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Psicología

3 febrero, 2016

Terribilitis: el mal de la exigencia desmedida

El presunto suicidio del chef Benoît Violier, ganador de tres estrellas Michelin y considerado el mejor del mundo, abrió el debate. ¿Hasta dónde se puede llegar en la búsqueda de la perfección? El psicólogo catalán Rafael Santandreu nos da las claves para no amargarnos la vida.


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El psicólogo español Rafael Santandreu dice que son nuestros pensamientos, y no las cosas que nos suceden, los principales responsables de nuestra infelicidad. ¿Cómo podemos hacer para no amargarnos la vida? 

“Si no me llama, no me quiere más”. “Si me va mal en esta materia, me quedo afuera de la carrera”. “Si el tránsito está imposible, seguro que llego tarde”. ¿Cuántas veces nos mostramos pesimistas frente a situaciones que no sabemos cómo se van a resolver? ¿Qué nos lleva a predecir huracanes cuando apenas caen unas gotas de lluvia? ¿Por qué nos gana la rabia, la ira o la angustia? Según las estadísticas del último Congreso Mundial de Psiquiatría, alrededor de 121 millones de personas padecen trastornos depresivos graves en el mundo y se estima que en 2020 esta será la segunda causa de incapacidad. En la Argentina, según el Indec, más de dos millones de personas toman tranquilizantes, y el consumo de antidepresivos, ansiolíticos y tranquilizantes aumentó alrededor del 40% en los últimos diez años.

“Cualquiera puede llevar una vida amargada, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende”, dijo alguna vez el poeta francés Paul Valéry. A veces, somos nosotros mismos los que elegimos transitar por este camino desgraciado y oscuro; algunos tenemos una tendencia a verle el lado malo a las cosas. El psicólogo español Rafael Santandreu dice que son nuestros pensamientos sobre lo que nos sucede, y no los hechos en sí, los principales responsables de nuestras emociones negativas. Durante una larga charla con Sophia en Buenos Aires, a donde llegó para presentar su libro El arte de no amargarse la vida, el especialista explicó que esta suerte de debilidad emocional hace que nuestra visión de la vida se rija por esa mirada que tiende ver el “vaso medio vacío”.

Esta tendencia vital a dramatizarlo todo, la terribilitis, como la llama el psicólogo catalán, es la base de muchas neurosis de nuestros días. “Cuando somos vulnerables a nivel emocional, nuestros pensamientos son ansiógenos y catastrofistas. Cuando nos suceden adversidades –o imaginamos la posibilidad de que ocurran–, evaluamos las pérdidas como desgracias intolerables. Es un hábito muy nocivo, porque cuando nos acostumbramos a eso, nuestra mente funciona en modo terribilizador: ‘¡Es terrible esto que me pasa, no lo puedo soportar!’. Los seres humanos enfrentan unas veinte mil pequeñas adversidades a lo largo de su vida: se estropea el coche en la autopista, te tuerces el tobillo andando, pierdes la cartera… Hay que tenerlo en cuenta para no amargarse, porque esto no se puede evitar, aunque seas eficiente o responsable. O aceptas esta realidad y dejas de exigirle a la vida, o te conviertes en un cascarrabias”, dice Santandreu.

Para él, uno de los principales problemas que tenemos en este siglo es que hemos transformado nuestros deseos en necesidades. Son las que Rafael denomina “creencias irracionales”: “El ser humano necesita muy poco para ser feliz, para cubrir lo que uno llamaría ‘necesidades básicas’. Uno puede ‘desear’ un trabajo mejor, una linda casa o una pareja, pero cuando estos deseos se transformar en necesidades que nos abruman, nos angustiamos. Transformamos deseos en necesidades inventadas. Cada necesidad que nos creamos nos hace más débiles emocionalmente. Y la debilidad emocional es un camino cierto hacia la amargura”.

El consumismo, la presión social que nos anima a parecer más que a ser o el exitismo nos invaden como nuevos paradigmas de valores que se nos imponen como necesidades ineludibles. “Cada década nos a traído su carga de necesidades impuestas. En los setenta ‘el tirá y compra’ del consumismo loco; en los ochenta, la furia desmedida por el progreso material y la estética perfeccionista, y ahora estamos en el tiempo de la tecnología y la eternidad; esto de vivir hasta los mil años –explica el psicólogo–. En todo el mundo occidental vivimos un autentico síndrome de enfermedad emocional de la que la gente no es consciente. Hoy, en el mundo, tres de cada diez personas tienen serios problemas psicológicos. Y esta cifra se ha triplicado en los últimos veinte años. Los antidepresivos son el segundo medicamento más vendido en España, solo por encima de los que regulan la tensión arterial. Un 5% de personas padece en España de ataques de pánico y en los Estados Unidos, un 13%. Y esto sucede porque nuestra sociedad produce neurosis. Ser lindo, ser exitoso, ser ocurrente, estar en forma, tener una vida emocionante, estar en pareja… son tantas las exigencias que se vuelven insoportables para el ser humano. Las necesidades básicas son pocas. Todo lo demás viene de agregado. Cuando uno no consigue estas cosas que considera necesidades vitales, la presión es tal que las personas enloquecen”.

Cuando la mente nos traiciona: ¿cómo dejar la angustia atrás?

