Sophia - Despliega el Alma

31 octubre, 2009

Crecer es sentir que soy yo


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Paola Delbosco

Quien valora el crecimiento personal y espiritual no envejece, sino que crece, y puede encontrar felicidad y sentido en el camino recorrido. Por Marta García Terán. Fotos: Pilar Carlés. Ilustraciones: Verónica Virasoro.

 

Crecer no es “parte” de la vida, sino que es la vida misma. Es un proceso continuo que nos enriquece, que nos hace madurar. Y en ese camino de crecimiento físico, psíquico y espiritual, nos encontramos con una gran cantidad de experiencias –algunas dolorosas, otras felices– que nos ayudan a aprender, a descubrir quiénes somos y qué queremos, y a ser cada vez más fieles a nosotras mismas, a nuestra esencia. En las últimas décadas, las mujeres avanzamos mucho en varios aspectos y no tanto en otros. Continuamos buscando un equilibrio que respete nuestra naturaleza femenina y nos haga crecer como humanidad. Pero ¿en qué punto estamos? ¿Qué dejamos atrás? ¿Qué queremos? ¿Qué nos faltaría para estar mejor? Paola Delbosco nos ayuda a pensar éstas y otras cuestiones relacionadas con nuestra vida. Ella es doctora en Filosofía pero, más allá de sus estudios y de sus capacidades, tiene el sentido común de su lado. Y ésa quizá sea una de las razones por las que su visión es, para nosotras, un aporte invalorable.

–Paola, si tomáramos a todas las mujeres de hoy como una única mujer que viene desarrollándose a lo largo de la historia de la humanidad, ¿en qué etapa de desarrollo creés que esa mujer se encontraría hoy?

–Bueno, eso sería muy difícil de decir, porque la vida de una persona tiene un nacimiento y una muerte, y no sabemos qué va a pasar con la humanidad. Te puedo decir algunas cosas en las que estamos hoy. La vida se ha organizado de manera tal que la fuerza física ya no es significante. Estamos fingiendo que la diferencia entre el varón y la mujer no es relevante para la procreación. Creo que es ficticio imaginar que a la mujer le interesa la profesión por encima de la maternidad. Yo diría que, en este momento, para utilizar una metáfora, hay una especie de fiebre adolescente que nos lleva a ver sólo potencialidades que dependen de la libertad y a no ver aspectos, que también son capacidades, que dependen de la naturaleza.

–¿Decís que estamos ignorando nuestra naturaleza?

–En este momento, hay una ficción de pura libertad que ignora la naturaleza y nos hace olvidar las diferencias entre lo masculino y lo femenino, que son dones recíprocos. Hoy estamos hablando en abstracto, como si el ser varón o mujer no fuera significativo y se tratara sólo de dos individuos.

–¿Se está descuidando la maternidad?

–Estoy hablando en general. Para muchas mujeres, la carrera profesional es prioritaria. Hay una ilusión de que la maternidad no debe pesar. En aras de la carrera, las mujeres sacrifican la maternidad y luego se dan cuenta de que es tarde para encararla. Eso da una sensación de que no fue algo elegido, sino que ha sido como un efecto colateral. No pasa lo mismo con los varones, aunque creo que siempre es mejor un padre joven que un padre anciano. La capacidad germinativa del hombre dura más en el tiempo, pero no creo que el efecto de un padre sobre un hijo sea el mismo cuando es un hombre joven que cuando es grande.

–¿Creés que las mujeres que dilataron su maternidad, y que luego se arrepintieron, tienen la capacidad de transmitir su experiencia a las generaciones más jóvenes?

–Hay dos posibilidades. Una, que se encierren en los logros y exijan igual sacrificio. Eso les sucede a muchas mujeres que han hecho carrera en una empresa y llegan a lugares altos por todo lo que sacrificaron. En general, podría suceder que sean menos sensibles con las que están debajo de ellas, porque ellas sacrificaron mucho. No es una venganza; actúan así porque relegaron lo personal y familiar. Pero hay otras que no. Por ejemplo, una feminista de la primera hora que es Betty Friedan, norteamericana. Cuando tenía alrededor de 60 años, su universidad le encargó una investigación sobre la edad y las etapas de la vida. Poco a poco se fue involucrando y le empezó a resonar adentro algo de lo que decía la gente. Entonces, se dio cuenta de que lo que ella había afirmado treinta años antes no era una buena idea, porque exigía un gran sacrificio por parte de las mujeres para afirmarse en el mundo laboral y social. Descubrió que algunas mujeres que lo habían hecho y que habían triunfado en lo laboral, se lamentaban. Le habían dado todo a la empresa, la empresa se lo había llevado y ellas se habían quedado sin nada.

–¿Puede la mujer “tenerlo todo”?

