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Sociedad

12 marzo, 2020

Violencia, arrepentimiento y perdón

Ausencia de piedad, desprecio por la vida ajena, incapacidad para sentir empatía. ¿Qué nos pasa a los seres humanos que hemos naturalizado la falta de moral? En este texto, Sergio Sinay reflexiona sobre la importancia de volver a registrar al otro.


Foto: Pexels.

Por Sergio Sinay

Duele que las principales noticias de cada día tengan que ver con la violencia, con el dolor, con la intolerancia. Indigna por momentos el morbo con que los medios las tratan y mucha (quizás demasiada) gente las consume. Pero, como suele decirse, es lo que hay. Y a partir de ello es que tenemos que reflexionar, explorar razones, indagar en mejores maneras de convivir, de relacionarnos, de transitar el mundo real. Y pueden ser esas mismas noticias sombrías y crueles las que nos muestren esas otras posibilidades.

Uno de los dos hechos más impresionantes de un verano violento fue el homicidio de un chico de 18 años en Villa Gesell, a manos de una patota de jóvenes jugadores de rugby envalentonados por el hecho de actuar en manada, todos contra uno, y por no tener noción de límites, por desconocer la compasión, por su propio acostumbramiento a la impunidad en una sociedad donde lo impune es pan de cada día. El otro hecho ocurrió en Catamarca, donde el victimario (otro joven, esta vez de 19 años) mató, descuartizó y procuró quemar en una parrilla a la chica con la que solía salir esporádicamente. Otra vez la tenebrosa ausencia de piedad, el absoluto desprecio por la vida ajena, la violencia salvaje e infinita, casi gozosa, que solo es propia de humanos, porque ningún animal mata por placer o por resentimiento.

El crimen de Fernando Báez Sosa a mano de un grupo de rugbiers conmocionó a la sociedad.

Como la violencia ejercida con intención de dañar y haciendo caso omiso de toda restricción moral es una cuestión humana, resulta preciso detenerse en ella para explorar desde ahí cuestiones igualmente humanas, que tienen que ver con educación, con los modelos familiares que se transmiten, con los valores que se inculcan (o se dejan de inculcar) a través del ejemplo, con la responsabilidad de los adultos que inexorablemente deben actuar como líderes y guías en la construcción de la identidad de los adolescentes.

Cuestiones que tienen que ver también, y mucho, con la forma en que una sociedad (la nuestra) alienta, fomenta y aplaude la transgresión, con la anomia generalizada que lleva a despreciar la ley, las normas, las reglas de convivencia y también la justicia (que, todo hay que decirlo, a menudo hace lo suyo para no ser creíble).

Desnaturalizar la violencia

Es preocupante y ominoso que la violencia se naturalice, que se convierta en un modo “obvio” de resolver conflictos, que se imponga como una manera de vivir, de pensar, de actuar. No solo la violencia física, que es la culminación y la expresión más cruda de un fenómeno que se instala antes en el pensamiento, en la palabra, en el trato cotidiano, en el modo en que hablamos de los otros o en que incluso nos tratamos entre nosotros, creyendo que un cruce de ironías crueles, que la instalación de apodos despectivos, que el uso de vocablos rudos, elementales, empobrecedores del lenguaje, son “gracias”, “chistes”, “muestras de afecto(?)”.

Cuando la violencia se naturaliza deja de parecer violencia. Como si fuéramos peces en el agua, no reflexionamos sobre el medio que habitamos. El agua es natural para los peces, son los únicos que no piensan en ella, tienen asumido que el mundo es así. La violencia se convierte en el agua que se respira en una sociedad violenta y quienes nadan en ella la toman como natural.

Una nueva muerte a la salida de un boliche sacudió esta mañana al barrio de Palermo.

Una vez que nos acostumbramos y damos por sentado que “así son las cosas” corremos el riesgo de que nada nos conmueva ni nos sorprenda, que el olvido de los hechos violentos sea mucho más rápido y largo que la memoria acerca de ellos, que nos resulte “lógico” y “esperable” el brutal crimen de cada día. Que nuestra capacidad de asombro, de miedo, de indignación comience a adormecerse y que solo nos consuele el hecho de que ni nosotros ni un ser querido hayamos sido las víctimas de este día.

