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Pareja

26 febrero, 2020

Violencia invisible: la importancia de detectar las agresiones sutiles

El tipo de violencia que no deja rastros tangibles puede ser tan dañina al interior de una pareja o una familia como las agresiones físicas. Detectarlo, ¿puede llevarnos a mejorar nuestras relaciones?


Marie-France Hirigoyen es la autora del reconocido libro El acoso moral, un best seller que dio la vuelta al mundo y le puso nombre y apellido a aquello que muchos sentían pero no podían expresar. “La violencia psicológica puede ser incluso tan fuerte como una trompada”. En su obra Mujeres bajo el dominio, la célebre psiquiatra francesa describe con absoluta claridad cómo es ese mecanismo silencioso que día a día cobra más adeptos “en especial, porque en un mundo donde existe la obsesión por el desempeño, aparecen cada vez más individuos narcisistas y dominantes, y esto se manifiesta en el seno de la pareja”.

A la hora de escuchar sus argumentos, es inevitable preguntarse: ¿la violencia psicológica es solo propiedad de los perversos o puede ser que, aunque sea en pequeñas dosis, todos tengamos un pequeño manipulador interior? Detectarlo, ¿no puede ser el pasaporte que nos lleve a mejorar nuestros vínculos?

“Es difícil detectar la violencia psicológica, porque sus límites son imprecisos. Las agresiones son sutiles, no dejan un rastro tangible y los testigos tienden a interpretarlos como simples aspectos de una relación conflictiva o apasionada entre personas”, dice la psiquiatra Marie France Hirigoyen. En ese sentido, es importante conocer sus características: solo así será posible detectarla a tiempo.

Según Marie France Hirigoyen, existen determinadas características de la violencia psicológica en la pareja.

1- La comunicación indirecta

En general, la persona manipuladora elude la comunicación. Cuando se le pregunta algo directamente, lo evade. Como no habla, no impone una imagen de grandeza o de sabiduría. Se penetra así en un mundo en el que la comunicación verbal es escasa y en el que tan solo se nos llama la atención con pequeños toques desestabilizadores. El victimario no nombra nada, pero lo insinúa todo. Le basta con encogerse de hombros, con suspirar o con la ventar la vista al cielo. La víctima, por su parte, intenta comprender: “¿Qué habré hecho? ¿Qué tendrá para reprocharme?”. Como nada se habla claramente, lo reprochado puede ser cualquier cosa.

2- El agresor niega

El victimario niega la existencia del reproche y la existencia del conflicto. Con eso, paraliza a la víctima, ya que sería absurdo que esta se defendiera de algo que no existe. El mismo hecho de negarse a nombrar lo que ocurre, a discutir, a encontrar conjuntamente soluciones es lo que perpetra la agresión. Si hubiera un conflicto abierto, cabría la posibilidad de discutir y de encontrar una solución. Pero la idea es impedir que el otro piense, comprenda o reaccione.

3- Rechazar el diálogo

Es una hábil manera de agravar el conflicto haciéndolo recaer completamente en el otro. A la víctima se le niega el derecho a ser escuchada. Al manipulador no le interesa su versión de los hechos y se niega a escucharla. El que rechaza el diálogo viene a decir, sin decirlo directamente con palabras, que el otro no le interesa, o incluso que no existe. Habitualmente cuando no comprendemos a un interlocutor, siempre podemos preguntar. Con los manipuladores el discurso es tortuoso, sin explicaciones, y conduce a una alineación mutua. Nos vemos obligados a interpretar.

4- Controlar todo

El control es uno de los síntomas más claros de esta patología. El asunto es ir dominando al otro, poco a poco. Los ejemplos son muchos: decirle qué tipo de ropa le conviene usar, despertar a la pareja en mitad de la noche porque no puede dormir, tirar abajo todo proyecto por más chiquito que sea, con frases del tipo “no vas a llegar, no estás a la altura de las circunstancias, no tenés el mismo nivel”. Ir decidiendo todo, poco a poco: qué programa ver, con qué amigos salir, el lugar donde ir de vacaciones, lo que es lindo, lo que es feo. No siempre, pero en muchos casos, el agresor es celoso. Frases como “me tomás por imbécil” pasan a formar parte del mecanismo de manipulación mental. En este caso, los celos se convierten en otra forma de control.

5- Inestabilidad siempre presente

Los manipuladores cultivan inconscientemente la indiferencia y la falta de sensibilidad hacia lo que le pasa al otro. Lo típico es ignorar sus necesidades o sentimientos, o crear intencionalmente una situación de carencia y de frustración para mantener al otro inseguro. Los ejemplos son infinitos: no hablarle, rehusar salir juntos, protestar todo el tiempo sin explicar la razón, no tener en cuenta su cansancio, si está enferma, si se siente triste.

