
«Lo que importa es la calidad de los vínculos. No hablamos de tener muchos amigos, sino pocos, personas con las cuales compartir los aspectos profundos de la propia vida», dice apoyándose en datos de un estudio de Harvard.
En cuanto a la salud, señala que se trata como el gran indicador cualitativo de una buena vejez, «porque es lo que permite libertad, autonomía y hacer las cosas que gustan».
Orellano, por su lado, subraya que el cuerpo cambia «pero eso carece de significado ligado a la desaparición de la capacidad de disfrutar», porque el placer, el contacto físico, la música y el baile conservan un lugar central en la vida cotidiana.
Adriana Alicia, de 72 años y en pareja, encuentra su propia versión de un propósito en gestos mínimos que repite cada mañana: abre las ventanas, agradece, y les desea buen día a sus hijos, aunque hace tiempo dejaron la casa familiar.
Dice haber sumado, después de los 60, muchísimos vínculos nuevos a través de los talleres de la Fundación Navarro Viola, personas que dejaron de ser conocidas circunstanciales para convertirse en amigas verdaderas, con quienes hace poco disfrutó de una visita guiada al Palacio Ceci, en Villa Devoto.
Algo parecido describe Lidia, de 68 años, jubilada, con una hija, tres nietos y dos hermanos, quien también encontró en esa fundación un grupo de amigas que la acompañan «tanto en lo bueno como en lo que no lo es».

Alicia Rozenblum —psicopedagoga y coautora, junto a la psicóloga Milagros Abud, del libro La Nueva Longevidad—, aporta la idea de pensar en la dimensión del propósito y preguntarnos qué hacer con el tiempo extra en la edad avanzada.
“No se trata sólo de tener más años, sino de que ese tiempo pueda estar lleno de vida, con vínculos significativos y con proyectos propios. Busquemos cuál será nuestro propósito, ese concepto que los japoneses llaman ikigai, que puede ser algo chiquito, distinto a lo que se buscaba a los 20 o a los 30″.
En este sentido, Bernardini rescata la opción del trabajo voluntario como una opción que se asocia directamente con la búsqueda de trascendencia.
«Un valor, algo por el que te levantás cada mañana, no tiene que ser un propósito especialmente relevante, a lo mejor simplemente es hoy voy a cuidar de mi plantita o voy a llamar a esta amiga», propone, por otra parte, la psicóloga Álava Sordo.
Elena María tiene 70 años, está divorciada y vive sola en su casa. Para ella, el bienestar se sostiene en rituales sencillos. Cada día, elige una canción de ABBA para arrancar con buen ánimo. Su gran alegría de alma late en el encuentro familiar con sus sobrinos, en La Plata, y también empezó a participar en talleres de arte, teatro y escritura.
Como señalan los datos, las personas que tienen una mejor actitud, un mejor estado de ánimo, suelen vivir hasta siete años más.

«En la segunda mitad de la vida empieza a hacerse muy consciente la irreversibilidad del tiempo, y ese registro de la finitud es lo que sostiene la satisfacción de vida” dice Bernardini.
Sin embargo, aclara que no hay dos personas mayores iguales. Hay quienes la están pasando bien pero hay otros que no, y eso también hay que tenerlo en cuenta.
El especialista resalta la importancia de observar ciertos cambios concretos en las personas mayores que sirven para pedir ayuda profesional a tiempo: cambios de conducta, abandono del aseo personal, renuncia a actividades antes placenteras y la baja de peso. Además destaca que los varones recién jubilados de posiciones importantes, suelen gestionar peor esta etapa que las mujeres.
Orellano, por su parte, aconseja consultar a un profesional ante «pérdida persistente del interés por actividades que antes se disfrutaban, aislamiento creciente o alteraciones del sueño y del apetito».
Y existe todavía una capa más que a Bernardini le parece fundamental a la hora de hablar de bienestar: la forma de transitar los duelos.
«Algo que pega muy fuerte en esta etapa es la pérdida del rol profesional, la jubilación, los duelos con mascotas, de pareja o de hijos que se van —describe—. Cuando estos duelos se viven en soledad suele ser muy difícil, y puede ser la puerta para algo más grave, por eso conviene tener un espacio de conversación», advierte.
Para Bernardini, la noción de alegría como joie de vivre, en definitiva está ligada a tener un proyecto que dé sentido a la vida.
«Nunca es tarde para hacer ejercicio, para recuperar una amistad relegada, para buscar gente nueva, para aprender un idioma o para bailar», cierra Bernardini.

Lidia guarda como fotografía mental unas vacaciones en la playa junto a su familia, y ubica su mayor alegría en una tarde cuando se tiró al piso a jugar con su primer nieto en Mendoza, mientras escuchaba su risa.
Elena María elige como pequeño placer cotidiano la sonrisa de un niño, y Adriana Alicia encuentra esa misma capacidad de disfrute en la mirada de su perro, que le regala “una felicidad desproporcionada”.
Entre la metáfora del kintsugi y los diferentes estudios, la evidencia dibuja un mismo trazo dorado: la alegría después de los 60 carece de fecha de vencimiento, cambia de forma y se llena de valor.
Construirla exige menos una receta que una decisión diaria: elegir qué vínculos cultivar, qué proyectos empezar y qué pequeños rituales convertir en motivo suficiente para abrir los ojos cada mañana con ganas.
Sostené un propósito, por pequeño que parezca.
Animate a las reinvenciones, aunque parezcan tardías.
Cultivá vínculos de calidad más que de cantidad.
Compartí los duelos en lugar de atravesarlos en soledad.
Dejá espacio para el placer sensorial cotidiano.
Repetite que nunca es tarde.
Prestá atención a las señales de alarma.
Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
Hablamos con la autora de más de 15 libros sobre la fe, el amor y el mindfulness acerca de su vida y su mirada del mundo actual.
El temor a la vejez se instala antes de las primeras canas, alimentado por estereotipos asociados a la pérdida. Te damos una brújula para habitar la edad.
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