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Mi otra yo (nueva temporada)

La producción turca vuelve a atrapar a partir de ese viaje apasionante que es tener el coraje de mirar las propias heridas, para animarse a sanar.

POR María Eugenia Sidoti

Dos años pasaron desde el final de la temporada anterior, la segunda de la producción de origen turco que cautivó al mundo entero. Ada —la protagonista de Mi otra yo, serie éxito de la plataforma Netflix— viajó a Barcelona para profundizar su formación en medicina integrativa y holística, con la misión de reconciliar su formación como cirujana con todo lo que descubrió a partir de su profundo trabajo emocional luego de atravesar un divorcio, una nueva separación y síntomas físicos que la obligaron a detenerse.

De la mano de las constelaciones familiares, a las que supo mirar primero con reticencia, su forma de ver el mundo cambió. Y en ese viaje de autoconocimiento en el que descubrió nuevas respuestas sobre sí misma y sobre sus ancestros, logró condensar un aspecto clave de su vida: la posibilidad de acompañar a otros desde su propio dolor. Como en el mito de Quirón, el arquetipo del sanador herido, Ada tendrá ahora la oportunidad de dejar de negar su historia y sus emociones, para integrarlas a sus conocimientos científicos desde la humildad y la compasión. 

A su vez, deberá repensar sus vínculos y darles un nuevo lugar en su vida.

En Ayvalık —la increíble ciudad costera cuyas costas baña el mar Egeo que es escenario de la serie— las dos amigas de Ada aguardan su regreso para volver a compartir tiempo juntas y ser testigos de la gran transformación que todas han atravesado durante ese tiempo. 

Leyla ganó independencia y autoafirmación luego de haber orbitado durante años alrededor de la vida de lujos que le proponía un marido estafador, con quien tiene dos hijos. Ahora, como dueña de un emprendimiento propio que logró con mucho esfuerzo, deberá tomar decisiones que involucran aspectos centrales de su identidad y de su historia. Y también preguntarse qué es lo que realmenye quiere hacer.

Para Sevgi, que acaba de recibir buenas noticias sobre su salud luego de haber transitado un tipo de cáncer muy agresivo, también habrá nuevos desafíos. Decidida a adoptar un hijo junto a su marido, se verá obligada a conocer aspectos ignorados de la historia de él y poner a prueba todos los aprendizajes obtenidos durante los últimos años, en los que su propia enfermedad la llevó a descubrir sus partes rotas y aquellos fantasmas que ya era tiempo de mirar a los ojos. Sin dudas, uno de los caminos que más conmueve es el suyo.

Ada y sus amigas en uno de los momentos más desafiantes: el duro diagnóstico de Sevgi.

Pero más allá de la historia de sus protagonistas, Mi otra yo sigue siendo una invitación a preguntarnos cuánto de nuestra existencia nos pertenece y cuánto responde a viejas heridas, silencios y lealtades heredadas. Ese es, quizás, el mayor acierto de esta producción: recordar que nadie se construye solo y que, a veces, comprender el pasado es una forma de recuperar libertad y el sentido de la propia vida.

Como en las temporadas anteriores, la serie encuentra sus momentos más luminosos cuando habla de los vínculos, de la amistad y de esa búsqueda incansable, tan humana, que es intentar encontrar la cara luminosa del sufrimiento. También conserva una belleza visual que convierte a Ayvalık en un personaje más de la historia, con paisajes que transmiten calma y una cadencia que invita a maravillarse con sus calles y sus pintorescas construcciones de piedra, para sentir que poco a poco los espectadores también vamos bajando el ritmo.

Una fachada típica de Ayvalık, donde la naturaleza es parte de un paisaje de enorme belleza.

A pesar del gran acierto de haber elegido retratar con prudencia los claroscuros del alma humana, esta tercera entrega también deja algunas deudas. Hay conflictos que se resuelven con demasiada rapidez, incluso de forma algo liviana, y ciertas transformaciones parecen más un enunciado que una auténtica vivencia. En ocasiones, el afán por transmitir un mensaje hace que la sutileza quede en segundo plano y que los personajes expliquen con sus palabras aquello que la historia es capaz de mostrar por sí sola. 

Aun así, vale la pena ver las tres temporadas. Porque esta ficción nos recuerda algo que, por simple, a veces perdemos de vista: que el verdadero cambio no ocurre con grandes revelaciones ni estruendos, sino cuando se toma la decisión de vivir día a día aquello que por fin hemos logrado comprender acerca de nosotros mismos. Y también que nuestro paso por el mundo comienza antes de nuestro nacimiento y seguirá también después de la partida.

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