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Reflexiones

16 septiembre, 2022

Vivir en la incertidumbre

La única certeza que tenemos es que todos vamos a morir algún día, el resto es pura incertidumbre. ¿Cómo hacer que, mientras tanto, cada uno de nuestros días valga la pena?


Por Sergio Sinay

Cada noche, cuando nos acostamos en la misma cama de la cual nos hemos levantado en la mañana, somos protagonistas de un milagro. El de estar vivos. Nadie nos garantizó, al levantarnos, que este no sería nuestro último día de vida. Aunque nos hayamos sentido muy seguros, lo cierto es que, durante la jornada, hemos navegado en el mar de la incertidumbre. Lo único cierto en la vida humana es la incertidumbre.

Hay que recordarlo en este tiempo turbulento, cambiante, en el que nada se puede dar por seguro, en el que todo cambia a una velocidad de vértigo, en el que es imposible acostumbrarse a algo o a alguien, porque nada permanece lo suficiente como para eso. La incertidumbre se extiende sobre lo laboral, lo afectivo, lo vincular, lo económico, lo político, como si cabalgáramos sobre un potro desbocado del cual no tenemos las riendas. Tiempo, como señala el sociólogo alemán Hartmut Rosa, de aceleración y alienación. Nuestros cuerpos y nuestras mentes van por caminos distintos a velocidades diferentes. Nos deshabitamos.

Es inútil preguntar qué va a pasar, dónde estaremos mañana, qué será de nuestros proyectos, cómo saldremos de los variados laberintos cotidianos. No hay quién responda, y si alguien nos garantiza una respuesta hay que desconfiar de esa persona. Decía Víktor Frankl, el padre de la logoterapia, que no vinimos a esta vida a hacer preguntas, sino a dar respuestas. A darlas a través de nuestras elecciones, decisiones y acciones. Es la vida quién pregunta, y lo hace a través de las situaciones que nos plantea y sobre las cuales no hay trailers que permitan adivinar qué ocurrirá.

Tiempo de responder

Un proverbio chino (para cada circunstancia hay un proverbio chino) reza: “Sentir incertidumbre es estar incómodo, pero sentir certeza es ser ridículo”. Lo que provoca tal ridiculez es ese pavoneo tan humano con el que queremos mostrarnos capaces de adelantar el futuro, de controlarlo, de dirigirlo, de amoldarlo a nuestras fantasías, deseos o pretensiones. En ese cometido nos llenamos de teorías y de falsas seguridades, citamos a “expertos” que saben tan poco como nosotros, pero lo disimulan mejor, nos atrincheramos en cábalas, fetiches y creencias, compramos predicciones y caminamos detrás de personajes que, con diferentes vestimentas, científicas o pseudocientíficas, económicas, políticas, esotéricas, falsamente terapéuticas, se presentan como guías providenciales. Y, a pesar de todo, la incertidumbre sigue siendo lo único cierto.

¿Qué queda, entonces? Ubicarse en el presente y, siguiendo a Frankl, responder. Esta es la vida que nos toca y este es el momento en que la vivimos. Lo que hagamos con ella es una responsabilidad propia, ineludible e intransferible. Desde que el primer ser humano asomó en el planeta la vida fue, para él y para toda la especie a través de todos los tiempos, una vida incierta. Un camino abierto, a transitar sin garantías. “Si la vida fuera predecible entonces dejaría de ser vida, y no tendría sabor”, advertía Eleanor Roosevelt (1884-1962), quien fue mucho más que la primera dama de Estados Unidos entre 1933 y 1945, cuando su marido, Franklin Delano Roosevelt, ejercía la presidencia.

Eleanor sabía de lo que hablaba. Pocos períodos de la historia fueron tan realmente inciertos como esos años, en los que, azotada por la peor guerra, la humanidad coqueteaba con su propia extinción. En esas condiciones Eleanor Roosevelt fue la primera representante de su país ante las recién creadas Naciones Unidas, tuvo un papel central en la confección de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no esperó garantías sobre el futuro y tomó cada día como un camino abierto a la incógnita, pero no por eso dejaba de recorrerlo.

¿Nuevas religiones?

Vivir en la incertidumbre es una condición ineludible de la vida, de la cual los humanos intentamos una y otra vez escapar o a la que pretendemos trampear. En realidad, hasta comienzos del siglo dieciocho el futuro no existía tal como le entendemos hoy. Se vivía cada día con la convicción de que sería igual al anterior e idéntico a mañana. Pero en ese siglo irrumpieron el Iluminismo y el positivismo, corrientes de pensamiento lanzadas a combatir tanto supersticiones como creencias religiosas que dispensaban de la preocupación por el futuro poniendo el acento en una próxima vida en la que aguardaba la salvación.

Con el positivismo y figuras como Auguste Comte, Henri de Saint-Simon, John Stuart Mill y otros emergió la convicción de que a través de la ciencia se podrían develar los secretos y las leyes de la Naturaleza, que se los podría controlar, dirigir y reformular y que el progreso científico y el moral irían de la mano, llevando a la humanidad hacia la culminación de su propia historia: un momento futuro en el que desaparecerían todos los peligros y acechanzas provenientes de acontecimientos sociales y naturales. El fin de la incertidumbre, el reino de la certeza.

El fanatismo tecnológico de hoy es una versión actualizada de aquella creencia que no terminaba con la religión, sino que la remplazaba por otra. En un mundo siempre incierto, en el que la angustia bebe en fuentes como pandemias, guerras o cambio climático entre tantas otras, la ciencia y la tecnología (sobre todo esta) se presentan como nuevas religiones con promesas de seguridad, certeza y salvación. Pero, en definitiva, no pueden garantizarnos que, al final de este día, nos volveremos a acostar en la cama de la cual nos levantamos en la mañana. Y las vías de escape que buscamos pueden ser paradójicas. Bien lo advertía el fabulista francés Jean de la Fontaine (1621-1695), a quien se deben La cigarra y la hormiga y tantos memorables relatos: “A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.”

No son estos los tiempos más inciertos de la historia humana, aunque quizás sean aquellos en los que con mayor altanería y soberbia creíamos, o nos hicieron creer, que podríamos controlar todo, anticipar al destino y esculpirlo a imagen y semejanza de nuestros sueños y fantasías. En la etapa histórica del más espectacular desarrollo tecnológico (pero no moral) seguimos siendo hojas libradas a los vientos del destino.

Pese a nuestras pretensiones, es muy poco lo que controlamos y muchísimo más lo que está fuera de nuestra intervención y vigilancia. Frente a esa verdad irrefutable se presenta la gran oportunidad de examinar nuestros recursos existenciales, nuestro propósito en la vida y de poner nuestro corazón y nuestra inteligencia en la exploración de la respuesta a la pregunta acerca de para qué estamos aquí cada uno de nosotros. Mientras tanto, prevalece una sentencia del filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804): “Se mide la inteligencia del individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar.”

ETIQUETAS cultura espiritualidad filosofía reflexiones sociedad

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