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Delia Ferreira Rubio: “Vivimos en una cultura cambalache, acá da lo mismo ser honesto que ladrón”

Quien habla es la abogada argentina y referente en procesos de transparencia pública y políticas anticorrupción. Docente de alma, asegura que el único cambio posible es a través de la educación. Y, sobre todo, dando el ejemplo, por eso cuestiona la designación del juez Ariel Lijo.

Por Cristina Miguens y María Eugenia Sidoti

Días atrás, la abogada Delia Ferreira Rubio presentó formalmente un escrito ante el Ministerio de Justicia objetando la nominación del juez Ariel Lijo para ocupar un cargo en la Corte Suprema de Justicia. “Argentina ya ha vivido esta experiencia en el pasado. De jueces de la servilleta a jueces militantes. Sería un grave retroceso institucional volver a transitar el camino de la construcción de una corte adicta o teñida de sospechas sobre su independencia e imparcialidad”, destacó en el documento que lleva su firma.

Ahora que su propio nombre suena para ocupar una de las dos vacantes disponibles en el máximo tribunal, Delia elige, sin embargo, la cautela. Para ella, antes que nada es tiempo de llevar a la ciudadanía un mensaje de seguridad jurídica y de cultivar la integridad. Para que las personas sientan que los jueces están ahí para defenderlas, y no para velar por sus propios intereses y los de sus “amigos”. “En el Poder Judicial y, en la sociedad en general, no solo se trata de ser, sino también de parecer”, explica en referencia a la necesidad de construir confianza, ese ejercicio que en nuestro país parece haberse debilitado. 

Como expresidenta de la organización Transparency International (cargo que desempeñó durante seis años, hasta noviembre de 2023), Delia sabe perfectamente que la opacidad de los procesos empañan los resultados y alejan a los ciudadanos cada vez más de lo que acontece en el ámbito público. “Como explica en su libro Morality el rabino Johnatan Sacks, exmiembro de la Cámara de los Lores de Gran Bretaña, la confianza se basa en el creer, tiene que ver con lo fiduciario, con la fe, y cuando esa confianza o esos principios morales se quiebran, es significativo de que algo anda mal”, sostiene la abogada cordobesa en esta charla con Sophia.

—En tu presentación contra la candidatura del juez Lijo mencionás la importancia de la integridad. ¿A qué te referís?

—En que ser y parecer alguien íntegro genera seguridad jurídica, construida sobre la confianza de la gente en que ese juez que te puede tocar para defender tu vida, tu libertad y tu propiedad, va actuar con imparcialidad, no va a estar involucrado en un conflicto de intereses y no va a estar rodeado del lobby judicial. Es decir que, para que genere confianza, un juez debe estar libre de sospechas. Porque cuando se genera confianza y seguridad vos invertís, ahorrás, es una cadena positiva.

—¿Sentís que existe una separación entre la Justicia y la sociedad?

—La gente ve a la Justicia como algo lejano. Da miedo, pánico, incluso aunque seas un abogado. Te impone respeto y nunca sabés lo que puede pasar, entonces es complicado. Quien no tiene contacto con el Poder Judicial lo ve más lejano, incluso, que al Legislativo. Hay una crisis global de confianza interpersonal, entonces, si nosotros no confiamos entre nosotros, ¿por qué vamos a confiar en los señores que están votando leyes y están súper lejos nuestro? 

—¿Por qué creés que la gente se siente tan lejos?

—Porque a los argentinos nos cuesta tomar dimensión de que estamos todos involucrados, y además hay otras prioridades. Yo puedo decir en esta entrevista que involucrarnos en la Justicia es muy importante, pero al taxista que me trajo hasta acá le preocupa más que está ajustado económicamente y que tiene que salir a trabajar más horas para poder comer. 

—¿Sentís que en la calle no se correlacionan la corrupción y la pobreza, por ejemplo? 

—No, jamás se ha correlacionado. Sabemos, por ejemplo, que la corrupción mata, lo demostró la Tragedia de Once, y sin embargo la indignación un día se acaba, no es permanente. Hay picos frente a hechos concretos y lo que creo, lo he dicho siempre, es que la sociedad civil tendría que trabajar para mantener y transformar esa energía de los momentos de indignación en la etapa de la post indignación, para canalizarla. 

—¿Y por qué no se hace? 

—Porque es complicado. Hay que trabajar en valores, en educación y eso lleva muchos años. A mí me gusta mirar qué hacen otros movimientos y creo que el ejemplo que habría que tomar, como un parámetro de éxito, es lo que ha logrado el movimiento ambientalista. Los “verdes” actuaron estratégicamente bien desde el comienzo. Si bien abordaban los barcos petroleros, se encadenaban y terminaban presos como piratas, también trabajaban en otro mensaje subterráneamente: en cuidar al osito panda, a la ballena austral, porque pobrecitos se están extinguiendo. Cuando empezaron, hace veintiocho años, generaron ternura, tocaron una fibra, sobre todo en los chicos. Y hoy esos chicos son papás que educan en el cambio a sus propios hijos. Nosotros, desde el movimiento anticorrupción, no supimos hacer lo mismo. 

—¿Qué fue lo que pasó que no se logró? 

