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26 junio, 2010 | Por

Viejos, a mucha honra


Tienen una mirada profunda, valiente y experimentada de la que tenemos que aprender para vivir los tiempos que nos tocan.

Si tenemos suerte, algún día llegaremos a viejos, si es que ya no lo somos. Si vivimos cada día durante una buena cantidad de años, atravesando riesgos, dolencias, guerras o lo que sea que nos toque en suerte, llegaremos a esa ancianidad que es signo de haber vivido muchas décadas sin quedarnos en el camino.

Es notable, sin embargo, que algo tan deseado, como lo es el vivir mucho, sea percibido, llegado el momento de lograr tal cometido, como algo que debe ser ocultado, que es poco valioso, que vale por no parecer ser lo que es (por ejemplo, “es viejo, pero no parece”, dicho en clave de elogio).

No hablo sólo de lo que pasa con las famosas cirugías, que tan polémicas son y tanta tinta (y sangre) han hecho verter a periodistas y cirujanos. Me refiero a la idea misma de la vejez como categoría existencial. Una categoría necesaria, inocultable, que no requiere lástima, sino respeto, gratitud y amor, como todo lo que se refiere a lo humano y, más allá de la calidad personal de los individuos, no cambia por el solo hecho de acumular años.

Pienso esto al recordar el relato que un muchacho de 22 años me hacía respecto de su última visita a su abuelo. Ya pasados sus 90 años, el abuelo vivía en un departamento desde el que se veía el mar. “Le gustaba ver cómo se iba yendo el sol y llegaba la noche. Por eso, no encendía las luces hasta el momento en que no había nada de luz y mi abuela entraba en el living, totalmente oscuro, y las prendía”, me contaba el chico. “Mi abuelo decía que al mirar por la ventana veía una proporción armónica entre el verde y lo oscuro de las construcciones, y me contaba cómo iban cambiando los matices de los colores de todo lo que estaba frente a su vista al irse apagando el sol”.

El muchacho, que vivía en una ciudad diferente de la de su abuelo y estaba de visita, se había sentado allí un buen rato, mirando aquello que su abuelo le señalaba. Fue un momento con pocas palabras, un momento de comunión. Luego llegó la hora de irse. El adiós fue un abrazo, intenso y sobrio, con sólo un segundo más que los de siempre. “Sabíamos que era el último encuentro”, me decía el chico, que se dio cuenta de la entidad de lo que vivía. Al poco tiempo, el señor falleció, y le dejó a su nieto el tesoro de esa vivencia.

Viejo de ley… me digo al evocar ese relato. Me llevo la imagen de quien no teme a la llegada de la oscuridad, porque está viendo otro tipo de luz. Me quedo con una vejez que ve matices ocultos para otros, porque mira sin temer…. No hace falta correr maratones, bailar salsa, sonreír con una buena prótesis dental para un aviso de TV… Ésos son detalles, importantes por cierto, pero detalles al fin.

Un viejo de ley es eso: viejo, y a mucha honra. Ni “abuelito” ni “viejito” ni “miembro de la tercera edad” ni, peor de los peores, “miembro de la clase pasiva”. Viejo nomás, que eso ya es bastante.

Los viejos nos muestran opciones y nos ofrecen posibilidades para seguir como ejemplo. Sin ellos, seríamos huérfanos los que no llegamos aún a ser ancianos, ya que sostienen el techo de las generaciones con la fuerza y la fe que hayan sabido conseguir en sus años de vida.

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