Cuando la violencia se naturaliza, sus consecuencias empiezan a verse como normales. Allí mueren la empatía, la compasión, el registro del dolor de los otros.

En ese contexto importan mucho las palabras que los padres y hermanos de Naim Vera, el asesino de Catamarca, dirigieron a la familia de Brenda Micaela Gordillo, la chica de 24 años que él mató con saña. “A partir de lo sucedido con nuestro hijo y hermano Naim –dijeron– estamos conmovidos, destruidos como familia y pasando por el peor momento de nuestras vidas. Expresamos nuestras más sinceras condolencias y pedimos perdón a la familia y seres queridos de Micaela Gordillo. Rogamos que descanse en paz y nos ponemos a disposición”.

¿Alcanza?

Esas palabras no devolverán la vida perdida. Pero contienen elementos esenciales del arrepentimiento: el reconocimiento del daño, la mención del propio dolor y vergüenza y el ofrecimiento de reparación, aunque esta resulte imposible, poniéndose a disposición de los lastimados, de los sufrientes.

Arrepentimiento y perdón son cuestiones complejas, acaso de las más difíciles de encarar en los vínculos humanos. Proclives a confusiones, como cuando el ofendido siente, debido a la presión de diversos mandatos, la obligación de perdonar, a riesgo de ser considerado inclemente o intolerante. O como cuando el ofensor cree que el hecho de haber pedido perdón lo absuelve y es él quien se ofende en caso de no ser perdonado de inmediato. Pero ocurre que no todo es perdonable, y que incluso lo perdonable requiere un proceso y un tiempo de elaboración.

El femicida Naim Vera asesinó e intentó descuartizar a su pareja en Catamarca.

“No hay moral sin el otro, no hay ley sin el otro, no puede haber arrepentimiento sin registro del otro. Cuando esto desaparece cualquier brutalidad, cualquier violencia son posibles. El otro, el prójimo, deja de ser humano, se cosifica y a una cosa se le puede hacer de todo, no se le concede dolor, sufrimiento ni, lo peor, vida”.

Por otra parte, el arrepentimiento sin reparación no es tal. Y no siempre la reparación es posible. Quien rompió un vaso puede devolver un vaso similar, pero quien segó una vida, enlodó una reputación o destruyó una dignidad no puede equiparar con nada lo dañado. Por eso, como decía José Ingenieros (1877-1925), filósofo, psiquiatra, médico y autor de Las fuerzas morales y El hombre mediocre: “Enseñemos a perdonar; pero enseñemos también a no ofender“.

Esto es esencial.

El consultor filosófico Lou Marinoff, autor de Más Platón y menos Prozac, señala que se puede ofender profundamente sin causar daño físico y se puede causar involuntariamente un daño físico sin que ello sea una ofensa. Lo segundo es casi siempre perdonable. Lo primero no. En ambos casos importan el registro y el reconocimiento del otro, de su existencia, de sus sentimientos. No hay moral sin el otro, no hay ley sin el otro, no puede haber arrepentimiento sin registro del otro. Cuando esto desaparece cualquier brutalidad, cualquier violencia son posibles. El otro, el prójimo, deja de ser humano, se cosifica y a una cosa se le puede hacer de todo, no se le concede dolor, sufrimiento ni, lo peor, vida.

¿Alcanzan, entonces, las palabras de los padres y hermanos de Naim Vera? Solo los sufrientes pueden decirlo. Ni el arrepentimiento ni el perdón borran lo ocurrido. Perdonar no es olvidar. Pero recordar no debiera ser sinónimo de resentimiento ni de rencor.

Arrepentimiento y perdón, vale repetirlo, son cuestiones complejas. No las resuelven ni el voluntarismo, ni la culpa. Pero el arrepentimiento y el pedido de perdón instalan alguna luz en el oscuro escenario del dolor. Los padres de Fernando Báez, el chico asesinado en Villa Gesell, no recibieron ninguna de las dos cosas. Ningún registro de su dolor por parte de los ofensores ni de los adultos cercanos a estos. Allí está la diferencia entre dos maneras de vivir entre dos posibles caminos para encender una vela o existir en la oscuridad.

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