6- Denigrar al otro

La denigración es una de las armas más terribles de la violencia psicológica. Ataca la autoestima de la otra persona, demostrándole que no vale nada. El agredido percibe la hostilidad, pero no está seguro de si va en serio o es una broma. Una nariz grande, unos kilos de más o una dificultad de expresión pueden ser la excusa para una burla o un comentario. El agresor no se compromete. A menudo, llega incluso a dar vuelta la situación señalando los deseos agresivos de su víctima: “Si pensás que te agredo, es que vos misma sos agresiva”. Críticas, comentarios al margen sobre el cuerpo, sobre las capacidades intelectuales, sobre la familia, sobre el pasado, sobre la forma de ser del otro, sobre sus ideas políticas: todo puede ser objeto de descalificación.

Doctora en Medicina desde 1978, Marie France Hirigoyen (1949, Francia) se especializa en psiquiatría, psicoanálisis y psicoterapia familiar. En Estados Unidos se formó en victimología, una rama de la criminología que analiza las secuelas psíquicas en las personas que han sufrido atentados o agresiones diversas. Centra entonces su atención en la violencia psicológica.

Más allá de todo, la violencia psicológica se puede curar. El primer paso para hacerlo es ver, no negar, tomar conciencia de que esto está sucediendo. A veces, el apuro y el ritmo de vida conducen a perder la cabeza, y de un día para el otro una relación puede convertirse en un calvario. Muchas parejas quizá perciban pequeños indicios de estos mecanismos que a la larga pueden agravarse. Es necesario detectarlos a tiempo. Dentro de las personas existen mecanismos manipuladores que pueden utilizarse fácilmente si no se toma conciencia de su existencia. Una pareja madura, en contacto consigo misma, puede ir viendo esos manejos a medida que aparecen. Pero para eso será necesario mirarse, analizarse, tener autocrítica y conocimiento de uno mismo.

Ahora, si el tema se agrava, si en la pareja hay un victimario y una víctima, la única ayuda posible es una psicoterapia. En primer lugar, la víctima debe identificar el proceso perverso, que consiste en hacerla cargar con toda la responsabilidad de conflicto conyugal o familiar. A continuación, debe analizarlo “fríamente” dejando de lado la cuestión de la culpabilidad. Para eso, debe abandonar su ideal de tolerancia absoluta y reconocer que alguien a quien ama, o a quien ha amado, presenta un trastorno de personalidad que le resulta peligroso para ella. Tiene que entender que debe protegerse y para eso es necesario irse. Una terapia ayudará a ver la temática de fondo que hay detrás de todo esto: si son mecanismos que arrastran desde la niñez, si son heridas que quedaron abiertas. Solo desde ahí podremos sanar, entender que existen límites que no se pueden franquear, y que uno debe protegerse.

El mensaje oculto

En la pareja, el movimiento perverso se inicia cuando el movimiento afectivo empieza a faltar, o bien cuando existe una proximidad demasiado grande en relación con el objeto amado. Una proximidad excesiva puede dar miedo. Por esta razón, lo más íntimo es lo que va a convertirse en el objeto de la mayor violencia. Un individuo narcisista impone su dominio para retener al otro, pero también teme que el otro se le aproxime demasiado y lo invada. Pretende, por tanto, mantener al otro en una relación de dependencia, o incluso de propiedad, para demostrarse a sí mismo su omnipotencia. La víctima, inmersa en la duda y en la culpabilidad, no puede reaccionar.

El mensaje no confesado es “No te quiero”, pero se oculta para que el otro no se marche. De este modo, el mensaje actúa de forma indirecta. El otro debe permanecer para sentirse frustrado permanentemente. Al mismo tiempo, hay que impedir que piense para que no tome conciencia del proceso.

Una pareja conducida por un perverso narcisista constituye una asociación mortífera: la agresión y los ataques subterráneos son sistemáticos. Este proceso solo es posible gracias a la excesiva tolerancia de la persona agredida. Los psicoanalistas suelen interpretar que esta tolerancia está relacionada, en muchos casos, con la lealtad familiar. Esta consiste, por ejemplo, en reproducir lo que uno de los padres ha vivido, o en aceptar un papel de persona reparadora del narcisismo del otro, una especie de misión por la que uno debiera sacrificarse.

Por Isabel Martínez de Campos.

Fotos: Pexels.

Una versión más extensa de esta nota fue publicada en el N° 56 de la edición impresa de Sophia.

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