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2 noviembre, 2010 | Por

La dictadura del cambio


Los cambios son buenos si generan evolución y crecimiento, pero no sirven si son impuestos o nos obligan a modificar nuestra esencia.

Dicen que si cambiamos, mejoramos. El que cambia es mejor que el que no cambia. Lo que cambia es superior a lo que permanece. Pero no es así. Es curioso que en tiempos de perpetuo cuestionamiento a todas las verdades y creencias, haya una sola palabra que se cuele sin que nadie la ponga en tela de juicio. La palabra es “cambio”.

Si estamos atentos a lo que se dice en los diálogos, en los medios, en los libros, etc., veremos que se supone, a priori y sin puesta en duda, que cambiar mejora, y que cambiar es en sí mismo un valor. Hay que aspirar a cambiar sí o sí, haya o no motivo para hacerlo, o nos pasarán cosas muy malas, seremos mediocres, rígidos, etcétera.

“Cambiar” se constituyó en una obligación más y en una acción que parece, por sí misma, mejorar eso que somos por el hecho de permutarlo por otra cosa, sin que medie ninguna reflexión crítica sobre el sentido de ese cambio y, fundamentalmente, sobre qué y para qué se cambia cuando hablamos de cuestiones humanas.

Viene a la memoria Felipe, el personaje de Mafalda, diciendo: “¡Justo a mí me tocó ser yo!”, y uno pensaría que el adorable y atormentado chiquilín habría hecho cualquier cosa con tal de ser otro… con tal de cambiar lo que era por lo que “debiera” ser según vaya uno a saber qué valoración de la vida. Convengamos en que una sociedad industrial que vive del cambio (del auto, de la computadora, del cónyuge), no puede menos que homologar el cambio a lo “bueno”. Esto ha ido, por ejemplo, en desmedro de las tradiciones vistas como retardatarias del progreso, en vez de como una raíz que ofrece un referente esencial para el desarrollo de las comunidades sin que éstas pierdan su sentido en manos de un progresismo vacío.

Ahora bien, si cambiar no es un valor en sí mismo, ¿qué nos aleja del pecado de la resignación, la cerrazón, la parálisis? Una respuesta posible es que para alejarnos de esos peligros hay que crecer, desplegar lo que somos, los sueños, los deseos, los recursos ocultos, lo que nos habita a modo de germen, tomando lo que la vida ofrece para transformar eso desde lo que somos. Conviene pensar que crecer es “ser más uno mismo” y no transformarnos en “otro” diferente de lo que somos a través de una idea automática de cambio.

Hay una mirada negativa respecto de las cosas tal como son, como si hubiese un error de diseño en la esencia de las cosas y no pudiéramos nunca valorar lo que hay, para, desde esa valoración, crecer, no “contra” lo que existe, sino “desde” lo que existe. Es como cuando alguien con sobrepeso odia su cuerpo y desea tener otro, por ejemplo, similar al de alguna modelo… y obviamente fracasa. Esa persona cuenta con mejores posibilidades de tener una buena vida cuando acepta con amor tener ese cuerpo que tiene (sin el cual no existiría) y, desde allí, mejora el trato que le da, en vez de estar en guerra contra sí misma.

Muchas personas, al llegar a los 40, sienten que lo que viven tiene ahora más que ver con lo que son, que lo que vivieron en sus años mozos, cuando buscaban su identidad a veces de maneras complicadas. ¿Cambiaron una identidad por otra o profundizaron lo que eran hasta el punto de reconocerse de manera más nítida y completa? Diría que esta última opción es la respuesta al interrogante.

Es inteligente conservar lo que es bueno. De allí que sea buena idea pensarlo dos veces cuando la palabra “cambiar” se nos presente como un mandamiento y venga a cuestionar lo que somos y lo que hacemos, sin entender que todo crece y evoluciona a partir de lo que existe, y que pretender sustituir la realidad no es lo mismo que favorecer que ésta se despliegue hacia su mejor forma.

ETIQUETAS cambios crecimiento

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