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Espiritualidad

15 septiembre, 2021

Volver a la tierra

¿Qué es lo humano? ¿Qué es la realidad? A partir de estas dos preguntas, te proponemos un viaje a través de los tiempos para retornar a ese lugar donde se encuentran todas las respuestas.


Fotos: Unsplash

Por Federico T. Piedrabuena

Una de las preguntas más acuciantes de este tiempo refiere a la preservación de nuestra humanidad en un mundo que se digitaliza y robotiza cada vez más. Persiste la sensación de que durante la experiencia de virtualidad hemos perdido la esencia, aquello específico que nos constituye como una realidad diferente del algoritmo. El lenguaje coloquial refleja esta carencia en los procesos de automatización cuando indicamos que alguien actuó “de forma inhumana, ¡como un autómata!”.

Actualmente, la ciencia tecnológica trabaja incansablemente con la meta de humanizar al robot, sea Siri, Alexa u otro complejo mecanismo de inteligencia artificial. El objetivo es alcanzar un nivel de empatía que pueda comprender nuestro rico entramado de sentimientos, entablando un diálogo que conecte con nuestras necesidades y emociones. El neuromarketing utiliza todos estos avances para maximizar el consumo y las ventas. El futuro se dirige por autopistas hacia un “metaverso de experiencias holográmicas” (Mark Zuckerberg, en declaraciones de julio 2021), donde nos aseguran un nivel de realidad aumentada y percepción como nunca antes hemos experimentado. Se desdibuja la frontera entre lo virtual y lo real. Alumbran en el horizonte preguntas propias de un tiempo de cambios y nuevos paradigmas: ¿Qué es lo humano? ¿Qué es la realidad?

Ante este escenario, revive el antiguo debate sobre aquello que nos define, lo específico. Asoma también la idea de que lo propiamente humano consiste en la capacidad de adaptarnos y transformarnos constantemente. El transhumanismo eleva la bandera que augura un futuro brillante, con mejoramientos en el sujeto que brindarán de forma inusitada bienestar y salud. Este horizonte, que incluye modificaciones con chips y novedosos implantes en el cuerpo, promete alargar de forma inédita la esperanza y la calidad de nuestras vidas. El transhumanismo propone un híbrido entre el estado actual del homo sapiens como lo conocemos, y la siguiente fase que resultará del mejoramiento robótico. Subsiste en muchos ámbitos un desbordante entusiasmo por estos avances tecnológicos. En la historia, estos procesos siempre han alimentado la promesa de un mundo nuevo y una nueva humanidad, una especie de paraíso aquí en la tierra.

“El transhumanismo propone un híbrido entre el estado actual del homo sapiens como lo conocemos, y la siguiente fase que resultará del mejoramiento robótico. Subsiste en muchos ámbitos un desbordante entusiasmo por estos avances tecnológicos. En la historia, estos procesos siempre han alimentado la promesa de un mundo nuevo y una nueva humanidad, una especie de paraíso aquí en la tierra”.

El propósito de esta reflexión no es invitarnos a regresar a la época de las cavernas, donde la naturaleza destacaba por la mínima intervención humana en los albores del Antropoceno. Los avances de la ciencia son un hecho y modifican nuestra cultura y manera de vivir. La tecnología llegó para quedarse. Sí creo conveniente mostrar otra faceta de lo que puede llegar a constituir nuestra humanidad. Y es que humano refiere a humus, tierra. Alude a esa capa del suelo donde se puede cultivar. Humanidad es tierra, es cultivo; vocablo de donde procede la palabra culturaQuizá una manera de conservar nuestra humanidad en los próximos años sea retomar nuestra relación con la tierra. No son pocos los mitos antiguos que explican la existencia del ser humano como alguien que proviene de la tierra, moldeado con barro. Sabiduría ancestral vigente que nos recuerda esa dimensión concreta que brilla por su ausencia en el mundo digital.

No sé cuál será la mejor manera de humanizar a los robots, pero sí comparto la creencia de que un camino adecuado para conservar nuestra humanidad en el futuro será incrementar nuestro contacto con la tierra. Madre tierra la llaman muchos. Otros la denominan creación de Dios.

Siempre me admiró en la infancia, leyendo autores como Emilio Salgari o Robert Stevenson, la importancia de esconder los tesoros en la tierra. Aventuras que describían como epopeyas el cavar y enterrar el valioso botín de los protagonistas y bucaneros. La tierra se presentaba allí como el lugar más adecuado para conservar nuestros tesoros. Hoy depositamos nuestro capital en lugares virtuales. Hemos perdido la tierra como un lugar de valor, como categoría existencial. Y al prescindir de este vínculo, dejamos de lado algo constitutivo de nuestra propia felicidad.

Muchos movimientos y acciones abogan en nuestros días por un salvataje del planeta, un llamado a redimirnos de nuestra explotación hacia ella. Pero considero necesario ir más allá y recuperar también la tierra como categoría existencial. Una dimensión estable donde habitar, donde tener un hogar. La tierra da estabilidad al ser. Dicen que la dicha del hombre está unida a la tierra. Muchas creencias denominan el lugar trascendente de un más allá como “cielo”. Pero a la vez, definen a ese cielo como una “tierra nueva”.

La pregunta por la humanización del robot continúa abierta. ¿Será posible? Quizá sí. O quizá valga para el robot la sentencia que, en una canción de niños, expresara un viejo cirujano ante un pobre Pinocho malherido: “Todo esto será en vano… ¡le falta el corazón!”

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