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Sociedad

19 mayo, 2023

Yo vengo a ofrecer mi corazón: historia de un médico sin fronteras

Frente al trabajo incansable con los heridos de los terremotos de Turquía y Siria, las acciones desesperadas por salvar vidas y las difíciles condiciones de ayuda sanitaria en la interminable guerra de Ucrania, aparece la gran pregunta: ¿qué significa ser médico?


Andrés Carot es argentino e integra misiones sanitarias de MSF en distintas partes del mundo desde 2009.

Por Luz Martí. Fotos: Médicos Sin Fronteras

La respuesta la tomo de la experiencia de Andrés Carot, un cirujano cordobés de cuarenta y cuatro años que lleva treinta misiones en Médicos Sin Fronteras. Lo entrevisté en Buenos Aires, entre su llegada de una misión en Afganistán y su partida, inminente, a Ucrania. Por mi cabeza desfilaban las imágenes de escombros, hierros retorcidos y muerte que muestra a toda hora la televisión. Y, a la vez, los conmovedores trabajos fotográficos de Eugene Smith: Médico Rural, la Comadrona o Un hombre piadoso (la vida cotidiana de Albert Schweitzer en su leprosario de Gabón).

Me deslumbra poderosamente ese «algo» romántico —no siempre cierto— de la labor de los médicos, la entrega de quienes, en su juramento hipocrático, prometen consagrar su vida y sus conocimientos al servicio de la humanidad para ofrecer su casi mágico poder de curar. Y cumplen.

Andrés me abre la puerta. Hablamos más de tres horas. Me explica cómo funciona la inmensa ONG a la que pertenece, me habla de su familia, de su madre dedicada en la juventud a tareas de alfabetización en villas de emergencia, de sus compañeros de trabajo en MSF, de los lugares adonde había estado en los últimos catorce años, de su experiencia en el devastador terremoto de Haití de 2010, con más de 300.000 muertos.

Lo escucho. Trato de no interrumpir y de preguntar poco. Necesito empatizar, acercarme, que por momentos nos sintamos hermanos, amigos, confidentes. Cuando esa magia sucede y lo básico está dicho, empiezan a iluminarse sus rincones más bellos y personales, aparece el hombre detrás del médico, el latir de un corazón enorme, la sensibilidad de quien escribe textos maravillosos para exorcizar el dolor y la indignación mientras trabaja de sol a sol en las peores condiciones.

—¿Qué te inspiró para ir a MSF?

—Estudié en la Universidad Nacional de Córdoba e hice la residencia en cirugía general en el Hospital Misericordia. Pude haber elegido otro camino, pero descubrí MSF y me enamoré de esto. Me ofrecí, estudié inglés, pasé por exámenes, entrevistas, y me aceptaron. En 2009 realicé mi primera misión en Nigeria: vacunación contra la meningitis. Relevamos datos de casos en hospitales grandes y rurales, y en centros comunitarios. En lugares donde no había médicos, dimos cursos básicos para el diagnóstico de la enfermedad, sugerimos qué medicamentos recetar y cómo dar soporte a la gente.
Llegué creyendo que iba a cambiar el mundo yo solo y tuve que ser humilde, aprender de los demás, bajar la cabeza, darme cuenta de que nadie hace “grandes” cosas, sino que realizar acciones pequeñas y sostenidas es el aporte más eficiente. El bien y el mal conviven en nosotros y nunca vamos a ser perfectos, pero en general todos queremos limpiarnos y ser mejores. Mi frase es “el corazón para las grandes decisiones y la cabeza para acomodar las cosas”

Luego de Nigeria vinieron treinta misiones más: Sudán del sur, Siria, Irak, Gaza, Afganistán, Yemen y otras. Después de eso, convencido de que la prevención es la mejor medicina, eligió trabajar en condiciones mínimas y adversas, apostar por las zonas más relegadas porque el trabajo allí tiene mayor impacto.

—¿Cómo viven los civiles un conflicto armado desde un lugar de trabajo?

—Los lugares donde se instalan las misiones de MSF han sido discutidos antes con todos los representantes de las fracciones que participan en el conflicto armado para garantizar su seguridad. De esta manera logramos trabajar bastante tranquilos, pero no dejan de escucharse detonaciones de misiles y morteros y, con el tiempo, hasta se aprende a reconocer a qué arma perteneció cada impacto. MSF atiende a todo herido que llegue a sus instalaciones sin mirar a qué bando pertenezca. Son misiones humanitarias para preservar la vida. Además de los heridos de guerra, atendemos partos, personas que no consiguen sus medicamentos y todo tipo de accidentes, ya que por lo general se trata de lugares con servicios médicos colapsados o inexistentes.

—El encuentro con la muerte no le es ajeno a un médico, pero ¿qué sensaciones se agregan en tiempos de conflicto armado?