—La decisión fue trabajar en lo institucional. Si vos le preguntás a un ciudadano qué hace un fiscal, es muy probable que no lo sepa. Además no hay tantas causas “de éxito” para contar. La justicia es lenta: una causa por corrupción dura en promedio veinte años. El efecto de la sanción como freno a las conductas corruptas no sirve porque la justicia no funciona como ejemplo. 

—¿Cuál creés que es el gran problema de la Argentina?

—Nosotros vivimos en una cultura cambalache, acá da lo mismo ser honesto que ladrón. En nuestra sociedad el bien y el mal están desdibujados y entonces todo parece relativo. ¿Y por qué? Porque se han quebrado los acuerdos basados en la ética, la integridad, la honestidad. De hecho, hemos perdido la materia Instrucción Cívica, que era tan importante para la educación democrática y para la comprensión de nuestras “virtudes cívicas”, que nos decían que, por ejemplo, estaba mal robar. Esos consensos sociales basados en los valores, en la moral, se fueron rompiendo y cuando eso ocurre, se necesitan más leyes: si la buena conducta no funciona espontáneamente, hay que exigirla, imponerla por medio de la autoridad. 

—¿Eso es así también en otras partes del mundo?

—Sí. De hecho, en los años 90 en Inglaterra se elaboraron los diez principios de ética pública que se convirtieron en una Ley de Ética Pública, a partir de descubrir que los propios miembros del Parlamento no tenían claro lo que estaba bien y lo que estaba mal. Eso se trasladó después al mundo, y en Argentina tenemos la ley 25188, aprobada en 1999, que regula la ética en la función pública. 

—¿Cómo se reconstruyen esos valores, esa moral que se ha roto?

—Cuando se caen las religiones y las reglas sociales construidas sobre ellas se resquebrajan, hay que reemplazarlas con otros valores. Los tenés que construir en la escuela, en la familia, en el trabajo. Tiene que haber un mensaje que sea claro y potente sobre la importancia de hacer las cosas bien. Yo siempre digo que la mejor y la última barrera contra la corrupción es una persona que dice “no”. Alcanza solo con una. 

—¿Qué opinás de la necesidad de que haya más mujeres en la Corte Suprema? 

—Yo no hago hincapié en esa necesidad, porque enseguida me van a descalificar porque pueden decir que tengo un interés particular como mujer, y no lo tengo. Es verdad que mi nombre ha sonado varias veces para el cargo, pero no es algo que yo haya promovido. Mi argumento es que si las mujeres somos más de la mitad de la población, es natural que estemos presentes, porque si no las instituciones sufren un déficit democrático. A mí la idea de que debemos tener cupo porque somos mujeres nunca me ha gustado. Si me preguntás, a la hora de ocupar un cargo en la Corte prefiero a alguien íntegro, aunque no sea una mujer. 

—Existe la idea de que las mujeres somos menos corruptas que los varones. ¿Qué hay de cierto en eso? 

—No, es un error. Es verdad que la estatua de la Justicia es una mujer, pero es solo una estatua. En la vida real hay mujeres corruptas y mujeres honestas, transparentes. No es el género el que lo determina. Hay países con muchas mujeres en el Parlamento que son corruptos, y hay países con pocas mujeres que son muy transparentes. No tiene que ver con que sean mujeres o varones, tiene que ver con la formación, con cómo se enfrenta la vida. No hay una correlación entre género y transparencia u honestidad. 

—Hoy tenemos un grave problema en la Argentina, que es el narcotráfico. ¿Qué reflexión te merece este tema? 

—El narcotráfico está absolutamente vinculado con la corrupción. El problema es que cuando se habla de criminalidad organizada, que es lo macro, hace que perdamos de vista que el narcotráfico es solo una de las muchas “industrias” de la criminalidad organizada. En los 90 había pocos cárteles, muy grandes. Después hubo una fragmentación y se armaron bandas criminales luchando unas contra otras. Hoy lo que tenemos son federaciones de bandas criminales a nivel mundial. Yo les llamo holdings, porque la misma empresa de crimen organizado hace el transporte, la seguridad, el lavado, el cripto, y tiene claro al que lleva, al que trae, al que explota, al que se vincula con el terrorismo internacional. Se tercerizan los servicios, es grave ¿Y cuál es la vía de ingreso de ese dinero al mercado legal. El financiamiento de las campañas políticas; el crimen organizado ha ingresado a la política como un nuevo actor. 

—Por último, te pedimos unas palabras sobre la importancia de pensar sobre lo que está ocurriendo por estos días con la Corte. 

—Para mí lo más importante es alejar la duda, la sospecha, la falta de confianza, porque de otro modo eso va a permear a todo el tribunal. Los jueces de la servilleta, los jueces militantes, son los que ensucian todo. Ya lo hemos vivido acá, entonces sería un muy mal paso institucional dar curso a la designación del juez Ariel Lijo. La integridad no debe dar espacio a la duda, porque si no aparece la idea de impunidad y la sensación de que ya no tenemos defensa. 

Actualmente, Delia Ferreira Rubio se desempeña como miembro del Consejo Global sobre Buen Gobierno del Foro Económico Mundial y del Board de RiskHubAmericas. Integra el Consejo Consultivo de TrustLaw de la Fundación Thompson Reuters y es Enviada de la Alianza de Gobierno Abierto. Además, es autora de numerosas publicaciones sobre transparencia y anticorrupción, integridad y compliance, sistemas electorales, financiamiento de partidos políticos, ética parlamentaria y política comparada.

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