–Creo que sí, que puede, pero dividiendo, repartiendo y entendiendo que hay ciclos en la vida de la mujer. En algunos ciclos, el acento está puesto en un aspecto, y en otros, en otro. Por ejemplo, entre los 20 y los 30, está puesto en la profesión, pero en los 30 aparece el tema de la maternidad. Después, a los 40, la mujer vuelve a liberarse un poco porque los chicos se escolarizan, y a los 50 atesora capacidades humanas preciosas porque ha hecho crecer a otros.

–¿Se viene la búsqueda del equilibrio?

–Todavía no es lo mayoritario, pero sí lo nuevo. No es sólo la mujer quien lo pide. Es más, la mujer no se atreve a pedirlo; ahora lo pide el varón. La mujer lo desea, pero por un criterio anterior que quiere hacerla posicionar en igualdad frente a los varones, no se permite decirlo. El varón empieza a pedirlo.

–¿Lo pide para las mujeres o lo pide para él?

–Para él. Él quiere tener una vida más equilibrada. Hay un estudio de Harvard en el que tener una vida equilibrada está en el primer lugar de los pedidos de los hombres. Tener una buena carrera, pero también una vida familiar, ver a sus amigos, hacer deportes… La mujer entró al mundo laboral como pidiendo permiso y no se animaba a pedir esto. Pero ahora comienza a pedirlo, y como hay muchas mujeres que hacen buenas carreras y tienen hijos y familia, empieza a ser un tema.

–¿Ahora nos sentimos en mejores condiciones de exigirlo?

–Bueno, no todas. Las que hacen una buena carrera, sí. Tiene mayor capacidad de negociación la persona de alto potencial y un grado de compromiso importante, sea varón o mujer. Y tiene menor posibilidad de negociar la persona que tiene una adhesión meramente instrumental de su profesión, para ganar plata. Esto es más común en las mujeres que en los varones, y cualquier pedido de ellas será interpretado como trabajar menos y no como dedicar tiempo a la familia.

–¿Qué falta?

–Falta que el mundo del trabajo reconozca que la mujer no tiene que pagar un precio tan alto por su inserción laboral, sacrificando su maternidad y su disponibilidad para otras cosas.

–Hay un pensador español, Joseph Miró, que dice que la ideología del desarrollo personal atenta contra el desarrollo comunitario. ¿Estás de acuerdo?

–Probablemente eso esté más marcado en el ámbito laboral, donde para el crecimiento profesional se ve al otro como obstáculo y nunca como aliado. Esto es totalmente contrario a lo que ve una mujer, en general, si se atreve a ser femenina, porque la mujer tiene muy marcada la conexión entre lo afectivo y lo racional, o sea que lleva lo afectivo al trabajo. Insisto, si se atreve a ser lo que es. Cuando se vuelve tremendamente competitiva, va en contra de esa conexión.

–¿Se desnaturaliza?

–Sí, pero no sólo eso, sino que utiliza esa capacidad, porque la relación afectiva con el otro termina siendo una herramienta para su crecimiento. Esto es más grave, es casi una traición al lazo sincero.

–¿Y el varón?

–Es más descarnado y más evidente. Ellos no tienen esa unión entre lo afectivo y lo racional, como la mujer. Y todos, varones y mujeres, se centran en el éxito y lo persiguen, y el éxito se traduce para ellos en cuán alto llegaste. Si el lapso para lograrlo fue menor, todavía es un punto más a favor del éxito. Eso se vuelve incompatible con cualquier forma de relación.

–Hay una pregunta que puede sonar simple en un primer momento, pero que involucra la esencia de la vida. ¿Qué significa crecer?

–Crecer significa, primero, no traicionar quién soy, darles cabida a lo que son potencialidades, capacidades buenas, positivas, que impacten positivamente en los demás. Que lo que era simplemente una posibilidad, ahora se traduzca en una realidad que hace que yo sienta que soy yo. Significa también salir de lo que disminuye mi ser, de lo que no me honra plenamente, y llegar a lo que me honra plenamente. Creo que cuando uno cuida su propio crecimiento, un crecimiento auténtico, con un juicio de valor ajustado, impacta positivamente en el otro y tiene un efecto multiplicador. La persona crece y hace crecer al otro. Cuando mirás hacia atrás, te das cuenta de que hubo alguien que te hizo crecer, que fue un factor esencial de tu crecimiento.

–¿Quiénes fueron, en tu caso, los que te hicieron crecer?

–Algunas cosas que traigo vienen de mis padres y otras, de dos profesores; en particular, de un profesor universitario. Mis padres pusieron el acento en el desarrollo intelectual y en cierta libertad física. Por ejemplo, mi papá, a pesar de que yo soy mujer, de entrada me enseñó que yo podía agarrar una serpiente con la mano, que podía subir a un árbol o tirarme al agua profunda. No me frenó en lo que es la expansión de posibilidades físicas. Y me dio el estímulo intelectual hacia las ciencias y las letras. Y de mi mamá recibí lo estético, más bien del hogar, de los modos, de la hospitalidad, las exquisiteces con el huésped, lo más femenino. No la belleza asociada a la banalidad, sino en el trato con el otro, en lo social.