—Lo que lleva a cada uno a hacer este trabajo es muy personal. Más que pena, siento indignación. La indignación es mi motor para intentar hacer algo frente a la desnutrición, la calidad infrahumana de vida, el abandono, la desatención, el desamparo y lo inmerecido de semejantes diferencias. Carecen de lo básico. No son solo por los desastres de la guerra (enfermedades, heridas y bombardeos a lo poco que cada pueblo ha conseguido), sino por qué se llega a eso.

—¿Una de tus peores experiencias?

—Creo que lo peor me pasó en Irak, al encontrarnos con civiles adultos con desnutrición y heridas de guerra de varias semanas o meses, víctimas de prisiones inenarrables y de condiciones de maltrato impensadas de parte de sus opositores. Estaba atendiendo y me tuve que ir afuera a llorar para descargar la impotencia ante tanto dolor. Pero también hay muchos momentos que lo compensan todo, nos cargan las pilas y nos hacen descubrir que la sabiduría de la gente no tiene que ver con la instrucción. Compartir la felicidad por una tarea lograda, ver la gratitud del paciente con quien nos entendemos a pesar de hablar distintos idiomas y que, en una comunicación gestual perfecta, agradece un acto, tal vez mínimo, que cambió su vida, la de su hijo o su hermano, es un regalo enorme.

—Cuando pesa la angustia, ¿qué se hace?, ¿cómo se combate?

—Algunos hacen gimnasia, salen a correr si la seguridad lo permite, otros escriben. Yo escucho música o converso con la gente de la misión porque esa compañía alivia. En MSF hay un grupo de salud mental para nosotros, con quienes podemos hablar para manejar la angustia o la frustración.

Andrés se olvida, curiosamente, de contar que, a veces, él también escribe, y hacia el final de nuestro encuentro dice, al pasar, que ha hecho algunos textos para una piloto que bombardeaba Yemen o para una madre africana de tres hijos en un campo de refugiados.

—¿En algún momento aparece la pregunta “¿Qué estoy haciendo acá?«?

—Hay días mejores y peores. Los equipos de MSF son muy numerosos y conviven distintos estilos, nacionalidades, ideas y, como en cualquier parte, hay que adaptarse. A veces puede ser un poco difícil, pero nunca al punto de hacerme esa pregunta. Qué estoy haciendo ahí, lo sé muy bien.

—¿Es lo mismo un paciente de Afganistán que uno de Ushuaia?
 
—El amor humano va más allá de creencias, ideas políticas o territorios. Finalmente, todos los seres humanos quieren lo mismo: paz y amor. No sentir miedo por ellos o por sus familias, que los escuchen, les hagan una caricia, que los consideren, los acompañen, sentirse comprendidos, tener un techo, asistencia médica, un trabajo digno.

—¿Hay misiones en Argentina?

—MSF va a lugares de conflictos armados devastados por guerras o por catástrofes naturales como inundaciones o terremotos, en especial cuando frente a la magnitud del desastre los estados no dan abasto. En Argentina estuvieron presentes en las inundaciones de Santa Fe (2003), haciendo una evaluación inicial; pero no hizo falta su intervención. También hicieron una extensa exploratoria relativa al Chagas, en Argentina, Bolivia y Paraguay.

MSF es una organización muy grande y bien estructurada, ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1999, que evalúa cuidadosamente cada caso  enfocándose siempre en los más desatendidos. Junto a la asistencia médica también existe “el testimonio o la denuncia”, que complementa su accionar. «Al tratarse de una ONG de ayuda humanitaria, MSF alza la voz contra violaciones graves de DDHH y otras atrocidades que el mundo desconoce, tal como fueron las hambrunas en Biafra que, en cierta manera, dieron origen a la creación de la organización», comparte.

—¿Qué sentiste la primera vez que te enfrentaste a un campamento de desplazados?

—Fue en Pulka, al norte de Nigeria, una de las experiencias más duras que pasé. Allí se ven las peores condiciones de vida imaginables. Algo que se supone creado para dar refugio por dos o tres meses, a veces se extiende a tres o cuatro años de insalubridad, desamparo y vulnerabilidad extremos.

Andrés habla. Me detengo en sus manos pequeñas de gestos suaves. Las manos que operan, que suturan, las que sostienen las del paciente entre las suyas para aguantar juntos el mal trago. Veo la mirada oscura que se enciende y brilla al evocar algunos episodios o al expresar, con su acento cordobés, la rabia que lo invade frente a la impotencia de las injusticias del hombre para con sus semejantes.

—¿Con el tiempo uno se acostumbra y se hace más duro, o es al revés?