A diferencia de lo que uno pueda creer, según Rafael, las causas de tanta angustia y desasosiego no residen en nuestras emociones, sino en nuestra razón: “Uno debe tener en cuenta que las emociones están producidas por los pensamientos, aunque no lo percibimos de esa forma. Decimos incorrectamente que tal o cual situación o persona nos ha sacado de las casillas, o nos provoca angustia, ira o amargura. Pero son nuestras valoraciones sobre esos hechos o actitudes las que nos generan esos síntomas. Como decía el filósofo Epícteto,  no nos afecta lo que sucede, sino lo que pensamos acerca de lo que sucede. Hay dos obstáculos que debemos sortear: el mito acerca de las bondades de la preocupación y el que dice que todo vale en el ámbito de los sentimientos. O sea, es falso que preocuparse es bueno; lo que sirve es ocuparse sin tener que preocuparse. Y hay que saber que los sentimientos exagerados son nocivos”. 

Poder transformar esos pensamientos irracionales que nos anulan y amargan en pensamientos racionales es un ejercicio que uno debe hacer todos los días. Pero no de cualquier manera, advierte el psicólogo español. No hay que caer en el “positivismo mágico”, en el que como un mantra uno repite que todo estará bien y que, mágicamente, las cosas sucederán, como proponen un sinfín de libros de autoayuda. La transformación se logra detectando esas creencias irracionales y combatiéndolas con argumentos para poder volverlas racionales. Es un ejercicio cotidiano en el que uno decide si será fuerte o débil cada día.

“Uno tiende a hacer terribles cosas que no lo son. Si racionalmente nos detuviésemos a pensar en todas las personas que pasan por las mismas situaciones y no las toman como terribles, tendríamos que dejar de angustiarnos. Sobrevaloramos la eficacia o la belleza; la felicidad no depende de logros ni de situaciones ideales, sino de nuestra salud mental”, explica Rafael.

A todo esto, dice el psicólogo, hay que sumarle ciertas ideas que impone la sociedad y que hacen que muchos se sientan infelices, como la idea que se tiene de estar solo. No tener pareja suele ser en nuestros días un gran motivador de angustias; pensamos que nuestra vida debe ser de a dos o no seremos nada. Pero no es real que uno necesite de otra persona para ser feliz y, según Santandreu, la soledad bien entendida es siempre mejor que un amor necesitado.

“El tema del amor sentimental está muy mal entendido en nuestra sociedad y es la causa de que la mitad de los matrimonios ahora no duren más de diez años. Nos han vendido que el buen amor es el amor dependiente; y es todo lo contrario –explica–. Una buena pareja es aquella en la que se puede decir: ‘Cariño, te quiero mucho, pero no te necesito nada’. El cine o las canciones de amor que nos dicen ‘sin ti yo muero’ o ‘eres el aire que respiro’ nos muestran imágenes de un amor neurótico. Yo me pregunto: ‘¿Por qué te mueres?’ ¿Acaso te estás desangrando?’. Esas ideas, que yo califico de híper románticas, nos vuelven muy débiles y trastornados. Porque si uno pierde a esa pareja, caerá en la depresión y la amargura. Y si uno la conserva, habrá demasiada tensión porque uno estará exigiendo al otro que esté siempre allí como parte esencial de su felicidad”.

Superar la terribilitis y la necesititis

Un mundo híper necesitado y exigido no suele crear ni criar generaciones fuertes. Todo lo contrario. “La sociedad de hoy nos transmite unos mensajes que calan en nosotros y nos hacen débiles: produce terribilitis. Y la personas jóvenes lo tienen más difícil, porque maman esos mensajes desde pequeños. Cada vez vemos a más niños y adolescentes con debilidad a nivel emocional. La educación social, que se recibe a través de los medios y los amigos, viene cargada de muchas exigencias: las niñas, para adelgazar; los chicos, para destacarse en los deportes; jóvenes que deben estar divertidos todo el tiempo y que no soportan el aburrimiento”.

Así, dice el psicólogo, los chicos tienen muchas exigencias y muy poca tolerancia a la frustración. Y esa combinación es mortal. Para él, los padres de hoy en día creen que a los chicos hay que darles todo, y no causarles ningún trauma. “Están equivocados, porque lo ideal es que ellos deben aprender a resolver sus problemas para hacerse fuertes y también para aprender a aguantarse. Solo de esta forma se desarrollarán emocionalmente”, aconseja Santandreu.

La soledad y el aburrimiento no son malos ni tremendos, a no ser que nosotros los concibamos así. La amargura nos gana cuando pensamos que las cosas deben ser como nosotros necesitamos que sean. Como dijo Montesquieu, no hay tontería mayor y más común que la de amargarse por las tonterías del mundo. Las cosas no cambian porque nos indignemos. La emoción jamás gana a la acción. La felicidad, según el especialista, es algo que se aprende. Requiere un ejercicio constante donde cada día transformemos todas aquellas pequeñas terribilitis en material descartable. Hay que revisar todos los días cómo pensamos, qué valoración les damos a las cosas que nos suceden. Eso es vital para que no nos anulemos porque las situaciones no siguieron el curso que trazamos en nuestra mente, a veces erróneamente o volviéndolas necesarias.

“Hay que darse cuenta de que es uno es el que provoca esos malestares emocionales en cada momento, porque uno no debería tenerlos por nada. Debemos fijarnos qué nos estamos diciendo como para amargarnos de esa manera.  La vida es una ganga, es muy fácil ser feliz… –dice Rafael Santandreu sonriendo y para terminar la charla–. Solo que es un arte que uno debe aprender a desarrollar”.

Por Gabriela Picasso. Ilustración de Maite Ortiz (Nota publicada en la edición impresa de octubre de 2012). 

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