–Si crecer es un proceso continuo en la vida, ¿por qué hay un momento en que ya no decimos “crecemos”, sino “envejecemos”?

–No creo tanto en eso. Creo que hay una forma de crecimiento visible, que es la física, y otras menos visibles, pero que se ven o perciben claramente, que son las de la personalidad y la espiritual, del alma, en donde el cuerpo se transforma en un envoltorio. Quiero decir que lo más importante de una persona deja de ser la lozanía, y el cuerpo es el reconocimiento de quien es él o ella. Entonces, es el envoltorio de esa personalidad. Esa parte de la vejez tiene una especie de fase decreciente y, en la medida en que el cuerpo parece perder vida, hay un crecimiento del alma.

–¿Qué nos pasa cuando sólo sentimos que envejecemos?

–Si la persona sólo valora lo físico, crecer le duele, porque cuando nos ponemos más grandes hay una pérdida de capacidades físicas. Pero lo otro, el crecimiento espiritual, es una gran compensación y te da una imagen de la realidad que vale la pena tener en cuenta, porque la cultura contemporánea no la valora. La cultura contemporánea es “juvelinista”; entonces, a la juventud hay que estirarla lo más posible, como si uno no tuviera derecho también a tener una vejez y que la vejez no signifique deterioro, sino la fase de la vida en la que estoy. Si yo he vivido lo anterior, es lógico que ahora no tenga 15 años. Lo digo positivamente; no es que me gusten las arrugas, pero como entiendo que es una vida usada, una vida vivida, no me desagradan.

–¿Qué cosas implica el proceso de crecimiento?

–Una valoración. El crecimiento automático de tu cuerpo se da gracias a la alimentación y a esas cosas que necesita el cuerpo para desarrollarse. Pero el crecimiento del alma, de la personalidad y del espíritu, implica constantemente una evaluación previa a lo que vas a hacer y posterior a lo que hiciste. Esta evaluación se hace para que todos los actos, la proyección de los actos y las actitudes respondan a ese deseo de afirmación de todo lo positivo. Necesitás ser consciente de lo que estás haciendo e ir purificando cada vez más las motivaciones.

–¿Qué hay en esa purificación?

–Primero nos encontramos con nuestros defectos y con las aspiraciones ideales superiores a nuestra realización. Por ejemplo, yo quisiera que mi presencia siempre fuera algo positivo para otros, y cuando no lo es, sufro. Quizá me di la libertad para ser negativa con alguien y le marqué un defecto. Pero, después de haberlo hecho, porque no lo hago a propósito, busco el camino para rectificar esa presencia. Esa preocupación o esa evaluación la hacés todo el tiempo, porque el tiempo que no creciste es una pérdida; y si vos lo rescatás, porque el error te hace entender mejor, ese tiempo es tiempo recuperado.

–Entonces, los errores nos hacen crecer. ¿Y el dolor?

–Sin errores es imposible crecer, y el dolor puede ser una palanca fuerte. Incluso el dolor del otro, el dolor que le causo al otro, porque su dolor no me deja indiferente y eso es un gran estímulo para mi crecimiento.

–En este crecer que estamos viviendo las mujeres, ¿qué actitudes positivas estamos teniendo, qué es lo que trae una luz de esperanza?

–Hay varias cuestiones. En las chicas más jóvenes, veo que están siendo educadas con mayor soltura, que las madres no están preformándolas para cierto tipo de respuesta social. Se atiende más a lo que cada una es, a su potencial, ya sea artístico, deportivo o cultural. Me refiero a sus intereses y no a un esquema cultural prefijado de la niña buena, que dice esto o hace aquello. Esto da mejores resultados, pero habría que contrarrestar cierta tendencia al conformismo que hay en las chicas. Las mujeres de veintipico y treinta saben que cuentan con enormes capacidades. No tienen ningún complejo de inferioridad, ni intelectual ni profesional, respecto del varón. Eso es muy bueno, pero su punto débil es que para competir en paridad no saben todavía cómo reclamar un espacio para la maternidad y la familia. Las mujeres de cuarenta y las de cincuenta tienen la gran ventaja de que saben que pueden reinvertarse y desarrollar nuevas capacidades para la reinserción laboral, después de que sus hijos crecieron. Tienen más creatividad, son menos estructuradas. Y las de más de sesenta sienten mayor libertad, tienen una mayor capacidad de disfrute, cuidan más su salud y salen más, se divierten.

ETIQUETAS crecimiento género maternidad

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