—La pena no ayuda. Es mucho más valioso empatizar con el paciente. La pena quita dignidad y ansias de mejoría. Lo mejor es tratar de hacerle sentir confianza y afecto, reírse con él, escucharlo y hacer en nuestro trabajo lo mejor que podamos, siempre. Darlo todo. Eso nos reconforta a ambos. Charlo siempre en las visitas y, a veces, hasta escuchamos música juntos.

En todos estos años, Andrés aprendió muchísimo, no solo de su especialidad (cirugía general) o de llevar a cabo una operación con recursos limitados, sino de la relación médico–paciente. Hacerse entender, respetar la libertad de cada uno según sus creencias, hablar sin eufemismos en cada mensaje que da, explicar qué posibilidades de fracaso existen en una operación o tratamiento.

Yo no aseguro salvar a nadie. Vengo a hacer todo lo que puedo, a ofrecer ‘lo que sé’ y que ellos decidan qué quieren. No puedo olvidar que, en muchas culturas, la mujer no decide: va a la consulta con un hombre (marido, padre, hermano) que, a su vez, puede necesitar la opinión de otros hombres de la familia, demorando peligrosamente el resultado de una acción médica. Si alguien se muere como resultado de esas demoras, trato de usar el caso como ejemplo en otras circunstancias, para lograr confianza y explicar el porqué de ciertas premuras. Toda acción tiene que servir para algo«.

Andrés es feliz no solo actuando en el terreno con quienes más lo necesitan, sino pudiendo luchar contra los flagelos menos atendidos: malaria, Chagas, desnutrición alarmante, calidad del agua, mortalidad infantil y materna.

“Es increíble ver cómo, alrededor de los hospitales, la vida empieza a modificarse”, cuenta con la voz teñida por el entusiasmo de algo que ha visto y corroborado: «Los buses agregan paradas frente a los mismos, se asientan viviendas y servicios mínimos dando la noción clara de lo importante de la salud en el vivir de una comunidad, como lo viví muy claramente en Al Habialin, al sur de Yemen, o en Agok, al norte de Sudán del Sur. Es que la cuestión médica trasciende lo puramente médico: también se trata de enseñar: higiene, trabajo, empoderar mostrando a los pacientes caminos de mejoría y dignidad. Honrar la vida”.

ASUNA
Por Andrés Carot
Asuna tiene 7 hijos vivos, más 3 que se le murieron.
Asuna viene con una sonrisa hermosa, una bebé atada a la espalda, una hijita ruluda que no para de reírse y se esconde atrás de su mamá para espiarme.
Asuna trae al hospital otro hijo que se quemó la pierna con agua hirviendo.
Asuna tiene un marido que no conozco y está cuidando a sus otros 4 hijos.
Asuna tiene más fuerza que cualquier madre, aunque come poco y es bastante flaca.
Asuna habla rápido, no se le cae la sonrisa de la cara; pero una vez, cuando le pregunté dónde vivía, bajó la cabeza y se quedó en silencio y en ese momento en mi cabeza estalló su llanto desconsolado.
Asuna huyó de la muerte, de que la torturaran y la violaran, y también zafó de que le cortaran la oreja.
Asuna llega para vivir en un campamento superpoblado y miserable en el que tiene que estar como mucho 3 meses, pero ya lleva dos años.
Asuna vive en un campo de desplazados, en una especie de carpa de plástico hedionda que cuando llueve se inunda, donde las letrinas escasean.
Asuna escapa de un infierno y se mete en otro donde ni siquiera el agua ni la comida le alcanzan.
Entonces, cuando la dejan, Asuna sale a un campo sembrado para buscar algo para alimentarse, aunque una víbora la puede picar, o la pueden secuestrar, violar o matar.
Como Asuna tiene suerte, vuelve con lo que pudo cosechar, lo pone al sol para que se seque y así lo puede conservar para que dure.
Asuna te agradece de una forma que te destruye: se te acerca agachadita, se arrodilla, baja la cabeza y te estira la mano.
Asuna es una mujer exquisitamente poderosa que tiene la capacidad de acercarte a la puerta de su mundo; pero hasta ahí nomás: con su silencio desgarrador hace que tus pies se estallen contra la tierra junto con tu cabeza y tu alma, y en ese momento, cuando la tristeza te vacía, y cerrás los ojos y el dolor te envuelve y te domina; en ese mismo momento Asuna te regala la mejor sonrisa del mundo y te revive…
Asuna es de otro planeta y vive una realidad que ni me la imagino, porque mi empatía es embrionaria para con ella; Asuna no me deja ni si quiera pasar su piel.
Y Asuna es tan sabia, protectora y llena de amor que no me abre la puerta de su mundo porque sabe que si entro no sobrevivo ni un segundo.

Más información sobre la valiosa labor de Médicos sin Fronteras en https://www.msf.org.ar/

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